Confesiones literarias y personales de Marcel Proust

Marcel Proust, en una foto de archivo EM

Además de los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”, el gran autor francés escribió (se calcula) más de 100.000 cartas. Ahora llega a España las que se cruzaron Marcel Proust y su editor, Jacques Riviére

El 17 de diciembre de 1906, tras la muerte de sus padres, Marcel Proust se instaló en el bulevar Haussmann, número 102, segundo piso. Cerró cortinas y persianas, se sometió a los tormentos de su asma y empezó a escribir una obra monumental. El primer tomo de En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann, se publicó en 1913. El propio autor tuvo que correr con los gastos de impresión, tras numerosos rechazos. Pero a principios de 1914 Proust recibió la carta, hoy perdida, de un influyente admirador, Jacques Rivière, secretario de redacción de la prestigiosísimaNouvelle Revue Française. Así comenzó un intercambio de correspondencia, transformado pronto en amistad, que duró hasta la muerte del escritor.

En su primera carta a Rivière, Proust hablaba ya de su emblemática madalena: «Ha visto usted el placer que me depara la sensación de la madalena mojada en el té».

Las cartas entre Proust y Rivière acaban de ser publicadas en España por Ediciones La Uña Rota, con traducción, prólogo y notas de Juan de Sola. Es solo una pequeña parte de la correspondencia producida por Marcel Proust, un grafómano que vivía encerrado con sus enfermedades y prefería comunicarse por escrito: Philip Kolb, recopilador de la correspondencia proustiana, calcula que el escritor envió unas 100.000 cartas a lo largo de su vida. En el diálogo entre Proust y Rivière, el primero va desvelando las claves de su obra, su perfeccionismo obsesivo y su prodigiosa capacidad de observación.

La correspondencia empieza en 1914 y acaba en 1922, con la muerte de Proust a los 51 añosRivière no le sobrevivió mucho tiempo: murió en 1925, de tifus, a los 38 años.

En cuanto leyó el primer tomo de En busca del tiempo perdidoRivière se entusiasmó. Convenció a los responsables de NRF para que rescataran la edición de Grasset pagada por Proust y se comprometieran a publicar el resto de su obra; el propio André Gide, responsable de haber rechazado el manuscrito en NRF, entonó un mea culpa: dijo que jamás podría perdonarse el error. Rivière, por tanto, fue descubridor, impulsor y patrocinador de una de las obras culminantes de la literatura del siglo XX.

«Si no tuviera creencias intelectuales, si simplemente buscara rememorar y solapar estos recuerdos con los días vividos, no me tomaría, enfermo como estoy, la molestia de escribir», le dice Proust a Rivière. «¿Se puede usted creer que ni siquiera pienso que la inteligencia sea lo primero en nosotros? (…) Yo antepongo el inconsciente, que aquélla está llamada a aclarar, pero que es lo que constituye la realidad, la originalidad de una obra», le dice Rivière, cada vez más fascinado por Sigmund Freud.

Hay cartas, bastantes, casi cómicas por el puntillismo maniático de Proust en cuanto a correcciones y cambios de última hora. El libro muestra que en los años de la Primera Guerra Mundial (en la que Rivière combate), mientras acomete su gran obra, Proust ha dejado de ser el joven pisaverde que hacía crónicas sociales y derrochaba ingenio en los salones; ahora, maduro, enfermo y consciente de que no llegará a viejo, tiene la convicción absoluta de estar escribiendo algo portentoso, algo que va a sobrevivirle. Y quiere que llegue a los lectores de forma perfecta. Tras una enésima corrección, Rivière, en una carta del 25 de octubre de 1922, se exaspera: «Acabo de pedir que paren la impresión, que estaba a punto de empezar. Pero, por el amor de Dios, dime lo antes posible cómo debe terminar el fragmento».

A Proust le quedaba menos de un mes de vida. El 25 de octubre, Proust, febril, le dice a Rivière que le odia y ya no confía en él. «Tu carta me duele, no consigo ver en qué me he equivocado», responde Rivière. Días después, Rivière le envía a Proust su obra Aimée, con una dedicatoria. Responde (por carta) la sirvienta, Céleste Albaret«El señor Marcel Proust no se da cuenta de nada, es por eso que todavía no sabe todavía que le mandó usted su libro». Es el último contacto. Proust falleció, de bronconeumonía, el 18 de noviembre de 1922.

Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2017/12/06/5a26ed6146163f4d158b4592.html

Dalí y sus fobias llegan al Centro Histórico de la CDMX

El centro histórico de Ciudad de México acoge desde hoy la
exposición itinerante “Dalí”, compuesta por 19 esculturas
de bronce situadas al aire libre que reflejan el surrealismo que marcó la vida y obra del icónico artista catalán.

Tras haber pasado por el capitalino Paseo de la Reforma, la muestra del Museo Soumaya y la Fundación Carlos Slim se ubica ahora en el
céntrico atrio de San Francisco, a los pies de la emblemática Torre Latinoamericana.

Relojes, figuras femeninas y caballos son el denominador común de la mayoría de las esculturas de la muestra, que reflejan las obsesiones artísticas de Salvador Dalí (Figueres, 1904-1989).

“Las esculturas de bronce
pertenecen a la última etapa de Dalí entre 1975 y 1984.
Todas se inspiran en dibujos y pinturas de los años treinta como los relojes derretidos”, explicó en rueda de prensa la curadora de la muestra, Dania Escalona.

“Perfil del tiempo”, “La danza del tiempo” y “La nobleza del tiempo” muestran los icónicos relojes blandos que se convirtieron en un icono mundial del surrealismo.

Y es que
el paso del tiempo fue una obsesión constante en la mente y obra del artista,
que quiso expresar en su obra que el tiempo no es estático, se desvanece y no se puede detener.

Las mujeres también fueron una constante en la obra del artista de los finos y largos bigotes, quien se inspiró en el modelo de belleza clásica y en varios autores de la antigüedad para representar figuras femeninas.

Es el caso de la “Venus Jirafa”, busto con largo cuello inspirado en la clásica “Venus de Millo”, o la “Venus espacial”, figura en la que Dalí incorpora hormigas, un reloj derretido y un huevo como representación de sus fobias.

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Asimismo, las estilizadas esculturas se inspiran en
leyendas medievales en los casos de “Lady Godiva con mariposas” y “San Jorge y el dragón”,
un relato popular que da lugar a una importante festividad en la Cataluña natal de Dalí.

A lo largo del recorrido también destacan otras obras como “Alicia en el País de las Maravillas”, “Ángel triunfante” y “Newton surrealista”.

La muestra, que es de acceso libre y gratuito, permanecerá a la intemperie mientras las condiciones climatológicas lo permitan, y estará abierta también en días festivos.

“No tenemos fecha de cierre debido a que las condiciones de sacar esculturas al aire libre requieren de tratamiento. Esperemos a ver cómo nos trata el clima, pero la muestra estará algunos meses aquí”, dijo el director del Museo Soumaya, Alfonso Miranda.

Los organizadores de la muestra buscan la máxima interacción con el espectador, de modo que han habilitado perfiles en las redes sociales y el hashtag
#DalíEs para que los visitantes compartan sus experiencias y sueños “dalinianos”.

También se ofrecerán visitas táctiles para que las personas con discapacidades visuales puedan sentir las obras de Dalí, y se publicará en internet una lista de canciones para complementar el recorrido con música surrealista.

“La interacción con las esculturas situadas en exteriores es mucho mayor y más positiva; y en una era de redes sociales, la mayor distribución de los contenidos en la red acerca más a los públicos”, indicó Escalona.

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Las 19 obras expuestas
son “originales múltiples”, es decir, están fundidas mediante los moldes del artista.

“Todas las piezas que tenemos son originales. El trabajo de la escultura es distinto del de la pintura, en el que solo hay una. La reproducción múltiple vuelve originales las piezas”, explicó Miranda.

Pintor, escultor, dibujante y diseñador, Dalí es uno de los artistas más destacados del siglo XX y uno de los mayores representantes de los movimientos artísticos de vanguardia.

Seguidor de las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, fue un creador polifacético y excéntrico que compartió parte de su vida con su amante, musa y modelo Gala, quien está presente en muchas de sus obras.

A pesar de que el padre del movimiento surrealista, André Breton, definió México como “el país más surrealista del mundo”, Dalí nunca llegó a pisar tierras mexicanas.

 

Fuente: https://www.elsoldelcentro.com.mx/cultura/arte/dali-y-sus-fobias-llegan-al-centro-historico-de-la-cdmx

Hay lugar para la filosofía

Rosa García Macías

Sentada aquí, en mi escritorio, en la serenidad del silencio, me pregunto una vez más –segura de que no será la última–: ¿qué es la filosofía? Recuerdo haberla descubierto como una asignatura en el instituto, y recuerdo aún más cómo me cautivó, cómo consiguió que ciertas preguntas se quedasen dentro de mí, revolviéndome, atrayéndome, despertándome. El asombro aristotélico vino para quedarse, tanto que hoy soy yo quien intenta sembrar la curiosidad en unos adolescentes que me miran, cada inicio de curso, como si nada de lo que pudiera decirles fuera nunca a formar parte de su mundo. Oigo sus titubeos tímidos ese primer día cuando les pregunto si creen que la filosofía debe ser una asignatura más o debe desaparecer del currículo académico. Observo su reticencia, su desprecio inocente hacia aquello que, como les han vendido, no “sirve”, no “da para trabajar”, y es, en definitiva, “una pérdida de tiempo”. Lejos de molestarme, me entristece, y por qué no decirlo, también me motiva. Afronto esta nefasta situación como un reto, y les comento sonriendo que volveré a hacerles esa misma pregunta cuando acabe el curso.

Cuento esto como ejemplo característico de un problema profundo y preocupante que agrava nuestra sociedad. Las humanidades, como todos sabemos, están siendo desterradas. La velocidad lo impregna todo. No importa hacia dónde vayamos, sólo importa hacerlo rápido. Las redes sociales nos conectan de forma instantánea, pero cada vez hay menos conversaciones reales. La economía inunda nuestros televisores y es ya la dictadora de nuestro mundo. Los políticos han perdido en buena medida lo que un día, allá por Grecia, era un requisito indispensable: la retórica (dícese del arte del discurso). Los libros son casi artículos de coleccionista, sustituidos por móviles de última generación. Las máquinas, en definitiva, son cada vez más inteligentes, y nosotros, y perdónenme por la expresión, cada vez más tontos. Además, ¿qué diría Aristóteles si levantase la cabeza? Para él no podíamos ser animales racionales si no nos preocupábamos por los asuntos políticos. Para el filósofo griego éramos y debíamos ser ciudadanos antes que seres individuos. Quien no lo era quedaba relegado a la categoría de bestia –un calificativo que también utilizaba para referirse a las mujeres, aunque por suerte en esto sí hemos avanzado…. ¿Cuántas bestias habría ahora para Aristóteles? Mejor aún, ¿quedaría algún ser humano?

Si todo esto es nuestro día a día, ¿cómo no va a afectar a la educación? ¿Queda lugar para las letras? El aula es una representación minúscula de la realidad, ¿cómo van entonces los jóvenes a lanzarse emocionados al estudio de la filosofía?

He dicho que el aula es una representación minúscula de la realidad. Puntualizo: minúscula pero esencial. Es una oportunidad de cambio, un resquicio para la lucha, una pausa para tomar aliento. Es en este espacio donde tiene cabida un mundo nuevo. La educación es la herramienta del futuro. Por tanto, la filosofía es imprescindible en tanto que proporciona un tiempo para la reflexión, en tanto que aporta dudas cuando precisamente se cree saberlo todo. Es, por así decirlo, una cura de humildad. No me refiero aquí, en un argumento reduccionista, a lo que aparece en los libros de texto, sino a algo que va mucho más allá: la filosofía es eminentemente práctica en tanto que está viva, late conforme al mundo en el que vive, se enfrenta a él, le planta cara. Por eso debe fundamentarse en el diálogo, en la ironía socrática, en el re-descubrimiento continuo de uno mismo y del mundo. La filosofía nos acerca a los demás, nos proporciona la oportunidad de escuchar, no de oír; de ver, no de mirar; de hablar habiendo pensado previamente, y no de hablar sin pensar, algo que abunda en nuestra sociedad y que a veces incluso está ligado a la fama. La filosofía como asignatura proporciona un lugar donde combatir los males que nos acechan, es un viaje de ida del que jamás se regresa.

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Adoro ver las caras de mis alumnos cuando algo de lo que estoy diciendo está removiéndoles por dentro, casi como un dolor de tripa, como si por un momento sintiesen que están enfermos. Y es que la filosofía es así: incómoda. No estamos acostumbrados a que nos hagan dudar sobre aquello que pensamos que es cierto. No estamos acostumbrados a pensar. Porque si lo hacemos corremos el riesgo de descubrir que estamos equivocados, ¡y eso sí que no! Algunos de ellos se enfadan, les molesta casi personalmente, reaccionan con violencia a esa extraña garrapata que desea alimentarse de sus certezas más profundas. “¿Pero cómo no voy a estar seguro de si estoy despierto?”. Esta vez es Descartes quien pone el dedo en la llaga. Y como él, tantos otros, todos ellos vivos de alguna forma. Porque, y ahí va otra característica, la filosofía es inmortal. El ser humano sigue haciéndose las mismas preguntas que se hacía ya Platón en el siglo V a.C. Nos creemos tan avanzados… y sin embargo, seguimos siendo pequeños enanos a hombros de gigantes, pequeñas hormigas ante un universo infinito. Somos niños que miran a la luna en una noche despejada, y se sienten aún más pequeños, y en cierto sentido también más grandes. Ya lo decía Nietzsche, debemos regresar a la inocencia del niño que inunda con preguntas a sus padres porque todo desea saber. ¿En qué momento de nuestras vidas consideramos que esa curiosidad no es ya necesaria? ¿En qué momento creemos que preguntar es infantil, y preferimos asentarnos en argumentos inquebrantables? ¿En qué momento abandonamos lo que forma parte de nuestra naturaleza? ¿Cuándo, en definitiva, dejamos atrás la ilusión? Y es que ésta y la curiosidad están íntimamente ligadas.

Decían de Kant que, a pesar de ser rígido en sus escritos, era un profesor muy querido por sus alumnos puesto que tenía un gran sentido del humor y a menudo les hacía reír durante sus clases. ¿Por qué no reírnos también mediante la filosofía? Y es que cuando abrimos la puerta a la duda, al diálogo, la abrimos también a caricaturizarnos, a mirarnos ante un espejo y ser capaces de tambalear y a veces ridiculizar nuestro punto de vista. No me refiero, por supuesto, a esa comicidad como algo negativo, sino como la oportunidad, como decía, de conocernos un poquito más, de comprobar que a veces también podemos estar equivocados ¡vaya por Dios!, o que existen opiniones y perspectivas diferentes que no por ello deben ser desechadas completamente.

En definitiva, que yo estaba aquí, frente a mi escritorio, preguntándome qué es la filosofía por millonésima vez a lo largo de mi vida, y me he encontrado con más preguntas. Lo que sí tengo claro es que, como su nombre indica, es amor por el saber. Y es que a mí desde luego me enamoró. Ahora intento que ese amor se propague también entre los adolescentes a los que me dirijo día a día, cada vez un poco más convencidos de que esta asignatura tiene algo que decirles, y aún más importante, cada vez más convencidos de que ellos también tienen algo que decir.

La filosofía es un camino que siempre está haciéndose, en gerundio, como la vida que estamos viviendo, como todo aquello que verdaderamente merece la pena.

 

Fuente: https://elvuelodelalechuza.com/2017/10/25/hay-lugar-para-la-filosofia/

“Tenemos que humanizar a la poesía hasta el extremo de embarrarla para incomodar al lector“

“Tenemos que humanizar a la poesía hasta el extremo de embarrarla para incomodar al lector“

Marina Cavalletti

Federico Soler es un hombre de letras que combina su pasión por los versos con el también interesante oficio del psicoanálisis. Entrenado en la escucha y con estrofas que conjugan la musicalidad con lo áspero, recientemente visitó Buenos Aires para leer en diversos puntos de la capital porteña. El autor, nació en Tucumán en 1976. Obtuvo el primer premio en los Juegos Florales Municipales de 2007. Ha participado activamente de la vida cultural tucumana en ciclos y eventos literarios.
Entre una librería del Abasto y un amblemático bar, ubicado a metros del obelisco, Soler recibió a El Tribuno y conversó sobre su primer poemario, la actualidad del género en el NOA y su inclinación a jugar con las palabras.

“Cuerpo liminal” es tu primer poemario ¿cómo describirías el proceso de escritura que resultó en él?

En realidad “Cuerpo liminal” es mi segundo poemario, pero fue el primero en ser editado. El primero, de 2007, se encuentra inédito se llama “Mariposas perturbadas”. Sigue una estética que, como diría Néstor Perlongher, sería una poética plebeya neobarrosa. En Cuerpo liminal, de junio de este año, el proceso de escritura no se encuentra guiado por una racionalidad rigurosa, eso no quiere decir que carezca de meticulosidad. Tampoco presenta una planificación previa programada. El libro se va escribiendo él mismo. Por un lado voy escuchando mi escritura y su musicalidad, por otro, como en un segundo plano transita lo racional, la temática. El proceso de construcción se inició a principios del año pasado. Transitaba por un momento de cambio en mi escritura. No sabía por dónde me estaba llevando. En esto me encontraba un poco extraviado. Fueron diferentes etapas. Estaba demasiado perdido y por eso fuí dándole a conocer a amigos poetas para que ellos puedan (desde su mirada) otorgarme alguna luminosidad. Me pareció muy enriquecedora esta parte del proceso. Me hizo tomar distancia de mi escritura. Fue un arduo proceso de corrección y producción, intentando dar lugar a soltura de la palabra y la arborescencia del deseo. Todo esto considerando a la poesía, no como una impoluta e inmaculada, como si fuera un arte mayor, sino desde un concepto más nietzscheano. Desacralizar la poesía o, dicho de otra manera, humanizarla hasta el extremo de embarrarla. Que se ensucie para incomodar al lector.

Qué te motivó a centrarte en la dimensión de lo corporal, como punto de partida y con qué criterio seleccionaste los puntos del itinerario (pie, manos, labios, y otros)

Lo que me motivó a centrarme en lo corporal, el deseo y el goce (como momento de un deseo que se ha vuelto loco) es lo que me impulsa a escribir, como una intencionalidad política e ideológica, para deconstruir la visión de la poesía como si fuera universal, inmaculada y prestigiosa. Esa idea (un poco vulgar) de la poesía como un arte de una elite iluminada para decir las realidades de un otro mundo ideal y puro, perfecto. Lo corporal y la sexualidad nos llevan a nuestras zonas oscuras y aquello que nos devuelve a nuestra humanidad. Cuando escribo me gusta jugar con la palabra y sus diversos sentidos, con lo que las palabras producen en los lectores. Por eso utilizo palabras que se prohíben porque remiten a la sexualidad. Además, me interesa poner a jugar diferentes discursos y problemáticas. Dejar al narrador escondido y a veces sin poder descubrir su género y menos sus intenciones. Me gustaba la idea de ir nombrando al cuerpo y sus diferentes partes.

Tenés formación en psicoanálisis, ¿qué le aportó esa profesión a tu obra?

El psicoanálisis, las teorías del deseo del que escriben Deleuze y Foucault, los aportes de Nietzsche, así como también mis inquietudes literarias. Son como dos carriles paralelos por donde transita mi escritura. Cuando escribo poesía, tanto el psicoanálisis como la filosofía están pujando en ella. Cuando realizo algún artículo para reflexionar, mi impronta literaria puja y retroalimenta esa escritura. Me siento cómodo en ambos lenguajes, y además me permiten enriquecerme. Sin embargo la búsqueda es la misma. Desde el psicoanálisis, asumimos una visión del sujeto sujetado al lenguaje productor y producto, que se encuentra anudado ante todo a su ser sexuado. Finito y frágil, indeterminado. Desde la poesía, intento hacer trastabillar a ese sujeto que cómodo cree en un mundo perfecto de felicidad a la vuelta de la esquina. Intento desencantarlo y que pueda cuestionarse su prótesis frágil de concebir al mundo.

¿Qué puntos de contacto tienen las tres partes del libro?

La verdad es que no tengo mucha idea de qué puntos de contactos tienen. La primera parte de “Cuerpo liminal” fue escrito al último. Luego escribí la tercera parte “Lo infrahumano en dosis breves” y lo que está como segunda parte de la obra fue lo primero: “Despojos mundanos”. La conexión posible es que comparten de una misma voz poética y una temática que recorre todo el libro: el cuerpo desmembrado por la palabra y el deseo hasta el goce de lo impensado, lugar donde no encuentra sitio la palabra.

¿Cómo evaluás a la poesía latinoamericana actual? ¿y a la del NOA?

No podría hablar de una poesía latinoamericana como una categoría que nos aunaría como una gran región. En primer lugar, porque consumo mucha literatura que no es de esta región y además conozco poco de poetas de otros lugares. Como no me interesa la crítica literaria, prefiero continuar leyendo lo que me guste y dejarme hablar por la palabra desde mi búsqueda personal, sin pretensiones. Con respecto a la poesía en el Noa, tengo una visión más acabada desde mi experiencia de interrelación con colegas de diferentes provincias: Santiago, Salta, Jujuy, Catamarca y por supuesto en mi provincia. Hay una proliferación de voces diversas, de búsquedas diferentes y eso me parece muy bueno. Luego cada poeta tiene sus propias búsquedas y obsesiones. Su manera singular de relacionarse con el lenguaje y su intencionalidad al momento de escribirlo y cómo hacerlo. La poesía en el Noa está joven y pujante, intentando hacerse un lugar propio y no el que quieren colocarnos los de Buenos Aires, con el gaucho y el cerro. Nosotros también vivimos en ciudades, también nos relacionamos con un mundo problemático complejo y de eso nuestra poesía es testigo. Estamos en un momento muy fructífero de escritura y de escritores.

 

Fuente: http://www.eltribuno.com/salta/nota/2017-11-20-14-49-31–tenemos-que-humanizar-a-la-poesia-hasta-el-extremo-de-embarrarla-para-incomodar-al-lector

¿Sabe qué es lo siniestro?

Alexa Carrillo

 

Cada persona ha tenido pensamientos que pueden ser negativos, horribles o locos, se pudiera decir que imperdonables, muchos de los cuales chocan con los valores de cada individuo, explicó la psicóloga Hortensia González Medina, egresada de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ).

Sigmund Freud aclaró que lo siniestro no es lo desconocido, sino que se relaciona con la angustia infantil, es decir, un trauma de la niñez que fue reprimido y que, cuando alguna circunstancia ajena repite o recuerda ese episodio, la angustia regresa.

“Es como cuando le tememos a algo que no conocemos; la pregunta es ¿por qué tener miedo de algo que no conocemos? Esto significa que trasladamos hacia el exterior algo que es propio, esa imagen que se resiste a ver porque causa angustia, por ello está reprimida”, explicó la González Medina.

 

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Agregó que no se quiere hacer consiente aquello que aterra porque tiende a producir malestar, es alguna circunstancia o trauma del pasado conocido pero que permanece oculto.

Lo que se percibe como siniestro, como terror, muerte, odio y violencia se dice superado cuando se es adulto, pero que se manifiesta por medio de máscaras o proyecciones.

La especialista comentó que lo siniestro también se relaciona con el Complejo de Edipo, donde el niño tiene deseo por su madre y es necesario que el padre muera.

“En este caso lo siniestro se muestra como los deseos reprimidos del niño hacia su madre”, precisó.

Para concluir, la psicóloga González Medina declaró que lo que se reprime se vuelve siniestro, como una emoción, un sentimiento o proyecciones que regresan a la conciencia en forma de angustia cuando se repiten las circunstancias del trauma.

 

Fuente: http://ntrzacatecas.com/2017/11/21/sabe-que-es-lo-siniestro/

“El cáncer tiene mucho que ver con conflictos emocionales”

Luis Chiozza (Buenos Aires, 1930) es experto en Medicina Psicosomática y ganador del Premio Konex por sus investigaciones sobre psicoanálisis, que presenta ahora de la mano de Libros del Zorzal

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Natalia Vaquero. Epipress

Afirma que el diván de un psicoanalista quizá no cure un cáncer agresivo, que suele estar siempre relacionado con un desarreglo emocional, pero puede alargar y mejorar la calidad de vida del enfermo, asegura convencido

Doctor Chiozza: ¿Qué es la enfermedad hoy, más de veinte años después de la primera edición de su libro?
No es más que la pérdida del equilibrio para estar bien plantado en la vida.

Somos animales con una vida interior, subjetiva, ¿en qué se diferencia la enfermedad del hombre de la de un animal?
Suponemos que en la complejidad de la vida anímica del hombre y eso hace que su vida e incluso sus enfermedades cursen y evolucionen de manera distinta a la de los animales. Pero no olvidemos que los animales también tienen emociones.

¿En qué medida lo que hacemos configura nuestro cerebro?
Muchísimo. Hoy sabemos que existe la plasticidad neuronal e incluso que nacen nuevas neuronas y se crean otras conexiones. Llamamos precisamente genios a aquellos con una capacidad de conexión fuera de lo común.

Una vida buena, ¿es una vida equilibrada entre los órganos y sus funciones y a la vez de todo ello entre sí?
El corazón lo relacionamos con el sentimiento, el cerebro con el pensamiento y el hígado, con la acción y capacidad de esfuerzo. Una vida bien llevada necesita el equilibrio de esos tres órganos.

¿Somos lo que hacemos?
Físicamente estamos determinados por el movimiento de los átomos pero desde el punto de vista anímico el sentimiento de libertad es inalienable. Lo que hacemos importa.

¿Qué papel juegan en todo esto las emociones?
Las emociones son movimientos de las vísceras. Todas las emociones alteran nuestro ánimo y generan cambios de humor e incluso, alteraciones de las funciones orgánicas.

¿Qué sucede cuando reprimimos las emociones?
Esas emociones reprimidas no llegan a la consciencia porque pensamos que de esa forma las manejamos pero en realidad provocan alteraciones orgánicas como la hipertensión, la ansiedad o perturbaciones de los ritmos biológicos.

¿Cómo deben manejarse las emociones para que jueguen a favor de nuestro bienestar?
La represión es un mal negocio que se vuelve siempre contra uno. Puede ser una solución pero hay que buscar otra que suponga pagar un precio menor.

¿Es mejor dar rienda suelta a lo que sentimos y verbalizar nuestras frustraciones?
¡Claro! Cuando hablamos llevamos lo que sentimos a la consciencia que te anima a la acción para favorecer nuestro bienestar. Las emociones reprimidas que callamos y nos ocultamos se expresan siempre en trastornos de nuestros órganos.

Afirma usted que cuerpo, alma y espíritu configuran la vida que llevamos. ¿Cómo lo hacen?
El cuerpo y el alma son indivisibles. Cuando una pareja se besa lo hace en cuerpo y alma. El hombre es psicosomático y por tanto la enfermedad es siempre en cuerpo y alma. Hay que procurarse un entorno espiritual positivo porque muchas veces nos contagiamos de pensamientos erróneos con la misma facilidad que con un virus.

Como personas podemos, queremos y debemos hacer determinadas cosas y ahí surge el conflicto porque no siempre podemos hacer lo que queremos o debemos hacer y eso nos crea un problema. ¿Sale de ahí la enfermedad?
La enfermedad surge cuando hay un desequilibrio o deficiencias entre estos tres verbos: querer, poder y deber que son la estructura patética y emocional profunda de toda vida humana que transcurre entre el querer, siempre relacionado con el corazón, el poder, con el hígado y el deber, con el cerebro. La inteligencia emocional combina corazón y cerebro pero sin olvidar la capacidad hepática.

¿Qué tienen que ver los trastornos hepáticos con los conflictos emocionales?
La enfermedad es siempre a la vez de origen psíquico y físico aunque uno pueda estar más oculto que el otro. Lo hepático está relacionado con la dificultad para el ejercicio práctico de la vida. Esta gente puede desarrollar hepatitis. La otra enfermedad es la de la vesícula hepática. La envidia que no puede expresarse por vergüenza saldrá a veces como un cólico hepático.

El rubor, la sudoración, la subida de la tensión también están relacionados con lo que ocurre en nuestro cerebro, ¿verdad?
No solo en nuestro cerebro, también en el alma que viaja siempre con nosotros. El rubor suele ser por vergüenza; la sudoración, por angustia y la subida de tensión, por una indignación inconsciente. El pensamiento no está solo en el cerebro.

¿Qué valor tiene la psicoterapia en la era de la neurociencia?
Cada vez hay más demanda de psicoterapia y desgraciadamente aparecen versiones burdas, espurias y banales. La psicoterapia profunda trata de cambiar la manera de reaccionar y de vivir del paciente. Modifica ciertos rasgos del carácter, de nuestra manera de ser y de proceder, para favorecer el bienestar de la persona. Hay enfermedades que surgen por nuestra manera de ser. Mucha gente acude al psicoanalista como si fuese al dentista sin darse cuenta de que es un proceso lento basado en la rehabilitación de los hábitos.

El que tiene un motivo para vivir vence cualquier adversidad, promete usted. ¿Cómo se adquiere ese motivo que falta tantas veces?
Lo importante es lograr no perderlo. En realidad uno vive para algo que le da valor a su vida y para alguien. Solo se encuentra sentido a la vida en la relación con las personas que nos importan, entre las que hay que incluir a los enemigos porque muchas veces vivimos para aniquilar a ese enemigo. El amor no se puede entender sin el odio. Hay odios que curan y amores que matan.

¿Cómo debemos administrar la nostalgia del pasado y nuestras metas, unas veces excesivas y otras, sin esperanza?
La nostalgia tiene que ser mesurada al igual que nuestros ideales. Hay que vivir el presente sin la negación de lo antecedente ni de lo consecuente. Si la nostalgia es excesiva es una huida del presente, un volver para atrás que es imposible.

¿Para qué me sirve la consciencia y cómo debo manejarla?
La consciencia sirve para mostrar parcialmente lo que nos falta. Nunca le presta atención a lo que uno tiene. Por eso hay parejas que juntas echan de menos la soledad y cuando se separan añoran estar juntas.

¿Por qué pudieron curar en 1995 a Milena, aquella niña de cinco años con un cáncer terminal, un caso que usted relata en su obra?
Hemos atendido muchos casos de cáncer y aunque los pacientes mejoraron al final se murieron. Es difícil revertir una enfermedad tan grave. El caso de Milena es excepcional. Tuvo la suerte de dar con una psicoterapeuta también excepcional que descubrió en la niña malestares tremendos de letargo y odio.

¿Dónde está entonces la solución: en el diván o en los fármacos?
Es cuestionable decir que con el psicoanálisis se puede alterar el desarrollo de un cáncer. Lo que sí se puede conseguir es que el paciente viva más o con mejor calidad de vida. La solución mágica a la cura de las enfermedades graves no existe. Los fármacos pueden ser maravillosos si no se administran excesivamente. No hay que olvidar tampoco que el tipo de cáncer y el lugar en el que se desarrolla tienen que ver muchísimo con el conflicto emocional que padece el enfermo.

Así que no te toca por azar…
Las vicisitudes biográficas estudiadas en los enfermos de hígado son distintas a las de los enfermos de riñón o del corazón. La rabia reprimida puede aparecer en forma de úlcera en un enfermo mientras que un hipertenso tendrá una rabia más vinculada a la indignación.

He leído que las insatisfacciones nos engordan, ¿es cierto?
La obesidad está relacionada con la gratificación oral. Ante la sensación de falta de afecto o de imposibilidad para realizar algo se recurre al alimento como sustitutivo. También hay otras personas que recurren al alcohol. Algunos estudiantes en vez de prepararse estudiando se preparan engordando. Detrás de la gordura hay muchos sentimientos reprimidos y una industria muy potente con alimentos dañinos para la salud.

Usted relaciona la hipertensión con la indignación en su libro Soy o estoy hipertenso. ¿Difícil de curar?
El hipertenso suele ser una persona indignada que siente que pierde su dignidad. La hipertensión es un estado transitorio muy difícil de cambiar porque la sufren seres pródigos que dan mucho esperando recibir también mucho a cambio y al no sentirse correspondidos tienen una sensación de injusticia e indignidad.

 

Fuente: http://www.laopiniondemalaga.es/sociedad/2017/11/18/cancer-ver-conflictos-emocionales/968752.html

Verdad y política

Por: JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL

Hannah Arendt se planteó –en un ensayo titulado Verdad y política– el tema de si, en política, hay que decir siempre la verdad, ya que la mentira ha sido vista habitualmente como una herramienta necesaria y justificable no sólo para la actividad de los políticos sino también para la del hombre de Estado. Así, según el general McArthur, el presidente Roosevelt “nunca decía la verdad cuando le servía igual una mentira”. Escribe Arendt en su ensayo que el conflicto entre verdad y política surgió inicialmente de dos modos de vida contrapuestos: la vida del filósofo y la vida del ciudadano corriente. Mientras que el filósofo busca extraer de la naturaleza de las cosas la verdad expresada en unos principios permanentes que estabilicen los asuntos humanos, el ciudadano sostiene opiniones cambiantes acerca de estos mismos asuntos. En consecuencia, la antítesis de la verdad es la opinión. Pero hay que saber que –como dijo James Madison– “todos los gobiernos descansan en la opinión”, por lo que ni el gobernante más autocrático podría llegar al poder y conservarlo sin el concurso de quienes tuvieran unas opiniones semejantes a las suyas. Por ello, cuando se proclama una verdad absoluta sin el apoyo de la opinión ciudadana, aquella choca con todas las políticas y con todos los gobiernos.

En el mundo de hoy, este antagonismo entre la verdad del filósofo y la opinión de la calle ha desaparecido, pero ha sido sustituida por el choque entre la verdad de hecho –la verdad objetiva– y la opinión de los ciudadanos. De manera que si la verdad de hecho se opone a la opinión dominante de un grupo de ciudadanos con fuerza suficiente para imponer su criterio, aquella verdad de hecho es hoy recibida con una hostilidad mayor que nunca y, por ende, rechazada. Por tanto, en muchas ocasiones, la discusión de los hechos que son de público conocimiento puede ser considerada como un tema tabú por los mismos ciudadanos que los conocen. Así, en la Alemania nazi y en la Rusia estalinista era peligroso hablar de campos de concentración y de exterminio, cuya existencia era sabida.

La filósofa y politóloga Hannah Arendt en una imagen de 1949

La filósofa y politóloga Hannah Arendt en una imagen de 1949 (Getty)

Pero existe en la actualidad un fenómeno aún más grave: la fría y deliberada conversión de muchas verdades de hecho –relativas a asuntos políticos trascendentes– en simples opiniones atribuidas al adversario por la presión de un grupo social dominante, que se niega a aceptar aquellas verdades como lo que son: hechos. Todos podríamos enumerar hoy algunos de estos hechos que son negados como tales por aquellos que se resisten a admitirlos por contradecir su proyecto político.

En esta tendencia a desdibujar la línea divisoria entre hecho y opinión, cabe preguntarse: ¿existen hechos independientes de la opinión y de la interpretación?, ¿acaso generaciones de historiadores y filósofos de la historia no han demostrado la imposibilidad de hechos sin una interpretación? A lo que Arendt responde que “sin duda, estas y muchas otras incertidumbres de las ciencias históricas son reales, pero no constituyen una argumentación contra la existencia de la verdad objetiva, ni pueden servir para justificar que se borren las líneas divisorias entre hecho, opinión e interpretación, o como una ­excusa para que el historiador manipule los hechos como le plazca”.

Una anécdota ilustra este tema. Cuenta la historia que durante los años veinte, poco antes de morir, Georges Clemenceau conversaba amistosamente con un representante de la República de Weimar sobre el problema de quién había sido el culpable del estallido de la Primera Guerra Mundial. “En su opinión, ¿qué pensarán los futuros historiadores acerca de este asunto tan engorroso y controvertido?”, preguntó el alemán a Clemenceau, a lo que este respondió: “Eso no lo sé, pero sé con certeza que no dirán que Bélgica invadió ­Alemania”. Este hecho está más allá de acuerdos y consensos. Y lo que define a la verdad de este tipo de hechos es que su opuesto no es el error ni la ilusión ni la opinión personal, sino la falsedad deliberada, la mentira pura y dura. De lo que resultan dos conclusiones: 1) Que es muy difícil mentir a los demás sin engañarse a sí mismo. 2) Que la verdad, aunque sea vencida por los poderes establecidos, goza de una vitalidad que la hace resurgir siempre hagan lo que hagan quienes la niegan, pues nadie, ni los más poderosos, son capaces de hallar un sustitutivo adecuado para ella.

La verdad ha salido muy malparada últimamente en la política catalana. Hechos evidentes, innegables, de una realidad granítica, han sido negados con una naturalidad que provoca vértigo, construyendo sobre esta negación toda una propuesta o, como se dice ahora, un relato. Pero lo pasado, pasado. Esperemos –se suele decir que la esperanza es lo último que se pierde– que, en la campaña electoral inminente y en las negociaciones posteriores para formar gobierno, los políticos respeten al menos la realidad de los hechos al formular sus propuestas, sin rebajar a la condición de opiniones del adversario lo que son realidades tan ciertas como la de que Bélgica no invadió Alemania.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/opinion/20171118/432954191083/verdad-y-politica.html