Las artes también necesitan a Freud

Psicoanálisis. Carlos Kuri explica en su libro cómo la crítica del ámbito psi incide en la interpretación de diferentes obras.

Por Luciano Lutereau

Modelo. El psicoanálisis freudiano estudia problemas estéticos, una tendencia rescatada por Kuri.

No hay sujeto del arte. La estética del psicoanálisis (Nueva Visión) es el título del libro de Carlos Kuri en el que analiza los lugares comunes de la literatura psicoanalítica relativa al arte, esto es: la creación, la sublimación, el nombre del autor. Kuri se propone “indagar qué provoca la irrupción de lo estético sobre la distribución conceptual del psicoanálisis”. Dicha dimensión estética, explicitada a partir de una explicación del concepto de pulsión, se difunde en tres ejes: el cuerpo, el lenguaje, la sublimación. En esta entrevista explica estas relaciones.

–En el marco de la crisis de la estética contemporánea el psicoanálisis surge como una teoría a disposición, ¿cómo entiende usted esta demanda del mundo del arte hacia el psicoanálisis?

–La demanda, a veces abusiva, otras más criteriosa, la vemos en la estética contemporánea aunque no es exclusiva; ya desde los años 70 podríamos pensar que un planteo como el de Susan Sontag, Contra la interpretación , era justamente una reacción, un freno a esa demanda, que buscaba desalojar la pregunta por la significación y considerar una erótica en relación con el arte. En el otro extremo, encuentro un fermento de esa demanda en el arte conceptual. Me parece que hay allí una resignación sobre la pregunta por lo específicamente artístico: en lugar de prestar atención al problema de lo sensible y de la tensión de la recepción, se reclama interpretación y conceptos.

–En el psicoanálisis siempre se teme al fantasma del “psicoanálisis aplicado”, sin embargo su libro plantea una dirección inversa: descubre en el psicoanálisis problemas estéticos, ¿cuáles serían estos?

–La tradición del psicoanálisis aplicado es frondosa; Didier Anzieu encontraba un Borges misógino a partir de sus cuentos; Catherine Millot entendía la obra de Proust como la reacción de un escritor asmático ante la mirada asfixiante, inquisidora de su madre. Muy distinto de lo que nos ofrece Walter Benjamin, conjurar la pretendida unidad de la vida y la obra con su discrepancia y pensar en el cuerpo que construye la escritura de Proust: no hay olores en los recuerdos, hay escritura olfativa: no es el asma el que penetra en su arte, sino una sintaxis de rítmica asfixiante. Por eso hablo de los problemas que lo estético impone al psicoanálisis y lo obliga a una alteración en sus conceptos, en su metapsicología. Tener en cuenta el carácter parcial de la pulsión en su correlación imperfecta con los órganos de los sentidos, la pregunta por el arte –por su dispersión– y la distancia: el ojo, la voz, lo táctil o, por otra parte, la restricción que el arte impone al sentido en favor de lo sensible, exige por lo menos que no se nos vaya la mano con el uso del repertorio psicoanalítico habitual: significante, sujeto, goce, objeto “a”.

–En las relaciones entre arte y psicoanálisis, la obra de arte visual ocupa un lugar destacado (Hal Foster, R. Krauss, Juli Carson lo demuestran). No obstante, usted ha publicado libros sobre música, y son conocidos sus ensayos sobre Piazzolla, ¿qué aspectos del fenómeno musical le han permitido pensar la teoría psicoanalítica?

–De las relaciones que menciona, aunque no escapa a cierta mecánica de la aplicación, rescataría la que construye Krauss en El inconsciente óptico , a partir de la repetición freudiana para analizar, por ejemplo, los veintiocho dibujos y los doscientos bosquejos del Almuerzo sobre la hierba de Manet y observar allí, no un desarrollo sino un gesto en movimiento, un preparativo para la exhibición de los genitales; restringiendo, diría, paradójicamente con ello, una saturación fálica. En el libro me detengo puntualmente en los casos de Nicola Costantino y de Bacon mediado por el enfoque que hizo Deleuze en Lógica de lo sensible ; pero siempre mi atención apunta a cómo la singularidad de la obra nos permite, hasta nos obliga a transfigurar las nociones psicoanalíticas: en algo se modifica la noción de lo ominoso, de lo siniestro, cuando la hacemos entrar en contacto con la estética de Costantino. Del mismo modo en que el tratamiento que Piazzolla lleva adelante sobre la intensidad física, emparentada con la llamada música popular, y la atención a la escritura, con afinidad histórica en la música clásica, más que permitirme utilizar la teoría psicoanalítica, me lleva a reconsiderar una noción de estilo expuesta por Boulez, como rasgo de homogeneidad que lucha con elementos rebeldes, centrífugos: Bartók, Troilo, Bach, el jazz, se encuentran sometidos por lo piazzolliano.

–En las concepciones contemporáneas acerca del sujeto, el psicoanálisis pareciera correr el riesgo de convertirse en una teoría más. ¿Qué aporte a la práctica clínica presta su concepción de la estética psicoanalítica?

–Efectivamente, el riesgo es que se haya instalado un procedimiento de incorporación, vía el recurso a la noción de significante o sujeto –sin dudas la noción decisiva y vigente del retorno a Freud en Lacan–, aunque no de confluencia armónica en los discursos dominantes del final del siglo XX, Foucault, Derrida, etc., que podría oficiar de capítulo en planes de estudio ecuánimes con el lugar del psicoanálisis. Por esta razón, entre otras, es que me pareció importante hacer notar que el papel rector es tomado aquí por la pulsión, si bien en relación con el sujeto pero también en lugar del sujeto: no hay sujeto de la obra. Si quisiésemos pensar en un aporte clínico, sería con cierta negatividad sobre la superstición de la cura por el arte, o al recurso terapéutico del psicoanálisis a través de la sublimación: la práctica del psicoanálisis y de la satisfacción sublimatoria son discrepantes, es un aspecto del problema de la abstinencia en el trabajo psicoanalítico.

–Hablar de una “estética de lo pulsional” es un modo de confrontar con la tradición que plantea que la obra de arte debe ser interpretada. ¿Qué aporte a la teoría del arte realiza el concepto de pulsión (el único que Freud consideró “fundamental”)?

–Observar lo que introduce lo pulsional en el pensamiento del arte permite distinguir, tal como Freud lo dispuso, la pulsión en su destino sintomal, propio de la represión, y la pulsión en su destino de sublimación, modificar el acento puesto en el lenguaje y el significante y dirigirlo a otra dimensión del cuerpo. Unico modo de preparar las cosas para la pregunta sobre qué cuerpo necesita lo estético. Es lo que nos permite discernir entre sentimiento y sensibilidad, entre percepción y gesto (la marca manual del pincel en el ojo del cuadro). No digo que con la sublimación pulsional nos desembarazamos del lenguaje, que es lo único que tenemos, pero expone otra forma de la satisfacción: en el sentido del Freud del ensayo “El poeta y su fantasía”: una cosa es la materia sexual en las fantasías del paciente, próxima a la repugnancia (a la represión y a la interpretación); otra, el destino que se produce con el ars poetica , por allí va el camino de la sublimación. Una estética de lo pulsional sería la que le presta atención al modo en que las pulsiones cambian por la fuerza de un color, de una sinfonía; a las condiciones que sufre el lenguaje para captar fuerzas. En ese sentido la sublimación es formativa de la percepción.

 

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/artes-necesitan-Freud_0_1564043605.html

“Un amor menos tonto”

En “Un amor menos tonto”, la psicoanalista Carmen González Taboas comenta el seminario 21 de Jacques Lacan, establece diversos parámetros de lectura (no obligatorios) y recalca los malentendidos del amor, causa de obras de arte, también de desastres subjetivos, transversales a clases sociales o a modos de vivir.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la editorial Grama, es un compilado erudito pero de lectura amable, que poco le debe a cierta jerigonza psi. González Taboas es miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Télam : ¿Por qué razón elegiste el Seminario XXI?
González Taboas : Había escrito antes “Mujeres”, con el Seminario 20, “Aún”, otro seminario sobre el amor. Deseaba seguir en ese surco de Lacan, lo cual no era fácil pues el seminario 21, “Los no incautos yerran”, no ha sido establecido ni traducido (corre una traducción que no facilita las cosas). Trabajé en su traducción; cada una de las clases me ponía en la proximidad de un Lacan apasionado, intenso; “no soy yo, es el discurso al que sirvo”. En este seminario Lacan habla de los desastres del amor, cuando al amor se lo sueña parecido a una fusión milagrosa de dos que hacen uno. Los sexos humanos no se aparean, cada uno entra en la conjunción sexual con sus fantasías y sus goces; por eso no hay relación-proporción sexual; ignorar el bache de los goces que nos separan y alentar ilusiones de eternidad conduce al desastre (ejemplo: los femicidios). Lacan propone en cambio un amor más real; no es cualquier amor sino un amor con reglas (reglas que no existen, que los amantes tendrán que reinventar cada vez) para que sea posible un amor menos tonto.
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T : Hablás de “los desastres del amor”. Es cierto. Sucede. El psicoanálisis ¿puede inmunizar a un sujeto de caer, o de volver a caer bajo ese embrujo?
GT : Es una pregunta divertida porque contiene los elementos de la respuesta. El psicoanálisis ni inmuniza, ni cura, ni ayuda, ni garantiza, ni salva, ni hace ninguna otra cosa. Lacan dijo alguna vez: si no hubiera existido Polonia no habría polacos. Si Freud no hubiese descubierto el psicoanálisis (la tierra extranjera en cada uno de nosotros), no existirían los psicoanalistas. En el lugar del analista se juega, por la transferencia, el acceso al inconsciente donde se traman los embrujos. Los desastres del amor, los dolores o los fracasos de la vida amorosa se repiten; siempre un nuevo embrujo puede arrebatar al individuo, inmerso en sus imaginaciones, sin poder llevar a ellas una mirada más lúcida. ¿Para qué ver a un analista? Para eso, para llevar la mirada al deseo inconsciente que nos fabrica los objetos inexistentes e imposibles. Hará falta el tiempo del análisis (la apuesta de cada uno) para reconocerse en los propios engaños y en los beneficios de goce que de ahí se extraen.

T : ¿Por qué “un amor menos tonto’? ¿Es que hay amores tontos? ¿Cuál sería la diferencia, al menos desde la orientación lacaniana?
GT : El enamoramiento, decía Freud, es un cierto estado patológico que puede pasar como una ráfaga, o cobrar la dimensión del acontecimiento amor. Hay amores locos, trágicos, dramáticos, imposibles. Amores que se vuelven ineludible tormento del espíritu (en la “Divina Comedia”, Dante imaginó el infierno de los amantes como un abrazo eterno). Si el amor irrumpe, impredecible, contingente, dice Lacan, queremos atraparlo, soñarlo necesario con promesas y garantías de eternidad; de ahí sale un “embrujado” por el espejismo de un destino, es ella, es él. En este seminario, ¿quiénes son los que yerran (los que se equivocan)?: los no incautos del inconsciente. Es decir, si no le buscan a los desastres del amor su trama inconsciente se equivocan. Se equivocarán, porque el amor se anuda para cada uno a partir de una lógica de la sexuación. La lógica común, la “normalidad”, hace agua. Desborda de ella la poesía, las artes, el capricho, lo raro, todo lo cual la complica, fastidia, contradice, enfurece. Lacan le llama goce femenino (que no es solo de las mujeres aunque muchas veces) rechazado por quien juzga desde la supuesta normalidad dictada por el lenguaje. El amor menos tonto es un amor más real, que suple (hace un lazo) donde una fractura real (necesaria) separa los goces de uno y el del otro.

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T : ¿Cómo explicar, en breve síntesis, las diferencias entre el inconsciente freudiano y el inconsciente lacaniano, el del último Lacan?
GT : No podría tratarlo en términos de semejanzas y diferencias. Quizás es una divisoria que no existe. Freud abrió lo que llamaba la “zona de las larvas”, el inconsciente de las palabras, en cuya trama de goce y deseo se forman los síntomas. Por eso, a partir de los dichos del paciente, la interpretación de las formaciones del inconsciente producía efectos terapéuticos. Freud vislumbró más, pero los analistas se apegaron a la interpretación, en lo cual Lacan vio que se redoblaba el trabajo interpretativo del propio inconsciente (lapsus, chiste, sueños). En lugar de abrir en el inconsciente las vías hacia las inercias del goce silencioso que mortifica los cuerpos, esa vía se cierra con más palabras. Por eso no hay un inconsciente freudiano y un inconsciente lacaniano, hay un inconsciente palabrero y una travesía que lleva de las palabras a la fijeza de la letra, es decir, lo que en cada uno es un modo a veces insoportable de gozar-sufrir.

T : ¿Y cómo sería una ‘República de analistas’?
GT : Es simple. En este seminario, Lacan menciona a los científicos de siglo XVII que inventaban la ciencia moderna (Fermat, Descartes, Pascal, padre e hijo, Desargues, Huygens); sus trabajos y ellos mismos se comunicaban mucho, a veces viajando entre países. Lacan invita a los analistas a continuar la búsqueda de un psicoanálisis capaz de tocar lo real que afecta a los cuerpos y escapa a las palabras. Para eso escribió sus matemas, transitó la topología (una geometría no plana) y después la topología de los nudos. La República de los analistas es el conjunto de los dispositivos de Escuela (el cartel, el análisis, el pase) cuya función es mantener, no sin las palabras, la abertura de lo que puede ser aplastado por las palabras.

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Los Simpson te introducen a la Filosofía en la Universidad de Glasgow

¿Te imaginas estudiando a esta familia tan famosa?
¿Te imaginas estudiando a esta familia tan famosa?  |  Fuente: Los Simpson
La Universidad de Glasgow, en Escocia, decidió incorporar una nueva cátedra totalmente innovadora. Denominada  D’oh! The Simpsons introduce Philosophy, pretende introducir a los alumnos en asuntos filosóficos a través del análisis de Los Simpson. 

El gran éxito de Los Simpson se debe a su gran capacidad para analizar la sociedad y demostrar, de manera exagerada y sarcástica, cómo la viven sus personajes. Según el profesor John Donaldson a cargo de la cátedra, la serie fue elegida porque “es amplia, rica y está llena de detalles. Debido a esa profundidad toca muchas ideas filosóficas”.

Desde la página oficial de la Universidad, además, aseguran que “Los Simpson son uno de los utensilios culturales más grandes del mundo moderno, en parte porque están llenos de filosofía“, y es por ello que deciden utilizarlos como vehículo de introducción. Por si fuera poco, han anunciado que debido a la alta demanda, agregaron nuevos cursos para enero y febrero del próximo año. ¿Y tu, te apuntarías a esta cátedra?

Siete problemas de ser inteligente

Siete problemas de ser inteligente

La gente más inteligente se preocupa más por la condición humana. Foto: DonkeyHotey / Wikimedia

Se dice que un día Isadora Duncan le propuso al dramaturgo Bernard Shaw tener un hijo juntos. “Con tu inteligencia y mi gracia tendría todas las posibilidades”, le anotó la famosa bailarina. “Ni lo sueñe, señora -respondió el irlandés-. ¿Qué tal si sucede a la inversa?”.  Como lo sugirió el dramaturgo inglés: nadie domina la lotería cromosómica. Sin embargo, todos quieren ganársela.

Por siglos la humanidad ha intentado descifrar cómo medir la inteligencia y en especial como obtenerla. Sin embargo, diferentes estudios recientes han demostrado que gozar de esta en exceso puede no ser tan bueno como todos creen.

Aunque suene obvio, la inteligencia no suele ser sinónimo de felicidad, seguridad, tranquilidad o éxito necesariamente. Aunque ayuda en la vida, también trae sus complicaciones. Aquí diez de estas:

1. Necesitan más tiempo solos 

Un estudio del departamento de Sicología del London School of Economics and Political Science analizó el comportamiento de más de 15 mil adultos jóvenes. Los investigadores encontraron que la mayoría de seres humanos logran sus momentos de gran felicidad cuando están compartiendo con otras personas, en especial con quienes aman. Sin embargo, esto no les sucede a quienes son muy inteligentes. Muchos de estos afirmaron no necesitar de otros pues encontraban ese sentimiento especialmente estando solos.

La verdad es que aunque a veces es necesaria, la soledad se puede convertir también en un problema. La mayoría es consciente de que fumar, llevar una dieta poco saludable o tener una vida sedentaria pueden ocasionar problemas de salud. Cada vez hay más evidencia sobre el daño que el estilo de vida solitario puede ocasionar a una persona. Una revisión científica de noviembre pasado, para la cual se analizaron estudios hechos en los últimos 34 años con 3 millones de personas, reveló que el aislamiento social o la sensación de soledad generan una carga en la salud similar a la que producen la obesidad, fumar 15 cigarrillos diarios, sufrir diabetes, no hacer ejercicio o ser alcohólico.

2. Trabajar, trabajar y trabajar

Las personas inteligentes suelen, según ese mismo estudio de London School of Economics, tener muchas más ambiciones, en especial laborales. Eso que quieran pasar más tiempo en el trabajo que la mayoría de las personas. Su objetivo es cumplir metas y completar tareas, por eso es muy fácil que ante un reto se presente la adicción al trabajo. En el mundo, en el que hay un ranking para todo, varios estudios han hecho esa correlación. El país número uno en esta adicción es Japón, que a su vez ocupa el tercer lugar en términos del IQ de sus ciudadanos. Corea del Sur, por su parte, es el segundo país en IQ y el cuarto en “workaholiscm”. Aunque esa condición es muy aplaudida por la sociedad, la verdad es que los seres humanos necesitan una vida con armonía para la salud y la familia. Estudios estiman que 10 de cada 100 personas padecen de este síndrome.

Según el experto Bryan E. Robinson, psicoterapeuta y autor del libro Encadenado al escritorio: una guía para ‘workaholics’, estas personas tienen poco equilibrio en sus vidas. “No tienen muchos amigos, no se preocupan por su salud ni tienen casi ‘hobbies’. Mientras que están por fuera de la oficina no pueden dejar de pensar en su trabajo”, afirma Robinson. Los workaholics también suelen ser personas extremadamente perfeccionistas y controladoras. En ocasiones les cuesta delegar funciones o trabajar en equipo porque quieren hacer todo, lo cual a veces puede generar tensiones y afectar el clima laboral. Pese a que son muy productivos, centran su autoestima en los logros laborales y profesionales. Esto los hace perder a veces la noción del tiempo en medio de sus tareas y sienten que no pueden darse el lujo de tener ratos libres para el ocio.

3. Más baja insatisfacción sexual  

El estudio de London School of Economics demostró una particularidad: muchas personas demasiado inteligentes tienen en su mayoría una menor actividad sexual. Esto se debe en gran parte a que la socialización es menor y el tiempo en el trabajo mucho mayor que otras personas más del “común”. Y que aveces el sexo deja de ser una prioridad. El problema es que la frecuencia sexual tiene gran incidencia en la felicidad de las personas. Los economistas, especialmente aquellos que indagan sobre las cosas que hacen feliz al ser humano, han estado intrigados por el papel que el sexo juega en la satisfacción personal. Uno de los primeros aportes lo hizo el premio nobel Daniel Kahneman, al encontrar que la actividad que más placer generaba en las personas eran las relaciones íntimas. La peor, ir de la casa al trabajo.

Cuando le preguntan por el factor primordial de su triunfo como actor y músico, Will Smith contesta que no es ni el talento ni la inteligencia sino la determinación de trabajar con más ahínco que cualquiera y no darse por vencido. El escritor John Irving, autor de The Cider House Rules y The World According to Garp, sufría de dislexia en el colegio y era un estudiante mediocre en literatura que en el examen SAT, el equivalente al Icfes, alcanzó solo 475 de 800 puntos posibles. Irving explica que más que por su aptitud para las letras, ha tenido éxito por su disciplina de trabajar lentamente y revisar una y otra vez sus borradores para perfeccionarlos.

Esto no quiere decir otra cosa que el éxito de la vida a veces no depende solo de la inteligencia, sino de la perseverancia. Un estudio de la Universidad de Pensilvania que ha sido citado más de 1.000 veces y realizó una charla TED que tiene ya más de 8 millones de vistas asegura que “la perseverancia le gana al coeficiente intelectual, y a las pruebas de conocimiento en la predicción de quienes van a tener éxito”, dice. Las personas muy inteligentes a veces sienten que tienen que esforzarse menos y terminan siendo superadas por quienes hacen la tarea.

5. Viven más angustiados 

Según un estudio publicado por BBC Mundo “mientras que la mayor parte de nosotros no sufrimos demasiado de angustia existencial, la gente más inteligente se preocupa más por la condición humana o se angustia con la estupidez de los demás. La preocupación constante puede ser, además, signo de inteligencia. Estudios demostraron que aquellos con un alto coeficiente intelectual se preocupan más y sufren mayores niveles de ansiedad a lo largo del día. Pero la ansiedad no proviene de plantearse las grande preguntas existenciales, sino de preocupaciones mundanas que los más inteligentes tienden a replantearse una y otra vez”.

6. Pueden ser inteligentes, pero quizás no sabios

La BBC agrega otro problema de los muy inteligentes: el punto ciego de parcialidad. Esto significa que muchas de las personas que sienten que son muy listas pierden la capacidad de ver sus propios defectos. Diferentes estudios han demostrado que no es la inteligencia la que lleva a las personas a acertar en sus decisiones sino la sabiduría. La estadounidense Pamela Druckerman, autora del libro Bringing up Bebe, y radicada en París, escribió una columna en el diario The New York Times en la cual hace un listado de las cosas que una persona de 44 años, como ella, ya debe haber aprendido a esa altura.

Estos eran algunos: Preocuparse menos por lo que la gente piensa de uno, dormir ocho horas continuas, aceptar que no existen las almas gemelas, Decir ‘no’, no desgastarse ni pelear pensando en si Dios existe. Y uno basado en un estudio muy particular: “saber que uno no es tan especial como creía: 95 por ciento de las personas son comunes y corrientes y solo el 5 por ciento son únicas. Saberlo es una decepción pero también un alivio”. El texto se volvió viral porque aunque ningún consejo era “demasiado intelectual”, si representaba la sabiduría de la vida.

7. No duermen bien 

Un estudio de la universidad de Londres relacionó el IQ con los problemas de insomnio. Después de entrevistar a cientos de personas, quienes tenían más IQ sostuvieron que solían quedarse más tarde despiertos pues les gustaba aprovechar al máximo su día. Mientras otras personas usan la noche para estar con su familia, tener sexo, o simplemente ver televisión, muchos de los inteligentes usan esas horas en las que por fin pueden tener momentos de soledad para adelantar trabajo. El problema es que dormir muy pocas horas también trae muchos problemas. Muchas personas posponen la hora de ir a la cama para hacer otras actividades, como si dormir fuera una pérdida de tiempo. Pero cada vez más estudios confirman lo obvio: que el sueño es vital para la salud.

Según los expertos, casi todas las células del cuerpo se afectan cuando esta función se interrumpe. Por lo tanto robarle tiempo a esta fundación reparadora tendría efectos negativos en muchos órganos, desde el corazón hasta el sistema inmunológico. Se ha establecido que entre 7 y 8 horas en brazos de Morfeo son indispensables para tener una salud óptima.

Tomado de http://www.semana.com/vida-moderna/articulo/siete-problemas-de-ser-inteligente/506047

Reconocer la heterogeneidad del cáncer, implica que cada uno necesitará una terapia diferente

Chris Sander, antes de la entrevistaLos grandes proyectos de secuenciación del genoma del cáncer iniciados hace una década han demostrado que cada tipo de tumor es tan diferente de otro a nivel genético y molecular que parecen enfermedades distintas. Esa heterogeneidad también se da dentro de cada paciente, una célula de un tumor puede ser muy distinta de la de al lado. Y toda esta variabilidad genética puede explicar por qué unas personas (y células) responden a los tratamientos oncológicos y otras no.

“Con tanta complejidad, sólo utilizando ordenadores se podrá resolver el problema”, explica Fátima Al-Shahrour, investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Al-Shahrour es especialista en bioinformática, una disciplina en expansión que mezcla el poder de cálculo de los ordenadores actuales con herramientas prestadas de las matemáticas y la estadística para analizar la inmensidad del Big Data genético del cáncer. Al-Shahrour ha sido una de las organizadoras de un congreso internacional del CNIO y La Fundación La Caixa que se ha centrado en cómo entender y combatir la heterogeneidad del cáncer gracias a la bioinformática.

Tenemos que encontrar la forma de hacer ensayos clínicos alternativos, financiados con dinero público

Chris Sander, uno de los padres de esta disciplina, ha sido la estrella del congreso. Es investigador del Instituto de Cáncer Dana-Farber de Boston (EEUU) y uno de los líderes del Atlas del Genoma del Cáncer, un consorcio estadounidense que ha estudiado las variaciones genómicas de 30 tipos de tumores en 20.000 personas. “Esta base de datos nos abre ahora la visión a los detalles microscópicos de lo que sucede cuando hay un cáncer”, resalta Sander. Físico teórico, se pasó a la biomedicina hace más de cuatro décadas. Sander ha dearrollado algortimos capaces de resolver problemas de biología que se le resistían a los mayores superordenadores del mundo y creado unidades de bioinformática en el Laboratorio Europeo de Biología Molecular y el Centro de Cáncer Memorial Sloan-Kettering de Nueva York. En esta entrevista explica cómo la bioinformática puede ayudar a encontrar nuevas terapias combinadas más efectivas y asequibles.

Pregunta. ¿Qué le diría a una persona con cáncer sobre cómo la bioinformática puede mejorar los tratamientos?

Respuesta. Por ejemplo, hemos demostrado que hay tumores cerebrales que parecen muy similares, pero cuando los analizas desde el punto de vista molecular y genético resulta que cada persona tiene un tumor diferente. Es la heterogeneidad del cáncer, lo que implica que cada uno necesitará una terapia diferente. Nosotros podemos relacionar el paisaje complejo de cada tumor y el número de drogas disponibles para encontrar la combinación correcta. Inicialmente lo vamos a estudiar en ensayos clínicos con pacientes y después comenzará a hacerse en los hospitales, como terapia.

P. Usted defiende que los pacientes también pueden tener un papel más activo en la lucha contra el cáncer

Mi petición a los pacientes es que que dejen captar su información de salud a través de sus teléfonos inteligentes

R. Sí. Por ahora el poder de la genómica en el cáncer son los más de 60.000 tumores analizados a nivel de genética molecular. Esa es la montaña de datos que tenemos. Lo que nos falta es una información equiparable sobre personas. Esa información está bloqueada en los hospitales y es incompleta. Tenemos que trabajar para estructurarla bien, publicarla y compartirla, de forma que podamos pasar de una montaña de datos genéticos a otra de datos de salud personales, historias médicas, estilos de vida, etc. Mi petición a los pacientes es que trabajen con la comunidad de ingenieros informáticos, los geeks, y que les dejen captar su información de salud a través de sus teléfonos inteligentes, de forma que podamos obtener esa información directamente de ellos. Esto ya está pasando, hay programas pilotos en marcha.

P. ¿Debe la gente preocuparse porque se expongan sus datos de salud?

R. Deberíamos crear un derecho constitucional de cada persona a la propiedad sobre su información genómica y de salud. Una vez tengas ese derecho podrás guardarte los datos solo para ti o compartirlos. Hay gente con un cáncer muy agresivo que quiere compartir sus datos mientras estén vivos porque esperan ayudar a otras personas conectadas, igual que en Facebook. Si conseguimos proteger ese derecho, creamos la libertad de compartir información. Y si lo hacemos bien, tendremos una base de datos extremadamente poderosa. Podremos multiplicar por 10 o por 100 los beneficios que ya permite la bioinformática en el tratamiento de tumores.

A Trump le llamo basura [dump]

P. ¿Los ordenadores también pueden encontrar nuevos usos a fármacos ya existentes?

R. Sí. Especialmente con las llamadas terapias combinadas, cuando usas varias drogas juntas para combatir tumores que son resistentes a un fármaco. Una derivada de esto es que puedes evitar usar los fármacos más caros, de digamos unos 200.000 euros, y sustituirlos por una combinación de otros ya aprobados mucho más baratos. Este reposicionamiento ofrece una enorme oportunidad. Pero las grandes farmacéuticas se oponen. Han hecho grandes contribuciones para curar el cáncer, pero no están interesadas en hacer ensayos clínicos si no tienen la oportunidad de sacar un montón de dinero. Si una combinación contiene un medicamento barato, las grandes farmacéuticas no harán el ensayo porque no aumentará sus beneficios. Por eso tenemos que encontrar la forma de hacer ensayos clínicos alternativos, financiados con dinero público. Es un problema social y político, pero hay la oportunidad de aportar un enorme beneficio a los pacientes con cáncer si hacemos ensayos públicos, por ejemplo sobre tumores muy especializados que no les interesan a las grandes compañías.

P. ¿Así que las grandes farmacéuticas se oponen al desarrollo de nuevos tratamientos?

Estamos permitiendo que haya muertes por cáncer totalmente innecesarias

R. Sí. Están poniendo el foco en una sección demasiado pequeña, debemos ampliar las miras.

P. ¿Cuándo llegarán las terapias mejoradas gracias a la bioinformática?

R. Ya. Es parte del sistema global de desarrollo de nuevas terapias. Por ejemplo, considera el melanoma, una enfermedad mortífera y muy rápida. Los nuevos ensayos clínicos de inmunoterapia han tenido una tasa de éxito de entre el 40% y el 50% dos años después del tratamiento, es decir, hay gente que potencialmente se ha curado o al menos no se morirá de melanoma. Es un logro rompedor. No se desprende directamente de la bioinformática, pero esta está ayudando a mejorar los resultados relacionando los tratamientos con el perfil genético de la gente y mostrando quién puede responder mejor.

P. ¿Cómo cree que afectará la victoria de Donald Trump a la ciencia en EE UU?

R. Yo le llamo basura [dump, en inglés], por razones obvias. Hace 77 años ya vimos dónde llevan ciertos movimientos políticos. Creo que ese es el mayor riesgo. Alguno de los políticos que han ganado las elecciones han negado la base científica del cambio climático, incluso en sus filas cuestionan la evolución. Si esa enemistad a la ciencia se traduce en recortes, habrá un problema en la investigación del cáncer. Como científicos debemos alzar al voz para que no haya un nuevo movimiento anticientífico.

P. ¿La medicina personalizada podría incrementar la desigualdad en algo tan importante como la salud?

R. Hay un problema sin resolver. Si quisiéramos reducir las muertes por cáncer en el mundo con una sola acción, esa sería una campaña mundial contra el tabaco y a favor de cambios en la dieta y los hábitos de vida. En una conferencia científica reciente en Singapur hubo una ponencia de Phillip Morris, una de las empresas del cáncer, que aseguraban estar haciendo investigación positiva en biología de sistemas. Cuando miré de qué se trataba, estaban desarrollando nuevos cigarrillos un poquito menos peligrosos ¡y los presentaban como si fuera ciencia! Como seres humanos estamos permitiendo que haya muertes por cáncer totalmente innecesarias y deberíamos pararlo. A no ser que solucionemos estos problemas sociales, la ciencia no podrá cambiar las cosas.

La muerte voluntaria como tema literario

 Réquiem por un suicida ocupó en México uno de los primeros lugares de ventas, en mi haber, modesta hazaña que sólo he logrado en 1971 con El gran solitario de Palacio | Ilustración: TARINGA.COMCuando en 1994 apareció mi novela Réquiem por un suicida, finalista del Premio Planeta, editada en Madrid, se la envié a un amigo, que conocí en Chile, el crítico literario John Hassett. Me escribió diciéndome que la leyó con placer, que el tema era inquietante. Con cierta rapidez la obra llegó a cuatro ediciones y una de bolsillo. La crisis económica le puso fin a las buenas ventas. Su precio subió hasta valer una pequeña fortuna en esa época. En México la retomó Nueva Imagen, hoy desaparecida, y la incluyó en la serie de mis Obras completas, que se esfumó al comprarla la empresa Larousse, pues no le interesaban, dijo, las obras de literatos. Salimos, entre otros, José Agustín, Óscar de la Borbolla, Beatriz Escalante y muchos más. Hoy está en el mundo digital, en la Editorial Ink.

Hasta ese momento no había tenido problemas para editar. El Fondo de Cultura Económica, cuando el director era Miguel de la Madrid, publicó mi quinto libro en esa empresa: Cuentos de hadas amorosas en la serie Letras Mexicanas, donde apareció mi primer volumen de relatos: Hacia el fin del mundo, junto a El ala del tigre, de mi admirado amigo y maestro Rubén Bonifaz Nuño. Coincidiendo, cumplí veinticinco años como autor del Fondo, la empresa mandó imprimir un cartel con trabajos de Cuevas y organizó una mesa redonda como homenaje, acompañado por Cristina Pacheco, José Luis Cuevas, Griselda Álvarez y el fundador de la Sogem, José María Fernández Unsaín.

Pero hablaba yo de la muerte voluntaria como tema literario. En las primeras semanas, Réquiem por un suicida ocupó en México uno de los primeros lugares de ventas, en mi haber, modesta hazaña que sólo he logrado en 1971 con El gran solitario de Palacio. En esos días me tocó dar varias lecturas, entre ellas, una en el Club de Industriales, otra más en la delegación Iztacalco. En el primer sitio, una señora dedicada a los negocios se acercó y me dijo, mostrándome un ejemplar de la novela: “No sabe usted el alivio que me trajo su libro. Mi hija se suicidó y en su novela encontré palabras de amor para la muerte. No debe ser tan terrible si alguien puede enamorarse de ella”. Mientras aquella mujer atribulada hablaba, yo estaba sorprendido de que la literatura sirviera de consuelo. En efecto, yo no trato mal a la muerte, hablo de sus discutibles virtudes y, al contrario de la mayoría, escribo de la belleza que puede significar la muerte, en particular la voluntaria (asistida o no), si existen razones poderosas, enfermedades terminales, por ejemplo.

En Iztacalco, un público afectuoso me recibió. Durante las preguntas y respuestas, una mujer joven me preguntó, en clara alusión a Réquiem, si yo amaba o le temía a la muerte. Le dije con absoluta sinceridad que le temía y la detestaba. A mí, como a mi amigo el poeta Marco Antonio Montes de Oca, me gustaría morir sólo por diez minutos. Al final de la plática, la mujer insistió en el tema: ‘’Amo la muerte”. Y eso me dejó pensativo. Mi intención no es invitar a nadie al suicidio. Trato, eso sí, de mostrar a un personaje complejo, sensible y capaz de enamorarse de la muerte a pesar de tener éxito y carecer de males físicos y mentales. ¿Por qué temerle si es algo natural, como el nacimiento, o quizá pueda ser la respuesta sensata a una vida atribulada? Hay una infinidad de escritores que le han dedicado palabras afectuosas o de artistas que han recurrido a ella con cierto placer probablemente morboso. Roland Barthes, en su libro Fragmentos de un discurso amoroso, nos recuerda que el desvelo amoroso fatiga tanto o más que el causado por el trabajo.Werther, el más célebre de los suicidas, el gran personaje de Goethe, padecía ese tremendo insomnio que causa un mal amor. Cuando decide matarse, se acuesta y duerme plácidamente. A decir verdad, jamás he pensado en el suicidio ni deseo estimularlo (no podría soportar en mi conciencia el peso de una muerte). Al escribir Réquiem vi las cosas de modo diferente. Mi deseo era considerar al suicida no como una pérdida irremediable, sino como el encuentro afortunado de alguien que detesta la vida y sus vulgaridades. Ello sin el alivio de la religión y con la certeza de que cualquier cosa es superior a una existencia patética. A diferencia deDante, mi propósito no era causar el desánimo entre los pecadores, sino mostrarles una estética de la muerte. Hasta para morir se necesita estilo.

Imposible olvidar a un personaje de Borges que usé en mi novela, cuchillero: a la hora de agonizar no acepta que le vean en la cara los gestos de dolor y pide que se la cubran. No existe razón para detestar algo tan común como la muerte y si ésta llega de modo voluntario, como modesta victoria de la libertad, el respeto debe ser total: antes hubo una abierta lucha entre el instinto de supervivencia, los valores sociales y religiosos y la inteligencia.

Para redactar tal novela me vi obligado a leer una infinita bibliografía y a investigar entre suicidas fallidos y personas que habían perdido a un ser querido que optó por ese acto de libertad (la expresión es de
Albert Camus). Comencé con El suicidio de Durkheim, que prueba, entre otras cosas, que son los cuerdos y no los locos quienes se matan. En novelas, cuentos y poemas, en la prensa, hallé no cientos, sino miles de suicidas y descubrí que las razones para ello son excesivas y condenadas por las religiones y la sociedad: desde una profunda depresión causada por el fracaso amoroso hasta por la feroz amenaza de una deuda. La mejor la hallé en Kafka: uno de sus personajes se deja morir de hambre en un circo por una simple razón: no le gustaba comer. Mi personaje, aunque triunfador, detestaba vivir.

www.reneavilesfabila.com.mx

FUENTE: EXCÉLSIOR

ENLACE: http://www.excelsior.com.mx/opinion/rene-aviles-fabila/2016/10/02/1120118

Feminicidio, diálogo entre género y psicoanálisis

La expresión más extrema de la violencia machista pone en evidencia que los dispositivos patriarcales requieren respuestas complejas, desde múltiples disciplinas hasta recursos materiales y simbólicos para la apremiante transformación social y subjetiva.

Por Mabel Burin

El concepto de feminicidio nos convoca y nos interpela a quienes venimos del campo del psicoanálisis, porque sigue siendo necesario que también desde nuestra disciplina como psicoanalistas demos respuesta a esta lacra humana que se cobra cientos de vidas de mujeres al año en nuestro país. He de proponer una articulación entre las teorías de los Estudios de Género y algunas hipótesis psicoanalíticas, en el intento de iluminar facetas que aporten al análisis de este problema.

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Tratamos de entrecruzar los conocimientos que provienen del campo psicoanalítico con los estudios de las llamadas ciencias sociales (una y otra vez invocamos conocimientos proporcionados por la sociología, la antropología, la historia, la psicología social, etc.), lo cual hace difícil la delimitación o el “control de las fronteras”. Con ello, consideramos que no sólo enriquecemos la perspectiva, sino que, además, colocamos el campo de estudios del psicoanálisis en un punto de encrucijada, expresada hoy en día en el quehacer científico con el término de interdisciplinariedad. Sin embargo, estos criterios han sido a menudo denunciados como si se trataran de “cuestiones extraterritoriales”, especialmente desde aquellas modalidades psicoanalíticas que proclaman una estricta preservación de sus fronteras, con el riesgo consecuente de auto-fagocitarse si es que no se nutren de conocimientos provenientes de otras disciplinas.

Los nuevos criterios para reformular los modelos psicoanalíticos clásicos incluyen, en primer lugar la noción de complejidad: flexibilidad para utilizar pensamientos complejos, tolerantes de las contradicciones, capaces de mantener la tensión entre aspectos antagónicos de lo que observamos, y de abordar, también con recursos complejos, a veces conflictivos entre sí, los problemas que resultan de ese modo de pensar.

Este planteo ofrece una modalidad de intercambio entre los Estudios de Género y los conocimientos psicoanalíticos al estilo de un diálogo, como una conversación entre disciplinas, tal como lo propone la psicoanalista Jane Flax, con la aspiración del enriquecimiento mutuo y sin la pretensión de arribar a conclusiones cerradas ni definitivas.

Los Estudios de Género nos han suministrado conocimientos acerca del modo en que la cultura patriarcal ha impactado en la construcción de la subjetividad de los varones, proporcionando determinados estereotipos de género masculinos transmitidos desde los primeros tiempos de su formación como sujeto. La incorporación de ideales masculinos para “ser todo un hombre” sobre la base de poseer determinados atributos, tales como la fuerza, la valentía, y otros, han sido descriptos por el filósofo Victor Seidler como rasgos propios de la masculinidad en occidente a partir de la Revolución Industrial. Junto con la división sexual del trabajo, se produjo la separación de dos áreas de poder para varones y mujeres: para ellos el poder racional y el poder económico –adquiridos en el ámbito público– y para ellas el poder de los afectos, desplegados especialmente en el ámbito familiar y doméstico. Estos ideales sociales siguen operando con singular eficacia en la construcción de las subjetividades, de modo que cuando los sujetos fracasan en lograrlos, se produce un colapso narcisístico difícil de sobrellevar. El sociólogo Pierre Bourdieu interpreta al ejercicio del poder masculino en nuestra cultura patriarcal bajo el formato de lo que ha denominado “la dominación masculina”. Los modos de ejercicio de poder masculino son variados y se pueden expresar en distintas versiones, pero cuando analizamos el feminicidio entendemos que la finalidad última es mantener su posición de dominio y autoridad en relación con una mujer –pueden ser varias mujeres, tales como ocurrió en el caso del odontólogo Barreda quien mató a su esposa, su suegra y sus dos hijas– ante el sentimiento de humillación y/o desconocimiento de sus atributos de dominio y autoridad por parte de la mujer a la que mata. La/las mujeres son objetalizadas, condenadas a la nada por parte de quien trata de mantener una posición de sujeto dominante, una posición que se ve amenazada por el agravio de quien no lo reconoce como tal.

Sin embargo, el feminicidio no siempre se da dentro de un vínculo de intimidad, como parte de un tipo de relación donde existiría un pacto o alianza inconciente previa de reconocimiento mutuo, sino que a menudo se da cuando una mujer es considerada como objeto sexual, y su asesinato se produce en el contexto de una violación o de alguna otra forma de abuso. En estos casos de lo que se trata es de eliminar lo humano de la otra, desubjetivizándola y simultáneamente desubjetivizándose, esto es, siendo él mismo un objeto para su desborde pulsional. Una paciente relata en su sesión: “(…) Cuando mi yerno perdió su trabajo estuvo cada vez peor, se deprimió y no había tratamiento que lo sacara adelante, tomaba mucho alcohol (…), con lo que ganaba mi hija no alcanzaba, discutían todo el tiempo, él le exigía que ganara más ya que él no podía, y ella no quería porque también quería estar con los chicos, que eran chiquitos todavía (…) esa noche mi yerno mató a mi hija con un revólver que tenía en casa y después se mató él (…) los chicos eran chiquitos, se quedaron muy mal, la nena volvió a mojar la cama, tenía pesadillas y se despertaba a la noche gritando, el nene no quería ir al jardín de infantes y estuvo un tiempo mudo, sin hablar nada (…) yo estaba destrozada, pero tuve que hacerme cargo de ellos. Todos quedamos destrozados (…) Ya pasaron diez años y yo sigo con insomnio desde ese momento (…)”. Este es un modo de expresión de la crueldad patriarcal: impotencia-prepotencia, muerte, destrozamiento subjetivo, marcas traumáticas desgarradoras sobre quienes padecen los resultados del feminicidio.

En este punto quiero recordar un movimiento pulsional-deseante, planteado por la teoría freudiana, en particular referido a la pulsión de dominio en sus tres versiones posibles: dominar-dominarse-ser dominado, o sea, en sus versiones activa, reflexiva y pasiva. Cuando se trata del desborde de la pulsión de dominio, consideramos la versión activa de esta pulsión, la de dominar, y el fracaso concomitante de sus otras versiones: dominarse y ser dominado. El agravio supuesto al ideal de masculinidad sólo tiene una respuesta posible: la expresión irrestricta de la acción de dominar a quien promovería el agravio, sin que se produzca la así llamada renuncia pulsional, tal como lo planteó S. Freud en El malestar en la cultura cuando propuso que para formar parte de una comunidad es necesaria la aceptación de algunas restricciones, entre las cuales se encuentran ciertas renuncias pulsionales. La víctima de quien queda desubjetivizado, a merced de su impulsividad pulsional, deja de ser una semejante, pasa a ser otra radical, irrepresentable en su otredad.

Aquí podríamos hacer algunos comentarios acerca de algunos modelos psicoanalíticos que enfatizaron más el valor de la diferencia que el de la semejanza, tal como lo plantea J. Benjamin al analizar los criterios del desarrollo infantil edípico y pre-edípico. Cuando se pone el acento en las hipótesis psicoanalíticas sobre la significación otorgada a la diferenciación en el curso del desarrollo humano como si fuera más significativa que la comprensión de la igualdad, nos encontramos con el problema de cómo tender un puente entre los aparentes opuestos, asimilar la diferencia sin repudiar la semejanza. Tanto esta autora como la psicoanalista Nancy Chodorow señalan la insistencia de los hombres en sobrevalorar la diferenciación debido al esfuerzo que éstos tienen que hacer para separarse-desidentificarse de la madre en pos de la resolución del conflicto edípico. Esta lógica binaria “o/o” impone una división entre los géneros a la hora de construir identidades genéricas diferenciadas y opuestas, en lugar de proponer una relación de tensión y de conflicto. Las teorías de construcción de los géneros han revisado esta propuesta psicoanalítica clásica, basada en un modelo masculino patriarcal de suponer el desarrollo del infante humano. Los Estudios de Género, desde una perspectiva feminista, prefieren una noción de diferencias múltiples e identificaciones inestables para construir la así llamada identidad de género, incluyendo lo que J. Benjamin denomina “identificación con la diferencia”.

El flagelo del feminicidio pone en evidencia que estos dispositivos patriarcales –incluyendo su abordaje desde las teorías y las prácticas psicoanalíticas– requieren respuestas complejas, desde múltiples disciplinas, así como contar con recursos materiales y simbólicos para la transformación social y subjetiva urgentes, apremiantes, impostergables. Quienes operamos en el campo del psicoanálisis podemos contribuir con nuestras teorías y nuestras prácticas para diseñar nuevos recursos simbólicos, disponiendo una escucha –tal como expresaría la psicoanalista francesa Luce Irigaray “¿cuál es la redondez de nuestra oreja para escuchar lo distinto?”– para la variabilidad y multiplicidad en la construcción subjetiva de quienes recurren a nosotros, poniendo en suspenso los estereotipos de género tradicionales y dando lugar a nuevos recursos de interpretación.

* Doctora en psicología, directora del Programa de Género y Subjetividad de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), Buenos Aires.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-313872-2016-11-10.html