“Un juego entre la voz y el sentido”

Jorge Alemán presenta su nuevo libro de poesías, Río incurable
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Así define su poesía el gran psicoanalista argentino. Y confirma que “todo lo que me llevó después a los cuatro pensadores que yo transito, Lacan, Heidegger, Freud y Marx, arrancaron para mí como experiencia a partir de la poesía”.

 

El psicoanalista argentino Jorge Alemán es también un ferviente escritor de poesía. Crea poemas desde su adolescencia. La razón surgió de algo que resulta muy gracioso y que no tiene problema en hacer público: “En mi adolescencia, como estaba interesado por una niña a la que le gustaba la poesía, empecé a plagiar. Iba a la biblioteca a preguntar por poetas desconocidos para plagiarlos, pero los empecé a corregir”, cuenta Alemán, en diálogo con PáginaI12. La ficha le cayó gracias al bibliotecario de entonces, del que recuerda su consejo: “No Alemán, tiene que leer los autores buenos”, le dijo una vez. “Así que empecé a leer a ‘los de verdad’  –confiesa el escritor–. Se armó un collage porque leía Almafuerte, Stéphane Mallarmé, César Vallejo, Enrique Molina… De tal manera que a los dieciocho años publiqué mi primer libro de poesía”. Alemán sostiene que su punto de partida para expresar su pensamiento fue la poesía. “Todo lo que me llevó después a los cuatro pensadores que yo transito, Lacan, Heidegger, Freud y Marx arrancaron para mí como experiencia a partir de la poesía”, reconoce el psicoanalista. Así puede vislumbrarse en su nuevo libro Río incurable (Ediciones Activo Puente), en el que conviven poesías actuales con otros poemas que escribió hace más de cuarenta años, entre 1970 y 1974. Allí puede leerse a otro Alemán, más literario pero igual de profundo que cuando conceptualiza sobre psicoanálisis.

 –¿Cómo nació la idea de Río incurable?

–El río se volvió muy importante por dos motivos. Primero, están mis recuerdos infantiles. Mi padre era pescador. Y el río es algo muy importante porque por algo es una metáfora inaugural del pensamiento: el famoso río en el que uno no se baña dos veces. Después, está la relación del río con mi padre. Y también en Europa no existen ríos como los que se ven en la Argentina. Todo el vértigo, la amenaza virtual que hay en el río, los remolinos, los cachalotes, los peces de grandes dimensiones, la manera en que los ríos atraviesan las provincias… Es decir, el río es también un modo de retorno de la Argentina porque para mí el río es el río argentino.

 –En el título del libro, también está la palabra “incurable”, algo que alguna vez como psicoanalista habrá escuchado, ¿no?

–Bueno, a diferencia de las terapias que pretenden curar al sujeto, el psicoanálisis es una confrontación con aquello que no se puede curar y saber hacer algo con lo que es incurable. Entonces, este “Río incurable” está todo el tiempo hablando de desgarramientos, de fallas, de pérdidas, de cuestiones que están referidas a ciertas fracturas que no van a tener jamás ninguna sutura de heridas que han dejado como un sello en la vida. Por supuesto, he tratado de eliminar todo patetismo en relación a esto, pero es verdad que el libro trata de aquella incurabilidad. Lo que pasa es que un río no tiene por qué ser incurable. Entonces, ahí es donde está el juego metafórico. Una lectora muy sagaz, me dijo en la Argentina: “Tal vez, haya que leerlo en primera persona”. Yo me río de lo incurable. Pero tampoco puedo formularlo así porque lo incurable se ríe de mí también.

 –¿En qué se asemeja y en qué se diferencia escribir poesía respecto de escribir sobre psicoanálisis?

–Bueno, se asemeja en que uno no puede escribir ni puede dedicarse al psicoanálisis si no se siente, a la vez, atravesado e interpelado por algo que verdaderamente no se puede expresar. Lo que tienen en común es que se confrontan a una misma imposibilidad, se confrontan a aquello que no va a poder ser dicho y que, sin embargo, tiene que ser dicho. Es como un decir sobre la imposibilidad de decir. Tienen en común estas dos cuestiones. Ahora, en el psicoanálisis se trata de escuchar las distintas maneras en que esa imposibilidad se manifiesta a través de tropiezos, fallas, olvidos o de construcciones fantasmáticas. En cambio, en la poesía hay una intervención activa con la escritura, que trata de bordear y contornear ese silencio inaugural o eso que es imposible de expresar, o eso que no va a llegar jamás a la palabra pero que, por otro lado, la palabra está todo el tiempo en tensión con eso.

 –Otra diferencia es que cualquier lector puede leer poesía, pero no cualquiera puede leer psicoanálisis…

–Esa diferencia me gusta mucho. Sí. Yo, por lo menos, trato de escribir un tipo de poesía que pueda leer cualquier lector que acepte siempre el sinsentido. Es decir, la filosofía trata de llevar todo al sentido. Nunca lo logra del todo. En cambio, la poesía es un juego entre la voz y el sentido y en el medio flota siempre un sinsentido. Entonces, hay que tener siempre esa disposición para leer poesía; es decir, que ese sinsentido sea soportable. Ahora, creo que si ese sinsentido es evocador, si es capaz de suscitarnos algún eco, eso se puede soportar y es una experiencia de revelación bastante interesante.

 –¿Cambió en usted la manera de escribir poesía entre los 70 y la actualidad?

–Sí, cambié una exuberancia lingüística que ahora no practico y tenía también una especie de vitalismo expresivo que ahora tampoco se ve. Ahora mi economía poética es bastante breve. Trato de ser lo más contundente posible y, a la vez, no me interesa exhibirme mucho literariamente; es decir, trato de que sea una poesía sobria, austera y que, en la medida de mis posibilidades, tenga contundencia.

 –¿Por qué las poesías no tienen título, con la excepción de dos del período 70-74?

–Porque están extraídas de distintos lados. Hay una de un libro de mis dieciochos años, hay otra que ganó el premio del Fondo Nacional de la Artes… Entonces, decidí quitarles el título y permitir que las mismas entren en un juego de resonancia con las poesías actuales, pero que, a la vez, remitan a aquella época. Entre el 70 y el 74 la Argentina fue un laboratorio gigantesco de irrupciones de prácticas políticas, lecturas poéticas, la aparición en escena del psicoanálisis. Los años anteriores a la pesadilla fueron inolvidables.

 –A diferencia de los títulos, las poesías tienen números correlativos. ¿Las piensa como una continuación una de la otra en este nuevo libro?

–Sí, he tratado de que el lector entienda esto como esa continuación. Con respecto a aquello que es incurable o con respecto a eso que no se puede expresar, intenté darle una vuelta o un giro.

 –Hay dos senderos que no se bifurcan sino que confluyen en su libro porque los grandes temas que puede abordar el psicoanálisis como el amor, la muerte, la soledad y las pérdidas, son también algunos de los temas de sus poesías…

–Sí, esos términos están todo el tiempo jugando sus cartas. Lo que pasa es que la poesía es una jugada maestra en este sentido porque, en vez de padecer eso, uno extrae de eso una especie de savia. Es un modo de extraer una sustancia de esa soledad o de esa pérdida. No consiste en identificarse a la posición de la víctima, tampoco ser víctima de esas afecciones sino que se trata de generar un espacio con las mismas a través de la escritura.

 –John Lennon decía que el arte nace del sufrimiento. ¿Usted qué cree?

–Se contrapone a una de un gran escritor italiano que influyó mucho en nuestra generación y que, sin embargo, tuvo un final trágico porque se suicidó. Hablo de Cesare Pavese, que dijo: “Nunca vi que el sufrimiento volviera a alguien un gran escritor”. Entonces, no estoy muy seguro de la frase de Lennon, a pesar de ser un enfermo de Los Beatles.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/103531-un-juego-entre-la-voz-y-el-sentido

El físico británico Stephen Hawking muere a los 76 años

Antonio Madridejos / Begoña Arce

En 1963, cuando Stephen Hawking tenía 22 años y estudiaba física en la Universidad de Cambridge, los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad neurodegenerativa y le informaron de que apenas viviría unos años más. El científico, sin embargo, se sobrepuso a los malos augurios y, demostrando una fuerza de superación fuera de lo común, siempre unido a una silla de ruedas y luego también a un sintetizador de voz, investigaría sin descanso a lo largo de las cinco décadas posteriores y realizaría diversas aportaciones capitales a la astrofísica moderna en áreas como los agujeros negros, el Big Bang primigenio y la expansión del Universo.

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El astrofísico ha muerto en su casa de Cambridge a los 76 años, según ha informado la familia en un comunicado. Ironías de la vida, ha fallecido un 14 de marzo, el mismo día en que, en 1879, nació Albert Einstein, además de ser también el día dedicado al número pi.

Se casó y tuvo tres hijos, fue profesor, escribió numerosos libros y artículos científicos y de divulgación, viajó, pronunció conferencias y se convirtió en el científico más famoso del mundo. “Era un gran científico y un hombre extraordinario cuya obra y herencia pervivirá aún muchos años”,dicen sus hijos Lucy, Robert y Tim en el comunicado

Hawking sufría una dolencia motoneuronal vinculada con la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). La enfermedad le fue paralizando el cuerpo de manera progresiva. “Su valor y su tenacidad, su genio y su humor han inspirado a la gente en el mundo entero”, añaden sus hijos.

Nacido en Oxford una familia de intelectuales el 8 de enero de 1942, en 1959 inició sus estudios en la prestigiosa universidad de su ciudad. Después se trasladó a Cambridge, donde se doctoró en Física Teórica y Cosmología con una tesis titulada ‘Propiedades de universos en expansión’.

Aunque Hawking era un hombre con una voluntad de hierro, su crecimiento vital no se puede desligar de Jane Wilde, su primera esposa, que estudiaba Lenguas Modernas. Se conocieron en una fiesta de Año Nuevo y decidieron casarse con prontitud puesto que no sabían cuánto tiempo le quedaba a él de vida. “El compromiso me salvó la vida. Me dio una razón para vivir”, escribió con posterioridad el científico. Wilde, dos años más joven, tuvo que pedir un permiso especial de su universidad pues no estaba permitido que los estudiantes se casaran.

Posiblemente, la enfermedad le dio a Hawking una visión única del mundo. Superó los límites de su discapacidad entrenando su mente para que funcionara de otra manera.

Tras obtener su doctorado, y ya caminando con la ayuda de un bastón, se dedicó a la investigación y a la enseñanza en los colegios mayores de Gonville y Caius. En 1977 ingresó en el Departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de Cambridge. En 1980 accedió a la titularidad de la cátedra Lucasiana de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica, la misma que había ocupado Isaac Newton en el siglo XVII.

Su popularidad fuera de los círculos académicos no tenía fronteras. Viajaba, daba conferencias y fue protagonista invitado en algunos de los shows más populares de televisión, como ‘Los Simpsons’, o ‘The Big Bang Theory’. Su vida también fue argumento de documentales en la pequeña pantalla y fue llevada al cine con ‘La teoría del todo’, basada en un libro escrito por su primera esposa.

En 1985 contrajo una grave neumonía en Suiza y los médicos aconsejaron retirarle la máquina que le mantenía con vida. Trasladado urgentemente al Reino Unido, fue sometido a una traqueotomía que fue su salvación, pero que lo dejó sin voz. En 1990 pasó a convivir con su enfermera, Elaine Mason, con la que se casó en 1995. Desde 2005 se comunicaba moviendo un músculo bajo su ojo con el que accionaba un sintetizador de voz.

Heredero de Albert Einstein

Dos años antes había publicado ‘Brevísima historia del tiempo’, obra que vendió 25 millones de ejemplares y lo consagró entre el gran público como el gran genio de los agujeros negros y la formación del Universo.

Hawking trabajó durante toda su vida en desentrañar las leyes que gobiernan el Universo y, junto a su colega Roger Penrose, mostró que la teoría de la relatividad de Einstein implica que el espacio y el tiempo han de tener un principio, que denominó Big Bang, y un final dentro de los agujeros negros.

A mediados de la década de 1970 descubrió también que la combinación de las leyes de la mecánica cuántica y de la relatividad general desmentían incluso que los agujeros negros fuesen completamente negros, pues emitían una radiación, conocida desde entonces como ‘radiación Hawking’.

Enérgico y vital

Pese a la minusvalía que padecía, Hawking dio numerosas muestras de energía y vitalidad hasta el final. Así, por ejemplo, invitado por la compañía estadounidense Zero Gravity, el 26 de abril del 2007 realizó un vuelo a la estratosfera en el que pudo experimentar la ingravidez. En marzo del 2008 publicó ‘La clave secreta del universo’, un libro dirigido a niños y escrito en colaboración con su hija Lucy.

El 1 de octubre de 2009, Hawking dejó la cátedra Lucasiana de Cambridge y pasó a ser director de investigación en el centro educativo. En julio de 2015 presentó en la Royal Society de Londres un proyecto de búsqueda de vida extraterrestre financiado por el multimillonario ruso Yuri Milner y que pretende enviar una nave hasta el sistema estelar más cercano, Alfa Centauri. Hawking aseguró que de ello depende el futuro de la humanidad, que no podrá sobrevivir otros mil años sin escapar “más allá de nuestro frágil planeta”.

Hawking se mantuvo activo hasta el final de sus días. El pasado enero, en unas conferencias grabadas para la BBC, alertaba de que los avances tecnológicos amenazan la humanidad. Hace apenas unos días unas declaraciones suyas desataron un frenesí mediático sobre lo ocurrido antes del Big Bang.

En noviembre del 2016, disertó en el Vaticano sobre la expansión del universo y dijo que preguntarse sobre “qué había antes del Big Bang” carece de sentido, pues “es como cuestionarse qué hay más al sur del Polo Sur”.

 

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/ciencia/20180314/muere-fisico-britanico-stephen-hawking-6688427

Lautaro Arrau: “La reivindicación de los esquizofrénicos es mi tarea por el resto de mi vida”

Lautaro Arrau (56) es un artista con el trastorno F20. Hasta febrero expuso sus obras en la muestra “F-20: solitario como un esquizofrénico”. Aspira a exhibir pronto otras obras inéditas.

“¿Es viernes santo?”, le pregunta Lautaro Arrau a su amigo mientras toma un poco de café. No lo es, pero él viene cargando ya su propia cruz y la ha convertido en una obra –inédita aún– con trazos de su vida. Su juventud, su pasión por el arte, los años en los que empezó a sufrir esquizofrenia y el abandono son cosas que Lautaro añora ver en su siguiente exposición con el mismo deseo que tiene por generar conciencia sobre el trastorno mental que sufre.

¿Cómo nace su pasión por el arte?

Siempre me gustó el arte desde niño, pintaba con acuarela y témpera. A los 8 años en Santiago de Chile mi papá me llevó a Bellas Artes y todos los domingos iba a clases. Luego, después del colegio, estudié Administración, pero luego me desanimé. Me fui como alumno libre a Bellas Artes en el taller de Miguel Nieri. Tras ello estudié en la PUCP artes plásticas en el 81, pero ese año muere mi mamá y fue el detonante para no volver. Estuve fuera de la realidad.

Fue ahí cuando te vuelves F20 (esquizofrénico paranoide) ¿Cuándo fue la última vez que lo internaron?

Entre 1983 y 1997 he estado varias veces internado, no solo en el Larco Herrera, sino en clínicas psiquiátricas o instituciones de salud mental.

¿Durante ese tiempo dejó de pintar?

Cuando estaba en buen estado pintaba. Cuando no, no. Pintaba dos años y de repente un año estaba internado. Por eso que no termine regularmente los estudios. Cinco años de carrera se prolongaron a diez. Pero eso es lo de menos, porque lo que yo hago es arte contemporáneo. No es porque yo esté loco pinto así. Yo he pasado por la academia.

Si pudiera utilizar un color para expresar su estado anímico actual, ¿cuál sería?

No lo sé, ahora estoy un poco cansado. Y, de repente, no me van a ver dentro de un año. Ahora para que me consideren de nuevo debo ponerme en una cola. Ya la muestra terminó en febrero y fue un éxito. Hay una obra de una botella con la palabra sálveme, que es una reconstrucción a nivel espiritual, mental y física de todos los días, que sirve como reivindicación para todas las personas con F-20 y esquizofrenia en general.

¿Va a seguir dándole más voz a las personas con esquizofrenia?

Sí, porque yo todos los días tomo cinco pastillas y no me puedo quitar de la mente que soy F20. Y así estoy desde hace 35 años. Yo lo primero que hago es tomar dos pastillas. Empiezo el día con esa idea. Yo estoy programado para tomar estos psicofármacos hasta el día que me muera (empieza a golpear la mesa), por lo tanto mi causa de la reconstrucción y reivindicación de los esquizofrénicos es mi tarea y mi apostolado por el resto de mi vida. Y es que siempre se aprovechan de nosotros.

¿Se aprovecharon de usted?

De mí se han aprovechado. Yo he terminado en un cuarto sin ventanas en El Agustino. Yo no he sido así cuando era joven. La familia de mi madre desapareció cuando era joven. Me han aislado. Todos tenían un pésimo concepto de mi persona. Ese ha sido el motivo de separación con mi esposa y mis dos hijos, verme internado en el Larco Herrera. Eso la desanimó más que los ataques de la familia. He fracasado en mi vida, he fracasado en mi matrimonio, he fracasado como padre de familia, he fracasado en todo (vuelve a golpear la mesa). Yo ya no le tengo miedo a nada.

¿Qué añora entonces?

Lo único que añoro en mi vida es ganarme el corazón de mis hijos. Juntar dinero, ir a Madrid y conocerlos.

 

Fuente: http://larepublica.pe/la-contra/1210322-la-reivindicacion-de-los-esquizofrenicos-es-mi-tarea-por-el-resto-de-mi-vida

La infidelidad

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Luciano Lutereau (*)

La infidelidad es uno de los temas más problemáticos en una relación de pareja. La relación monogámica implica un pacto de exclusividad. Sin embargo, como dice la frase popular, “hecha la ley, hecha la trampa”.

Es curioso que se nombre “salir de trampa” al encuentro furtivo entre dos amantes. Porque no queda claro si el que sale de trampa será un cazador o la presa. Asimismo, incluso es llamativo que se llame “amantes” a quienes se encuentran por fuera de una relación matrimonial. Porque, salvo excepciones, esos encuentros suelen implicar algún tipo de decepción.

Por cierto, cabría aquí hacer muchísimas distinciones; por ejemplo, no es lo mismo quien sostiene una relación continua con otra persona, que la situación ocasional en que se condesciende meramente al goce sexual. Aunque sea doloroso plantearlo en estos términos, no es poco frecuente que alguien inicie una relación “paralela” durante cierto tiempo hasta que esta “nueva” relación conduce al sepultamiento de la anterior. No creo que se deba conservar el nombre de infidelidad para estos casos. Por eso, me refiero en estas líneas a la infidelidad entendida en el segundo sentido planteado, es decir, a la coyuntura en que alguien mantiene una relación sexual con otra persona, a expensas del compromiso que lo une con su pareja, y en la que no se incluye ningún componente emocional.

“No sé por qué lo hice” es lo que muchas veces suelen decir los pacientes varones que pasan por situaciones semejantes. Y a veces arguyen que podría tratarse del deseo de sentirse hombres, que “todavía pueden” (de acuerdo con el título de un espectáculo de Cacho Castaña, que recuerda que siempre se alardea de lo que se carece). No obstante, en las mujeres se encuentra a veces el mismo argumento, sumado a una descripción de la pérdida de erotismo en su relación, y la falta de remedio al sucumbir al “sentirse deseada”.

Ahora bien, ni para un caso ni para el otro, pareciera que la perspectiva de género ofrece demasiadas respuestas, ya que la infidelidad en estos casos suele presentarse como algo inmotivado. Y esa falta de motivos suele llevar a que el traidor (porque la infidelidad en este punto es un asunto de traición) deje alguna pista para ser descubierto. Esa pista puede ser tan sutil, como para motivar que el otro decida revisar su celular. En última instancia, lo importante es que aquí encontramos un factor crucial: la asociación entre infidelidad y sentimiento de culpa.

Desde la perspectiva freudiana, la infidelidad podría explicarse de una manera general. En una de sus “Contribuciones a la psicología del amor” (1910) Freud hablaba de la división del deseo en el varón, orientado por un lado hacia el amor materno y, por otro lado, hacia el erotismo de la mujer degradada. Por esta vía, al perder incentivo su relación de pareja, el deseo por otra mujer aparece como una suerte de compensación. No obstante, esta consideración es demasiado amplia.

Quien sí entrevió un aspecto más profundo de este fenómeno fue Melanie Klein, cuando en su trabajo “Amor, culpa y reparación” (1937) advirtió que la infidelidad es corriente como una manera de reducir la dependencia que se siente ante la persona que se ama. De esta manera, es una suerte de venganza hacia el otro, para desasirse de algún modo del, como dice la canción de Los Redonditos, “maldito amor que tanto miedo da”. De acuerdo con esta explicación, se entiende por qué ese lazo íntimo entre infidelidad y culpa, ya que ésta viene a ser una forma de reducir el deseo agresivo hacia el otro, una manera de poner a prueba su amor (a través del perdón).

La explicación de Klein es más comprensiva que la de Freud. Incluso conduce a un resultado clínicamente atractivo: nadie es infiel por deseo, sino por cobardía moral, por torpeza e inseguridad. Sin embargo, resta un aspecto que debe ser esclarecido. Me refiero al componente de traición que la infidelidad conlleva. La venganza puede reconducirse a una relación dual como la que propone Klein, pero la traición supone el desafío de una ley que implica una “terceridad”. Para entender este matiz es preciso recurrir al psicoanálisis de Lacan.

En la traición, no sólo se expresa un deseo agresivo hacia otro, sino que se cancela el pacto que, como instancia tercera, unía a dos personas. Por eso, la infidelidad duele tanto, ya que se pone en cuestión la posibilidad misma de la relación. Una infidelidad nunca es algo que acontece como síntoma de una relación, sino que más allá de cualquier motivo, es el síntoma del fin de una relación. Es una trampa.

Lacan decía que lo que no está prohibido se vuelve obligatorio. Quizá por eso, la infidelidad sea un modo tan frecuente de terminar con una relación, cuando no hay otro modo más maduro de hacerlo. Sólo por derivación se habla de la infidelidad como algo que implica un deseo “prohibido” (la vida no es una canción del cuartetero Rodrigo). Por el contrario, en la infidelidad se hace de la prohibición una estrategia para sostener un deseo artificial y, en última instancia, decepcionante.

(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis (UBA). Docente e investigador de la misma Universidad. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina”.

 

Fuente: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2017/03/04/opinion/OPIN-03.html