Freud deja el diván y habla por Skype

Stefano Bolognini. El presidente de la IPA habla aquí del congreso de 2017 en Buenos Aires donde asumirá como presidenta la argentina Virginia Ungar.

La intimidad. Ese es el leit motiv que animará el 50º Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) que se realizará en julio de 2017 en Buenos Aires. Con ánimo de anticipar ese importante encuentro estuvo en una semana de micho frío el presidente de la IPA, el psicoanalista italiano Stefano Bolognini quien se refirió a las cuestiones y novedades que inquietan al mundo de analistas y pacientes. Justamente en la cita de julio terminará su mandato y tendrá el honor de entregarle el mando a la primera mujer analista que presidirá la IPA, la argentina Virginia Ungar. ¿Estaremos en la era del posfreudismo? Bolognini, psiquiatra y psicoanalista, asiente -en la biblioteca de la Asociación Psicoanalítica Argentina- cuando se le pregunta precisamente sobre un neoestadio de la tradición heredada del gran padre Sigmund Freud. Explica: “El posfreudismo, está en mi mente. Se construyó como un árbol, con un tronco que es Freud. Pero es verdad que hay ramas que se desarrollaron desde Freud, sin desmentir básicamente lo que él describió pero añadiendo nuevas ideas, observaciones clínicas y teóricas. La obra freudiana es un punto de partida en la educación de los analistas pero también es la base implícita del psicoanálisis de hoy. Cada rama quiere ser ‘El’ psicoanálisis. Hay escuelas de pensamiento, y caracterizaciones muy fuertes en los diferentes terrenos”.

–¿Cómo conceptualiza al analista argentino en el mapa del psicoanálisis?
–Lo que me impresiona es ese espíritu de curiosidad intelectual que no encontré en ningún país. Son colegas que leen, discuten, intercambian de manera muy intensa, con una continuidad entre el tiempo del trabajo con los pacientes y el tiempo con los colegas. Hay una continuidad cultural que impresiona. En otros países hay excelentes analistas que se interesan sólo en artículos técnicos. Con los colegas de aquí se habla de política, cultura, arte, cine, y de psicoanálisis.

–Además el tema está presente en los medios. Se sabe, por ejemplo, quién es el terapeuta del presidente…
–En Europa las intervenciones y la presencia de analistas en los diarios es muy rara. Acá me parece que es muy común. Creo que tendrían que publicar la fotografía de un argentino que no esté en análisis. ¡Eso sería raro!

–¿Qué novedades hay en la relación entre el paciente y el analista, en la escucha, el silencio, la intervención?
–La participación subjetiva del analista en el trabajo es más natural que en el pasado. Antes el analista estaba callado, de una manera más estereotipada, para crear vacío, lo que hoy sigue siendo importante en el análisis. Pero se reconoce también la importancia de la contribución subjetiva del analista, porque esto puede facilitar el contacto del paciente con áreas de sí mismo que no se contactan fácilmente con lo usual en su vida cotidiana. El analista, sin invadir el campo de la transferencia que se desarrolla de manera inevitable y conflictiva, tiene un cuidado ulterior para las condiciones en las cuales la experiencia analítica de contacto interior con sí mismo del paciente puede ser logrado. El paciente tiene que reproducir sus dificultades en la relación con sí mismo y con el otro a través de un grado de abstinencia y de neutralidad del analista. Pero el analista tiene que ocuparse de la organización interior e interpsíquica de la relación del paciente con sí mismo y del paciente con el analista. No es un problema de confort, es un problema de poner el otro en condición de trabajar mejor en la sesión, de asociar, de recordar, de intercambiar de manera vivible. La neutralidad del analista significa que el analista no sabe lo que se desarrollará y no es que el analista está anestesiado. Neutralidad es resonancia abierta a las muchas partes del paciente y de la relación. Para mí la empatía psicoanalítica no es ser concordante con la parte más superficial del otro, sino mantenerse potencialmente en contacto y abiertos con todas las partes del paciente. Inclusive con las partes contradictorias, conflictivas. Esto ha sido un desarrollo muy importante en más de un siglo de psicoanálisis, porque al comienzo, teóricamente, los analistas tenían que ser seres de hielo. Observadores lo más preservados posible. Hoy el analista razona, convive, coopera con el paciente.

–El psicoanalista lacaniano argentino Juan David Nasio dice que si un paciente tiene una relación muy estrecha con su perro, puede llevarlo a sesión. ¿Comparte esa sugerencia?
–Freud trabajaba con su perro… Se dice que el perro de Freud conocía el tiempo de la sesión y cuando se levantaba, la sesión terminaba… Creo que el perro puede representar una maravillosa compañía también porque es un compañero fiel, constante, amable. Yo aprendí de mi perro la idea de espontaneidad. En Estados Unidos, muchos analistas de los últimos 25 años la han valorado como un contacto directo preconsciente y consciente con partes de sí mismo, componentes importantes en el juego relacional general y en el análisis. El psicoanálisis ha sido una integración importante para lograr que el psicoanalista pueda razonar también con lo que corresponde el paciente.

–¿Qué pasa con el diván? ¿Hay que llevarlo al anticuario?
–No… el diván mantiene su lugar privilegiado, que permite también al analista estar más relajado sin ser controlado continuamente. Los analistas se adaptan a la posibilidad del paciente. Pero el diván, cuando es posible utilizarlo, es todavía un medio muy relajante, para el analista primero, y después para el paciente. Tener enfrente una mirada que te controla muchas horas al día no es fácil.

–¿Funciona el análisis por Skype?
–Hay una gran discusión en el mundo psicoanalítico al respecto. Se plantea que faltan partes en la imagen. Pero muchos valoran que personas que están muy lejos puedan trabajar con su analista con regularidad, etc. Poco se dice del cansancio del analista, de ser controlado horas, con la cara del otro más cerca que si fuera un consultorio. Esta cara controladora frente a la del analista, es algo cansador. Pero si no hay alternativa, puede ser la manera indicada para hacer un trabajo analítico. Nunca se había pensado, hace diez años, de hacer un tratamiento analítico así. Existía el teléfono, claro. Estamos en una fase experimental.

–Desde el punto de vista del analista conceptos como angustia, dolor, sufrimiento, merecen una relectura con el paso del tiempo ¿no?
–Sí, pero son conceptos base. El contacto con el dolor, por ejemplo, es un pasaje universal que permite la recuperación de la integridad, de la sensibilidad humana. El dolor es fundamental como pasaje en un tratamiento. La angustia existe y siempre existirá, es un campo de trabajo para nosotros. Pero la naturaleza humana no cambió. Hay diferencias culturales, de tradiciones familiares. Por ejemplo, el mundo asiático va abriéndose al psicoanálisis. El Edipo ¿es igual en todas partes? Vamos a saberlo porque los asiáticos ahora empiezan a hacer realmente psicoanálisis, no es una imitación.

–Pero, el afuera ha cambiado. Este es un mundo muy distinto de aquel en el que nacimos…
–Sí, el mundo cambia. Cambia el exterior, cambia en las redes sociales, en las costumbres. Poco se habla del cambio de la familia. En muchos países el divorcio no existía y hoy es muy común. ¿Qué significa esto para las nuevas parejas? ¿Qué significa para los hijos? Hoy las personas son más libres pero están mas solas. Ser soltero hoy es más frecuente que en el pasado. Las personas se organizan de manera más individual. La estructura de la personalidad, el super yo, es menos fuerte cultural y socialmente que en el pasado. Hay más problemas de límites que en el pasado cuando tenían problemas de libertad.

–¿Y podemos pensar que el terrorismo ha cambiado costumbres entre los europeos, por lo menos?
–Es un tema inquietante, no sólo por sus consecuencias reales, que son enormes, sino también porque desestabiliza el sentido de la gente de poder viajar, intercambiar, conocer, y poder confiar en los otros. Crea una desconfianza generalizada: la gente no sabe quién el otro y cree que podría ser un asesino o una buena persona. Y esto crea clima de incertidumbre y miedo.

–¿Por qué eligieron la intimidad como tema del próximo congreso internacional de la IPA?
–Ha sido mi responsabilidad. Para mí es representativo de una profundidad psicoanalítica donde hay pasaje de cosas entre las personas, desde el interior de uno al interior del otro. Lo que ocurre en sentido corporal entre una mamá y su bebé, o en una pareja, etc. Algo puede pasar y cambiar la condición del otro. Puede calmar el hambre, fertilizar, evacuar dolores o dificultades que sean compartidas por dos personas. Es un pasaje profundo, y sin este pasaje no puede frecuentemente existir un cambio en la condición del otro. Si una persona nunca experimentó algo de intimidad con otra persona es difícil que pueda reproducirla. Como analistas nosotros favorecemos un proceso de creación de intimidad posible, vivible, a través de los equivalentes psíquicos de esto pero tienen una realidad que no es menor que la realidad corporal, es equivalente. Nosotros trabajamos en la equivalencia.

 

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Freud-deja-divan-habla-Skype_0_1639636033.html

Esquizofrénico y genio: Mark Landis, el falsificador de arte que engañó a todos los museos de EEUU

http://rudo.video/vod/oT0QjKGR9h
Mark Landis es un hombre con serios problemas psicológicos, pero también un gran dibujante y pintor, capaz de copiar a la perfección cuadros de grandes artistas. Guardó durante trece años centenares de falsificaciones, hasta que las comenzó a donar a importantes museos como si fueran obras originales, por mucho tiempo ninguna institución detectó que eran copias falsas, hasta que se cruza en su camino el curador Matthew Leininger.

En Estados Unidos, desde los años 80 y durante más de una década, un hombre con problemas mentales falsificó obras de arte y las donó a más de 40 museos del país norteamericano, haciéndolas pasar por auténticas, sin ningún beneficio económico, hasta que fue descubierto por un historiador de arte.

La historia, publicada por el diario The New York Times, motivó a los cineastas Sam Cullman (1976) y Jennifer Grausman (1984) a filmar “Arts and Craft” (“Arte y oficio”, 2014), un documental sobre Mark Landis, un personaje capaz de copiar con facilidad y perfección cuadros de autores tan distintos como Picasso, Louis Valtat o escenas religiosas del siglo XV.

La película se muestra en Chile en el marco del Documental del Mes. El filme es presentado por Docs Barcelona y cuenta con la difusión de El Mostrador Cultura+Ciudad.

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Un esquizofrénico

Los directores no son nuevos en el mundo del arte. Cullman, con más de 10 años de experiencia, ganó el Gran Premio del Jurado por su anterior trabajo, The House I Live In (2012, una película sobre el fracaso de la guerra contra las drogas en Estados Unidos), donde fungió como director de fotografía, y en 2011 estuvo nominado al Oscar al Mejor Documental con If a Tree Falls (sobre el ecoterrorismo, donde trabajó como co director).

En tanto, Grausman se desempeñó como jefa del Área de Cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), y entre sus obras se destaca Pressure Cooker (sobre el mundo culinario), nominada al Emmy al Mejor Documental.

A ambos les fascinó la historia de Landis, un hombre con diagnóstico de esquizofrenia desde niño, quien realizaba sus “donaciones” con una puesta en escena que lo incluía a él mismo disfrazado de cura o filántropo al momento de entregar sus obras. “Nos atrapó una premisa inusual: una falsificador talentoso e inagotable que no lo hacía por dinero”, explican a Cultura + Ciudad.

¿Que lo motivaba para actuar de esta forma? ¿Era un artista fracasado que quiere vengarse del menosprecio recibido durante su vida? ¿Era una nueva forma de alimentar su ego insaciable? ¿O simplemente lo que pretendía era exponer sus dibujos de forma anónima?

Lo cierto es que Landis halló su némesis en Matthew Leininger, jefe de Registro del Museo de Cincinnati, quien inició una curiosa persecución para desenmascarlo a él y hallar sus falsificaciones.

“Ambos realizaron un juego del gato y del ratón ante nuestras cámaras por cuatro años”, explican. “Nosotros queríamos saber quién era Mark Landis, conocer sus motivaciones. Queríamos conocerlo”.

Escondite en Mississippi

Landis se escondía en casa de su madre en Mississippi. Allí lo encontraron los cineastas. “Tras ganar su confianza, lo obligamos a enfrentar el legado de sus acciones, y finalmente a verse cara a cara con su perseguidor, Matthew Leininger”, cuentan.

Durante la filmación, los directores se encontraron una “historia dual de obsesión y sorprendentes paralelismos” entre sus dos personajes.

“La ‘carrera’ de Landis’ ciertamente hizo surgir un gran número de cuestiones éticas, pero no podíamos ignorar que sus motivos eran tanto idiosincráticos como de origen familiar, influenciados por temas de salud mental, la experiencia familiar e inspirados en el arte. Travieso pero nunca maligno, Landis empleó sus talentos y al escapar de su ‘vida como paciente mental’ logró forjar su propio camino”, aseguran.

Los creadores quisieron hacer una película sobre autenticidad e identidad, inspirados en el personaje principal, pero el film va más allá. “Después de todo, en una historia sobre un falsificador no debería sorprender que las cosas no son como parecen”.

Una conexión

La confianza que pudieron establecer los cineastas con Ladins fue fundamental. Le mostraron sus películas y hablaron muchas horas por teléfono. Entonces él se mostró dispuesto a filmar el documental.

“De hecho, su apertura hacia nosotros y la película fue una sorpresa”, revelan. “No pensamos que fuera a ser tan comunicativo, pero no le tomó mucho tiempo dejarnos entrar en su mundo, y pronto comenzamos a filmarlo tanto como falsificador como filántropo”.

Cuando lo conocieron, la madre de Landis había fallecido hace poco y él llevaba una vida muy solitaria. El personaje pareció saludar la compañía y la posibilidad de contar su historia. “Una vez logramos establecer una confianza y comprensión mutua, pudimos llegar al nivel de intimidad que nuestra película y Mark necesitaban”, aseguran.

De hecho, los cineastas siguen en contacto con él, incluso tras acabar la cinta. “De hecho tras la filmación de la película ocurrió algo maravilloso: mucha gente quedó conmovida con su historia y hoy tiene muchos amigos y admiradores de todo el mundo”.

También ha hecho nuevos contactos en su hogar en Mississippi y su vida es menos solitaria que cuando Cullman y Grausman lo conocieron.

“De hecho sigue pintando mucho, mayormente retratos y paisajes. Incluso tiene su propio sitio web, donde la gente le puede encargar obras y adquirir sus obras”.

 

Lugares y fechas de exhibición

Auditorio Radio Chiloé
Miércoles 31 de agosto – 19:30 hrs

Centro Cultural Angol
Miércoles 31 de agosto – 19:00 hrs

 

FICHA TÉCNICA

Estados Unidos (2014) 89 min

VO en inglés, subtitulada en castellano

Directores: Sam Cullman, Jennifer Grausman

Montaje y codirección: Mark Becker

Fotografía: Sam Cullman

Productores ejecutivos: Lisa Kleiner Chanoff, Christopher Clements, Bonni Cohen, Julie Goldman, Carolyn Hepburn

 

Fuente: http://www.elmostrador.cl/cultura/2016/08/30/esquizofrenico-y-genio-mark-landis-el-falsificador-de-arte-que-engano-a-todos-los-museos-de-eeuu/

«Estamos en la época de la victimización generalizada»

  • María Navarro, psicoanalista de la Escuela Lacaniana

  • Asegura que el psicoanálisis puede ayudar a descubrir quién es cada uno y lo que de verdad desea hacer con su vida

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La experiencia analítica busca mitigar el sufrimiento y descubrir más de uno mismo. María Navarro, miembro de la Escuela Lacaniana de psicoanálisis y de la Asociación Mundial de psicoanálisis, llegó a Málaga en 1965 desde Argentina, donde se dice que hay más psicoanalistas y escritores que en ningún sitio. Por eso, quizá, también es poeta. De hecho, su relación con la poesía le abrió el camino al psicoanálisis. Es además codirectora editorial de Miguel Gómez Ediciones y de las colecciones de la misma editorial, Ítaca de pensamiento y psicoanálisis y Capitel de poesía, entre otras funciones de esta mujer inquieta.

–De una manera u otra todos tenemos problemas y podemos sentir que la vida no funciona como debería, ¿es la humanidad actual carne de psicoanalistas?

–Nadie es carne del psicoanálisis salvo que haya un deseo de hacer con el sufrimiento algo más interesante que deprimirse o instalarse en la queja del «se me va la vida».

–Pero se nos obliga a ser felices…

–Sí, es una exigencia casi institucionalizada ya que el imperativo de ser feliz es algo que encontramos por todas partes. La paradoja es que al contrario de lo que promete, esa exigencia lleva a muchas personas a considerar que se puede conseguir todo, que tenemos derecho a todo, y que no es responsabilidad nuestra el gestionarlo.

–¿Echamos balones fuera?

–Mire, cada vez es más usual que un paciente venga a exigirte que lo cures, sin plantearse qué tiene que ver él con lo que le está ocurriendo. El Mercado está ahí para solucionarlo ‘todo’. Es particularmente visible en los jóvenes. Estamos en una época de victimización generalizada

–Para usted cuáles son los malestares evidentes del sujeto actual…

–Además de la creencia de que los objetos nos llevarán a la felicidad, el verdadero malestar es que somos seres hablantes que tenemos que tomarnos mucho trabajo para saber quiénes somos. Es muy difícil saber quién soy yo, cuál es mi deseo.

–El eterno dilema entre la realidad y el deseo…

–Sí, porque el objeto del deseo no se encuentra en la realidad común, sino en el fantasma individual. El sujeto cree que quiere lo que desea, que esa es la realidad pero no siempre es así.

–En nuestra sociedad crece de un modo alarmante la ansiedad, la depresión… vamos, las enfermedades relacionadas con la mente.

–Cada vez hay más depresión y ansiedad y aunque el dolor, la frustración y la angustia son manifestaciones que estuvieron siempre, la manera sintomática de responder de las personas va cambiando con las épocas y actualmente estamos bajo un nuevo imperativo que lo atrapa de una manera alarmante y es la exigencia de satisfacción.

–¿Se puede descifrar los secretos traumáticos de nuestra mente?

–Se puede construir el camino de lo que uno es y de lo que no va a cambiar, y en ese recorrido –donde siempre está el enigma–, el secreto que uno no sabe que sabe van cambiando muchas cosas, pues la persona se va a ubicar de una manera diferente al sufrimiento, ya sea en el orden del dolor, del amor, de la angustia del ser…

–Vamos que en una sociedad tan inmediata como la nuestra con esta crisis de identidad necesitamos reencontrarnos a nosotros mismos.

–Sí, claro, pero el discurso imperante colapsa eso. Además no hay una identidad estática, fija, se construye.

–Siempre ha ocurrido, ¿no?

–Forma parte del discurso cotidiano, podemos verlo en la educación, donde funciona de una manera alarmante el tratar de catalogar cada vez más las conductas de niños y jóvenes para predecirlas y reeducarlas. O en las relaciones amorosas, o en la vertiente laboral…

–Un mundo complejo…

–Sí, hay un intento de domesticar el deseo, y eso no es posible por lo que a más malestar más categorías de remedios que no tienen en cuenta la singularidad de cada sujeto.

–¿Cómo percibe los constantes cambios del mundo virtual?

–Vivimos en la época del Gran Hermano. Paradójicamente es la época de la incomunicación; estar ‘conectado’ no significa comunicarse, todo lo contrario. Además se ha convertido en instrumento de poder.

–¿Y cómo afecta lo virtual a lo real?

–Estamos en la sociedad del espectáculo, que vemos plasmado en multitud de escenarios y pantallas, donde se refleja desde la banalización de la corrupción hasta la muerte, las grandes catástrofes, el sexo y la violencia en directo. Además son factibles de ser filmadas por el ciudadano corriente, transformándose en directores de su propia película.

–Un mundo repleto de frustraciones y fantasmas…

–Sí, pero se puede elegir: quedarse ahí o hacer algo que lo atraviese. Los sujetos se quejan de la frustración pero no quieren desprenderse, así como así, de sus fantasmas.

Fuente: http://www.diariosur.es/sociedad/201608/22/estamos-epoca-victimizacion-generalizada-20160821174543.html

Ed Gein, el psicótico asesino que inspiró a Alfred Hitchcock

Un hombre al que jamás se le comprobó la muerte de decenas de personas, pero se le conoce como “El Carnicero de Plainfiel”

Estephanie Gutiérrez

Un anciano pasivo, canoso y amable llegó a la corte de Waushara, rodeado de reporteros y cientos de micrófonos, quería pedir su libertad, tras 16 años en un centro de tratamiento mental. Era Ed Gein, El Carnicero de Plainfield, mítico asesino de dos mujeres, no se le comprobaron más muertes, que inspiró al Buffalo Bill de Jonathan Demme y al Norman Bates de Alfred Hitchcok.

Edward Theodore Gein nació el 27 de agosto de 1906 en el condado de La Crosse, Wisconsin en Estados Unidos. Fue hijo de George Gein, quien fue educado por severos y devotos abuelos, pues era huérfano. En cuanto pudo se marchó de la casa de los abuelos, comenzó a beber y en 1899 se casó con Augusta, una mujer que venía de una familia de inmigrantes alemanes, religiosa y estricta. La pareja tuvo a Ed como su segundo hijo, pero ella deseaba una niña.

Combinado con su odio hacia el matrimonio que sostenía con George, un borracho violento, Augusta se había prometido que Ed no sería como su padre, así que comenzó a dominar su vida. Ella era la que llevaba el negocio familiar, una frutería, pero estaba lejana al papel de madre que sus hijos necesitaban. En 1913, la familia se mudó a un rancho en los límites de la ciudad de Plainfield y comenzaron una vida como granjeros.

De acuerdo con el blog Escrito con Sangre, Ed creció viendo a su padre matar a los cerdos, sacar sus entrañas y la sangre, y aunque muchos años después dijo que eso le provocaba náuseas, sus asesinatos se asemejaban a esas matanzas.

Eddie, como le llamaban de cariño, creció en el colegio, sin amigos, leyendo sobre los campos de concentración nazis, entre los pasajes de la Biblia que su madre recitaba cada vez que podía. Los otros niños lo veían como un chico tímido, débil y raro.

En 1940, el padre de Ed murió y los negocios familiares comenzaron a ir mal. Henry, su hermano y él, tuvieron que buscar otros trabajos para ayudar a su madre; en 1944 Henry murió en extrañas circunstancias, pero se cree que fue Ed quien lo asesinó.

Tiempo después de la muerte de Henry, Augusta sufrió un infarto y durante un año Ed la cuidó tiernamente hasta que en 1945 murió, desde ese momento su hijo mantuvo intacta su recámara, como un homenaje a su madre.

Con 39 años, Gein estaba solo y la violencia comenzó a hacerlo preso; a medida que su granja dejó de funcionar, comenzó a realizar pequeños trabajos en Plainfield.

Antes de Mary Hogan, se reportaron las desapariciones de otras personas, pero Mary es considerada la primera víctima de Ed. Trabajaba en una taberna y un día fue descubierto un reguero de sangre en el bar, pero del cuerpo de la mujer no había rastro. Su desaparición tuvo lugar el 8 de diciembre de 1954.

Para 1957, desapareció Bernice Worden, la dueña de la ferretería de Plainfield, se cree que Ed llegó al local y compró un rifle para cazar ciervos, cuando lo tuvo en las manos, le disparó a la mujer y huyó con su cuerpo en la camioneta de la propietaria.

Esa noche, Gein cenaba con unos amigos, pero cuando el hijo de Bernice revisaba los registros de compradores se dio cuenta de que Ed había sido anotado en los libros, así que la policía lo arrestó en medio de su reunión.

Esa noche los policías revisaron la casa de Gein, encontraron el cuerpo decapitado de una mujer que no tenía estómago, estaba pendiendo de un sistema de poleas. El sheriff sabía que era el cuerpo de Bernice, así lo revela Bio.

La revisión de la casa develó montañas de basura y mugre, había cráneos y sillas hechas de piel humana, fundas de cuchillo, tambores y lámparas hechas de restos humanos. Había cajas con pedazos de piel y un chaleco hecho de lo mismo.

También había máscaras que estaban colgadas en la pared, hechas de partes del rostro, del cuero cabelludo y el pelo de las víctimas, algunas traían lápiz labial, también hallaron el corazón de Bernice dentro de una bolsa de plástico frente a la estufa de la cocina.

Los sórdidos detalles del caso de Gein, conocido como “El Carnicero de Plainfield” dieron para cientos de historias y notas. Oficialmente se reconocen 2 muertes a su cargo, el resto de los cuerpos hallados en su casa tienen que ver con tumbas del cementerio de su localidad.

Gein fue llevado al juez en 1958 y fue ingresado a un manicomio, tras 16 años, en 1974 y un comportamiento modelo en el hospital, quiso salir de su internamiento, pero nunca lo logró. Falleció el 28 de julio de 1984 como paciente modelo, sus restos descansan al lado de su madre en el cementerio de Plainfield.

Los asesinatos el famoso Gein inspiraron tres películas, que en De10.mx presentamos a continuación.

1: Psycho (Psicosis) (1960)

Cuando la policía entró a la casa de Gein, la habitación de su madre estaba intacta, y la relación de codependencia que se refleja en la historia. La cinta de Alfred Hitchcock estaba basada en la novela de Robert Bloch, que vivía a unos metros de la casa de Gein en Plainfield. La narración fue hecha sin que el autor conociera tantos detalles de la vida del asesino, y cuando estos salieron a la luz, Bloch estaba sorprendido de lo mucho que se parecía el Carnicero a Norman Bates, así lo señala Mental Floss.

2: The Texas Chainsaw Massacre (La masacre de Texas) (1974)

Muy pocos saben que la cinta está basada en los actos de Gein. A pesar de que ninguno de los personajes estaba inspirado estrictamente en el asesino, los detalles que se muestran en el filme fueron tomados de cómo se encontró la granja de Plainfield, la información sobre en canibalismo, las máscaras de piel y la “decoración” del lugar.

3: The silence of the lambs (El silencio de los inocentes) (1991)

Buffalo Bill es un extraño collage de diferentes asesinos, Ted Bundy, Gary Heidnik y Edmund Kemper, por supuesto de Gein. El traje de la mujer, el cambio de sexo, la piel de los trajes, los asesinatos. Una terrorífica mezcla.

Fuente: http://de10.com.mx/top-10/2016/08/26/ed-gein-el-psicotico-asesino-que-inspiro-alfred-hitchcock

Entrevista con Luciano Lutereau: psicoanálisis de niños

Luciano Lutereau es psicoanalista, egresado de las carreras de Psicología y Filosofía en la UBA, donde obtuvo también los títulos de Magister en Psicoanálisis y Doctor en Filosofía. Es docente e investigador en la misma Universidad. Ha publicado diversos libros, entre los que se destacan sus trabajos sobre psicoanálisis con niños. La editorial de psicoanálisis Letra Viva ha publicado su nuevo libro “El idioma de los niños. Lo infantil en nuestra época”.

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-Este no es su primer libro sobre psicoanálisis con niños. Con anterioridad ya se ocupó del tema del juego (en “Los usos del juego”) y de la cuestión de lo infantil (en “¿Quién teme a lo infantil?”), ¿cómo piensa el lugar de “El idioma de los niños en esta serie”?

-En efecto, “El idioma de los niños” consolida una serie con los dos libros anteriores. Mi interés como psicoanalista radica en pensar lo propio de la infancia más allá de una cuestión cronológica, sino como una posición –un “modo de hablar”, por eso lo llamo “idioma”– que se caracteriza al menos por dos rasgos: la pregunta (de ahí que los niños siempre sean calificados de preguntones, es el caso de sus famosos “por qué”) y el interés por el saber (de ahí que la curiosidad sea un matiz infantil por excelencia). La ausencia o alteración de la curiosidad, desde Freud, podría ser considerada una condición patológica. Lo que este nuevo libro agrega a la serie es el propósito de pensar más a fondo las consecuencias de esta posición infantil en circunstancias de la vida cotidiana, para que también pueda ser útil como herramienta diagnóstica para los padres, maestros, etcétera.

-Por cierto, es un aspecto notable del libro la ausencia de términos técnicos, que permite que sea comprensible para un público más amplio que el de los psicoanalistas, seguramente esto se debe a que en su mayoría sean textos provenientes de artículos periodísticos. ¿Fue un gesto deliberado conservar ese tono llano en la escritura?

-Sí, al escribir este libro tuve presente en diferentes momentos los trabajos de F. Dolto y D. W. Winnicott, prestigiosos psicoanalistas que acompañaron la producción de conceptos con la vocación constante de comunicar los resultados de sus investigaciones a la comunidad a través de programas radiales y libros de divulgación. En este punto, lo que considero significativo es que el tono de divulgación no implique la vulgaridad. En realidad, creo que hoy en día esta última está más en los artículos que aparentan academicismo o se refugian detrás de una jerga para especialistas. Desde mi punto de vista, se maneja propiamente un concepto cuando se lo puede transmitir de modo sencillo.

-Este último aspecto que señala es particularmente relevante. Suele ocurrir muchas veces que los libros de psicoanálisis sean sólo para psicoanalistas, o para entendidos o especialistas, ¿cuál es su posición respecto de esta circunstancia? 

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-En principio, que los libros de psicoanálisis sean para psicoanalistas no ofrece ninguna objeción. Nadie esperaría que un libro de derecho sea comprensible para un público en el que no haya abogados. La cuestión central surge cuando incluso entre psicoanalistas no se entiende qué se está diciendo en libros que parecen haberse olvidado de la experiencia que deben delimitar. La mayoría de los libros de psicoanálisis de nuestro tiempo explican otros libros, algún concepto de Freud, un seminario de Lacan, etcétera.

Así, el estudio del psicoanálisis se vuelve un saber para iniciados. Es algo que compruebo permanentemente como docente en la Universidad, no sólo en carreras de grado sino también en posgrados: los alumnos no pueden establecer correlaciones entre las palabras que utilizan y aquello a lo que refieren. Algunos alumnos me piden grupos de estudio sobre el último período de la enseñanza de Lacan y no pueden reconocer indicadores concretos del cumplimiento de la asociación libre en un paciente.

También escribí este libro, “El idioma de lo infantil”, con una referencia implícita a “El idioma de los lacanianos”, de Jorge Baños Orellana. Me considero un psicoanalista lacaniano, por el modo en que concibo mi práctica, pero no necesito andar demostrándolo en mi producción teórica. Prefiero estar cerca de las cosas mismas, de aquello que pasa en un psicoanálisis y resiste a toda escolástica.

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-Este interés suyo por ir más allá de la rigidez de los términos técnicos, permite retomar una cuestión mencionada anteriormente sobre el diagnóstico: un libro para el público amplio (padres, educadores), ¿cumple con el objetivo de dar herramientas de prevención?

-Esta pregunta es muy interesante. Era un tema que ya preocupaba a Freud. Pensaría la cuestión de acuerdo con cierta preocupación de época: en nuestros días es corriente que ante cualquier circunstancia más o menos disruptiva se envíe al niño al psicólogo. En muchos casos, la escuela deriva sistemáticamente. Me ha pasado que incluso varios jardines de infantes me hayan pedido “aptos psicológicos”. La situación es dramática, los padres a veces quedan consternados. Se habla de pérdida de límites, intolerancia a la frustración.

En otro tiempo, era más corriente que la llegada a la consulta fuese a través de síntomas como el llamado “fracaso escolar”, o bien diferentes inhibiciones en el deseo de saber. Actualmente, los síntomas son más difusos y, en muchos aspectos, creo que eso se debe también a que desde la sociedad hemos perdido la capacidad para soportar el carácter conflicto que implica el acto de crecer. Ante el primer conflicto en la escuela, se pide un psicólogo. Pero la desadaptación es un rasgo propio de la niñez, que los adultos debemos poder sostener, no un síntoma. Si “El idioma de los niños” pudiera servir para que los adultos puedan recobrar algo de la paciencia y la capacidad de esperar que implica el encuentro con un niño, estaría conforme.

-Esta última indicación nos reenvía directamente al subtítulo del libro: “Lo infantil en nuestra época”. ¿Considera que nuestro tiempo adolece de ciertas características propias, que lo hacen diferente al de nuestros padres?

-Siempre es difícil, para un psicoanalista, hablar de la contemporaneidad. Al igual que la filosofía (de la que Hegel decía que siempre llegaba tarde), el psicoanálisis es una disciplina que requiere cierta cautela para sondear el mundo social. Se corre el riesgo de una antropología burda o una sociología de bolsillo. No obstante, Freud sostiene que más allá de su interés terapéutico, el psicoanálisis es un método para interrogar la cultura. Entiendo esta orientación en los siguientes términos: como psicoanalista uno asume un compromiso con su práctica, que va más allá de un análisis neutral de lo fáctico; podemos reconocer conflictos que trascienden la vida psíquica de nuestros pacientes, y que, por lo tanto, representan a una época.

Nuestro interés, en este punto, es que esos conflictos no se resuelvan de manera precipitada, tirándolos debajo de la alfombra (como le decía anteriormente, respecto de ciertas derivaciones escolares), aspecto que muestra que un psicoanalista no interviene solamente dentro de un consultorio. Para ejemplificar esta cuestión, le cuento una anécdota. A partir de la consulta de varios padres, que provenían de cierto medio escolar, me encontré en la situación de tener que hablar con una maestra y explicarle que no iba a atender a esos niños, porque los problemas por los que pasaban eran propios de su edad y no me interesaba psicopatologizar la infancia (que, junto con la criminalización de la pobreza, es uno de los dos males de nuestro tiempo). Al poco tiempo recibí un llamado, y esta docente comenzó un análisis para revisar las dificultades que ella tenía para asumirse en un lugar de autoridad.

-Para concluir, retomemos el problema de la autoridad en nuestros días, ya que es un tema que urge a padres y educadores. ¿No cree usted que hay una crisis de la autoridad en nuestro tiempo?

-Mi posición radica en sostener que no hay una “crisis” de la autoridad, en el sentido de su desaparición. Creo que cambiaron las coordenadas de la misma. Hablar de pérdida de la autoridad es una visión neurótica, que lleva a idealizar el pasado, a creer que en otro tiempo los padres eran mejores padres, los maestros mejores maestros, etcétera. Es una perspectiva nostálgica y, como tal, impotente. Desde mi punto de vista, la cuestión es más fina: hoy en día la autoridad no se sostiene en la suposición infantil de que los adultos saben algo que ellos (los niños) no. En efecto, los niños saben desde muy temprano que los adultos no saben. No podemos desconocer en este efecto el desarrollo de la tecnología. ¿Qué niño hoy no le enseña a sus padres a actualizar un antivirus?

¿Qué niña no maneja una tablet o un celular con apenas 4 o 5 años? De ahí que la infancia ya no se encuentre tan desprotegida ante la falta de saber y, por eso, ya no temen las malas notas ni las penitencias. He aquí un tema que investigamos con Pablo Peusner en “¿Quién teme a lo infantil?” La cuestión se ha invertido, ahora son los adultos los que temen a los niños. En otro tiempo, al viajar en transporte público cualquier menor se levantaba para dejarle el asiento a una señora.

Hoy en días son los ancianos quienes ofrecen su lugar a niños que bien podrían viajar parados. Por eso, en definitiva, no creo que haya una crisis de la autoridad, sino nuevos modos de la misma. En nuestro tiempo la autoridad no implica el saber, sino que aquella se consigue de una forma más sutil. Los niños ya no esperan que les pongan límites al estilo “porque soy tu padre”, porque bien pueden interrogar quién es uno (quién se cree uno que es) para decir “soy tu padre”. He aquí el nudo de la cuestión: es preciso tener en claro quién es uno para hablar con un niño, porque ya no se trata de encarnar funciones anónimas (padre, madre, maestro) sino ser portador de una palabra auténtica. Y esto ya no es tan fácil hoy.

Google premia app que promete diagnosticar esquizofrenias o psicosis

Google distinguió a una app argentina que promete revolucionar el campo de la psiquiatría.

Diego Fernández Slezak, investigador del CONICET premiado y becado con el Google Research Award 2016 por el desarrollo de una aplicación que permite diagnosticar esquizofrenias o psicosis.

El proyecto presentado por Slezak y su alumno, Facundo Carillo, se basa en el procesamiento automático de texto durante las entrevistas con el paciente y promete ser una herramienta clave para psiquiatras y psicólogos. Un psiquiatra ya probó primer versión en EE.UU con 100% de efectividad.

“Los diagnósticos de riesgo de psicosis por esquizofrenia psiquiátrica tienen un porcentaje de falsos positivos cercano al 70 por ciento. La aplicación que estamos desarrollando ayudaría a los profesionales a mejorar sus predicciones sobre que pacientes van a tener luego efectivamente un brote psicótico”, cuenta Slezak.

“El Hospital de Columbia nos envió datos de pacientes que fueron diagnosticados como de riesgo y luego seguidos durante dos años, por lo que ya podíamos saber si después habían tenido o no un brote. Con una parte de los casos hicimos ensayos y desarrollamos un modelo predictivo a través del análisis automático del texto de las entrevistas. Con la otra parte probamos la efectividad en lo diagnósticos y resultó que la aplicación acertaba en detectar los casos verdaderos y descartar los falsos”, agrega el investigador.

Combinando el Big Data y las neurociencias, Slezak demuestra la importancia de llevar las nuevas tendencias de cómputo al campo de la salud. Para eso, propone un método de análisis semántico y sintáctico, que procesa el lenguaje natural, para elaborar un test psiquiátrico sin precedentes.

Así, el subsidio de Google les permitirá a los investigadores argentinos completar el desarrollo de la aplicación y llevarla a consultorios de todo el mundo. Por su prestigio, comenta Slezak, el premio también le da una gran visibilidad al proyecto.

“Una de las principales virtudes que tiene este tipo de premio es que a través su difusión en la prensa los proyectos pueden llegar más rápido a la comunidad médica, algo que para nuestro trabajo es fundamental porque nosotros no podemos encargarnos de las entrevistas, sino que estas deben ser hechas por profesionales de la psiquiatría y la psicología”.

 

Tomado de http://www.canal-ar.com.ar/23347-Google-premia-a-la-app-argentina-que-promete-cambiar-la-psiquiatria.html

De cualquier recurso terapéutico se puede hacer abuso

Daniel Millas es un reconocido psicoanalista, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Además, es coordinador del Hospital de Día del Servicio de Psicopatología del Hospital Teodoro Álvarez, en Buenos Aires. El año pasado presentó el libro “El psicoanálisis pensado desde la psicosis”.
Estuvo en Salta invitado por el Centro de Investigación y Docencia del Instituto Oscar Masotta para participar de un seminario clínico. Entre otras actividades, entrevistó a pacientes salteños del Hospital de Salud Mental Miguel Ragone y capacitó a profesionales de la provincia.
En diálogo con El Tribuno, analizó la aplicación de la ley nacional de salud mental aprobada en 2010, que supone eliminar los hospitales que son solo neuropsiquiátricos para que los pacientes sean tratados en los servicios de salud mental de cualquier hospital general. “Antes hace falta que existan albergues donde puedan ser alojados y continuar un tratamiento”, planteó.
Además, se refirió al uso de recursos como la internación o los fármacos y a cuándo pueden o no considerarse un abuso, para luego reflexionar sobre cómo evolucionó la visión social sobre los problemas de la salud mental.

¿Cómo fue su trabajo en el Hospital de Salud Mental Miguel Ragone?
Lo que hicimos en el Hospital Ragone son entrevistas, que llamamos “presentación de enfermos”. Es un encuentro con un paciente del que participan profesionales interesados en el psicoanálisis. Mantenemos un diálogo interesándonos en cómo esa persona ha vivido su experiencia del desencadenamiento de la psicosis y con qué recursos ha logrado restablecer su relación con la realidad.
Trabajamos con un gran respeto a la posición subjetiva que tiene el paciente. Abordamos eso como un testimonio que siempre nos enseña algo. No se trata de mostrarlo como un ejemplar patológico, como puede suceder en la enseñanza de medicina.

¿Qué visión tiene del tratamiento que tenemos de la salud mental? Hay una ley nacional de 2010, ¿cómo cree que se está aplicando?
Es importante que exista una ley de salud mental que contemple la integración de los distintos profesionales de la salud que, a lo largo de los últimos años, han tenido un desarrollo de sus disciplinas y una inserción en los dispositivos de asistencia de salud mental.
Es sumamente importante que se considere a esos profesionales y que tengan el derecho a ocupar cargos de conducción. Que la dirección no quede obligatoriamente en manos de un médico, que no necesariamente está en superioridad de condiciones con respecto a otros profesionales de la salud.
Luego, la ley tiene dificultades serias de implementación. Por ejemplo, propiciar el cierre de los hospitales monovalentes (neuropsiquiátricos) requiere tener antes instancias alternativas para alojar a los pacientes.
No conozco los recursos en salud mental que tiene Salta. Pero, si se cierra el hospital Miguel Ragone, ¿a dónde van los pacientes que trata esta institución?
Hace falta que existan albergues y hospitales de día donde esos pacientes puedan ser alojados y continuar un tratamiento. Si no, transformamos a los pacientes que están en un neuropsiquiátrico en marginales que viven en la calle sin ningún tipo de defensas.
Hay muchas internaciones que son por problemas, no tanto psicopatológicos, sino sociales. Hay sujetos que están internados porque no tienen dónde ir.
Entonces, está muy bien propiciar el desarmado de eso, pero tiene que ser correlativo al armado de nuevas instancias.
Luego, que toda la problemática de la salud mental se trate en los hospitales generales, como dice la ley, tiene algo favorable. Recién en la década del setenta se comenzaron a gestionar servicios de salud mental en los hospitales generales. Antes de eso, todo lo que era asistencia en salud mental estaba remitido a neuropsiquiátricos. Después se comenzaron a insertar servicios de salud mental, como un servicio más de los hospitales generales. Eso es un gran avance.
Yo coordino un hospital de día que está en un servicio de salud mental de un hospital general. Pero hay que admitir que a veces hay problemáticas muy serias y graves que exceden la posibilidad de tratamiento de un hospital general.
Entonces, me parece que cerrar el manicomio, por llamarlo de alguna forma, no necesariamente tiene que implicar estar en oposición con un hospital monovalente. Puede haber un hospital monovalente que sea moderno, ágil y que tenga establecidas relaciones con la comunidad. Entonces, no necesariamente el hospital monovalente tiene que ser sinónimo del alienismo manicomial del siglo XIX o comienzos del siglo XX.
De manera que es una ley que tiene aspectos positivos. ¿Quién va a estar en contra de la defensa de los derechos de los pacientes y de que haya un cierto control con respecto a las internaciones involuntarias o el uso de los fármacos? Todo eso es favorable.
Pero creo que va a llevar tiempo lograr la implementación de algunos de los puntos que propone y acordar pragmáticamente determinadas cuestiones que se plantean.

¿La internación de un paciente debería ser una última opción? ¿Cree que se hace abuso de este recurso?
De cualquier recurso terapéutico se puede hacer abuso. El problema no está en el recurso sino en el uso que se hace. Se puede hacer abuso de los fármacos, de la internación y de las psicoterapias.
Cuando un paciente muestra riesgos o dificultades para sostenerse en la vida, riesgos de “pasaje al acto” o posibilidades de una agresión para sí mismo o para terceros y, sin embargo, tenemos un empecinamiento psicoterapéutico en que no tiene que ver a un psiquiatra o no tenemos que internarlo, también eso es un abuso.
No tenemos que tener prejuicios. Se trata de tener el tacto suficiente para hacer un buen uso de los recursos.
La internación puede ser, en algunos casos, un último recurso y, en otros casos, un recurso que puede permitir atravesar una crisis. Una internación no tiene que ser necesariamente de cinco años. Puede durar unas semanas o unos meses para permitir atemperar algo y evitar una internación que se prolongue mucho tiempo.
Lo mismo pasa con todos los recursos terapéuticos. Yo soy psicoanalista y estoy a favor de la experiencia de palabra y del respeto por la subjetividad. Trabajo con eso. Pero también tenemos que saber que hay determinados casos en que el uso de la palabra es limitado.
Un paciente en un episodio de excitación psicomotriz o de alucinación no está en condiciones de tener una experiencia de palabra porque no puede escuchar. Entonces, muchas veces se requiere el recurso del fármaco.
Y gracias a que hay pacientes que están medicados podemos tener el recurso de la palabra. Esto es muy diferente a tener a un paciente sobremedicado para tenerlo dormido las 24 horas y anestesiado.
¿Qué visión tiene de la perspectiva que existe en la sociedad sobre los temas de salud mental? En el caso de Matías Alé, por ejemplo, sufrió un brote psicótico y había un gran interés por sacarle una foto internado o contar su intimidad. Pero pocos trataron de explicar lo que podía estar padeciendo.
Eso es propio de una época en la que el límite de la intimidad es traspuesto y la presencia del otro, que se mete en la intimidad, forma parte de la práctica contemporánea. La exposición en las redes sociales de lo que antes era íntimo es permanente. Y también se van extendiendo los límites de los principios que manejan los medios.
Antes había una suerte de regulación ética sobre lo que los medios iban a respetar. Eso se fue extendiendo y todo va pasando al campo del espectáculo. Y, a veces, el mismo sujeto que es víctima de eso después se vuelve usuario. La intrusión mediática tiene rating y funciona justamente por eso.
El Hospital de Salud Mental Miguel Ragone está en lo que, antiguamente, se podían considerar los límites de la ciudad…
Siempre es así. Los manicomios que se generaron a fines del siglo XIX eran todos de esas características. El Borda y el Moyano están en lo que eran los límites. Era la época del “alienismo” y de la marginación. Antes de eso, eran los locos atados. De esa época hasta la actualidad, han habido muchas corrientes en el campo de la salud mental que han ido transformando eso.
Hay actualmente más aceptación de que los problemas mentales tienen que ver con la subjetividad, que son tratables y que son afecciones que tienen la posibilidad de recuperación. Se sabe que hoy se cuenta con recursos farmacológicos, psicoterapéuticos y dispositivos que permiten que, no necesariamente, el destino de un sujeto psicótico sea la alienación permanente, el deterioro, etcétera.
Han cambiado las perspectivas de tratamientos que se pueden ofrecer y cambian mucho los pronósticos, que antes eran como un destino marcado.
¿Cómo define al psicoanálisis?
El psicoanálisis es una experiencia que nunca se termina de comprender. Los analistas partimos de una especie de principio, que es que no sabemos lo que es un analista.
Alrededor de eso trabajamos, para tratar de dar cuenta de qué trata nuestra experiencia. Es una experiencia de palabra, que considera que un sujeto puede sufrir y padecer algo que tiene que ver con su relación con el sentido.
Un síntoma es algo que se padece pero también es un intento de conciliar elementos que no son armónicos. Ese es el descubrimiento freudiano, que dice que el síntoma es una especie de transacción que trata de ligar la satisfacción pulsional, que es propia de cada uno, con las normas, que son para todos.
Tenemos la idea de que no hay sujetos sin síntomas. No tenemos la idea de una “normalidad”. No tenemos la idea de la salud mental como la ausencia de síntomas. Tenemos la idea de que necesitamos el síntoma. Y hay síntomas que, en determinado momento, se vuelven difíciles de manejar y hacen sufrir. En última instancia, un análisis es una experiencia de palabra que apunta a buscar que un sujeto encuentre un mejor arreglo con su síntoma.
Tomado de http://www.eltribuno.info/daniel-millas-hay-personas-internadas-un-hospital-neuropsiquiatrico-porque-no-tienen-donde-ir-n746154