Futbol, lingüística y psicoanálisis

“Cruzazulean” ya es sinónimo de menoscabar, echar a perder o es un adjetivo empleado para desestimar a un equipo o designado para una situación cotidiana que no tenga que ver con el futbol o el deporte. Una definición que puede interpretarse aplicando muchos matices. La Máquina se lo ganó a pulso por los resultados que al final de cada partido o torneo dejan pocos argumentos en su defensa. América, su más reciente verdugo en la final del Clausura 2013, le hizo la maldad otra vez y Cruz Azul sigue sin ser favorito.

La remontada del sábado en el partido ante el América (4-3) ha quedado dilapidada en su camino histórico de fracasos y decepciones. El que Cruz Azul pierda constantemente cuando está a punto de ganar es un acontecimiento que llama la atención y el psicoanálisis tiene algunas teorías que sirven como gafas para entender la situación a través de ellas.

Tener el récord de subcampeonatos en Primera División con 10 no es en absoluto un aliciente comparado con los 12 títulos que colocan al América en el primer lugar en títulos de liga.

Melanie Klein, fundadora de la escuela inglesa de psicoanálisis, en su publicación Envidia y gratitud argumentó que la envidia es una fuerza destructiva que surge cuando se mira lo que el otro tiene. Por lo tanto, una manera de contener esa fuerza destructiva es volcarla contra uno mismo; es decir, que el envidioso sucumbe y sus acciones desembocan al fracaso.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, en su obra Los que fracasan cuando triunfan se refiere a los que se sabotean para no ganar, ya que ser exitoso de una manera tan apasionante representa un sentir arriesgado y por lo tanto se autoboicotean.

Señales de lo anterior se visualizan en una consecuente desorganización ante la ausencia de la deseada alegría o éxito.

Las redes sociales son un termómetro que nos permite leer las reacciones que desata el constante bullying por las derrotas del Cruz Azul. De un día para otro se dispararon las menciones de la palabra “cruzazulear”.

En la herramienta Tweetchup #cruzazulear generó 55 tuits el sábado y para el domingo ya sumaban 110. Sin el hashtag, el comportamiento fue a la inversa, el sábado se generaron 909 tuits y el domingo se registraron 691.

Los usuarios de Twitter ocuparon el término para referirse a otros deportes, por ejemplo, para explicar acontecimientos en el futbol americano.

Se pueden encontrar comentarios como “Al parecer también los Lions la van a cruzazulear contra los Colts”, “Cowboys la acaba de cruzazulear” o incluso citan a la Real Academia de la Lengua Española para que agregue la definición.

En uno de los buscadores más populares, Wikipedia, la palabra fue incluso publicada, pero se aplicaron los criterios para el borrado rápido, condición que se ejecuta cuando una publicación tiende al vandalismo o insulto hacia cualquier persona o ideología que desacredite una postura o que engañe al lector haciéndole creer que algo falso es real.

En Google Trends, otra herramienta de medición, la palabra aparece en registros a partir de abril del 2013, que conicide con la final del Clausura 2013. ¿Hay alguna visión de envidia o miedo al éxito dentro de Cruz Azul que se impregna en todos con el funesto resultado de nunca ganar? La ideología de grupo se soporta en la suma de las individualidades para formar una sola conducta.

marisol.rojas@eleconomista.mx

 

Tomado de http://eleconomista.com.mx/deportes/2016/09/11/cruzazulear-entre-divan-lingueistica

La relación extramarital como “puesta en acto”

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Mario Campuzano

El triángulo amoroso aparece a partir de la monogamia. Formas matrimoniales distintas no dan lugar a esta posibilidad. En la Europa medieval y renacentista, las relaciones extra-maritales eran lo habitual en las clases acomodadas, de ahí la tolerancia y hasta estímulo que la cultura occidental ha dado a la infidelidad masculina. De manera similar, los hombres en las clases altas del México prehispánico tenían derecho a la poligamia, situación que, apenas encubierta, mantuvieron muchos españoles, aprovechando las ventajas de ser los conquistadores de los pueblos indios, situación que ha dado lugar a marcadas diferencias en la frecuencia y aceptación social de la infidelidad masculina en comparación con la infidelidad femenina.

Peggy Vaughan, quien ha abordado el tema de los amoríos extramaritales (El mito de la monogamia), no duda en considerar un mito a la monogamia al destacar que cálculos conservadores establecen que sesenta por ciento de los hombres y cuarenta por ciento de las mujeres (en Estados Unidos) han tenido alguna relación extramatrimonial. Revisa las estadísticas desde los informes de Kinsey, en los años cuarenta, en donde cincuenta por ciento de los hombres mencionan haber tenido relaciones extramaritales, hasta investigaciones recientes que muestran cifras más altas y tendencias crecientes tanto en hombres como en mujeres. También destaca la influencia de la sociedad para la presentación de este fenómeno, así como la devastación emocional que puede producirse en el cónyuge afectado al saberlo y tratar de comprenderlo.

Henry v. Dicks, el psicoanalista inglés que iniciara la práctica de las terapias conjuntas de pareja desde el enfoque kleiniano (Marital Tensions. Clinical StudiesTowards a Psychological Theory of Interaction), establece como principio básico que la relación extramarital como “puesta en acto” de un conflicto conyugal sólo es comprensible a la luz de la dinámica total de la relación de pareja, y propone una clasificación de “infidelidad benigna” e “infidelidad maligna”.

En la modalidad benigna, el tercero ocupa el lugar de un objeto transicional “que tiene el papel nada envidiable de ser usado por la diada para sus propios propósitos profundos, para luego desaparecer sin traza en su posterior historia”. La complicidad consciente o inconsciente del cónyuge es lo usual en estos casos, así como la función equilibrante o compensatoria del tercero(a) para la diada. Esta necesidad de apoyo mediante un tercero para el individuo o la diada podría explicar la frecuencia de los amoríos extramaritales que ya se mencionó.

En cambio, en la modalidad maligna el tercero cumple una función de agresión, devaluación y rechazo encaminados al sometimiento descalificador o separación del cónyuge. En lugar de la culpa y los sentimientos reparatorios en relación con la transgresión de las fronteras diádicas, que se da en el primer caso, aquí aparece la insensibilidad e indiferencia ante el cónyuge herido. La infidelidad es un arma más para agredirlo y/o enloquecerlo.

Jürg Willi, un psicoterapeuta de parejas suizo (La pareja humana: relación y conflicto), por su parte, aborda la variación histórica de la posición ideológica de los terapeutas, en el ámbito europeo, en los siguientes términos:

Los psicoterapeutas se esfuerzan fundamentalmente en adoptar una actitud imparcial y dejan al arbitrio del matrimonio que intenten acomodarse a ese amorío extraconyugal, o quieran disolver su matrimonio, o deban abandonar dicha relación extramatrimonial. Pero en la literatura psicoterapéutica llama la atención cómo se va dibujando un cambio en las ideas de valor de los terapeutas. Todavía hace pocos años, cuando alguno no se mostraba apto para una relación bipersonal estable y duradera, sino que se lanzaba a relaciones fuera del matrimonio, inmediatamente se le achacaba incapacidad neurótica para el compromiso estable, temor a la intimidad o afán de afirmación fálica… Hoy se puede apreciar una tendencia a la inversa. La pretensión de fidelidad conyugal es para algunos sospechosa de neurosis. Se ponen los celos en conexión con deseos infantiles de dependencia, miedo a la separación, deseo de posesión, etc., y son motivo para un tratamiento psicoterapéutico.

Este es un campo polémico y de entrecruzamiento de valores que abarca tanto a pacientes como a terapeutas, y que no está de ninguna manera resuelto a pesar de que las relaciones extraconyugales son un motivo frecuente de consulta psicoterapéutica individual o de pareja.

La relación triangular en la perspectiva sistémica y psicoanalítica

El concepto de relación triangular o triangulación aparece desde las primeras épocas de la aplicación de la teoría general de los sistemas al diagnóstico y tratamiento de parejas y familias. Se inicia con los primeros autores de este enfoque, como Bowen (1966) y Jackson (1967) e implica el concepto de que el proceso emocional en cualquier diada es inestable y frecuentemente busca equilibrarse, sin enfrentar la necesidad de cambios, mediante una relación triangular. Desde la perspectiva sistémica sería una modalidad de “evitación del conflicto”, y desde la perspectiva psicoanalítica sería una modalidad de defensa interpersonal de tipo fóbico. En esta visión sistémica, y en un sentido amplio, la relación triangular busca diluir la tensión entre los cónyuges y crear un nuevo lugar a donde pueden desplazar su conflicto, ya sea la triangulación con los hijos, con diversos miembros de las familias de origen, con personajes extrafamiliares del vecindario o el trabajo, o con affairs extramaritales. En todos los casos, así encubra o intensifique el conflicto marital, el triángulo busca reducir el nivel de angustia e incomodidad del cónyuge actuante mediante la externalización del proceso.

En el caso del triángulo amoroso, algunas veces la situación puede calmar el malestar de un cónyuge y estabilizar a la pareja temporalmente hasta que se recupera el equilibrio de la diada. En otras ocasiones acentúa el conflicto marital al punto que la función equilibrante del triángulo es insuficiente, o se descubre el triángulo produciendo una crisis que, en los casos positivos, puede ayudar a la pareja a enfrentar los conflictos evitados. En otras parejas el triángulo es insuficiente para equilibrarlos y pueden llegar a psicoterapia por otros motivos y aparecer ahí el affair explícito o como secreto compartido con el terapeuta.

Guerin y colaboradores (The Evaluation and Treat-ment of Marital Conflict. A Four-Stage Approachse) plantean un trabajo focalizado en tres pasos cuando el triángulo es explícito:

1. Sistematizar la comprensión del affair trabajando la parte que cada cónyuge juega en el proceso.

2. Incluir la interacción de la pareja, no sólo la participación del que está teniendo o tuvo la relación extramarital, sino también la del otro cónyuge.

3. Restablecer la confianza y la verdad en la relación marital.

El enfoque de Guerin, como se aprecia, no es sistémico “puro”, sino combinado ampliamente con conceptos psicodinámicos y se encuentra bastante cerca de la perspectiva de un autor psicoanalítico como Dicks (citado previamente) en cuanto toma en consideración la función de apoyo del triángulo, sea para equilibrar y mantener la relación marital o para atacarla y destruirla.

Un elemento diagnóstico de gran importancia tiene que ver con el tipo de estructura caracterológica, preedípica o edípica, que subyace en cada individuo de la pareja. En las estructuras preedípicas, más inmaduras, la cercanía con el estado original de simbiosis con la madre hace que predominen las defensas interpersonales sobre las intrapsíquicas, dando lugar a frecuentes actuaciones, lo cual favorecerá la instalación de triangulaciones defensivas.

Pero aun en los caracteres edípicos o neuróticos, que tienen predominio de defensas intrapsíquicas evolucionadas del tipo de la represión, el triángulo extramarital implica una defensa fóbica, evitativa, de la cercanía afectiva, de la insatisfacción sexual, del compromiso adulto, de la lucha por el poder en la pareja, o de la agresión no destructiva necesaria para enfrentar los conflictos relacionales.

Factores individuales y sociales

Hay que recordar que el matrimonio fue una alianza de linajes en el que con frecuencia ni siquiera se solicitaba el consentimiento de los cónyuges. Es hasta la Edad Moderna que aparece la novedad cultural del amor romántico y de ahí una exigencia inédita: la de la elección y mantenimiento de la pareja por amor, a lo cual se agrega la exigencia contemporánea de la satisfacción sexual mutua. Ambas cosas, por supuesto, demandan a las parejas una gran capacidad de diálogo verbal, afectivo y genital que muchas no están en condiciones de alcanzar y que, en ocasiones, llevan a buscar su compensación por medio de relaciones extramaritales. Veamos un ejemplo prototípico:

Relaciones extramaritales defensivas y compensatorias

José y Elena forman una pareja de profesionales de edad media, con varios años de casados. Tienen un pequeño hijo. Ella no trabaja y él pasa mucho tiempo en un trabajo absorbente que lo va distanciando de su pareja y familia. Ella compensa esas ausencias con un mayor apego a su familia de origen y con actividades religiosas. En estas condiciones pierden capacidad de comunicación y vinculación; la sexualidad escasea cada vez más. Él lo resiente, pero se siente muy satisfecho con el clima familiar, de manera que, sin mayor escándalo, lo compensa mediante la recuperación del contacto con antiguas amantes con las cuales tiene relaciones sexuales cuidadosamente reguladas para que no le causen conflictos con su esposa.

El arreglo funciona bien durante varios años aunque se incrementan las fricciones de la pareja, para culminar en su separación, cuando él conoce y se enamora de otra mujer que cubre las necesidades pasionales perdidas en la relación marital. La función equilibrante de los terceros llegó así a su límite.

Este ejemplo muestra los esfuerzos compensatorios conscientes ante la insatisfacción sexual con la pareja conyugal mediante la utilización de relaciones extramaritales, así como las determinaciones inconscientes.

Esas determinaciones de las relaciones extramaritales tienen características diversas de acuerdo con el propósito inconsciente.

En ocasiones es la alternativa que se toma para evitar o disminuir la relación afectiva profunda con otro ser humano. Esta relación se desea, pero simultánea y contradictoriamente, se teme. Se vive como “atrapante” y esto da lugar a un miedo a la cercanía afectiva que a veces también se expresa en distancia física y sexual. Las relaciones extramatrimoniales se vuelven el calmante momentáneo de esta ansiedad de atrapamiento y proporcionan una ilusión de libertad irrestricta.

Esto sucede cuando el proceso de separación-individuación cursó con dificultades, cuando persisten impulsos a la dependencia infantil tenida con la madre que son fuertemente rechazados por el individuo adulto. Un ejemplo literario sería el de Tomás, el cirujano, en la obra de Milán Kundera La insoportable levedad del ser.

La lucha interna entre el temor al atrapamiento y la búsqueda de la cercanía amorosa se expresa en la dinámica entre espacios compartidos (con cercanía afectiva) y espacios individuales (de diferenciación personal). Los extremos psicopatológicos son el aislamiento individual (esquizoide, fóbico, obsesivo, paranoide) y la adhesividad simbiótica. El desafío, para todos, es la posibilidad dinámica de poder entrar y salir de los espacios compartidos, poder unirse y disfrutar la temporal sensación de fusión y poder recuperar la individualidad para disfrutar la soledad y el trabajo.

Otro caso es el de los individuos inmaduros e infantiles cuyo temor no es a la cercanía sino a la responsabilidad y el compromiso. Superficializar y multiplicar las relaciones se vuelve, así, la manera de evitar el amenazante compromiso adulto con una pareja. En estos casos lo que hay que resolver es la inmadurez de fondo y, naturalmente, no se pueden esperar resultados a corto plazo. Muchos de ellos son de mal pronóstico o no analizables.

Los caracteres narcisistas pueden caer en ciertas figuras repetidas como el solterón, el incasable, el aventurero, el de múltiples divorcios, etcétera. Muchos de ellos (o ellas) tienen la necesidad compulsiva de mantener siempre otras relaciones paralelas como una defensa para regular la entrega exclusiva y como una red de seguridad ante la posibilidad de la separación. No suelen tener sensación de conflicto respecto a esta situación.

La conflictiva edípica, potenciada por el énfasis cultural y religioso de la maternidad sobre (y contra) la sexualidad, suele distinguir a la madre edípica, idealizada y “pura”, de la preedípica, denigrada pero pasional y atractiva. La dificultad de algunos hombres y mujeres para mantener relaciones sexuales placenteras en el hogar conyugal suele venir de ahí, quedando el sexo sólo al servicio de la procreación. Pasar de la disociación a la integración en estos casos no es fácil, aun bajo un buen tratamiento psicoanalítico.

Otra forma de expresión de la fijación a la etapa edípica es la de aquellos individuos que buscan, reiterativamente, quedar incluidos en situaciones triangulares. Las mujeres (u hombres) que más les atraen son los que ya tienen novio o esposo (o cuando menos tienen una intensa relación con su padre), a fin de recrear la situación de rivalidad edípica de la cual no pueden desprenderse. Pueden agregarse tendencias masoquistas que se expresan, por ejemplo, a través de la búsqueda del relato detallado de las relaciones amorosas y sexuales que la pareja ha tenido previamente, a fin de atormentarse (y excitarse) con lo sucedido en ellas. O también mediante celos y temores de que lleguen a tener amantes, de que la pareja “les engañe” con otro hombre o mujer, lo cual, inconscientemente, se está buscando inducir.

El lenguaje figurativo, dramatizado, del triángulo amoroso

Además de los factores estructurales relacionados con la historia de los sujetos, la presencia del triángulo amoroso suele tener un significado actual, un sentido comunicacional y vincular desde la relación de pareja que debe tratar de conocerse. Hay que preguntarse: ¿qué dice esa triangulación para los implicados y, sobre todo, para la pareja estable? Puede ser un aviso, una rebeldía, una terminación encubierta, una compensación, etcétera.Esa comunicación no se expresa solamente en lenguaje verbal y preverbal, ampliamente conocidos, sino también en el tercer lenguaje propio de las agrupaciones: el lenguaje figurativo o de dramatización espontánea. Como la comunicación figurativa es un concepto relativamente reciente del psicoanálisis grupal, es todavía poco conocido aún entre los grupólogos y desconocido por los psicoanalistas individuales. En este campo el concepto que se le acerca, aunque tiene un recorte limitado, es el deacting- out, o sea, la puesta en acto, inconsciente, de un conflicto psíquico.

Un ejemplo frecuente de esta comunicación figurativa mediante el triángulo amoroso sería el de aquellos hombres que inician relaciones con otra mujer de manera obvia a fin de que sus esposas se den cuenta, lo cual suele pasar a partir de que ellas inician actividades individuales como retomar estudios o trabajo. El mensaje que busca comunicarse en este lenguaje de los actos es claro: “Necesito ser más atendido, más amado, más consentido”, situación que suele correlacionarse con una historia de vida donde permanecen intensas necesidades infantiles de atención. Otras relaciones implican la búsqueda de reaseguramiento ante una crisis en la pareja. En lugar de enfrentar el problema adentro se busca el reaseguramiento afuera.

Una situación frecuente de crisis en las parejas es, por eso, la dificultad, en hombres y mujeres, de separarse de la familia de origen para asumir la nueva condición de vida en pareja y familia. Otra situación de conflicto, más frecuente en los hombres, es la pretensión de continuar el estilo de vida de soltero cuando ya se ha pasado a una nueva etapa. Una relación extramarital también puede ser una manera de agredir o de hacer un ejercicio táctico de poder contra el cónyuge.

Aunque por las razones sociohistóricas mencionadas las relaciones extramaritales se dan más frecuentemente entre los hombres, también se dan entre las mujeres y tienen determinantes inconscientes y conscientes semejantes. La frecuencia de relaciones extramaritales entre ellas tiende a aumentar conforme se logra mayor igualdad entre los géneros y se acentúa actualmente por la promoción del individualismo y narcisismo en la cultura postmoderna

Tomado de: http://lajornadasanluis.com.mx/cultura/la-crisis-del-individuo-la-pareja-la-posmodernidad-la-jornada-semanal/

La masturbación en la historia del arte

Mi morbo es tal que me da morbo, no solo el sexo, sino su historia y sus razones. Solitary Sex: A Cultural History of Masturbation, escrito por Thomas Laqueur (profesor e investigador de la Universidad de Berkeley) es la historia del infeliz pero divertido encuentro entre la charlatanería médica y la histeria colectiva, un recuento del fraude que hizo que la práctica secreta y privada de la masturbación fuera pensada como una temible plaga sexual, la cual consiguió afligir a los padres de familia, a los siempre precavidos pedagogos e, incluso, a los filósofos más importantes del siglo XVIII.

Apretado de dinero, con fama de pornógrafo, antecedentes penales y 40 años encima, John Marten tuvo una idea millonaria: escribir y publicar un libro que alertara a los ciudadanos de Londres sobre los peligros de la masturbación, una práctica sexual que –aseguraba– conduce a las convulsiones de la epilepsia, a la debilitante fiebre, a los accesos de sangre de la tuberculosis, a la oscuridad definitiva de la ceguera, al ardor genital de la gonorrea y a la muerte de tantos niños y jóvenes, hombres y mujeres, que pasan de aliviar una inocente comezón en los labios vaginales o el pene a las caricias placenteras y de ahí a la compulsión, la irritación de los órganos, el deterioro de los nervios y la muerte. Con cientos de copias vendidas, decenas de ediciones y una legión de imitadores, Onania fue un redituable negocio para su autor (las medicinas se vendían con el libro) y un best sellerinmediato. Poco a poco –y no sin ironía– el Siglo de las Luces –el mismo que combatió a la superstición– dejó de temerle al pecado del onanismo para convertirlo en una enfermedad peligrosa, crónica y mortal.

Pero no todos los fraudes –por exitosos que sean– se vuelven relevantes para la historia de las ideas. Tengo entendido que Jean Paul Sartre no escribió sobre la compra de la Torre Eiffel –a pesar de que Victor Lustig haya conseguido venderla no una, sino dos veces– y hasta donde sé los intelectuales de nuestra época no comentan los principios científicos detrás de las cremas reductoras de grasa ni los pormenores de las cirugías de alargamiento del pene. ¿Por qué entonces fue que la masturbación como amenaza mortal preocupó a Diderot, Voltaire, Rousseau y Tissot (el médico más renombrado del XVIII)? De acuerdo con Laqueur, esta es la sexualidad por excelencia del individuo moderno, por personal, solitaria y secreta. Nada mejor que el ejercicio de la razón para derrocar al Antiguo Régimen, construir la democracia y elegir a los miembros del congreso. Sin embargo, la misma autonomía que se aplaude en lo público tiene su cara oculta en el dominio de lo privado: ¿cómo hacer que el individuo –que apenas había dejado de obedecer la autoridad de la Iglesia y el Estado–  se autogobierne moralmente? La sociedad se reconoció incapaz de censurar el pensamiento y muy pronto la masturbación se convirtió en la peligrosa libertad sin cortapisas de la imaginación. Dejada a sí misma, la mente –en especial, la de los jóvenes– se desbarranca en los excesos de la fantasía y la autosatisfacción que terminan por desgastar los músculos y entorpecer el cerebro. No fue sino hasta el siglo XX cuando se demostró que el onanismo no era un camino segura a la tumba. En su momento, Sigmund Freud declaró que la masturbación es una etapa natural del desarrollo sexual infantil pero, continuada en la adultez, podía provocar los más graves trastornos psíquicos.

Es posible seguir este recorrido de ideas sobre la masturbación –que va de las consecuencias corporales a la aflicción del neurótico– en la cultura visual y la historia del arte. No fue la Onania de John Marten, sino sus plagiadores y seguidores quienes incluyeron un montón de ilustraciones en los libros contra el onanismo. Algo tienen estas imágenes del sensancionalismo médico que conocemos en el presente; hay un innegable parecido entre estas y las fotografías que contraponen un pulmón sano y rosa con otro, chamuscado y negro a causa del tabaquismo, o con las láminas que muestran la piel antes y después del sarcoma de Kaposi y que debieron haber aterrado a un buen puñado de adolescentes con acceso a Internet en la década de los 90. ¿Será que le debemos el boom de la propaganda visual médica, popular y amarillista al periodo que va de 1750 a 1850? No es una hipótesis gratuita. Después de todo, Thomas Laqueur asegura que el pánico por la “epidemia de la masturbación” no se habría suscitado de no ser por la prensa y el circuito de impresión, distribución y venta de libros populares en Europa y Estados Unidos. De cualquier forma, es entre estos años que los textos se acompañaron de dibujos que muestran al cuerpo  sano junto al enfermo –cubierto de úlceras, llagas, sangre y pus– y de grabados que oportunamente anunciaban lo aparatos adecuados para su tratamiento; a final de cuentas, la Ilustración también fue una época fascinada con los aparatos mecánicos y los inventos: los corsets y las fajas de metal para la cura del onanismo bien podrían haber adornado las páginas de la Enciclopedia –quizá unas páginas antes o después del esquema que ilustra el funcionamiento de la cámara obscura o de los grabados que se complacen en los engranes de la imprenta.

No fue hasta el siglo XX, como señala Laqueur, que el pensamiento médico desmintió los efectos corporales y funestos de la masturbación. El onanista dejó de padecer una enfermedad física para convertirse en un simple neurótico. Sabemos que Salvador Dalí fue un ávido lector de las obras de Freud –“El Divino” dijo haberlo conocido en una ocasión– y es indudable que sus primeras pinturas hacen referencia a las teorías y conceptos del vienés. Así, considero que le debemos la nueva representación visual del onanismo al vínculo entre el psicoanálisis y el onanismo. El gran masturbador ya no muestra el cuerpo enfermo y debilitado por el autoerotismo, sino el paisaje mental de un artista entregado a los excesos de la fantasía y la imaginación. La pintura –un autorretrato de Dalí que se transforma en el busto de una mujer a punto de darle sexo oral– no es otra cosa que la celebración de la creatividad debida al inconsciente, de la genialidad artística de la que solo puede ser capaz la mente de un masturbador neurótico.

(Ciudad de México, 1986) estudió la licenciatura en ciencia política en el ITAM. Es editora de la revista 20/10 El Mundo Atlántico y la Modernidad Iberoamericana

 

Tomado de http://www.letraslibres.com/mexico/cultura/el-gran-masturbador-los-pelos-en-la-mano-la-neurosis

Ya no hay hombres

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Por Agustín Fernández

Luciano Lutereau es psicoanalista. Doctor en Filosofía y doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, donde trabaja como docente e investigador. Ha escrito varios libros de clínica psicoanalítica y colabora regularmente con El Litoral sobre temas de actualidad.

—“Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina” es el título de su último libro (editado por Galerna). ¿En qué sentido habla usted de una “destitución masculina”?

—El varón contemporáneo se encuentra destituido en la medida en que la demostración de la potencia ha dejado de ser un valor privativo en nuestra época. Desde las modificaciones en los modos de seducción hasta la redistribución de los roles de crianza, manifiestan una rectificación subjetiva en el hombre. Hay un abismo entre el ideal que encarna Bogart y el encanto que Woody Allen expone con la torpeza de sus personajes neuróticos. “Ya no hay hombres” es una afirmación constante en las quejas de las mujeres en el diván, ya sea porque se han vuelto histéricos, fóbicos o, como exploro en el libro, porque han hecho una suerte de regresión a una actitud infantil. Ya no hay hombres, sólo quedan niños.

—El libro recoge varios de los artículos que escribió para la columna “Espacio para el psicoanálisis” en El Litoral, ¿cómo combina el rigor del especialista con la comunicación para un público amplio?

—Yo no me considero un especialista en teoría psicoanalítica, sí un clínico, es decir, alguien que establece diferencias en el modo de hablar de sus pacientes. Esas diferencias son lo que llamo “sujeto”, y esta posición se expresa siempre en términos conflictivos. Los conflictos actuales tienen matices propios. Freud decía que los celos eran un síntoma propio de la histeria femenina, mientras que en nuestro tiempo son los hombres (muchas veces obsesivos) quienes consultan por celotipias insoportables, dolorosas pasiones que, algunas veces, conducen a la agresión o a femicidios. Éste es el síntoma de época que mejor explicita la destitución masculina contemporánea.

—En este sentido, es polémica su posición respecto de los femicidios, ¿podría resumirla?

—No creo que mi posición sea polémica, ya que no discuto la pertinencia del término. Aunque creo que no se encuentra debidamente fundamentado, ya que no superó todavía la prueba de poder constituirse como concepto más allá de su importante valor epidemiológico. En todo caso, lo polémico de mi posición respecto del femicidio es que yo no considero que sea el resultado de una sociedad patriarcal que hace uso de la mujer como objeto. Desde mi punto de vista es cuestionable esta visión unilateral, por la causalidad lineal que presupone. Mi hipótesis implica poner de relieve también la desagregación de las formas simbólicas de la masculinidad en la sociedad capitalista, que desarrolla como violencia lo que en otro tiempo se encontraba ligado en prácticas sociales como, por ejemplo, el duelo (en el sentido de rivalidad entre varones, y en el sentido de elaboración psíquica). Es más fácil definir perfiles lombrosianos del “hombre heteronormativo” que pensar que quizá hoy en día la violencia no tiene agente sino que es la consecuencia de la debilitación de los lazos sociales.

—Pero, ¿no vivimos todavía en una sociedad patriarcal?

—Yo no sé si vivimos aún en una sociedad patriarcal, no es un tema de mi interés como psicoanalista. Tampoco creo que lo sepan muchos de quienes cuestionan el patriarcado como “causa” del mal contemporáneo. Sí, me resulta inquietante esa atribución de culpa a una instancia a la que se le supone omnipotencia, porque tiene el aspecto de una fantasía neurótica. El problema no es el patriarcado, sino el uso argumentativo que se hace de esa configuración social, porque puede llevar a posiciones justificacionistas con las que yo no puedo estar de acuerdo, o peor: a fenómenos de segregación. Un ejemplo de esto último es la disparatada propuesta de vagones “rosa”. Esto es lo que los psicoanalistas llamamos retorno de lo reprimido: en nombre de la igualdad recibimos como mensaje invertido una práctica discriminatoria.

Tomado de: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2016/09/12/opinion/OPIN-02.html

Los nombres de la locura

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En su prólogo a Los nombres de la locura Abel Langer nos habla de una interconexión, o de una conectividad, como diríamos hoy, de ese algo común que relaciona saberes clausurados muchas veces sobre sus propios cercados, organizados con lenguajes que le son propios y cifras de interpretación que le corresponden con exclusividad. Esta conexión, o mejor, la compuerta más amplia que abre Abel, es la pregunta sobre la literatura y más específicamente, sobre la relación entre Psicoanálisis y Literatura. Al construir la trilogía Cervantes, Freud, Lacan, sugiere un lugar para una obra célebre del idioma español, en una misma categorización o nivel en los que se hallan los nombres de Lacan y Freud. Como el tema es la locura, no puede llamar la atención esa ubicación privilegiada del nombre de Cervantes, pero ya no se trata de analizar a Cervantes desde cualquier canon que se podría imaginar, sea la crítica literaria o la crítica psicoanalítica, sino considerarlo a él mismo como un tratadista de la locura. Abel refiere en primer lugar su atracción por esta novela, por la temprana práctica de lecturas que posibilitaba una Facultad de Filosofía y Letras que en los años 50-60, aún no tenía desglosados sus saberes en tabiques disciplinarios estáticos. Escribo estas breves líneas porque no podré asistir a la presentación a la que me había comprometido, pues mis obligaciones en la Universidad de General Sarmiento terminan hoy muy tarde y no tuve forma de resolverlo. Movido entonces por el oscuro goteo de esta falta, escribo unas líneas suplementarias que me sugiere el libro. Evidentemente, la locura del Quijote hay que buscarla también en la historia de la lectura, o en su autobiografía como lector, a condición de que los momentos previos de la historia de un sujeto puedan sostener ese dictamen, de modo que la locura no se deje provocar solo por los actos de lectura, sino que previamente sea subyacente a ellos. No obstante, como es una actividad típicamente intelectual, la lectura suele asociarse en las especulaciones espontáneas, al igual que la filosofía, como una ocupación que destina a quien la practica a olvidarse del mundo, verlo deformado, o confundir realidad con fantasía.

En este sentido, la locura alimenta la actividad metafórica, pero no como lo haría un poeta, sino como un reconocimiento fallido de la objetividad del mundo. El referente de la realidad pasa a ser metafórica, pero la imaginación actúa como enemiga de la realidad. En el Quijote, sin embargo, esa disparidad tiene un gran contenido lírico, y la locura sirve como un concepto difuso, “loco” en sí mismo, que permite festejar las faltas de concordancia entre la percepción y lo percibido como el nombre de un acto creativo, de desprendimiento artístico respecto a la grisura de lo real. Abel propone que estos desdoblamientos del Quijote pertenecen tanto al personaje como a su autor, y que si bien no se podría adjudicar a la lectura un efecto psicótico por sí mismo, al estar en el ámbito de la representación, toda especulación tiene cabida. Hay locura antes de las neurosis de lectura, pero la ruptura de las formas de distanciamiento tanto retóricas como psicológicas, podría dejarnos con la idea vulgar de locura vinculada al obsesivo lector. Es el mismo caso de Madame Bovary. ¿Freud era un lector de ese tipo? La razón por la que Abel pone a Cervantes a la misma altura de Freud y Lacan, es porque el primero era un entusiasta lector del Quijote, como se sabe. Lo comenta a su prometida, aprende el castellano para leerlo –o mejor dicho, lee el Quijote para tener la práctica de la lectura en su fuente idiomática original–, y su sentimiento es de admiración y risa, como muchos años después dirá Foucault que rió leyendo a Borges. De algún modo, lo analiza como si fuera un sueño, aunque no se trata de un estudio completo como el que dedica a Lady Gradiva de Jensen o al Moisés de Miguel Ángel. Con toda razón, Abel cita la opinión habitual de que sin el Elogio a la locura de Erasmo no se podría haber escrito el Quijote.

Pero sin duda el psicoanálisis no puede ser concebido como un elogio a la locura, aunque son siempre recordables los escritos de Masotta sobre Roberto Arlt, donde se coquetea con una escritura que ensaya escribir sobre sí mismo y juguetea con su propia locura. Foucault no escribió un elogio a la locura, y su admiración por Nietzsche y Artaud no contemplan esa posibilidad, sino una crítica a los dispositivos de encierro y una imposibilidad de levantarse de ese estado de desvarío sin recuperar el mundo metafórico.

Podría decirse que Cervantes con su Quijote y Shakespeare con su Hamlet son los personajes del psicoanálisis en tanto crítica literaria y de la crítica literaria en tanto psicoanálisis. Con las distancias conocidas, Freud y Lacan ven en la tragedia de Hamlet un deseo contenido, de carácter inhibitorio, que confisca la acción directa en nombre del mito amoroso de carácter edípico. El mismo tema del nombre del padre aparece en las páginas que Lacan le dedica a James Joyce, con conclusiones que, si no me engaño, suponen la reiteración de las formas legendarias con las que una obra se vuelve sobre el autor. La locura sería el modo en que la materia de una obra literaria, expresada por su propio lenguaje, revierte sobre la figura paternal de su autor y lo niega o lo enajena.

La categoría psiquiátrica de simulación de la locura podría ser aprovechada aquí –con lo cual entrarían en danza los comienzos de la psiquiatría en la argentina–, en la medida en que se despojen de sus connotaciones biologistas y se visualicen sus formas plásticas y teatrales. Digo esto porque el libro de Abel recoge materiales de todo tipo, sobre todo de su experiencia hospitalaria, y por lo tanto, se puede considerar un proyecto psicoanalítico que toma la cultura argentina para someterla a una indagación psicoanalítica. No digo que esto esté dicho explícitamente por Abel, pero basta recordar uno de los casos que relata, el del chico que le pide un cigarrillo en el hospicio y que se hallaba abandonado hacía años allí, para imaginar cómo sería un conjunto de conocimientos que pasa por los ilustres nombres de la cultura universal, y por el legado de Freud y Lacan vistos por un autor como Abel Langer, tan enlazado a las soterradas formas de la lengua nacional, para imaginar de qué manera este libro habla de nuestras profesiones, de nuestras imposibilidades y de nuestras esperanzas. Ese chico en situación de orfandad vive en el interior del libro de Abel Langer, y sin esa gran escena, se lucirían menos las amplias reflexiones sobre los temas ante los que los psicoanalistas de todo el mundo concurren con sus propias angustias y desazones.

Abel siempre se interesó por las formas más rotas de la experiencia humana, lo que solemos llamar locura, de un modo amplio que basta decirlo, para provocarnos cierta perplejidad. ¿Estará esa locura aun acechándonos en nuestras modernas bibliotecas domiciliarias, o en las de nuestros gabinetes de estudio y trabajo? El psicoanalista Abel Langer cree que sí. Y el crítico de una sociedad injusta y virulenta, que responde al nombre de Abel Langer, también cree que sí.

* Sociólogo.

«El neurótico no nace, se hace»

La psicóloga clínica y psicoanalista Alicia Antonia Crosa ofrece el martes una conferencia sobre la neurosis en el Club Diario

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Cristina Martín | Ibiza «Las personas no nacemos neuróticas, nos hacemos neuróticas», sentencia Alicia Antonia Crosa (Buenos Aires, 1943), psicóloga clínica y psicoanalista que el martes ofrecerá la charla en el Club Diario de Ibiza ‘La neurosis, una visión desde la psicología clínica’. ¿Qué es ser un neurótico? «Es un individuo que está invadido por la angustia, que sufre por un presente que existe y por un futuro que no existe», responde Crosa, especializada en trastornos de pánico y violencia que trabajó durante 30 años en las cárceles de Buenos Aires como asistente criminológica, psicóloga evaluadora de penados y psicóloga forense en el Instituto Neuropsiquiátrico de Seguridad del Hospital de Melchor Romero de La Plata. Susana Ripoll, presidenta de la asociación Mujeres Anónimas que Aman Demasiado, presentará a Crosa.

La angustia es el foco de la neurosis, agrega la psicóloga, que explica que el neurótico está lleno de síntomas. Uno de ellos es la ansiedad, provocada por la frustración, por la incompetencia derivada de la falta de seguridad en uno mismo. «El neurótico está plagado de mecanismos de defensa del yo; es masoquista por la falta de confianza en sí mismo y tiende a la servidumbre en relación a otro, razón fundamental por la que suele entrar en relaciones amorosas desiguales y sufrientes en uniones psicopáticas», detalla Crosa. Es más, la psicóloga asegura que siempre que hay un individuo con tendencias psicopáticas «hay que pensar que detrás hay un neurótico que deja hacer», en cualquier tipo de relaciones, no solo de pareja.

La repetición, otro síntoma
Ese dejar hacer tiene mucho que ver con otro de los síntomas de la neurosis, la repetición, que obedece a un mecanismo inconsciente «muy neurótico» que conduce a buscar en alianzas amorosas personales o vínculos de todo tipo con otra persona (por ejemplo un jefe o un empleado), «estigmas que tienen que ver con modalidades de relaciones ancestrales y desiguales».

Así, «el neurótico queda capturado entre querer salir de lo que le pasa y repetir lo mismo», aclara Crosa, que agrega que es común en ellos la ambigüedad: decir una cosa y hacer la opuesta.

El neurótico vive todo este panorama con una «enorme culpa que lo somete a un estado de reproche constante», prosigue la psicóloga. Esta sintomatología parte de «un yo débil, lisiado, inseguro, que es el eje de la conformación neurótica». Además, está inmerso en «un tremendismo cotidiano y constante» que le hace necesitar siempre ayuda, por lo que los consultorios psicológicos están llenos de neuróticos, «pero no hay ningún psicópata», aclara la psicoanalista: «Un neurótico siempre necesita ser escuchado y atendido. Necesita tratamiento psicológico de forma constante. El psicoanálisis ayuda mucho porque trabaja con el inconsciente, que es donde están trabadas las estructuras neuróticas que asfixian al yo. En la medida en que recurre al tratamiento tiene posibilidades de tomar conciencia de lo que le pasa y de dejar de sufrir un poco, lo que no hace el psicópata».

Ayuda profesional, muy eficaz
Precisamente la ayuda profesional es muy eficaz para estas personas, asegura Crosa, que en cualquier caso lanza un mensaje tranquilizador: «Mi intención es transmitir a la gente que esto le pasa al 99,9% de la gente, que no es una enfermedad, es una modalidad anómala del ser».

«El psicoanálisis ayuda mucho porque trabaja justamente el inconsciente, que es donde están guardadas las estructuras neuróticas que asfixian al yo», prosigue.

Otro de los síntomas de la neurosis, «muy complicado y hasta peligroso», es el miedo, el temor, las fobias que surgen a un individuo que está extremadamente angustiado. «El pánico es la enfermedad de esta época. Detrás siempre hay un neurótico, que suele entrar en situaciones de pánico cada vez que la angustia lo inunda y se queda inerme, le fallan los mecanismos de defensa del yo. El psicópata no se angustia, el neurótico sí. El psicópata utiliza la angustia del neurótico en su propio provecho», agrega.

Todos estos síntomas (los trastornos) hacen sufrir y «desacomodan» al individuo, en palabras de la psicoanalista, que analizará el martes el «valor deformante de la cultura como principal gestor de la neurosis, por eso el individuo neurótico presenta muchos síntomas de desadaptación, a una cultura, a un medio, a una sociedad que lo enferma. Todo eso parte del primer núcleo social de origen, que es la familia».

La familia es así el primer punto de inadaptación: «Cuando uno nace se instala en una estructura social armada por otros a la que hay que adaptarse, lo que implica sus precios».

Crosa defiende la utilidad del psicoanálisis pese a que «tiene muy mala prensa»: «En el psicoanálisis, el paciente se pregunta cosas sobre sí mismo delante de otro que lo analiza, en cambio desde la psicología clínica es esta clínica psicológica la que responde a partir de la conducta, valorada como síntomas que presenta un individuo».

 

Fuente: http://ocio.diariodeibiza.es/agenda/noticias/nws-530174-el-neurotico-nace-hace.html

Gabriel Rolón: “El Psicoanálisis es mi vida. Desde allí pienso, siento y analizo cada cosa”

El reconocido analista, autor de varios best sellers, habló del camino recorrido en la literatura, la radiofonía y la televisión. Además,se expresó sobre la obra teatral que protagoniza y su primer paso por el séptimo arte

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Es reconocido, entre otras cosas, por su extensa carrera mediática. Gabriel Rolón no reniega de su popularidad y celebra la presencia del psicoanálisis en los medios. Durante 14 años participó del programa radiofónico La venganza será terrible junto con Alejandro Dolina. También fue parte de RSM, con Mariana Fabbiani, e incluso contó con sus propios programas, como Terapia: única sesión y Noche de diván. Es uno de los escritores más leídos en la Argentina y lidera el ranking de libros vendidos. En 2007 editó Historias de diván, su primera obra con el psicoanálisis como tema central. Tiempo después continuó con sus creaciones literarias y produjo Palabras cruzadas, Encuentros, Medianoche en Buenos Aires, Historias inconscientes y Los padecientes. Esta última es su primera ficción policial y será llevada a la pantalla grande.

Durante una entrevista íntima con este medio, Gabriel Rolón detalló cómo llevó su obra a las tablas, habló sobre el éxito de la misma y también se expresó acerca de su incursión en el séptimo arte.

En sesión Fue en 2006 cuando tuvo una crisis profesional y decidió escribir Historias de diván para transmitir el proceso que se da en la sesión, ese marco donde se juega la verdad más profunda de un sujeto. La trama está dada por “dos historias basadas en hechos reales que se entrelazan con los pensamientos y dudas que generan en un analista. Transcurre en un consultorio y busca mostrar la importancia que puede tener trabajar sobre el propio dolor hasta llegar al origen  del mismo”, relató el especialista, que protagoniza la pieza teatral junto conMalena Rolón, Alejo García Pintos y Carlos Nieto.

—A menudo tus libros son leídos por públicos de diferentes edades, ¿ocurre lo mismo con la obra de teatro?

—A la obra vienen a veces la abuela, la madre y la nieta. Es muy fuerte ver eso. No importa la edad que se tenga, nadie escapa a las dos problemáticas básicas de todo ser humano: el amor y la muerte. Es muy emocionante saludar a la salida y ver sus rostros conmovidos, su emoción a flor de piel. Para mí, hacer teatro es difundir el análisis y volver a lo que es mi primera pasión mediante la actuación. El Psicoanálisis me sirve como fuente de inspiración. Es mi vida. Desde allí pienso, siento y analizo cada cosa.

—Los padecientes llega a la pantalla grande. ¿Cómo surgió este proyecto?

—Hace cuatro años me llamó Nicolás Tuozzo, el director. Había leído la novela y quería hacer la película. Vi sus filmes y me gustó cómo cuenta con imágenes las historias. Solo puse como condición participar activamente en el guión. Quería que la película reflejara la novela y Nico aceptó. Eugenia Suárez y Benjamín Vicuña recibieron el guión antes de ser pareja, y no sabíamos que luego surgiría una relación entre ellos. Están entregando todo en el set, como Pablo Rago, Ángela Torres, Luis Machín, Nico Francella, Osmar Núñez y Carlos Nieto.

Mujeres de ceniza

Así se titula la obra que protagonizan cuatro íconos de la actuación de nuestro país (Argentina) como Nora Cárpena, Mercedes Carreras, Zulma Faiad y Adriana Salgueiro. El libro fue escrito por Sergio Marcos y Martín Guerra. La obra es dirigida por Roberto Antier y producida por Aldo Funes. Mujeres de ceniza relata el encuentro de cuatro amigas de la infancia.

La trama se entrelaza con momentos de drama, humor y suspenso. Las protagonistas desnudan, con descarnada ironía, sus visiones sobre la amistad, el matrimonio, el sexo, la infidelidad, la juventud, el tiempo, las relaciones humanas y la vejez.

En el marco de su gira provincial, llegará a la ciudad este domingo a las 20 en el Teatro La Nonna, ubicado en calle 47 N° 395 esquina 3.

 

Fuente: http://diariohoy.net/espectaculos/gabriel-rolon-el-psicoanalisis-es-mi-vida-desde-alli-pienso-siento-y-analizo-cada-cosa-78448