La medicina nos identifica, nos convierte a todos en enfermos

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Explícita o implícitamente, la pregunta “¿quién soy?” surge en la vida de cada cual y lo hace mucho más frecuentemente que la cuestión “¿qué soy?” Ambas van ligadas a lo relacional, sea como pertenencia cultural, sea como extrañamiento metafísico.

El “quién” suele asociarse a una pertenencia comunitaria. Uno es elemento de algo y puede hablar de sí mismo refiriéndose a sus apellidos, su nacionalidad, su profesión, situación laboral, estado civil, pertenencia a clubs, etc. Aun cuando las comunidades se caractericen por propiedades muy simples, como las tribus urbanas, la identidad parece siempre asociable a la marca comunitaria y con más fortaleza cuanto más simple es ésta.

Ese “quién” de pertenencia supone a la vez una situación comparativa, sea en términos económicos o jerárquicos. Siempre habrá alguien que llegará, si cree que la circunstancia lo exige, a decirle a otro aquello de “No sabe Vd. con quién está hablando”. El “quién” acaba siendo elemento de un conjunto intersección de tantos conjuntos como comunidades a las que se pertenece, todas ellas fluctuantes, pues cambian las relaciones familiares, laborales, de amistad, etc. Tal vez la única posibilidad de lograr un “quién” sólo aparentemente estático sea la soledad eremítica o de hikikomori, o la vida reglada en una comunidad monástica.

La identidad personal se quiere a veces matemática, como igualdad máxima a alguien ejemplar, sea un santo, un científico, un actor o un cantante. Pero tenemos un serio problema por el hecho de que las figuras ejemplares no son ya heroicas, siendo más bien reales pero inalcanzables por su propia contingencia. El héroe requiere la singularidad de su trayectoria vital, siendo eso, que incluye tanto al amor a la vida como el desprecio de la muerte, lo que lo hace ejemplar.

En ausencia de héroes, olvidados los grandes mitos, la identidad se busca en la idealidad del nuevo mito cientificista, el que adora al cuerpo y tiene como meta el éxito social. Estar sanos y ser reconocidos socialmente (no sorprende la popularidad de Facebook) se convierte en deber existencial. Un deber imposible, porque nunca seremos sanos del todo, pues la Medicina moderna se encargará de asignarnos siempre a una clase de enfermos o “pre-enfermos”. Un deber imposible también porque nunca alcanzaremos el nivel de “excelencia”, certificable por la agencia de turno, en el que sentirnos cómodos.

Si no podemos ser héroes (ya no sabemos en qué consiste eso), podremos en cambio ser víctimas, en cuyo caso la identificación está servida: seremos celíacos, prediabéticos, hipertensos, fóbicos… o seremos pacientes que “tienen” un SIDA, un TDAH, una tuberculosis, una depresión (antes se “era” tísico, se “estaba” deprimido). Desde la designación diagnóstica o pronóstica podremos formar parte de una nueva comunidad, la definida por tal marca. Las asociaciones de enfermos, sus lazos de colores, congresos altruistas, “performances” y campañas de micro-mecenazgo, darán cuenta del poder de tal marca, íntimamente asociado a lo cuantitativo, a la dilución del sujeto en la identidad comunitaria.

Habrá incluso quienes luchen unidos por el reconocimiento de esa etiqueta de clase, llámese intolerancia al gluten, nomofobia, electro-sensibilidad, etc. Se trata de identificarse como víctima con derechos a dejar de serlo, aunque no se quiera.

Al hacer de la norma un ideal, una concepción perversa de la Medicina nos convierte a todos en enfermos, nos identifica con la carencia, con la falta, en vez de hacerlo con la posibilidad del ser. El deseo se asfixia así en una querulancia tan inagotable como estéril.

El afán de identidad acaba conduciéndonos paradójicamente a la gran alienación, la que facilitará el coaching, elmentoring, el marketing de cuerpos y mentes, las gamificaciones y demás ventas de humo. En busca de la identidad podemos hacernos estúpidamente idénticos.

Javier Peteiro Cartelle.

 

Tomado de http://identidades.jornadaselp.com/comunidades/cuando-la-enfermedad-identifica/

¡3 buenas razones para dejar que nuestros hijos se aburran!

Ya llega la época de los largos fines de semana y de las interminables vacaciones… ¿Y si dejáramos de intentar mantener ocupados a nuestros hijos a toda costa? La psicóloga clínica Pascaline Poupinel nos explica por qué hay que permitir que se aburran.

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Un campamento de verano, clases de teatro, de judo o de tenis, un taller de magia o de jardinería, cursos de canto o de inglés, ya no sabemos qué más inventar para mantener ocupados a nuestros hijos durante los fines de semana o las vacaciones.

Por miedo a que se aburran, a que estén “sin hacer nada”, a que no aprendan nada cueste lo que cueste, nos esforzamos en inscribir a pequeños, medianos y grandes en todo tipo de actividades. Para ello, invertimos incontables horas para encontrar buenas direcciones, gestionar las inscripciones, organizar el transporte, combinar los billetes de tren… por no hablar del dinero gastado.

El aburrimiento, una fuente de angustia

“El aburrimiento se asocia rápidamente a la idea de no hacer nada. Eso, para el adulto, significa que el niño pierde el tiempo”, explica Pascaline Poupinel. También es una fuente de angustia o de irritación cuando el niño pregunta errante por la casa: “¿Qué puedo hacer? ¡No sé qué hacer!” o te pide cada cinco minutos el iPad para “invitar a un amigo”. Podríamos pensar que no saben entretenerse de otra forma. Y quizás eso nos causa temor.

Soportar el aburrimiento, señal de buena salud mental

Así que los padres se creen obligados a mantener constantemente ocupados a sus chiquillos. “Sin embargo, no hay obligación de estar todo el tiempo haciendo algo”, continúa la psicóloga. Y ciertamente hay que tomarse muy en serio esta recomendación ya que, según varios especialistas como ella, la organización de los ritmos que los padres establecen para un niño contribuye en su desarrollo y su equilibrio psíquico, incluso sin que nos demos cuenta. Y resulta que la capacidad de soportar el aburrimiento es un signo imprescindible de buena salud mental.

Cuidado con la influencia de la sociedad actual

La sociedad moderna nos exhorta y nos influye a que ocupemos todo el tiempo de nuestros hijos, subraya la psicoterapeuta y psicoanalista Etty Buzyn en su libro Papá, mamá, ¡dejadme tiempo para mí! (De Vecchi Ediciones). Esta sociedad consumista se motiva con la idea del “siempre más”.

Con su competitividad nos empuja a preparar sin cesar a nuestros hijos, a volverles eficaces, competitivos, para hacer frente a sus exámenes, a los estudios superiores, a las dificultades profesionales. El mundo digital y permanentemente conectado incita a padres e hijos a pasar de los ordenadores a los teléfonos, de la televisión a las tabletas y vuelta a empezar.

¡Poned límites!

Veamos el ejemplo de los viajes largos. Hoy día, raro es el niño que no se aburre en coche o en tren. “En nuestra época, estos trayectos eran la ocasión de soñar mirando por la ventana, contar el número de “dos caballos” verdes, de hablar o discutir en familia, de inventar juegos, de cantar, de ver pasar el tiempo”, relata con un toque nostálgico Pascaline Poupinel.

Hoy, antes incluso de montarnos en el coche, ya estamos proponiendo una película o un juego para la tableta para entretener a los pequeños. Y de camino compramos, todo sea dicho, un poco de tranquilidad para nosotros… De ahí la necesidad de poner límites, ya que durante el tiempo que pasa el niño delante de las pantallas, no piensa en nada más, no piensa en qué otra cosa podría estar haciendo

Entonces, ¿por qué es tan importante dejar espacio para este vacío, para esta desocupación? Pascaline Poupinel destaca sus 3 virtudes básicas:

1. La capacidad de estar solo

Es necesario que el niño aprenda a estar solo, ya que es una necesidad que experimenten la espera, la frustración, la añoranza que será colmada por la satisfacción de un deseo. “El niño que reclama el seno de su madre es la primera constitución psíquica de un ser humano”.

La capacidad de estar solo es también la capacidad de decir “yo”, de reconocer que uno existe y encontrar los recursos para estar bien con uno mismo. Saber permanecer a solas es también tener confianza en uno mismo. En fin, ser capaz de jugar solo o de dormir calmadamente sin compañía es una demostración de seguridad interna y afectiva.

2. La capacidad de soñar

Solamente cuando el niño o el adolescente no está haciendo nada puede permitirse soñar. Y soñar es imaginar, crear, desear, proyectarse, experimentar… Es un momento precioso y necesario durante el cual deja volar su espíritu y nacer sus ideas, un tiempo en el que marcha a descubrir sus aspiraciones más personales.

Es también un momento de relajación después de todos los esfuerzos que le han exigido en la escuela o en sus diferentes actividades. “Somos del mismo material con que se tejen los sueños”, escribía William Shakespeare.

Pero cuidado, permitir que el niño tenga tiempo para la fantasía no significa “dejarle abandonado consigo mismo sin reglas ni límites”, precisa la psicoterapeuta y psicoanalista Etty Buzyn. “Ese niño no tendría ninguna oportunidad de construirse ni de socializar”. Simplemente me parece necesario restituir la posición del niño soñador. ¿Acaso no depende la creatividad de estos futuros adultos de que les dejemos tiempo para soñar sobre las necesidades de nuestra sociedad?

3. La capacidad de hacer brotar deseos, motivaciones, placeres

Es importante dejar un espacio que sus hijos puedan rellenar con su creatividad, sus deseos, sus motivaciones y sus placeres. En ese tiempo es fundamental la espera, porque esperar es constatar la ausencia de determinado objeto y así hace surgir el deseo. Y es la satisfacción de ese deseo la que otorga el placer y permite realizarse al niño. La célebre pediatra y psicoanalista francesa Françoise Dolto decía: “Las cosas fáciles colman la necesidad, pero no el deseo”.

Así que, este verano, cuando su hijo bostece en la mesa o su adolescente se apoltrone en el sofá, no gruñan, alégrense y digan: “Formidable… ¡está aburrido!”.

 

Fuente: https://es.aleteia.org/2017/05/31/3-buenas-razones-para-dejar-que-nuestros-hijos-se-aburran/

La desmotivación, una nueva problemática

Antes se atribuía sólo a la pareja, pero ahora se expande al trabajo y al estudio. Los especialistas advierten que crecen las consultas y que hay preocupación de muchas empresas.

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Marcelo pone en duda todo el tiempo si eligió bien su trabajo. Es sociólogo, tiene 36 años y se gana la vida en una consultora, pero se aburre. No le pagan lo que desea y, como si fuera poco, los objetivos de la empresa van por un carril diferente de los suyos. Por eso, el día a día le parece rutinario, su capacidad de entrega está en baja y de su matrimonio, mejor ni hablar… El caso ilustra una tendencia que algunos psicólogos ya consideran como un mal de la época : la pasión está en crisis en casi todos los ámbitos y esa realidad dejó de ser una preocupación exclusiva de las parejas.

“La desmotivación preocupa en las empresas y tenemos consultas constantes por ese tema”, le explica a Clarín Patricio Fay, profesor de Comportamiento Organizacional en el IAE Business School, la escuela de negocios de la Universidad Austral. “El malhumor y la falta de deseo sexual llevan al diván a personas de todas las edades ”, pone como ejemplo la licenciada Ana Esther Krieger, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Algunos investigadores hablan de una “crisis de sentido” propia de este tiempo. Krieger argumenta: “En esta hipermodernidad, dominada por el mandato de ‘ser felices’, se ha ganado una libertad que tampoco satisface”.

¿Cómo se puede identicar las señales de la nueva tendencia? En cada ámbito se pueden encontrar diferentes síntomas. “En la escuela pública argentina el ausentismo docente es un problema serio ”, reconoció en mayo el ministro de Educación nacional Alberto Sileoni, algo que se agrega a los “faltazos” de los alumnos. En la enfermería, profesión vital, hay un déficit crítico por la falta de profesionales , ya que los sacrificios de la ocupación no seducen. Y en la pareja, la más tradicional “víctima” del fin de la pasión, las estadísticas hablan por sí solas: en la Ciudad, el año pasado creció un 10% la cantidad de divorcios y el 70% fueron de común acuerdo.

El fenómeno se extiende también a otros ámbitos. En las oficinas, la pasión y el compromiso hay que buscarlos con lupa. La consultora internacional Mercer hizo el año pasado encuestas a mil empleados de compañías argentinas. El resultado: el 40% de los trabajadores está pensando en irse de su empresa , mientras que uno de cada cuatro directamente muestra apatía.

¿Qué está pasando? El sociólogo Luis García Fanlo, titular de la cátedra “Sociología de la Argentinidad” en la UBA, relativiza el fenómeno, pero al mismo tiempo aporta un concepto clave: “La mezcla entre consumismo, espectáculo y la velocidad de las tecnologías digitales de hoy nos hacen tener un nivel de aspiraciones inalcanzables ”. Eso conduce a la frustración y, si las contradicciones se agravan, puede desembocar en la indiferencia.

La psicóloga y docente de Centro Dos Rosa Sánchez amplía la explicación: “La pérdida de la cultura del trabajo habla también de la ilusión de conseguir todo rápido y fácilmente”, un anhelo que choca con la realidad.

Para los expertos, la culpa no está en las personas, sino en una sociedad en plena transformación que crea incertidumbre, glorifica la imagen y a veces promueve las injusticias.

Como también entraron en crisis los discursos tradicionales–como por ejemplo el de la Iglesia o el de la autoridad paterna–, “la verdad” pasó al mercado, postula Krieger, lo que impulsó el éxito económico como modelo y alentó “la creencia de que el consumo de bienes nos llevará a la felicidad”, algo que termina en la sensación de vacío. Así, a la hora de elegir una profesión puede pesar más la retribución económica que la vocación.

“En el caso de la sexualidad, surge una búsqueda desesperada de tapar la angustia con otros a los que se trata como objetos”, suma Guillermo García Arias, presidente de Holos Capital, un centro de counseling porteño.

El “efecto compensador” es otra cara del fenómeno. Mientras que la rutina diaria se vive con frialdad, hay momentos de descontrol en los que interviene el alcohol o la droga, ya sea para “estar al palo” en el boliche, rendir mejor en la cama o ir a alentar al equipo.

Mientras el fenómeno se expande, queda claro que puede afectar a cualquiera. Basta con reparar en el concepto que eligió Juan Román Riquelme para anunciar su salida de Boca: “Me siento vacío, no tengo más nada para dar”.

 

Fuente: https://www.clarin.com/sociedad/mal-epoca_0_rkBInGMnPXx.html

El médico y la emperatriz

Freud tuvo una vida sexual bastante triste, dicen sus biógrafos, que suelen omitir la probable relación con su cuñada Minna, seguramente la parte más luminosa de la misma.

A los 75 años de su muerte, Viena oirá de nuevo la voz de Freud

Foto: EFE

“¿Que le duele ahí? ¡Qué va, mujer! Ya le digo yo dónde tiene que dolerle”

La emperatriz Wu Zetian recibe al embajador plenipotenciario de la Sociedad Psicoanalítica Vienesa, Sigmund Freud, ante toda su corte. Con un gesto de la mano le ordena acercarse. Olfatea:

—Tú fumas mucho. ¿Te has lavado la boca?

—A veces un cigarro es solo un cigarro —se defiende débilmente el vienés, mintiendo por todo lo alto: es un cigarro detrás de otro, hasta acabar con cáncer en la boca.

Se encuentra un poco intimidado, mirando por el rabillo del ojo cómo unos sirvientes se acercan con una palangana para lavarle la boca. Está en presencia de la emperatriz de China, una mujer que «sabía que el sexo y el poder estaban inexorablemente unidos y ordenó que los funcionarios de su gobierno y dignatarios visitantes le rindieran homenaje practicándole cunnilingus —cuenta uno de mis informantes, citando el libro The Cradle of Erotica—. Hay pinturas que muestran a la hermosa y poderosa emperatriz de pie, con la ropa abierta mientras un noble o un diplomático arrodillado ante ella aplica sus labios y lengua a su real montículo».

Esta escena se repitió cientos de veces, porque la emperatriz gobernó muchas décadas que se cuentan entre las más prósperas de la historia china. Wu Zetian era una mujer inteligente y culta, que aprendió a leer y escribir escondiéndose detrás de las cortinas mientras sus hermanos recibían clase: a las mujeres no se las enseñaba. La escena descrita indica claramente que no buscaba placer en esas sesiones oficiales: hubo encargados de proporcionárselo en otros momentos, con más tranquilidad y sin espectadores, hasta el final de su larga vida. No, la escena es muy formal, protocolaria, y probablemente su finalidad fuera únicamente indicar cómo debe tratarse a las mujeres, además de a ella misma.

Y Sigmund Freud, uno de los hombres que más ha contribuido a la configuración del pensamiento occidental del siglo XX, tenía razones para estar intimidado ante la poderosa mujer. Porque no parece que entendiera mucho a las mujeres, una de sus frases más famosas es una pregunta: ¿qué quieren las mujeres? Viniendo del inventor de un método de tratamiento que se basa sobre todo en escuchar lo que dice el paciente, es una pregunta ciertamente curiosa: para saber qué quiere alguien, lo más directo es preguntárselo.

Claro que para obtener una respuesta valiosa deben cumplirse dos condiciones. La segunda es que la persona interrogada tenga libertad de expresión, que cualquiera sea la contestación no pueda implicar castigo o menosprecio para quien la da.

La primera, y más importante, condición es que haya tenido la oportunidad de explorar, de averiguarlo por sí misma, sin que esa exploración tampoco sea castigada o mal vista.

Wu Zetian tenía un poder inmenso, ella ocupaba la posición de repartir castigos o desprecios. Por eso Freud tenía razones para estar intimidado. Bueno, hubiera tenido razones, quiero decir, porque esta entrevista no se produjo. Freud nunca viajó a China ni al siglo VII, donde vivía la emperatriz. La visita de Freud me la he inventado, lo confieso. Pero eso no es nada al lado de las cosas que inventaba él: por ejemplo, que las mujeres tenían dos tipos de orgasmos. Unos, clitoridianos, infantiles, a los que debían renunciar en favor de los adultos, vaginales.

Freud tuvo una vida sexual bastante triste, dicen sus biógrafos, que suelen omitir la probable relación con su cuñada Minna, seguramente la parte más luminosa de la misma. Pero, hombre, ¡era médico! Para finales del XIX la Fisiología había establecido sin sombra de duda que es en el clítoris donde se concentran las terminaciones nerviosas, no en la vagina. ¿Por qué empecinarse en defender una teoría que no tenía soporte fisiológico alguno?

Si el médico vienés es responsable de lo que dijo, los demás, la civilización entera, lo somos de darlo por bueno sin más. La Fisiología no es una ciencia secreta y las mujeres saben hablar. No dejarles hacerlo o no escucharlas, en el asunto que nos ocupa, es una forma particularmente estúpida de escamotear felicidad a un número enorme de personas, generación tras generación.

Sigmund Freud hubiera ganado mucho entrevistándose con la emperatriz china. Y todos nosotros en consecuencia. La emperatriz fue una excepción: antes de ella, y después, no hubo más que hombres ocupando la plaza. Una lástima; si una sucesión de emperatrices hubiera mantenido hasta hoy la etiqueta de Wu en las recepciones, probablemente ahora mismo las mujeres, y quienes las queremos, seríamos bastante más felices.

Eso sí, quizás a Federico Trillo no le hubiera hecho tanta ilusión ser embajador en Londres.

 

Fuente: http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/medico-emperatriz_6_656594374.html

Los vacíos existenciales no se llenan con banalidad

El psicoanálisis permite conocerte mejor y reaprender. Aunque ese consumismo no es patológico, la psicología puede ayudarte a manejar ese impulso.

banalidad y los vacíos existenciales.

banalidad y los vacíos existenciales. Foto: http://www.someecards.com

La Razón (Edición Impresa) / Liliana Aguirre. / La Paz

00:00 / 22 de junio de 2017

Sexo ocasional, comida en exceso o compras compulsivas te dan felicidad? Si la respuesta es sí y no le ves nada de malo, quizá no te has dado cuenta de que te haces daño y te creas una felicidad falsa con experiencias al límite.

“El filósofo Alfonso López Quintas escribe el libro Vértigo y éxtasis, que tiene que ver con que los momentos de vértigo son espacios donde se tiene la respuesta inmediata a la felicidad inmediata, lo cual a largo plazo te lleva a la autodestrucción”, explica la psicóloga Elba Elena.

La especialista encuentra que los valores están invertidos y las sociedades han acuñado conceptos errados sobre la felicidad. “Se ha cambiado el ser por el tener, si no tienen el último celular se sienten deprimidos, incompletos y su autoestima —que se basa en lo que tienen y no en lo que son— baja. Se ha olvidado que cada persona es única e irrepetible”

En esta vorágine de emociones por tener muchas parejas, bastante comida y todo cuanto los ojos ven se dan los excesos. “Muchos momentos de microfelicidad, pero con consecuencias negativas. Comer en exceso lleva a la obesidad. El sexo da momentos de exaltación máxima, pero poco duraderos y no da plenitud como a una pareja que construye su relación en el tiempo”.

En cuanto a las compras compulsivas, según Elena, existe un mensaje encriptado. “Cuando se compra 30 blusas que ni se las usa se está faltando a la existencia y utilidad del objeto. Lo real, más allá de la compra, es el impulso de la dominación sobre objetos, lo que también se manifiesta hacia las personas con las que interactúa”.

La psicóloga Lizette Gallegos coincide y explica que se trata de llenar los vacíos emocionales con elementos sustitutivos porque la persona tiene grandes espectativas que no puede alcanzar. “Estos comportamientos generan conductas desadaptativas que traen conflictos. La persona carente cree alcanzar el prestigio y la realización con el consumo de alimentos, cosas y hasta personas”.

Si te identificas con estas situaciones y quieres romper la cadena puedes realizar una logoterapia, que es la búsqueda de sentido en la vida. También el psicoanálisis permite conocerte mejor y reaprender. Aunque ese consumismo no es patológico, la psicología puede ayudarte a manejar ese impulso.

Fuentes: Lizette Gallegos (psicóloga), Elba Elena (psicóloga) y Roberto Peña (terapeuta).

Tomado de: http://www.la-razon.com/suplementos/mia/vacios-existenciales-llenan-banalidad_0_2731526855.html

“Los intelectuales fueron los principales clientes del nazismo”

¿Cómo se puede ser un intelectual sensible a la cultura y un ferviente defensor del nazismo a un mismo tiempo? Hasta ahora al pensar en soldados del Reich o en oficiales de cuerpos como las SS nos imaginábamos a individuos sin estudios y extraídos de los bajos fondos, populacho próximo a la barbarie encandilado por un genio del mal como Adolf Hitler. Lo bueno de este mito es que nos permite delimitar claramente la línea entre hombre y monstruo y suscribir la evocadora cita de Theodor Adorno sobre Auschwitz y la poesía. Pero existe un problema que plantea la realidad. El nazismo, y todas las atrocidades de las que fue responsable, no fueron producto de una masa enfervorecida por ciegas ensoñaciones patrióticas, sino el resultado de una ingeniería científica y unas construcciones académicas creadas por intelectuales y eruditos afectos a una ideología que les permitió superar sus traumas privados y colectivos. En el monumental ensayo Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado), el historiador francés experto en el nazismo Christian Ingrao analiza la trayectoria de 80 miembros intermedios de las SS y las SD, todos universitarios, muchos doctores, juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores que conformaron de forma entusiasta el corpus central del régimen nacionalsocialista.

Porque lo que Ingrao pretende demostrar es una tesis a priori sencilla pero muy reveladora. “No hay que estudiar el nazismo como un sistema de ideas, sino como un sistema de creencias que subvierte, a través de un proceso emocional, la pertenencia social y cultural”, explica. “El nazismo fue atractivo para obreros y campesinos, para gente de clase media y para gente de clase superior, y la única población que realmente no se sintió atraída por el nazismo fueron los judíos”. Pero más allá de la retórica populista y de la crispada situación social, ¿qué llevo a estos hombres cultos a participar de la subsiguiente barbarie que generó el régimen de Hitler, a comer, como dijo Heinrich Böll, del “sacramento del búfalo? “Lo que diferencia al nazismo de otros tipos de etnonacionalismo que se vivieron en Alemania entre 1919 y 1925 es que es un planteamiento determinista racial, lo que significa que para cualquier persona que lo interioriza todo está condicionado por un sistema de jerarquización racial, que para los nazis tiene una justificación científica”, afirma Ingrao. “El nazismo distorsiona a través de la emoción la manera en que los individuos y los grupos perciben el mundo”.

El nazismo logró transformar la angustia de la Gran Guerra en una utopía política”

Este planteamiento de la interiorización puede ser suficiente para explicarnos la pertenencia de estos académicos a los cuerpos represores del Estado, pero se queda algo estrecho a la hora de tratar de comprender como estos intelectuales comprometidos participaron, entusiastamente en muchos casos, en los Einsatzgruppen, los “comandos de ejecución” que se dedicaron a asesinar en los países de Europa del Este a más de 1.400.000 judíos, oficiales, comisarios políticos, soldados, intelectuales, patriotas, gitanos… Para Ingrao eso se explica por una necesidad desesperada de creer en su nación surgida de la humillante e inesperada derrota de 1918 y el subsiguiente maltrato recibido en el Tratado de Versalles. “Estos hombres eran niños y adolescentes durante la Primera Guerra Mundial, y sufren entonces una experiencia sumamente traumática, el resurgimiento de la muerte de masas a niveles nunca vistos desde la Peste Negra del siglo XIV. De los 3000 muertos diarios, 1700 eran alemanes”, asegura el historiador.

Pero además del drama mortal, Alemania perdió la guerra, lo que provocó el cuestionamiento de la existencia misma de la nación a nivel político e incluso físico. “Alemania se vio abrumaba por un sentimiento de angustia colectiva y muerte inminente que, analizado y dotado de sentido por el nazismo, asume de una manera suficientemente convincente para que una gran cantidad de intelectuales se impliquen de una manera convencida”. Según el historiador, una de las claves del triunfo del nazismo es que “ha asumido la herida narcisista de la Gran Guerra y la ha explicado, transformando la angustia en una utopía política cuyos principales clientes son estos intelectualesacostumbrados a las emociones intensas. Pasan de una emoción muy oscura que es la angustia, a un fervor cuasi religioso. Por eso cuando tienes un intelectual que interioriza ese nazismo, cree en él con todas sus fuerzas, con toda su alma y con todo su cuerpo”.

Miembros de los Einsatzgruppen durante una ejecución masiva

Y aquí es donde entra en juego la segunda parte de la propuesta de Ingrao, el destruir, que nace de la lógica racial nazi de suponer que la raza que no lucha y vence, perece, lo que explica la lógica apocalíptica adoptada por la Segunda Guerra Mundial. “En el nazismo el creer y el destruir están imbricados. El creer es creer en la voluntad de destrucción del otro para con uno mismo. El imaginario de la destrucción consiste en imaginar que te van a destruir a ti y actuar primero”. Por eso la violencia, primero como deportación, luego como asesinato y después como exterminio, estaba justificada e incluso era necesaria para la salvación de Alemania. En este contexto nace el ideario de la “Conquista del Este” llevada a cabo por los Einsatzgruppen, el plan para germanizar los territorios existentes hasta los Urales, el Cáucaso y las llanuras del Caspio con población alemana, lo que supondría el exterminio o deportación de unos 50 millones de personas. “El nazismo también fue un proyecto político que, por la dimensión imperial de la conquista del espacio vital, se otorga la idea de fundar un imperio que sea milenario en el cual una nueva sociedad podrá organizarse y el fermento de conflictos que existe en todas las sociedades quedará eliminado para siempre”, recuerda Ingrao.

Ninguno de estos hombres estará convencido de que lo que ha hecho era condenable moralmente”

No obstante, a pesar de estos sueños megalómanos y a sus perversos medios de ejecución, Ingrao no considera que estos intelectuales fueran unos fanáticos, sino que eran hombres muy comprometidos emocionalmente, y “dispuestos a hacer inmensas concesiones y sacrificios para no renunciar a la creencia”. Un punto de vista que contrasta con el resultado final. Como sabemos, la guerra termino de nuevo con derrota alemana, un hecho que divide profundamente a los dignatarios nazis. Como recuerda el historiador, “en lo que respecta a la primera generación, los que han vivido como adultos la derrota de la Primera Guerra Mundial y viven en el 45 una segunda derrota, la mayoría prefieren renunciar a la vida antes que enfrentarse a la realidad”. Pero no ocurre lo mismo con estos intelectuales de grado intermedio, en muchos casos con las manos mucho más manchadas de sangre que los jerarcas más conocidos. “La segunda generación de dirigentes nazis no decide lo mismo. Son asesinos, y en ese sentido sí se han comportado como fanáticos, pero al final en los últimos meses de la guerra toman la decisión fundamental de decidir sobrevivir e intentar adaptarse al mundo tal y como pudiera plantearse”, recuerda Ingrao.

Eso sí, en ellos no hay el menor signo de arrepentimiento y en un principio ni siquiera de renuncia al nazismo. “Siguen siendo nazis, porque el nazismo no muere en mayo del 45. En realidad, comienza a morir en el invierno del 46, cuando los aliados toman la decisión bastante increíble de alimentar a las poblaciones alemanas, a menudo a costa del sacrificio de sus propias poblaciones”. Muchos de estos hombres se libraron de ser detenidos o tardaron en comparecer ante un juez, pero en la gran mayoría de los casos expresaron más justificaciones que arrepentimiento, echando definitivamente por tierra el estereotipo de burócrata nazi defendido en La banalidad del mal por Hannah Arendt (de hecho, se asegura que el propio Eichmann fingió y la filósofa mordió el anzuelo). “Ese arrepentimiento supondría aceptar que lo que habían hecho era moralmente condenable. Todas las respuestas que dan esos hombres son estrategias de huida o de escape, porque ninguno de ellos estará convencido de que lo que ha hecho era condenable moralmente”, afirma tajante Ingrao. “Lo que hicieron fue tan bestia y transgresor que, si hubieran aceptado ese condicionamiento moral de lo que habían hecho, se hubiesen visto en la obligación de suicidarse. Y eso sería ya ciencia ficción”.

Tomado de http://www.elcultural.com/noticias/letras/Christian-Ingrao-Los-intelectuales-fueron-los-principales-clientes-del-nazismo/10926

Sobre «el odio colectivo e ideológico»

Carolin Emcke, autora de «Contra el odio»

El libro, galardonado con el Premio de la Paz de los libreros alemanes en 2016, versa, como Carolin Emcke (Mülheim an der Ruhr, 1967) señala en su prólogo, sobre «el odio colectivo e ideológico». La periodista y ensayista alemana reflexiona sobre el odio y el fanatismo examinando asimismo las privaciones de derechos que se derivan de aquellos. Lo hace con frecuentes alusiones a la sociedad alemana, aunque con referencias a expresiones también apreciables en otros contextos. Dos de estas manifestaciones de odio le son a la autora especialmente útiles para ilustrar algunas de sus tesis. Por un lado, el detallado relato del incidente ocurrido en la localidad alemana de Clausnitz en febrero de 2016, cuando un grupo de solicitantes de asilo fue acosado por manifestantes. A partir del vídeo difundido en las redes sociales, Emcke analiza el papel de los actores implicados y de sus distintas acciones y responsabilidades ante esta manifestación de odio: los que odian, los que gritan, los que protestan y los que difaman. «El odio no surge de la nada», asevera.

«No puedo respirar»

Adopta un enfoque similar al relatar otra de las expresiones de odio sobre las que construye su ensayo: la muerte de Eric Garner en Nueva York en 2014. De nuevo la autora describe las crueles imágenes del vídeo difundido en internet. En él se observa cómo Garner, un corpulento hombre negro, discute con dos policías blancos, mientras repite que no ha hecho nada. Durante varios minutos se escuchan las voces de los tres sin que las imágenes muestren a un Garner amenazante, sino más bien frustrado reivindicando su inocencia y que, en un momento dado, cuando los policías se aproximan a detenerle, interpela: «¡No me toquéis!». En unos segundos, uno de los policías, Daniel Pantaleo, le rodea por el cuello mientras con la colaboración de su compañero inmoviliza a la víctima desplomándola sobre el asfalto. «No puedo respirar. No puedo respirar. No puedo respirar», repite Garner hasta morir de asfixia.

La autora destaca ejemplos «del odio y de los esquemas de percepción que lo alimentan y lo conforman, transformando a las personas en seres invisibles y monstruosos». Además de las muestras citadas, incluye la violencia del «Estado Islámico» y del yihadismo salafista que lleva a sus simpatizantes a «despreciar a otros y considerarlos seres carentes de valor». Dedica otro de los capítulos a la «violencia homófoba, transfóbica o bifóbica». Se refiere a quienes revisten «la vulneración de los derechos humanos con el halo de una práctica religiosa». Aboga ante ese tipo de conflictos por la intervención del Estado de derecho con el fin de «hacer valer los derechos individuales frente a las demandas de un colectivo religioso». Destaca, en relación con la ablación o los matrimonios con menores, la necesidad de esta intervención estatal, ya que «un derecho consuetudinario cultural no puede anular un derecho humano».

Identidades asesinas

Algunas de sus conclusiones sobre la estigmatización, la exclusión, la radicalización ideológica, la univocidad y pureza identitaria que persiguen diversos movimientos políticos y religiosos evocan a las que ya desarrolló Amin Maalouf en su célebre «Identidades asesinas» en 1998. Si en aquel entonces el ensayista libanés animaba a «todo ser humano a que asumiera su propia diversidad, a que entendiera su identidad como la suma de sus diversas pertenencias en vez de confundirla con una sola», ahora Emcke también apela a las múltiples pertenencias: «Los agentes políticos y sociales que hoy, en Europa, vuelven a apelar al pueblo y a la nación tienen una visión muy reduccionista de ambos términos. En su opinión, a pesar de las «diferencias abismales» entre «los movimientos secesionistas, los partidos nacionalistas o el fundamentalismo pseudorreligioso», a «todos ellos los impulsa una idea similar: la de crear una comunidad homogénea, original o pura».

Tomado de http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-contra-odio-reflexiones-sobre-violencia-201706220155_noticia.html?platform=hootsuite