Qué se ve desde el diván Mundos íntimos. Memorias de un psicoanalista: los secretos de los pacientes suelen ser hechos que no le importan a nadie

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Desde hace unos años atiendo a una mujer que antes de acomodarse en el diván se saca las pulseras. Un paciente varón se quita los zapatos antes de recostarse y abraza un almohadón. Otro deja su reloj sobre el escritorio. La semana pasada un hombre quiso llamar a su esposa y marcó mi número “por error”. En el ascensor ciertos pacientes aprietan el botón de su piso. Otro, una vez se llevó un juego de llaves de mi consultorio pensando que eran las de su casa. Quizá tuviera razón, a veces los pacientes se sienten como en su casa en el diván. ¿Cuál es la intimidad que se despliega en un espacio de análisis? ¿Cuál es la intimidad del analista?

Empecé a practicar el psicoanálisis en un departamento de 20 metros cuadrados en el centro de la ciudad. Ahí vivía y atendía. Si durante el día abría las ventanas, entraba el ruido de las bocinas de los autos y colectivos. Si lo hacía por la noche, entraban los murciélagos.

Esta noche escribo desde mi consultorio. Hoy en día si eventualmente atiendo en mi casa es más por elección, aunque también el consultorio es un poco mi casa. Una mujer me dijo una vez que puedo transformar cualquier lugar en un consultorio. Sólo con los años y la llegada de un hijo pude tener un hogar. En aquel entonces no tenía otra opción. El departamento de 20 metros cuadrados tenía un balcón en el que colgaba la ropa después de lavarla. Recuerdo la tarde en que otra mujer, esta vez una paciente, me preguntó si acaso los calzoncillos en el tender eran míos.“¿Te hacen a acordar a algo?”, dije solamente para salir de la incomodidad de que conociera mi ropa interior.

Por cierto, ¿los analistas no se caracterizan por ser personas de las que nada se sabe ni debe saberse? Esta prueba de fuego, por el contrario, hizo que nunca me sintiese cómodo con esa imagen de analista enigmático y opaco. En particular, con el paso de los años, puedo decir incluso que me gusta que mis pacientes me conozcan, ya no creo que tenga que aparentar un profesionalismo impostado, porque siempre habrá alguna situación en la que quede expuesto. Con el tiempo aprendí que una mujer puede ver mis calzoncillos colgados en un tender y nada de eso tiene que ver con mi intimidad. En todo caso, tuve que preguntarme por qué me daba tanto miedo quedar expuesto. A continuación les contaré la historia de mi relación con la vergüenza.

“Sí, son parecidos a los que usa mi papá”, dijo la mujer recostada en el diván. Mis calzoncillos se parecían a los de su padre. Mi vergüenza pasó entonces a un segundo plano y llegaron las asociaciones. No fue fácil, con el tiempo, librarme de esa sensación y poder practicar el psicoanálisis. Un analista vergonzoso parece una contradicción. En ese entonces, además, yo tenía apenas unos pocos años más que ella, quizás pensé que descubría algo de mí como hombre –¿qué es la vergüenza sino la sensación de sentirse descubierto?–. Afortunadamente nada de eso fue un obstáculo para encarnar una figura paterna para ella, pero mi vergüenza estaba ahí.

Ese día pensé también que ella me había perdido el respeto. Luego entendí que así es como se conocen las personas. No hay otro modo de llegar a una relación profunda con alguien si no se alcanza cierto nivel de intimidad y, por cierto, en un análisis esa intimidad se consigue cuando el síntoma del paciente converge con el síntoma del analista. Es cierto que esta idea de un analista que no está libre de síntomas es contraria a la visión tradicional que esperaría que sea una especie de superhéroe, sin conflictos, que pueda guiar y decir qué hacer. Sin embargo, la práctica del psicoanálisis obliga a dejar de lado ese ideal de pureza.

Esto me recuerda otra situación. La de una mujer que empecé a atender con mucho temor porque era una persona que se presentaba como frágil y abatida por distintas desventuras en la vida. Yo buscaba tratarla con el máximo de los cuidados porque además en las sesiones acostumbraba a llorar profusamente. Casi no podía hablar sin recurrir al llanto. Lo que recuerdo es que una vez habíamos quedado en vernos al mediodía y yo estaba llegando demorado. Iba en auto, apurado por estacionar, cuando al doblar en la esquina del consultorio, una mujer cruza sin semáforo y, dado que tenía la ventana abierta, le grité: “Cruzá bien, despabilate dormida”.

Entonces noté que era esta mujer. Ella también notó que quien le había gritado era yo. Me sentí muy avergonzado, otra vez la vergüenza. Luego de dejar el auto en un garaje, mientras caminaba hacia la puerta del edificio, pensé que el tratamiento estaría terminado, incluso que quizá ella no estaría. No sólo la había traumado definitivamente, la había lastimado en lo más bajo de su autoestima, a ella, que justamente sufría tanto por el modo en que los otros, siempre malos, la trataban. Nadie podría haber imaginado mi cara cuando no sólo la vi en el hall que daba a la calle, sino también de lo más sonriente. A partir de ese día, su análisis cobró un giro íntimo: me contó un sueño. Ese día aprendí algo más, una lección muy valiosa: sólo las relaciones que se ponen a prueba son capaces de producir algo diferente.

Mientras escribo estas líneas, pienso en algo que me decía una mujer hace un rato: “Yo parezco muy resuelta, pero soy bastante tímida”. “Parecés tan resuelta que parecés tímida también”, le respondí en chiste y me quedé pensando: ¿hay algo que no sea apariencia? No porque haya una verdad detrás de lo que aparece, sino porque sólo hay aparecer. Ese es el mayor misterio. Yo podría parecer psicoanalista, pero tarde o temprano aparece la hilacha (ya no del calzoncillo). Por suerte. Porque creo que cuando más parezco psicoanalista es que menos puedo actuar como analista. El psicoanálisis es una práctica de actos íntimos e inaparentes.

La intimidad no tiene una definición inequívoca. Ni siquiera podría decirse que se opone a lo público. En todo caso, muchas veces, son ciertas barreras psíquicas las que delimitan su experiencia; fundamentalmente, la vergüenza (y el pudor).

Quien siente vergüenza inmediatamente se siente mirado; por cierto, cuando nos sentimos mirados, enseguida llevamos la mirada a nuestro propio cuerpo y, por ejemplo, preguntamos: “¿Qué pasa? ¿Qué tengo?”. Sin embargo, la vergüenza no se relaciona solamente con el cuerpo, sino también con la palabra. Decir ciertas cosas produce ese afecto un tanto particular. En el análisis eso es muy corriente, como cuando alguien dice “Hay algo que no te conté” y quizá viene a sesiones hace muchos. El problema de la vergüenza, entonces, es que puede ser un freno a la intimidad, pero también es el mejor indicador de su inminencia. Porque cuando se cuentan cosas sin ningún tipo de reparo, más bien consideramos que se trata de una situación obscena. Por lo tanto, el pasaje por la vergüenza es un pasaje necesario. La cuestión es cómo hacer para que sea un pasaje y no un punto de detención.

Un modo habitual de lidiar con la vergüenza es contar un secreto. “Esto que te voy a decir, te lo digo a vos, pero por favor no se lo cuentes a nadie”. Para quien escucha un secreto, muchas veces se trata de algo tan trivial que quizá puede ser que preguntemos a quién podría interesarle eso que se cuenta. Esta es una situación corriente en los análisis, en los que muchas veces se habla de hechos tan insignificantes como cruciales para la vida de una persona. Este es uno de los descubrimientos más lindos del psicoanálisis, que las escenas fundamentales de la historia de alguien no suelen ser grandes eventos traumáticos, sino pequeñas anécdotas que a veces nadie recuerda… salvo el paciente que quedó fijado en ellas.

Un secreto, por lo tanto, no dice nada grandes cosas. El secreto, más bien, es un modo de hablar. Es una manera de poder decir algo y sortear la vergüenza que implica decirlo. En este sentido es que entiendo la idea de “secreto profesional” y no como esconder algo. En el secreto, entonces, se produce la intimidad del encuentroentre el analista y su paciente.

El psicoanálisis es una de las pocas prácticas de la intimidad que quedan. Freud decía que lo propio del análisis radica en establecer un tipo de conversación diferente a la de todos los días. A diferencia de la comunicación cotidiana en la que sobre todo que se intercambia información o, por lo general, se establecen conversaciones triviales (“¿Qué tal?”, “¿Todo bien?”, “Qué loco está el clima”), en un análisis se habla de otra forma: quien cuenta su vida aprende a escuchar, no importa tanto lo que dice sino que pueda escucharse y, eventualmente, sorprenderse de lo que puede llegar a decir, de lo que puede saber de sí incluso sin saber que lo sabía. Sin intimidad este modo de hablar no sería posible.

Hablar del propio análisis de un analista es algo aburrido, por eso seré breve. Conocí el psicoanálisis como niño, cuando a los 5 años mis padres me llevaron a una consulta. Era un niño vergonzoso y retraído. Sólo quisiera contar este detalle de esa experiencia. Que 30 años después me invitaron a dar una conferencia en una institución y, al concluir, cuando me despedía de diferentes personas, una mujer se acercó a saludarme y no pude evitar abrazarla. Le pedí disculpas por mi atropello y ella me preguntó si sabía quién era. No lo sabía y, entonces, ella se presentó. Le pedí disculpas nuevamente, esta vez por no reconocerla, pero es que habían pasado 30 años desde la última vez que nos habíamos visto. La intimidad se hizo presente.

Un tiempo después la encontré en una Feria de editores independientes. Ella había comprado varios libros de autores jóvenes. Me sentí orgulloso de mi primera analista, una mujer de 80 años interesada en la juventud, pero ya no era la mujer que abracé.Parafraseando un breve cuento de Julio Cortázar, habíamos vuelto a ser quienes no somos. La intimidad se había esfumado.

Luego volví al análisis en la juventud. Diferentes síntomas e inhibiciones me tenían algo paralizado. Podría resumir varios años de ese tratamiento con una serie que me llevó de ser un lector voraz a devenir alguien capaz de escribir, luego empecé a editar y así fue que, por primera vez, pude prescindir de los libros. Los pierdo, los regalo, ya no representan para mí un depósito de saber. Son simplemente objetos, cosidos o pegados, encuadernados, papel impreso, materia sometida al desgaste.

En la biblioteca de mi abuelo descubrí los libros y el amor al saber. Fui un lector compulsivo y, en aquellos años en que empezaba a practicar el psicoanálisis –y, además, era paciente en otro análisis–, ese síntoma me trajo muchos problemas. Mi interés por el saber era una forma de querer “mirarlo” todo. No obstante, a la hora de escuchar a ciertas mujeres, a ese tipo de mujeres que se quejan mucho, que no quieren saber demasiado, a las que la teoría llama “histéricas”, ocurría que no las soportaba, me producían fastidio.

Ese fue mi primer síntoma como analista, el fastidio que me producía la histeria, cuya otra cara era la vergüenza de la que hablé al principio: por eso me interesaba tanto el saber (hice dos carreras universitarias, una carrera de especialización, una maestría, dos doctorados), para no sentir vergüenza, para tener algo firme detrás de qué esconderme. No era bueno para escuchar a esas mujeres, podía incluso ser un poco severo y hasta cruel: yo buscaba el saber de la teoría en ellas, ellas hablaban de sus motivos particulares (por lo general, de aquello de lo que no hay ninguna teoría verdadera: el amor).

Todavía recuerdo como un descubrimiento conmovedor de ese análisis un sueño que aquí no contaré, pero que después de algunas asociaciones llevó a un juego de palabras con mi apellido, que proviene de una rama francesa del pastor protestante (Lutero), pero que a partir de ese sueño sirvió para recordar la etimología de la palabra histeria (que viene de “útero”). A partir de entonces protesté un poco menos y aprendí a escuchar un poco mejor a esas mujeres. Si bien hace algunos años que había empezado a atender, fue gracias a esa interpretación que el psicoanálisis se convirtió en otra cosa para mí.

A mi experiencia como paciente le debo haber podido dejar esa mirada voraz de lector, el afán erudito de saber para esconderme de la vergüenza; y no es que hoy no sienta vergüenza sino que es un afecto que ya no me inhibe, incluso permite reconocer cuándo el encuentro con otro es valioso y ser más sensible a su vergüenza también, para que ambos podamos hacerle lugar a esa experiencia de intimidad en la que las palabras son tan importantes como los silencios.
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Luciano Lutereau, psicólogo, dedica varias horas del día a la práctica profesional, coordina la Licenciatura en Filosofía en la UCES y da clases en la UBA. Ha escrito libros, el más reciente es “Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI” (Paidós) en el que figuran varias anécdotas con su hijo Joaquín. Cuando es su cumpleaños, hace tiempo que pide siempre los mismos tres deseos. A la vez, nunca se olvida de cuánto le debe a sus hermanos (que también le tienen mucha paciencia). Sus creencias básicas son: que el psicoanálisis cura, que su padre le enseñó dos o tres cosas sobre el amor, que el lujo es vulgaridad.

Vicente Palomera: «Es necesario construir una soledad sana para poder estar con los demás»

AIENDE S. JIMÉNEZSAN SEBASTIÁN.

 

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Psicoanalista y miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

El psicoanalista catalán Vicente Palomera abrirá hoy a las 19.30 horas en el Museo de San Telmo el ciclo de conferencias organizado por el Seminario del Campo Freudiano en Donostia ‘Una mirada desde el psicoanálisis sobre temas de actualidad’. En la ponencia ‘Cuando la soledad se hace síntoma’ explicará las diferencias entre estar solo y el aislamiento.

– ¿La soledad no lleva al aislamiento y viceversa?

– Me viene a la cabeza una frase del escritor William Faulkner en su libro ‘Las palmeras salvajes’, que decía de uno de sus personajes que «ella era solitaria, pero no estaba sola». Es decir, el término de soledad remite a algo que implica una aspiración, el ser capaz de estar solos sin necesidad de recurrir a la palabra o la compañía. Pero esto es muy distinto al aislamiento, porque el sujeto puede aislarse de los demás pero no estar nunca solo. Uno puede aislarse con muchas fantasías y delirios pero no realizar nunca la experiencia de la soledad.

– Porque la soledad puede tener connotaciones positivas.

– Exacto. La soledad implica que uno pueda encontrarse a sí mismo junto a los demás pero sin necesidad de aislarse. El aislamiento, sin embargo, sería el mal uso de la soledad, el resultado de la angustia que produce ese sentimiento y que provoca que uno no soporte estar con otros. Es necesario construir una soledad positiva y sana primero para poder estar con los demás, porque sino el otro siempre se consideraría una amenaza.

– ¿La soledad contribuye por tanto a mantener relaciones de mayor calidad?

– Aunque parezca una paradoja, se necesita la soledad para poder estar con los demás, porque le da aire a esa relación.

– ¿Y el aislamiento es siempre negativo?

– Aislarse es evitar la soledad. La soledad no es excluir al otro, no crea un muro entre las personas, sino una frontera que permite estar con el otro, cada uno en su soledad, construyendo un espacio de diálogo.

– Vivimos en una sociedad hiperconectada, y sin embargo se afirma que estamos más solos que nunca.

– Estar conectado en todo momento es un efecto de la angustia de la soledad y en mi opinión es algo muy nocivo, porque nos separa de una dimensión esencial de la vida que consiste en una relación con uno mismo y acentúa el aislamiento. Hay gente que vive absolutamente sola pero que no está aislada, y otros que viven aparentemente vinculados a un grupo, que tienen amigos, pero que están absolutamente aislados al no tener verdaderas relaciones, contactos reales. Estar hiperconectado acentúa aún más el aislamiento.

– Hay gente que no sabe estar sola.

– Podríamos decir que actualmente existe una soledad muy precaria. Hay gente que evita a los demás, por ejemplo, por el miedo a que le abandonen. Otros que no soportan estar solos en una habitación o en su casa, y ahí es donde se falla. Estar aislado socialmente es a menudo signo de que la soledad personal positiva no ha sido construida, y ese es el error principal.

«El aislamiento es el mal uso de la soledad, el resultado de la angustia de ese sentimiento»

«Las redes sociales nos conectan con otros pero nos alejan de lo más íntimo de nosotros»

– La soledad no es un concepto nuevo, por lo que no toda la culpa será de las redes sociales.

– Las redes sociales son efecto del discurso de la ciencia contemporánea, que ponen a nuestra disposición nuevos señuelos que nos distraen, porque nos ponen en contacto con otros pero al mismo tiempo nos alejan de aquello que es lo más íntimo y desconocido de nosotros mismos. En realidad, una persona puede tener muchas relaciones y conexiones que son falsas y que forman parte de esa excitación que aporta una falsa compañía y que obstaculiza el encuentro de la soledad personal en el buen sentido del término. Había un poeta francés que decía que un hombre solo está siempre en mala compañía.

– Quería preguntarle por la soledad en las diferentes etapas de la vida. Empezando por los niños, que pasan mucho tiempo solos por las ocupaciones de sus padres. ¿Cómo les afecta?

– Algunos psicoanalistas anglosajones han escrito sobre la capacidad de los niños para estar solos, y es muy interesante cómo en la relación con la presencia materna el niño tiene su propio espacio. Esto quiere decir que el niño puede estar jugando dentro del espacio materno mientras ella realiza otras tareas sin demandar su atención, y ahí es donde empiezan a desarrollar su capacidad de estar a solos. Porque estar solo es algo que se aprende.

– Las personas mayores son las que más sufren el aislamiento y la soledad en su connotación más negativa.

– Los ancianos se aíslan por la pérdida de sus cónyuges, por el envejecimiento o por la falta de vínculos y redes familiares. En la medida en que estas redes han ido reduciendo por la precariedad de los vínculos cada vez más mayores se han quedado solos. Es un hecho derivado de las transformaciones de las familias a lo largo de la historia. Pero este es un aspecto sociológico y no tanto psicológico.

– ¿Cómo incentivar a esas personas para que se reincorporen a la sociedad?

– La sociedad asigna muy poco valor a las personas mayores. Hay sociedades, como las de oriente, donde la sabiduría que encarnan los mayores les asegura un lugar distinguido en la sociedad, pero eso no ocurre en la nuestra. Pero no olvidemos el papel que han tenido los mayores por ejemplo en España en la salida de la crisis de 2008, ya que han servido de sostén para miles de hijos y nietos que se han quedado sin recursos. Deberían pensarse estrategias para asignarles un lugar digno en nuestra sociedad.

 

Fuente: https://www.diariovasco.com/gipuzkoa/vicente-palomera-psicoanalista-20190111003021-ntvo.html

En la punta de la lengua, la poesía

El lenguaje poético, el decir algo de lo indecible

Por Natalia Neo Poblet

La poesía muestra que el lenguaje no puede decirlo todo y deja en evidencia lo intransmisible. No representa, no explica ni argumenta, sino que presenta lo inexplicable, lo intangible y lo innombrable. Logra gestar otra lengua porque hace entrar lo excluido del lenguaje.

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El cuerpo está salpicado por la sonoridad sin sentido de la lengua materna: lalengua. Término inventado por Lacan en el curso de su enseñanza a través de un lapsus que tuvo. Aclara que lalengua no tiene nada que ver con el diccionario debido a que este tiene que ver con la dicción y con la retórica. Lalengua, polisemia con el que está construido el lenguaje. Significantes disgregados se encarnarán en ese cuerpo de manera desarticulada y eso tendrá sus efectos para cada quien.

Lalengua es un rizoma de significantes sueltos que afectan nuestro cuerpo con su laleo mostrando la imposibilidad que tiene lo simbólico de recubrir lo real. Es esa musicalidad la que se escapa de la palabra, lo que queda por fuera del lenguaje. Pero a la vez, es lo simbólico del lenguaje lo que otorga un ordenamiento a esos significantes aislados. Por eso Lacan nos advierte que el lenguaje está hecho de lalengua. Lalengua termina siendo el punto en que se anuda el lenguaje, el sujeto y la historia de cada uno.

La diferencia entre lalengua y el lenguaje está en que esta última es una estructura que funciona como un sistema de signos que genera efectos de significado. Es una estructura ordenada que se asienta sobre el sustrato de lalengua. El lenguaje es la elucubración de saber sobre lalengua. Y su función es la de representar. Un significante representa a otro significante otorgando sentido. Lo simbólico fija la imagen y en esa fusión se reproduce el lenguaje. Los significantes copulan y reproducen sentido.

El deslinde entre el lenguaje y la lalengua es la poesía.

La poesía es el pasaporte a encontrarse con lalengua porque donde la razón no alcanza, la palabra poética arriba.

La poesía. Hay función poética en la ambigüedad de sentido que toca con su canto y conlleva lo intraducible; mientras que en el decir poético vivenciamos una estética suprema de la lengua.

Hay fracaso de la poesía cuando hay caída del doble sentido que la función poética lleva consigo.

En la poesía lo decible y lo indecible se entrelaza creando belleza y al mismo tiempo misterio y silencio. La poética se produce en el fracaso del lenguaje cuando resplandece la palabra al romperse la esfera del significante unido a la imagen. Lo empuja y le hace gritar la musicalidad de su lalengua. Esto hace que la poesía genere sentido y a la vez agujeree ese sentido, es con y desde el lenguaje, pero se produce en los márgenes de lalengua.

La poesía muestra que el lenguaje no puede decirlo todo, advierte su inadecuación y deja en evidencia lo intrasmisible. No representa, no explica ni argumenta, sino que presenta lo inexplicable, lo intangible y lo innombrable. Distorsiona, revela y funda. Logra gestar otra lengua porque hace entrar lo excluido del lenguaje. En esa gestación, le hace al lenguaje un tratamiento y se crea como una nueva lengua. La poesía surge como Otra lengua dentro del lenguaje mismo posibilitando decir algo de lo indecible.

Somos poema cuando logramos hacerle algo al lenguaje y lalengua canta su canto en la poesía.

El lenguaje como síntoma de lalengua. El síntoma responde a la estructura misma del lenguaje porque estorba el funcionamiento de la significación y va al lugar de la no relación sexual (la imposibilidad de la complementariedad), y a la vez, produce un acontecimiento de cuerpo.

Llamo síntoma a lo que viene de lo real. Y “…lo real es lo que anda mal, lo que se pone en cruz ante la carreta, más aun, lo que no deja nunca de repetirse para estorbar ese andar. Lo real es lo que vuelve siempre al mismo lugar”.

Desde esta perspectiva, el lenguaje es síntoma de lalengua debido a que las letras de lalengua impactan sobre el cuerpo y producen un acontecimiento de goce que determinan la formación del síntoma. Mientras que el lenguaje es una maquinaria que genera sentido y vela lo real en su funcionamiento.

Nuestro cuerpo hablante está afectado por lalengua y esto lo experimentamos en las resonancias de las letras del síntoma. Letra que no es lo mismo que significante. El significante se define por su diferencia generando efecto de sentido, mientras que la letra carece de todo sentido. El síntoma está escrito con las letras de lalengua y es del orden de lo real.

En el síntoma hay verdad y real al estar despojado de sentido. Es incluso la única cosa verdaderamente real. Es por esta razón que el psicoanalista puede, si tiene oportunidad, intervenir simbólicamente para disolverlo en lo real.

Frente al síntoma cada uno tendrá que enfrentar un saber hacer con él. Inventarse. La poesía es un saber hacer con el lenguaje porque le hace un tratamiento: trabaja al lenguaje y logra producir otra imagen al descolocar lo simbólico: “La poesía es imaginariamente simbólica”.

Es en el encuentro con un lenguaje no dialéctico, de la poesía o de un análisis, que se produce la erosión del sentido

La poesía y el dispositivo analítico. Estamos sometidos a la reproducción del lenguaje, pero la poesía como el análisis se dirigen al precipicio del lenguaje: lalengua. De este modo, le hacen un tratamiento al lenguaje y así generan una nueva lengua.

Cuando se afecta al lenguaje y se pone a jugar el sinsentido de lalengua, hay resonancias. En ese encuentro, se revela una nueva lengua y un nuevo espacio.

El espacio del analista y del analizante es el lenguaje y el espacio del poeta es el poema, ambos propician el movimiento de la letra, hacen que la palabra respire una intimidad que la palabra misma encierra. Se pasa a leer la letra y se la escribe. La letra es significante fuera de su función de significación. A ambos los orienta lo desconocido: nadie sabe qué dice cuando habla.

Tanto al poeta como al analista los orienta el sinsentido, lo que se escapa del sentido para que surja la voz propia.

El tratamiento analítico es poético porque propicia el movimiento de la lengua y la creación de una lengua propia dentro del lenguaje mismo. Producen el surgimiento de Otra lengua. Y esto nos lleva directamente a la interpretación analítica.

La poesía como interpretación analítica. Hay un punto de conexión entre la poesía y la interpretación analítica: la verdad, que no es lo mismo que lo verdadero.

La verdad como develamiento. Es el analista quien hace oír al analizante la verdad de su decir. Siempre es medio dicha, imposible decirla toda y eso hace a la verdad solidaria de lo real. Mientras que lo verdadero está íntimamente relacionado con el sentido predeterminado, el ‘sentido común’.

Lo real, hay que concebir que es lo expulsado del sentido. Es lo imposible como tal, es la aversión del sentido.

La verdad habla en las formaciones del inconsciente y en los síntomas. Lacan plantea que la verdad se especifica de ser poética, con esto quiere decir que no tiene relación con el sentido. Porque El efecto de sentido está en la juntura de lo simbólico y de lo imaginario, es lo que produce la reproducción propia del lenguaje.

El sentido, eso tapona. Pero con la ayuda de lo que se llama la escritura poética, ustedes pueden tener la dimensión de lo que podría ser la interpretación analítica.

La poesía implica el lugar de la verdad en su decir poético y el acto del analista es una operación poética. Porque la interpretación es una operación de desarticulación y no de desciframiento. Desarticula el sentido para producir un efecto de agujero. La interpretación se torna poesía cuando logra que el sentido esté ausente al evocar un nuevo uso del significante que produce un efecto de vacío. Lo poético no es la interpretación sino la verdad que se pone allí en juego. La verdad es poética tanto como los sueños. Immanuel Kant, dice: “El sueño es un arte poético involuntario”.

Este modo de interpretación bordea un vacío que no es alcanzado por la palabra. Lalengua tiene efecto sobre el cuerpo, resonancias asemánticas que la palabra produce en el cuerpo. Lacan manifiesta: “al nivel del puro sonido emitido por la boca, es un goce para el cuerpo”. Cuerpo hablante atrapado por lalengua.

A partir de los S1 de lalengua, restos del encuentro con lo imposible de la sexualidad, surge un goce del cuerpo que se presenta fuera de sentido y se vivencia como acontecimiento traumático. Frente a este goce intrusivo cada ser hablante se inventa una respuesta.

Por eso el análisis será un texto poético a partir de un tratamiento del lenguaje en tanto esa escritura poética toque lo real

“La poesía es efecto de sentido, pero también efecto de agujero. No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación”.

Tanto el poeta en su escritura, como el analista en sus intervenciones ponen a jugar el saber no sabido. No hacen hincapié en el sentido, sino en lo que resuena para cada quién.

La ocurrencia es un acontecimiento de lalengua.

Ahí, el cuerpo hablante. Escribir es tocar el cuerpo. El cuerpo hablante es un cuerpo afectado por lalengua. El encuentro entre lalengua y el cuerpo es un trauma fundamental que deja marcas. Dejarse tocar por el cuerpo de lalengua para ser poema y así pasar del estar tomados por el lenguaje a estar afectados por lalengua. Entre letra y letra hay cuerpo; entre palabra y palabra, un mandato.

Ir hacia un decir que no genere sentido, sino lalengua produciendo un acontecimiento de cuerpo: Un decir es del orden del acontecimiento. En ese acontecimiento, resuena en el cuerpo hablante el decir: se escucha lo que se dice. Este cuerpo hablante está ligado al acontecimiento y sus resonancias de lalengua, a diferencia de un cuerpo especular apresado por la lógica del alfabeto y producto del anudamiento entre la imagen y el significante.

El decir poético bordea y toca lo real. La verdad surge cuando hay eficacia de la palabra en lo real. Punto donde converge la operación poética y el tratamiento analítico. Ambos crean una nueva lengua: esa Otra lengua. Logran una potencia poética, poseída por la letra.

La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo. Nace una lengua con resonancia corporal, efectos musicales de la poesía. En el discurrir del habla, se hace poesía, dice Lacan: “Decir es otra cosa que hablar. El analizante habla, hace poesía. Hace poesía cuando llega –es poco frecuente, pero es arte”.

Hay música en la lengua y en lalengua. Letras que se disipan rítmicamente. Efectos musicales de la poesía.

Estamos presos del lenguaje, pero podemos desintoxicarnos de él para alcanzar poesía y ser poema. Si logramos esa invención, nace la letra, nace una nueva lengua: lalengua, nace Otra lengua dentro del lenguaje mismo: la poesía.

* Psicoanalista.

Bibliografía

* LACAN, Jacques, Seminarios 3, 15, 19, 20, 21, 22, 24 y 25. Intervenciones y Textos 2, Otros Escritos.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/164608-en-la-punta-de-la-lengua-la-poesia

Derecho al dolor

EDURNE PORTELA

A veces, por amor, ni queremos ni podemos superar el dolor por la pérdida de un ser querido

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Después de perder a su hija Sophie en 1920, Sigmund Freud matizó su teoría sobre el trabajo de duelo. Hasta el momento había sido inflexible en la diferenciación entre duelo y melancolía: el primero, forma “sana” de afrontar una pérdida; la segunda, declive patológico, resistencia a asumir esa pérdida y sustituir el objeto deseado por uno nuevo. En una carta a su amigo y colega Ludwig Binswanger, quien acababa también de perder a un hijo, Freud escribe: “Se sabe que el duelo agudo (…) hallará un final, pero que uno permanecerá inconsolable, sin hallar jamás un sustituto. Todo lo que tome ese lugar, aun ocupándolo enteramente, seguirá siendo siempre algo distinto. Es así, es la única forma de continuar con el amor que no se quiere abandonar”.

A veces, por amor, ni queremos ni podemos superar el dolor por la pérdida de un ser querido. A veces necesitamos encontrar un refugio donde cobijar ese dolor y protegerlo, darle el espacio que necesita. En La mirada de los peces, Sergio del Molino reflexionaba sobre el duelo desencadenado por la muerte de su hijo: “No sé qué es el duelo (…), no tengo ni idea, ni quiero saberlo. No aspiro a superar nada, este dolor es mío y me gusta. Lucharé contra quien quiera quitármelo”. El dolor se convierte en vínculo con el ser querido ausente. Sentirlo es recordarlo.

Estos días de asueto navideño regreso al pueblo, a la casa familiar, y me reencuentro con historias de duelo inacabado, con una amiga que se ha quedado huérfana en un plazo de dos años y que vive con ansiedad la llegada de las fiestas. Mi amiga se acuerda de sus padres todos los días del año porque recordarles, me dice, es la forma de que sigan un poco vivos. Pero la forma de recordar en estas fechas no es la misma que durante el resto del año: es impositiva y esquizofrénica. Impositiva porque la Navidad es ineludible: los anuncios, las luces en la calle, los villancicos en espacios públicos y establecimientos, las cenas de familia, de empresa y de cuadrilla, las felicitaciones —Feliz Navidad, Feliz Año, Felices Fiestas—, los regalos… Y con todo esto, con todos los rituales que se repiten cada año, se recuerdan también las Navidades pasadas, compartidas con aquellos que ya no están. Esquizofrénica porque, a pesar de que el recuerdo y su dolor son inevitables, se exige de quien recuerda que, aun así, disfrute las fiestas, sea feliz, reciba el año con alegría. Si normalmente somos una sociedad poco dada a hablar del dolor, si el dolor de los demás nos incomoda —“no llores”, “tranquilízate”, “sé fuerte”—, en este periodo navideño durante el que consensuamos una especie de felicidad por decreto, todavía se hace más difícil defender la propia fidelidad al dolor.

Pero durante estos días de celebraciones, más que nunca, tendríamos que preguntarnos qué hacemos con la tristeza en un entorno que no la contempla, qué hacemos con lo que nos duele, no sólo personalmente, también con las terribles noticias que sólo hace unos días nos desgarraban (acordémonos de Laura Luelmo) y que durante las celebraciones dejamos voluntariamente de lado.

Cuando pasan las Navidades y acaba el año, cuando comienza el año nuevo y se celebra la última comida pantagruélica el Día de Reyes, mi amiga respira tranquila y continúa su duelo, cultivando ese refugio en el que cuida, como siempre cuidó de sus padres, de ese amor que es dolor y que no quiere abandonar.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/12/27/opinion/1545931107_188241.html

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO: querer o desear.

Por Laura Montero de Espinosa

Finalizamos un año e iniciamos otro. El tiempo no se detiene. Recuerdo que cuando era jovencita y me molestaba la mirada de alguien le preguntaba: ¿Qué pasa? (una forma de decir: ¿qué miras?) Y el otro contestaba: “El tiempo”; y la siguiente afirmación de mi parte era: “El tiempo no pasa, transcurre”. Pero independientemente de si pasa o transcurre, sabemos que no hay marcha atrás una vez ha transcurrido…una vez ha pasado.

Las reflexiones al finalizar un año son inevitables, son una mirada hacia qué ha pasado, qué hemos hecho y qué falta por hacer. Revisamos si lo que hicimos es lo que queríamos, si lo que el año anterior prometimos modificar se cambió, si aquello que prometimos lo hemos cumplido, si lo que tenemos en la actualidad queremos que permanezca o debemos dejarlo por la paz… por nuestra paz.

El tiempo transcurre y no espera. El tiempo tiene su propio ritmo e inercia, a veces parece que es veloz y no nos alcanza, y otras veces leeeento como si cayera en cuentagotas, pero es cuantificable con segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… Ahora bien, por otra parte a lo que parece estamos obligados por la inercia cultural es a llevar a cabo en doce meses unos propósitos o pedir doce deseos. Muy diferentes vale decirse, el propósito del deseo sin embargo parecen confundirse (aquí hablo del deseo como a anhelo). Uno pide deseos como si fueran a salir de la lámpara mágica de Aladino, sin embargo no hay compromiso. Pide salud bebiendo refresco, alcohol y fumando, pide un cambio social quejándose de los manifestantes que cortan la calle para ejercer su derecho. Pide ir al gimnasio pero el soffing (deporte extremo de tirarse al sofá) es lo más arraigado. Pide amor y no es capaz de negociar ni modificar, solo de “soltar” y “dejar ir”. Los más sensatos hablan de propósitos porque esos son aquellos que se le echan todas las ganas, los ánimos son enormes pero quién sabe si lo lleven a cabo o no. Las puertas están abiertas para los pretextos venideros a su no realización con los: “es que no tengo tiempo”, “no tengo dinero”, “no he podido”, “no se han dado las cosas”. Y si, “las cosas” no suelen darse solas.

El inicio de año normalmente es cuando estamos obligados emocionalmente a estar bien, porque apenas empezamos. Parece un iniciar de cero, “tienes doce meses para cambiar algo”, pero si se mira atrás puede verse que durante años ha sido cíclico: inicio de año corresponde a todo el ánimo, mediados de diciembre para hacer un balance y despedirse de lo que no se hizo para volver a prometer al inicio de año. Algo falla, y es que la falta al igual que el tiempo, no perdona.

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Uno, como mencionaba debe hacer, está obligado a animarse, tiene que cambiar. Uno puede saber eso, no hace falta que lo anden sumiendo en la imposibilidad evidente de poder hacer un cambio. Pero no todo queda en la voluntad, en el querer. Querer no es poder, no nos engañemos. Nos hartamos de escuchar ese eslogan que solo te obliga a entrar en un espiral de creerte inútil por no conseguir algo que quisieras. A veces no se puede por factores económicos, otras veces por estado emocional. Pero hoy no hablaré del bucle económico imposibilitante. Sino del anhelar/querer y desear.

El sujeto quiere unos cambios, pero tal vez no los desea. El querer y desear, desde el psicoanálisis son dos cosas muy diferentes. El querer, el anhelar tiene que ver con lo consciente y el deseo tiene que ver con lo inconsciente. Decir adiós a un malestar, por incongruente que parezca, no es fácil. Es un malestar cómodo, una comodidad dolorosa pero esta ofrece algo bueno: lo familiar, la cotidianeidad. Uno puede querer salir de ese malestar pero el deseo no va hacia el mismo destino. Y es que como dice el refrán: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Enfrentarse a un cambio, a lo desconocido es un riesgo, es para muchos un salto al vacío. No se sabe qué hay al fondo y el desconocimiento es justamente lo contrario a lo familiar, a lo cotidiano; y no a todos agrada ese toque de sorpresa. Además, este querer o no querer tomar el riesgo también depende de la historia del propio sujeto. Quiere separarse de lo doloroso, de lo que se repite, pero el deseo lo lleva a quedarse para mantener quien sabe qué en su historia y eso lo “protege” emocionalmente hablando y valdría la pena la discusión de si realmente protege (por ello el entrecomillado) o bien lo encamina al sufrimiento. Habrá quien se arriesgue por primera vez, habrá quien esté harto de arriesgarse y  “siempre” le salga mal, habrá quien nunca quiera tomar el riesgo y esté cómodo, habrá quien no ve el riesgo y vive constantes cambios, etc. No hay dos historias iguales, de la misma forma que el deseo no está a la luz siempre, solamente deja destellos que nos deslumbran y hacen que nos detengamos del camino del costumbrismo para comenzar con un: ¿Y si en vez de esto hiciera…? O ¿Por qué acostumbro a _____ si ya sé cómo termina eso?

El destello del deseo que provoca detenerse a mirar hacia otro lado es como los paréntesis en una frase que llevan a observar algo más que está ahí y merece la pena verlo, reflexionarlo. Y es que hay quien lee detenidamente los paréntesis para poder ser aclarado en algo, pero también hay quien se salta los paréntesis porque piensa que son aclaraciones poco importantes. De la misma forma hay quienes no quieren preguntarse ante los destellos o bien no está en su deseo detenerse a dicha reflexión.

“La psicosis no es una versión fallada de la neurosis predestinada a estallar”

El psicoanalista santafesino Ignacio Neffen plantea que no hay que considerar el modo de funcionamiento psicótico como una estructura frágil y endeble. Acaba de publicar el libro “La psicosis no desencadenada”, un concepto del psicoanálisis lacaniano que estudió durante diez años.

Luciano Zoco | area@ellitoral.com

 

Cuando alguien escucha la palabra psicosis, piensa en “brotes”, delirios y alucinaciones. Gente que escucha voces, ve personas que no existen y se imagina perseguida en pesadillas delirantes. Pérdida de la realidad, esquizofrenia y paranoia también figuran en el diccionario. Pero hay una rama del psicoanálisis lacaniano que propone una hipótesis bien diferente: considerar a las psicosis como un modo de funcionamiento psíquico estable que no necesariamente está predestinado a desarrollar crisis o estados de descompensación.

 

Es el camino que exploró durante diez años el psicoanalista Ignacio Neffen y que volcó en el libro “La psicosis no desencadenada. Esbozos de un concepto en la enseñanza de Jacques Lacan”, que acaba de publicar la editorial Letra Viva. Es su tesis de maestría e implicó repensar los modos de organización y compensación de la estructura psicótica, los discursos e invenciones que “ordenan” y evitan el desencadenamiento, en esa permanente lucha por construir, inventar y fabricar sentidos para la propia existencia.
— ¿Cómo surge el concepto de psicosis no desencadenada?
— En la obra de Lacan no tiene estatuto de concepto, pero él introdujo una serie de elementos clínicos y teóricos que permiten, como una lectura posterior, extraer ese concepto. Para el psicoanálisis lacaniano todas las personas se dividen en tres estructuras clínicas: psicosis, neurosis y perversión. No son una psicopatología sino modos de funcionamiento psíquico, posiciones subjetivas, cada una con sus particularidades. Además está el modo singular en el que cada persona habita la estructura, que es único e irrepetible. La psicosis es una estructura y después puede o no desencadenarse; es decir, entrar en lo que la psiquiatría llama la psicosis clínica, con delirios, alucinaciones y otros fenómenos.
— ¿Por qué se desencadena una psicosis?
— Es toda una discusión. Años atrás se pensaba que la psicosis necesariamente iba hacia el desencadenamiento, que era una estructura endeble y que en algún momento, por una exigencia simbólica que el sujeto no podía responder, por ejemplo una encrucijada específica en su vida, se llegaba a un desencadenamiento. En la actualidad, lo que se está estudiando es que por el contrario hay mecanismos de compensación y suplencia que permiten que la psicosis no se desencadene y eso puede durar toda la vida de una persona. Esos factores de estabilización pueden ser el trabajo, una relación amorosa, una relación con el arte, entre una infinitud de posibilidades. También hay discursos que pueden ser utilizados por un sujeto para orientarse en la vida, como el religioso, el jurídico, universitario o el militar incluso, que ayudan a que encuadre su existencia durante un tiempo indeterminado.

 

El ornitorrinco australiano desafió los intentos de clasificación de los naturalistas del siglo XIX. El psicoanalista lo puso en la tapa de su libro, en contraste a las imágenes clásicas sobre la psicosis, como un ejemplo de que tendemos a considerar como patológico todo lo que no se ajusta a nuestra forma de ordenar el mundo.Foto: Gentileza

 
— ¿Qué es lo que hace que una persona sea psicótica?
— Puede decirse, en un sentido estricto, que no se sabe fehacientemente. La medicina desde siempre está atenta a la causa orgánica sin poder concluir sobre ese punto. Han precisado diferencias a nivel de la neurotransmisión, pero cómo se llega a saber si es un efecto del modo de funcionamiento psicótico o si es la causa. El psicoanálisis pone aquí una hipótesis, no en términos de certeza. Para no caer en tecnicismos, podemos decir que Lacan consideraba que en la psicosis se produce un rechazo muy temprano de un ordenador simbólico que él llamaba el Nombre-del-Padre. Se trata de momentos inaugurales de la subjetividad, procesos inconscientes. Lacan lo resumía en lo que llamó una “insondable decisión del ser” ante la entrada en el lenguaje. Para nosotros el lenguaje no es una mera herramienta de comunicación, sino un elemento central en la constitución subjetiva.
— ¿La psicosis suele estar asociada al delirio y las alucinaciones que se producen en los desencadenamientos?
— Cada vez que uno busca en el diccionario psicosis aparece la idea de separación de la realidad. Ya muy tempranamente, en 1924, Freud decía que también en la neurosis hay pérdida de la realidad. Lo que llamamos realidad es una construcción entre elementos imaginarios y simbólicos, un entrelazamiento. Nadie puede decir que está en contacto con la realidad objetiva, siempre hay mediación de las fantasías inconscientes, por ejemplo. Lo que sucede en las psicosis, en especial tras el desencadenamiento, es que esos elementos simbólicos e imaginarios se conmueven y por ende también la vivencia de la realidad de dicho sujeto. Sin embargo, aunque pueda parecer paradójico, un delirio sistematizado permite en ocasiones reconstruir una realidad que pacifica la relación con el mundo. Desde esta perspectiva es un recurso, por eso Freud hablaba de autotratamiento. Pero, en cambio, en las psicosis no desencadenadas las estabilizaciones que conquista el sujeto evitan la emergencia de un delirio sistematizado. En este caso, no hay que pensar el modo de funcionamiento psicótico como un riesgo latente, ni como una enfermedad, sino como un modo entre otros de hacer con las exigencias de la existencia, el amor, la sexualidad, la relación con el propio cuerpo y con las otras personas. Lo importante es que la psicosis no es una versión fallada de la neurosis predestinada a estallar.

— ¿La psicosis es más riesgosa que la neurosis, desde el punto de vista de la salud mental?
— No necesariamente. Muchas veces nos fascinamos con los fenómenos propios de las descompensaciones psicóticas como los delirios o las alucinaciones y sin embargo, en general, representan una parte acotada en la vida de alguien. También hay muchas crisis subjetivas en las neurosis. Si uno toma como brújula el nivel de malestar en la existencia, en las neurosis en ocasiones hay síntomas muy incapacitantes, vidas enteras entregadas a posiciones sufrientes e ideales tiránicos. Por eso Freud propuso el sintagma “miseria neurótica” para referirse al funcionamiento psíquico de las neurosis. En todo caso, cada modo de funcionamiento tiene sus pro y sus contras en el modo de afrontar las vicisitudes y contingencias de la vida.
— ¿Por qué en la tapa del libro hay un ornitorrinco australiano?
— En general las tapas de los libros sobre psicosis contienen imágenes un poco dantescas, rostros desencajados gritando, incluso orejas atravesadas por cuchillos, etc. Por el contrario, el ornitorrinco australiano fue una elección simbólica en oposición a esa tendencia dominante. Cuando los naturalistas del siglo XIX se encontraron con el ornitorrinco tuvieron dificultades para clasificarlo por sus particularidades anatómicas (pico y patas de pato, cola de castor, cuerpo con pelaje, capacidad de inyectar veneno por medio de unos espolones traseros y reproducción ovípara). Lo interesante es que este animal, indiferente a nuestras formas de ordenar el mundo, simplemente hace su vida como cualquiera. En otras palabras, tendemos a considerar como patológico todo lo que no se ajusta a nuestra sensibilidad, sin embargo, las adaptaciones del ornitorrinco le permiten desempeñarse en su medio más allá de si nos simpatizan o no sus formas. Ahí está la relación con las psicosis no desencadenadas, puede que sus invenciones resulten excéntricas para algunos, y sin embargo a veces le permiten vivir su vida. Es algo digno de respetarse sin duda.

“El neoliberalismo enferma porque la angustia se manifiesta en el cuerpo”

Por Gladys Stagno | Nora Merlin es psicoanalista, escritora, docente, y una especialista en vincular el psicoanálisis y la política. Discípula del filósofo Ernesto Laclau, la investigadora de la Universidad de Buenos Aires es autora de libros como Populismo y Psicoanálisis y Colonización de la subjetividad, donde desarrolla esta relación y aborda cómo el poder configura nuestra forma de pensarnos.

En esta entrevista de fin de año, la especialista reflexiona sobre un diciembre neoliberal que influye en los cuerpos a fuerza de desamparo e intemperie y construye un tejido social por debajo que viene a suplir los lugares de donde el Estado se corre.

Solemos asociar diciembre a los balances de fin de año, ¿este mes influye de alguna manera en el estado de ánimo?

-Diciembre, por lo general, es un mes de hacer balances y en este sentido también es un mes de duelos, de pérdidas, de cierres. Entonces, se sobrecompensa esta sensación y se la elabora maníacamente con una compulsión de fiestas, una suerte de sobredosis de fiestas. En contraposición a este estado de tristeza y de duelo.

¿Y cómo fue este diciembre?

-Este diciembre tuvo características particulares, con un color anímico muy oscuro. Hubo una tristeza colectiva que coincidió con la tristeza singular. Fue muy triste, muy apagado, con festejos muy deslucidos, muy austeros.

Sin embargo, ante la falta de luces y de espíritu navideño que se verificó en la calle, los movimientos sociales festejaron allí, juntando pobreza, con la decisión de estar juntos. Esto se invisibilizó en los medios concentrados, pero fue un dato novedoso.

Otra de las características que tuvo fue la emergencia en las calles y en los medios del movimiento feminista. Este diciembre estuvo tomado por esa cuestión. De ningún modo es cortina de humo: las mujeres históricamente silenciadas están produciendo algo interesante.

Vos trabajás el tema de las subjetividades en el mundo neoliberal. ¿Cómo influyen las crisis económicas, como la que atravesamos en la Argentina de hoy, en los sujetos?

-El neoliberalismo es un sistema que no es sólo económico sino de producción de subjetividad, de una nueva subjetividad. Implica la producción de restos sociales que son los que no entran en el sistema, los excluidos, los sectores muy empobrecidos, los jubilados, los discapacitados, los que no rinden porque son improductivos.

A estos sectores expulsados los vemos aparecer retornando a las calles como hace tiempo que no los veíamos. Durmiendo en colchones, en la vereda, revolviendo basura. Estamos naturalizando ese paisaje y no es natural. Se está naturalizando el sufrimiento, la indignidad. Nos estamos acostumbrando a ver en todas las cuadras familias durmiendo literalmente a la intemperie. La situación de indefensión, de estar a la intemperie, es lo que define, para el psicoanálisis, a la angustia. Tanto para Freud como para Lacan la angustia es exactamente eso: estar en indefensión, desprotegido, sin un sistema simbólico que ampare, que cobije. Sin un Estado que proteja, en este caso.

¿Qué le pasa a un sujeto, educado en la cultura neoliberal, con la falta de dinero o de trabajo?

-En neoliberalismo vino a desorganizarnos la vida. Con cierta estabilidad, uno puede planificar cuotas, o vacaciones. Pero mientras la crisis se hace crónica, porque el tiempo de la promesa ya prescribió, lo que se visualiza es una situación donde la subjetividad vive amenazada de perder el trabajo o -habiendo perdido el trabajo- de que no cierren las cuentas, de no saber cómo llegar a fin de mes.

Hay un poder indiferente que no escucha a la gente y eso también lleva a la situación de angustia, al desamparo. La sensación subjetiva de no sentirse escuchado lleva a la indefensión y a la angustia.

¿Cómo pensás que se revierte esto?

-No hay que tener miedo de empezar a incluir el amor en la política. Es un concepto muy importante. No es la banalidad del new age, cuando hablamos de amor estamos hablando de algo que en el psicoanálisis es constitutivo del sujeto. Sin amor no hay entrada en la cultura. Sin la condición del amor, sin alguien que encarne ese lugar, no es posible que un ser que acaba de nacer se constituya. Eso mismo pasa con el cuerpo social: con violencia, con odio, con ruptura del tejido social no hay posibilidad de relaciones fraternas o de sororidad.

¿Hubo más consultas o cuadros depresivos este diciembre?

-Este año hubo mucha angustia en las presentaciones en el consultorio. El neoliberalismo enferma. Hubo muchas complicaciones en los cuerpos de las personas. La angustia es el afecto característico del neoliberalismo por esta situación de desamparo, el estado de amenaza en el que viven las personas estimula la angustia, que a diferencia de otros afectos se manifiesta en el cuerpo.

También en este último tiempo lo que empezaron a aparecer fueron muchas consultas y preocupaciones por abuso y acoso y esto no es casual. Hay una conmoción respecto de lo que produjo el movimiento feminista que fue muy movilizante en los lazos sociales, en los grupos, en las familias, que es muy interesante. El feminismo es un movimiento que implica un nuevo contrato social y en ese sentido, si somos inteligentes, tenemos la posibilidad de producir una cultura más amorosa, menos violenta, menos hostil.

¿Hay salidas o respuestas “sanas” para enfrentar estas situaciones? ¿Ser parte de un colectivo ayuda?

-Ser parte de un colectivo ayuda. Si bien el neoliberalimo enferma, mata, también generó un armado por debajo de los movimientos sociales, de la militancia, la participación, la unión de los vecinos autogestionados. Al mismo tiempo que el Estado se debilita, se intentó reemplazarlo de manera militante, participativa. Es un modo solidario del tejido social que se está armando, que está invisibilizado, y es una solución para cada uno porque lo que se constata es que la gente que participa, la que se siente entre compañeros, no entra en la impotencia, en la queja, ni en el escepticismo.

 

Fuente: http://canalabierto.com.ar/2018/12/29/el-neoliberalismo-enferma-porque-la-angustia-se-manifiesta-en-el-cuerpo/