Adicción a medicamentos con receta

Tomado de:salud180.com

Cuando alguien nos dice que una persona que conocemos es adicta a las drogas, en ocasiones es difícil de creer. Quizá porque imaginamos a un individuo adicto como alguien que fuma marihuana, se inyecta heroína y tiene marcas en los brazos.

No siempre es el caso. Un persona adicta puede estar a nuestro lado; ser un amigo, compañero, colega, familiar o conocido. Se trata de gente que abusa de las drogas, que hacen mal uso de una sustancia ilícita, medicada o no, para obtener ciertos efectos placenteros más que médicos.

Popular prescription medicines on displa

La mayoría de la gente que usa medicamentos recetados no se vuelve adicta. Pero hay muchos que curiosamente experimentan con la droga incrementando la dosis o la frecuencia de uso para llegar a ese sentimiento de alivio. Las víctimas de esta curiosidad son por lo general jóvenes que pueden empezar a edades tan tempranas como a los 12 años. Este abuso de drogas es muy común en nuestros días y ha sido un serio problema que necesita acción inmediata.

Los 3 medicamentos prescritos más abusados

 No todas las drogas prescritas son fácilmente adictivas. Siguiendo las prescripciones del médico no habrá ningún problema ni nos volveremos dependientes o adictos. Sin embargo, existen ciertas drogas a las que es fácil engancharse. Para hacerlo más fácil, pueden agruparse en tres tipos diferentes: Depresores, Medicación para el dolor (Opioides) y Estimulantes.

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Depresivos

 Los depresores del Sistema Nervioso Central, son drogas usualmente recetadas para propósitos médicos. Son usados como tranquilizantes o sedantes para tratar desórdenes del sueño y ansiedad. Lo que contienen son benzodiazepinas como alprazolam, chlordiazepoxida, temazepam, lorazepam, clonazepam, y barbitúricos como mepobarbital. Estas sustancias le dan la habilidad al cerebro para funcionar lentamente.

 Sin embargo, no es recomendable mezclar ciertas sustancias cuando se toman ya que pueden sufrirse efectos indeseados. Un ejemplo sería el alcohol. Si el usuario combinara los benzodiacepinas con alcohol no sólo se sentiría más somnoliento e inmanejable, sino que podría tener un efecto adictivo. Lo que es peor, esta combinación podría disminuir el ritmo cardíaco y la respiración hasta ocasionar la muerte.

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Opioides

 Los opioides son calmantes prescritos a pacientes que sufren dolores agudos o insoportables, que sufren de condiciones crónicas, usualmente recetadas después de la cirugía. Estas drogas también pueden causar euforia aún en dosis bajas y controladas. Los opioides contienen meperidina, hidromorfina, hidrocodeina, propoxifeno, morfina o codeína.

 Los efectos secundarios más comunes al usar este tipo de droga tales son: vómito, respiración lenta, náuseas, constipación, mareos, dolores de cabeza, sudoración, somnolencia, y sequedad en la boca. La sobredosis puede causar la muerte.

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Estimulantes

 Los estimulantes intensifican la ansiedad, la alerta y la conciencia además de incrementar la energía. De hecho son todo lo contrario a los depresores. Las drogas estimulantes son usadas para tratar desórdenes tales como narcolepsia y trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Esto puede causar unincremento en la respiración y en el pulso y darle un efecto eufórico al usuario.

Aún con la prescripción adecuada, logra ser adictivo para algunos. Puede hacer al adicto sentirse bien y seguro, por el sentimiento de estar alerta y activo. Llegar a lo máximo de estos estados puede causar fatiga excesiva y hostilidad, depresión, paranoia, causar que se rompan los vasos sanguíneos, desórdenes del sueño y taquicardia que pueden provocar fallos en el corazón y cardiopatías.

Personas propensas al abuso de medicamentos recetados

Todos podemos ser propensas al abuso de medicamentos recetados. El Instituto Nacional de Abuso de las Drogas ha hecho una clasificación de los cuatro grupos más vulnerables.

Primero serían los adolescentes y adultos jóvenes. Este grupo es el primero en el riesgo de caer en el abuso de las medicinas controladas. Usualmente empieza por una receta normal sin embargo, jóvenes como son, su curiosidad se dispara al sentir los efectos secundarios.

Un estudio en el 2007 muestra que el 12% de la población de entre 12 y 17 años confesaron que habían probado, o continuamente usaban drogas recetadas por otros propósitos fuera de los médicos. La prescripciones más comunes son Vicodin y Oxycontin.

Después vienen las personas mayores, segundo lugar de los más propensos a desarrollar adicciones a los medicamentos. La razón es que la gente mayor, a veces, tiene complicaciones para seguir las instrucciones de los medicamentos prescritos. Más allá de eso, usualmente son recetados para tomar dosis más altas y por periodos de tiempo más largos.

Se piensa que quienes trabajan en el cuidado de la salud son lo suficientemente listos para no abusar de las medicinas recetadas; sin embargo eso es un error. Doctores, farmacéuticos y enfermeras pueden abusar de los medicamentos. De hecho, tienen un acceso más fácil a las drogas en su trabajo.

“Nunca dispondremos de píldoras de la felicidad”

El gran negocio de las pastillas es una de las razones que explican la mitificación de los medicamentos como remedio para todas las dolencias anímicas. Pero lejos de disminuir, aumentan cuantas más y mejores fármacos hay. José María Álvarez advierte de que «la excesiva medicalización acaba por hacernos más débiles».


Por Ana Gaitero

José María Álvarez es psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en Psicología Clínica del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid, donde reside. Es autor de más de setenta publicaciones sobre psicopatología y psicoanálisis y de algunos libros, como La invención de las enfermedades mentales y Estudios sobre la psicosis.
Compagina la clínica en el servicio público de Salud Mental de Sacyl con la consulta privada. Es coordinador del Seminario del Campo Freudiano en Castilla y León y uno de los fundadores de la Otra psiquiatría , así como miembro del trío Alienistas del Pisuerga, desde el que han recuperado textos fundamentales de los clásicos de la psicopatología inéditos en castellano.
Hoy ofrece la conferencia titulada Las píldoras de la felicidad a partir de las 19.30 horas en el salón de actos de la Fundación Sierra Pambley de la capital. Será presentado por el psiquiatra del Caule y también psicoanalista Roberto Martínez de Benito.
—¿Algún día habrá esas pastillas de la felicidad?
—Por desgracia, no existen las pastillas para la felicidad. Por desgracia, además, nunca dispondremos de píldoras de la felicidad. La felicidad no es un estado, sino momentos, a menudo efímeros.
—¿Ni pastillas, ni felicidad?
—Aunque es una aspiración muy loable, la felicidad no está en el programa de los logros posibles del hombre. La condición humana y la felicidad describen trayectorias asintóticas. Por eso decía que, aunque mejoremos las pastillas, la felicidad se nos escapará como agua entre las manos.
—¿Estamos pasando de la mitificación de los fármacos como remedio para todos los trastornos anímicos a su maldición?
—Aún estamos lejos de maldecir los medicamentos. Hay mucho negocio en juego para que eso pueda darse. Creo que nadie en su sano juicio renegaría de los fármacos. Bien usados, son saludables. Mal usados, como su nombre indica, son veneno. Ahora bien, considerar, como se hace a menudo, que los psicofármacos son el único tratamiento en las dolencias anímicas, es un grave error. También es un grave error descartarlos. Creo que ese tipo de opiniones extremas las tienen quienes no bregan a diario con el sufrimiento humano.
—¿El uso de fármacos ha reducido los trastornos?
—Desde más de medio siglo se ha generalizado paulatinamente la creencia en los psicofármacos, a los que se considera el único o el principal remedio para las alteraciones psíquicas. A mi manera de ver, eso es falso. Es falso puesto que cuantos más y mejores medicamentos tenemos, el número de enfermos y enfermedades mentales se ha multiplicado. Y se ha multiplicado tanto, que hoy día es difícil encontrar a alguien a quien no colgarle un diagnóstico psicopatológico, es decir, alguien que no necesite tratamiento farmacológico o psicológico. Este hecho invita a pensar que hay algo turbio en todo este mundo de la salud mental.
—El exceso de confianza en los fármacos para remediar depresiones, ansiedad y trastornos similares ¿resta a la persona capacidad de respuesta para buscar su bienestar?
—Yo creo que sí. La excesiva «medicalización» y «psicologización» de las desgracias y sufrimientos acaba por hacernos más débiles. Cuando se protege demasiado a alguien se le convierte en un indefenso y en un pusilánime. Si un antiguo, un medieval o un renacentista se asomara a nuestro tiempo, le horrorizaría comprobar que para nosotros la tristeza es una enfermedad y que además la tratamos como tal.
—¿Estaban más acertados que en el siglo XXI? ¿Qué tipo de problemas presenta la gente que acude a las consultas?
—Con respecto a esto, los hombres que nos han precedido nos superaban. Freud mismo, cuando escribió hace ya un siglo su ensayo Duelo y melancolía, señalaba en las primeras páginas que a ningún médico se le ocurriría tratar a alguien que está sufriendo un duelo, porque eso es un dolor humano y él tendrá que espabilarse para irlo solucionando. Pues bien, una buena parte de las personas que nos visitan en los Servicios de Salud Mental vienen por ese tipo de dolores. De manera que, como decía, el paternalismo y la compasión aumentan nuestra debilidad, y nos convierten en marionetas de los que mueven los hilos económicos.
—¿Qué propuestas tiene el psicoanálisis frente a las pastillas y la felicidad?
—En líneas generales, el psicoanálisis va por un camino distinto al de la psicología y psiquiatría biomédicas. Los métodos terapéuticos que proponen estas últimos están destinados a cerrar los ojos y a fomentar el no querer saber nada sobre lo que nos hace sufrir. Pero, el hecho de que uno cierre los ojos no garantiza que nuestras dramas desaparezcan. El discurso de la psiquiatría y el de la psicología clínica oficial promocionan el no pensar y el no sentir demasiado, promocionan el cambiar los pensamientos por otros positivos, el tomar tal tratamiento para seguir adelante con la vida, el trabajo, el cuidado de los hijos, para aguantar al jefe o pagar las letras de la hipoteca. Esa es una opción, sin duda muy respetable.
—¿Y el psicoanálisis?
—Por el contrario, el psicoanálisis promueve la conquista de un saber acerca de nosotros mismos, de lo que nos hace sufrir y gozar, de lo que repetimos y no nos damos cuenta, de aquello con lo que nos engañamos y acaba pasándonos factura y haciéndonos más desgraciados, aunque le echemos la culpa a otro. La conquista, en definitiva, de un saber que sea liberador, aunque eso lleve tiempo, soledad y sufrimiento, y necesite cierta valentía.  
—¿Cuáles son los malestares de nuestro tiempo y nuestra sociedad? ¿Lo sufren igual hombres o mujeres?
—Seguramente la depresión, la llamada depresión. Cuando hablo de depresión me refiero a las formas neuróticas o distímicas de depresión, no a las grandes depresiones o melancolía. En cierta medida, estas depresiones de andar por casa muestran el fracaso del deseo, es decir, el bajar los brazos ante las adversidades de la vida y el renunciar a solucionar los problemas que se nos plantean por el mero hecho de vivir. En este sentido, quien se deprime ha fracasado. Y para curarse tiene que volver a meterse en los problemas de la vida, recuperar las aspiraciones que tuvo o inventar otras nuevas, es decir, tiene que hacer de su insatisfacción el motor y no el obstáculo de la vida.
—¿Qué influencia tiene la sociedad en la que vivimos en estas formas de depresión?
—También la depresión supone, desde un punto de vista sociológico, un fracaso: un fracaso del modelo que se nos ha vendido como felicidad, es decir, tener muchas cosas para ser felices y descubrir que cuanto más tenemos más en falta estamos.    
No es la primera vez que José María Álvarez viene a León. Ya lo hizo en otra ocasión para presentar en el hospital psiquiátrico Santa Isabel su libro Estudio sobre la psicosis. La mayoría de sus publicaciones combinan el psicoanálisis con la psicopatología clásica y se ocupan en especial de la locura y sus temas esenciales, como las alucinaciones, los polos de la psicosis y el delirio; también de los grandes maestros de psicosis, sobre todo Schreber, Aimée, Wagner y Joyce; y de los problemas tradicionales de la psicopatología, como la melancolía, la paranoia y la histeria. Sus intereses están prefijados desde su tesis doctoral sobre la paranoia, perspectiva desde la que ha analizado la subjetividad, la psicosis y la terapéutica de la locura.

Fuente: http://www.diariodeleon.es/noticias/sociedad/nunca-dispondremos-pildoras-felicidad_1064602.html

Palabra vacía, palabra plena

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Mercè Altimir

Los psicoanalistas, sin duda, se interesan en el lenguaje,pero se interesan solamente en el límite con el cual el lenguaje tropieza.

Juan David Nasio, Cinco lecciones sobre la Teoría de Jacques Lacan

Este texto es fruto del trabajo realizado en el transcurso del seminario de lectura (1) de Función y campo de la palabra en psicoanálisis , un texto de 1953 cuya versión oral (distinta a la versión escrita, esta última más larga y elaborada) corresponde al llamado primer discurso de Roma de Lacan, la intervención del psicoanalista francés en septiembre de ese mismo año durante el Congreso de los Psicoanalistas de Lengua Romance. Este discurso, que debía ser un informe anual, fue escrito y defendido oralmente por su autor en el momento de ruptura con la Sociedad Psicoanalítica de París; estas circunstancias explican su tono irónico y batallador. Bien es cierto que esta posición de soledad y de crítica permanente no desaparecerá jamás en el transcurso de los posteriores largos años de enseñanza.

En concreto, me propongo comentar el apartado primero, titulado “Palabra vacía y palabra plena en la realización del sujeto”. Mi intención es indicar tan solo algunos de los ejes del texto que a mí me han interesado especialmente.

El problema de la posición y la función del analista en la experiencia psicoanalítica ocupa un lugar central en Función y campo . Los tres apartados que constituyen el cuerpo del texto y que tocan por distintos ángulos la cuestión del analista, vienen precedidos por un “prefacio” en el que Lacan lleva a cabo de alguna manera el informe anual solicitado, pues efectivamente hace un repaso a las principales orientaciones dentro de la IPA, aunque solamente sea para criticarlas; sigue una “introducción”, de la que recogemos la idea principal defendida por el autor. La podemos formular del siguiente modo:

La experiencia psicoanalítica, tal como la fundó Freud, no tiene otro fundamento que la palabra y el lenguaje. La palabra como función, y el lenguaje como lugar – campo, dice Lacan – del sujeto.

«Afirmamos por nuestra parte que la técnica no puede ser comprendida, ni por consiguiente correctamente aplicada, si se desconocen los principios que la fundan. Nuestra tarea será demostrar que esos conceptos no toman su pleno sentido sino orientándose en un campo de lenguaje, sino ordenándose a la función de la palabra.» (2)

Ahora, para iniciar nuestro comentario del apartado I, conviene que nos fijemos en su mismo título. «Palabra plena y palabra vacía» indica que no todas las dialécticas de la palabra entre analista y analizante son de igual naturaleza. Por otra parte, el resto del enunciado, la «realización del sujeto», plantea lo siguiente:

•  El sujeto no es algo dado de entrada. No es un ser de la naturaleza, sin memoria simbólica ni historia; al revés, éstas inclusive le preceden. Ya hemos dicho que el lenguaje es el lugar del sujeto. Por eso más adelante Lacan lo inscribirá con S mayúscula, o como S (sujeto dividido), con la intención de marcar su pertenencia al registro simbólico. Por supuesto, el sujeto no es la persona, ni tiene que ver con el ser.

•  El sujeto, por el contrario, debe realizarse en la dialéctica del análisis. Lacan utiliza la palabra dialéctica para subrayar el fundamento de la palabra en la experiencia psicoanalítica.

«Puede decirse en lenguaje heideggeriano que una y otra [la rememoración hipnótica y la representación hablada] constituyen al sujeto como gewesend , es decir como siendo el que así ha sido.» (3)

El marco dialéctico de la sesión

Sabemos que el psicoanálisis es una clínica bajo transferencia, es decir que en ella el amor juega su parte y su suerte. La cuestión del amor es una preocupación central para el analista desde que Freud tomó nota sorprendido de su intervención en la cura, y por esta razón Lacan señala la necesidad de distinguir entre los afectos, sentimientos y fenómenos pasionales, situados todos ellos en el eje imaginario y circunscritos por Freud como resistencia, y el amor como motor del trabajo psicoanalítico, el propiamente amor de transferencia, situado en la coordenada simbólica. Hay, en este sentido, una mención muy interesante en este escrito, y que es un indicio de la presencia ya en esta etapa inicial, de uno de los desarrollos posteriores de Lacan respecto al amor como don y respecto a la gratuidad bien entendida propia de cierto amor, una gratuidad que apunta a la cuestión del deseo del analista; es también una gratuidad que el analizante paga con dinero para que funcione. Se trata de la paradoja del deseo. El eje imaginario es siempre un lugar de reciprocidad, de intercambio entre vasos comunicantes donde se contabilizan las ganancias y las pérdidas; lo que se da es gratis sólo en apariencia, en calidad de un sacrificio temporal que no tarda ni duda en exigir cobrarse su precio en favores, sumisión u obediencia. Ojo por ojo, diente por diente. Una deuda cruel y un crédito cuyo importe de devolución es arbitrario. Sin embargo el amor tiene también una dimensión no simétrica que incluye la falta. Lacan relaciona en este texto el amor con la gracia , ese concepto del cristianismo que responde precisamente a un acto de amor externo a un cálculo de méritos. (4) Y realiza una aguda crítica a autores que, como Fenichel, sostienen que el amor es un problema relativo a la madurez alcanzada en el desarrollo de los estadios pulsionales. A esta concepción evolutiva y naturalista Lacan opone una concepción simbólica del amor.

«Es en el análisis de un caso tal [se refiere al Hombre de los Lobos] donde se ve bien que la realización de un amor perfecto no es un fruto de la naturaleza sino de la gracia (5) , es decir de una concordancia intersubjetiva que impone su armonía a la naturaleza desgarrada que la sostiene» (6)

La doble dialéctica de la palabra guarda relación con la cuestión del amor (narcisista) y el deseo, del yo y el sujeto, y del engaño y la verdad. Dependerá de la posición del analista el que la palabra inevitablemente vacía del inicio progrese hacia la vertiente de la palabra plena. Este apartado I está dividido en dos partes claramente diferenciadas por un espacio en blanco bien marcado en la página 244 (en la versión en español). En la primera Lacan desarrolla el tema de la palabra vacía y de los errores a los que se ve inducido el analista en caso de situarse en la posición que favorece esta dialéctica. En la segunda parte desarrollará la palabra plena, verdadero eje al que tiene que tender cualquier análisis si su cometido es la realización del sujeto.

Esta dialéctica entre palabra vacía y palabra plena tiene que ver con la particularidad de la experiencia psicoanalítica. El motor es la función del analista, que ha de ser el catalizador de una palabra no cualquiera del analizante. A éste último le corresponde el trabajo de reconocer en sus enunciados enigmáticos su propia palabra no cualquiera, palabra en que enuncia su posición subjetiva. Vamos a examinar estos dos ejes con más detalle:

Dialéctica imaginaria y dialéctica simbólica

En cuanto a la palabra vacía:

En referencia a la posición del analista–. Si éste se ubica en la posición del semejante, favorece la relación imaginaria, consistente en una relación dual. En este eje hay una relación simétrica entre el yo ( moi) y el semejante ( otro en minúscula) y es el espacio de las identificaciones imaginarias. Conviene no olvidar que el Yo no es el centro de la actividad psíquica, sino solamente un efecto del narcisismo de los padres (7); no es causa de sus enunciados sino causado por las palabras con las que los otros significativos de la infancia le asignaron una identidad en la que reconocerse. Este es el error que precisamente Lacan critica en la práctica de la orientación mayoritaria de la SPP de ese momento.

Desde la perspectiva del semejante, lo que cuenta del analizante es principalmente su persona, sus emociones y afectos.

En cuanto a la función del analista, su tarea consiste en interpretar la resistencia, es decir, los afectos que tienen lugar en el nivel de la transferencia emocional con el analista y que supuestamente son los que le impiden una adaptación adecuada al entorno y el motivo principal del sufrimiento.

Esta posición y función promueve una inflación extenuante del Yo, al que Lacan no duda en esclarecer como una instancia de desconocimiento en oposición a la concepción propia de la corriente llamada psicología del yo, que lo considera la instancia de la realidad, de la adaptabilidad y de la autonomía.

«Este ego , cuya fuerza definen ahora nuestros teóricos por la capacidad de sostener una frustración, es frustración en su esencia. Es frustración no de un deseo del sujeto, sino de un objeto donde su deseo está enajenado y que, cuanto más se elabora, tanto más se ahonda para el sujeto la enajenación de su gozo. (…) Por eso no hay respuesta adecuada a ese discurso, porque el sujeto tomará como de desprecio toda palabra que se comprometa con su equivocación.» (8)

Precisamente, si el psicoanálisis es una experiencia que podemos calificar de singular, es porque defiende la existencia del sujeto y apuesta por él.

En cuanto a la palabra plena:

El analista se centra en la escucha del discurso del analizante dejando a un lado lo relativo a su persona o a los afectos.

Se subvierte la opinión común sobre la naturaleza de la palabra. Ésta no es un material de representación de conceptos y objetos exteriores a ella. No es un flatus vocis . La función primera de la palabra no es la representación, es materia prima en sí misma.

«Lo que enseñamos al sujeto a reconocer como su inconsciente es su historia: es decir que le ayudamos a perfeccionar la historia actual de los hechos que determinaron ya en su existencia cierto número de “vuelcos” históricos. Pero si han tenido ese papel ha sido ya en cuanto hechos de historia, es decir en cuanto reconocidos en cierto sentido o censurados en cierto orden.

(…) Para decirlo en pocas palabras, los estadios instintuales son ya cuando son vividos organizados en subjetividad .» (9)

El hecho de que la palabra y el lenguaje sean materia primera tiene otra consecuencia importante para la práctica clínica. Las emociones y sentimientos son efectos de la palabra y no al revés; y no hay modo de producir un cambio duradero y valioso en el análisis sino es operando en aquello que genuinamente sustenta el síntoma, la palabra.

La función del analista consiste en ser el motor de un proceso de reescritura llevado a cabo por el analizante –en esto Lacan sigue a Freud–, que parte de un documento desordenado y concluye en un texto correctamente dispuesto, sin blancos, embustes, incoherencias, saltos, ni deformaciones. Se trata del relato de la vida del analizante. Partimos de los restos textuales del naufragio de un libro, y trabajamos en pro de su restauración. Sin embargo, al final, el libro claro, aún siendo necesario, resulta no tener el valor que le suponíamos, pues aquello que verdaderamente importa es la transformación de la posición del sujeto que la reescritura actual del análisis ha operado. El sujeto necesitaba del trabajo textual dado que él es efecto de la palabra y su lugar es el campo del lenguaje. (10) Al operar de la manera correcta en el campo del lenguaje, orientados en función de la palabra, el sujeto se realiza.

Que existan dos vertientes de la palabra y cuatro letras en el álgebra lacaniana, dos en el registro imaginario: a, a’ (el yo ( moi ) y el otro (el semejante), y dos de simbólicas: el S, sujeto del inconsciente, y el A, el lugar del lenguaje; y que estas dos posiciones viren, se balanceen durante el análisis, nos plantea la cuestión de la realidad humana, en su dimensión de engaño y verdad.

Es importante señalar la relación de la verdad con la palabra plena. En este momento de su enseñanza, Lacan plantea que, para nuestra especie, la de los seres hablantes, existe una necesidad más importante si cabe que las necesidades propias de la supervivencia, las necesidades naturales. De ello resulta una de las paradojas a las que nos enfrenta el psicoanálisis, su clínica. Lacan escribe:

«¿Pero qué era pues ese llamado del sujeto más allá del vacío de su decir? Llamado a la verdad en un principio, a través del cual titubearán los llamados de necesidades más humildes.» (11)

La dialéctica de la palabra vacía y la palabra plena corresponde por tanto a la dialéctica entre el engaño del yo, que habla, vacíamente, sin saber lo que dice, y la dialéctica de la verdad, en la que el sujeto se acerca (sin idealmente tocarla) a lo que sería su verdad última.

Una primera consecuencia es esta doble incidencia de la verdad y del engaño en los seres hablantes, que explica a su vez la existencia de ese balanceo entre las dos vertientes de la palabra. Convendrá distinguirlas con precisión. Lacan señalará que los animales son capaces de engañar, y por supuesto son susceptibles de engaño, pero no son capaces en cambio de mentir. Por eso son ajenos a la gracia : a la del amor en falta, que, a diferencia del amor narcisista, reconoce el deseo del sujeto; y a la del chiste, que dice la verdad contrariando el engaño. La verdad del sujeto no tiene relación con la verdad objetiva sino con la de su palabra; si la experiencia analítica muestra que con el reconocimiento de nuestra verdad el sufrimiento se alivia de manera permanente, ello es entonces índice de la importancia de la verdad y del fundamento de la palabra en el ser hablante, y de la necesidad, por consiguiente, de una clínica del sujeto.

Palabra vacía en tanto ninguna transformación ni novedad puede esperarse de ella. Palabra plena, en tanto la palabra es acto, es inaugural y es realización del sujeto.

El último punto que quería comentar me remite a Freud, a los Tres ensayos de teoría sexual de 1905.

La experiencia del muro en los seres hablantes

Escribe Freud. Se trata de una cita un poco extensa:

«Parece seguro que el neonato trae consigo gérmenes de mociones sexuales que siguen desarrollándose durante cierto lapso, pero después sufren una progresiva sofocación; ésta, a su vez, puede ser quebrada por oleadas regulares de avance del desarrollo sexual o suspendida por peculiaridades individuales. Nada seguro se conoce acerca del carácter legal y la periodicidad de esta vía oscilante de desarrollo.

(…) Las inhibiciones sexuales . Durante este período de latencia total o meramente parcial se edifican los poderes anímicos que más tarde se presentarán como inhibiciones en el camino de la pulsión sexual (el asco, el sentimiento de vergüenza, los reclamos ideales en lo estético y en lo moral). En el niño civilizado se tiene la impresión de que el establecimiento de esos diques es obra de la educación, y sin duda alguna ella contribuye en mucho. Pero en realidad este desarrollo es de condicionamiento orgánico, fijado hereditariamente, y llegado el caso puede producirse sin ninguna ayuda de la educación. Esta última se atiene por entero a la esfera de competencia que se le ha asignada cuando se limita a marchar tras lo prefijado orgánicamente, imprimiéndole un cuño algo más ordenado y profundo. »(12)

La cita es larga pero vale la pena. Freud señala la existencia de un muro que establece dos momentos bien diferenciados en el desarrollo sexual del niño. Lo que resulta extraño, leído décadas más tarde, es la causalidad orgánica que otorga a esa barrera que hace de límite al goce infantil perverso polimorfo; no logramos comprender porque una causa orgánica puede tener unos efectos de naturaleza tan simbólica como son la estética, la moral o la vergüenza. Entre causa y efecto existe una contradicción. He ahí uno de los impasses de Freud que resolverá Lacan mediante la sustitución de la causalidad natural por la causalidad del lenguaje. Para Lacan, la causa de la existencia de la barrera no es orgánica sino que responde a una dimensión heterogénea a la realidad biológica del ser humano. De ahí la importancia de destacar la significación de la dimensión simbólica como materia primera, insuficientemente esclarecida por Freud, circunstancia que ha favorecido la ajenidad a la palabra de los posfreudianos en su práctica. Fue mérito de Lacan haber tomado nota de la contradicción, y haber sacado de ello las consecuencias oportunas para seguir avanzando.

El muro, la barrera no es otra que la ley del lenguaje, la misma que encuentra Lévi- Strauss operando subyacentemente en los intercambios de bienes y las relaciones de parentesco. El lenguaje es también ley.

La oscilación entre una y otra vertiente de la palabra, entre palabra vacía y palabra plena, es señal de que la barrera fue efectivamente instaurada. Se ejecutó la ley, que es corte del vínculo incestuoso entre la madre y el hijo, un vínculo que carece del reconocimiento de las diferencias y en cuyo interior lógico el niño trata de ser el objeto del deseo del otro. Ese objeto es el falo imaginario, y la ley señala ese lugar como un agujero en lo simbólico; el significante fálico siempre es faltante.

De modo que la naturaleza del muro es simbólica. Cuando la palabra oscila en la vertiente vacía, analista y analizante se inclinan en la orientación imposible que trata de dar existencia al objeto de falo imaginario. Por el contrario, en la función de la palabra plena, el vínculo entre analista y analizante se orienta en la dirección de la desidentificación y de la no posesión del objeto fálico y del reconocimiento del significante de la falta en el Otro del lenguaje, de la falta de completud del Otro.

Al neurótico, de algún modo, la barrera le cayó mal; o se somete obediente a los límites impuestos, o se rebela contra ellos como si su misión en la vida consistiera en desmentir y cuestionar la existencia del límite. Esta es la experiencia clínica más inmediata.

Precisamente la realización del sujeto del título supone la tarea inevitable para todo s ujeto de volver a atravesar el muro que una vez nos detuvo. Porque resulta necesario distinguir entre el pudor, la vergüenza y la moral propia del neurótico y la necesidad de la realización de un sujeto que, eso sí, aceptando la sujeción a las condiciones del otro del lenguaje, es capaz de enunciar la verdad de su deseo con suficiente decisión, desvergüenza, impudor y crítica frente a una moral social cualquiera, que carga a las espaldas del sujeto hablante unos fardos injustamente pesados. .

Son dos momentos, un primer momento en que el perverso polimorfo de Freud es afectado por el muro, la barrera de la ley del lenguaje impuesta por el lenguaje mismo como agente de la prohibición, la barrera del incesto, y un momento posterior en el que el sujeto debe ahora traspasarla, habiendo aceptado el límite de la ley que prohíbe el vínculo incestuoso con el otro, pero asumiendo resueltamente la fuerza de empuje y de transgresión necesaria de su propio deseo.

NOTAS

(1) Curso 2008-2009.

(2) De la versión en español, J. Lacan, Escritos I . Madrid: siglo XXI, 1971. Pág. 236.

(3) Ídem . Pag. 245.

(4) El Dios de Lutero no ama al hombre por lo que espera recibir de él a cambio, no lo ama por su obediencia. El pecado original no se puede borrar, la naturaleza desgarrada no puede ser reparada. El amor de Dios, la gracia, pertenece a una dimensión distinta a la de las buenas obras.

(5) El subrayado es mío.

(6) Ídem . Pág. 254.

(7) En el esquema L, un poco posterior a este escrito, al yo (moi) le llegan dos vectores, uno procedente del a’ (otro minúscula) y otro del A (Otro mayúscula); del a (yo- moi ). no sale ningún vector.

(8) Ídem . Pág. 240.

(9) Ídem . Pág. 251. El subrayado es mío.

(10) En el esquema L, del A sale el vector hacia S (sujeto); en la experiencia, (S) dirige su palabra al destinatario analista (a’, otro minúscula correspondiente a la persona del analista) y recibe su respuesta de A, el inconsciente del entre-dos, tal como testimonian, por ejemplo, los casos de telepatía. Operamos en A y ello tiene efectos en S.

(11) Ídem . Pág. 238.

(12) S. Freud, «Tres ensayos de una teoría sexual » en: Obras completas, 7 . Buenos Aires: Amorrortu, págs. 160-161. El subrayado es mío.

Tomado de: http://www.aperturapsicoanalisis.com/madialectica.htm

Siempre será Shakespeare

Rodolfo Ceballos


Hace 400 años murió el dramaturgo, poeta y actor inglés William Shakespeare (1564-1616). Este genio de lo universal también supo escanear al ser particular con la razón teatral.Shakespeare es siempre Shakespeare, está después del Edipo de Sófocles, a posteriori de las “Confesiones” de San Agustín (otro narrador de la subjetividad de un niño), el dramaturgo es muy ulterior a que el griego y el latín lleguen a ser lenguas dominantes que produjeron al sujeto greco-latino solo para Occidente.

Su teatro es una herramienta para interpretar al mal que contamina, a veces, al placer, ética del bien para la subjetividad posmoderna. Hoy se suma salud más dinero más amor igual a felicidad. Él dramatizó estos temas como urgentes y los convirtió en drama o en comedia.

Y Shakespeare será siempre Shakespeare. El programa de lectura de Sigmund Freud lo consciente, toma a su teatro y prueba que la clínica del Edipo es el padre del Hamlet, la pieza más larga de Shakespeare, la más paroxista y de mejor mostración del inconsciente a cielo abierto.

Lacan, con la ventaja de que conoció lo canónico de Freud, también desemboca en el siempre será Shakespeare. Lee el Hamlet para acabar la cuestión del patriarcado, y el padre freudiano cae y cobra el nuevo estatus de síntoma. 

El monumento literario de Shakespeare condujo al psicoanálisis a lo interpretable de la condición humana, al deseo. Shakespeare sospechó que la libertad boga siempre atada al mástil del inconsciente que arroja sujetos al avatar. En sus dramas repite: “Somos juguetes del destino”.

El genio de la época de Isabel I de Inglaterra escribió: “La fortuna llega en algunos barcos que no son guiados”. Crea así la sospecha de que el sujeto desconoce adónde va la nave de su deseo. El psicoanálisis aborda el barco e identifica el rumbo. Siempre el psicoanálisis tendrá a Shakespeare.

Fuente: http://www.eltribuno.info/siempre-sera-shakespeare-n705105

Medicalización de la diferencia, el manejo del poder

“La pregunta es: ¿el niño tiene que ser como un adulto que se queda sentado ocho horas trabajando? ¿O el niño tiene que ser espontáneo, ruidoso, creativo, juguetón, molesto, impertinente? Un niño que ‘molesta’ al adulto en general es un niño saludable. Por otra parte, se lo normaliza, se lo vigila, se lo castiga dándole medicación, pero sin embargo este niño no aprende más que antes en la escuela. El niño solo deja de molestar.” Preguntas y respuestas como éstas desarrolla la autora en el libro que en estos días la editorial Paidós distribuye en librerías.


 Por Marisa Punta Rodulfo

Uno de los grandes temas que vengo puntualizando desde hace tiempo es lo que he denominado la medicalización de la infancia. No obstante, la medicalización de la vida cotidiana es algo que rebasa la clínica con niños y que se ha instalado como nuevo poder.
Existen diversos poderes que funcionan en la estructura de la sociedad; no es que “muerto el perro, se acabó la rabia”, según el dicho popular, o que una vez decapitado el Rey en la Revolución Francesa se acabó el poder de la monarquía. Robert Castel, en un estudio fundamental como es El orden psiquiátrico, al denunciar el papel que la psiquiatría viene a ocupar posteriormente –ser un nuevo orden que regula las estructuras de poder– dice:
“La intromisión del orden psiquiátrico en las prácticas sociales relativas a la locura aparece en el siglo XVIII y su objeto serán aquellos sujetos que no puedan adaptarse a la sociedad normal.” Desde entonces todo debe racionalizarse; generar discursos legitimadores (Castel, 1980).(1)
Más allá de las mejores intenciones y de los métodos científicos más rigurosos, el objetivo final es remodelar, racionalizar, rentabilizar económicamente, aumentar la eficacia y la moralidad. Encontramos algo predictivo en este texto de Castel de 1980, en relación a la psiquiatrización imperante en el momento actual. El orden psiquiátrico, además, no es solo cosa de psiquiatras, sino que nos afecta a todos aquellos que estamos trabajando en el campo de la salud mental y de la educación, a todos aquellos que no respetan la diferencia, a todos aquellos que no consideran la singularidad. El ser distinto es inmediatamente cualificado como signo de enfermedad; lo estamos patologizando, es sospechoso de enfermedad. Y todo esto sin que haya una interrogación previa por el papel de la familia, de la escuela, y del nuestro en tanto profesionales de la salud. De alguna manera reproducimos así la enfermedad, y eso se llama iatrogenia.
Lo que denomino medicalización o psicopatologización (Punta Rodulfo, 2002 y 2006b) son entonces, en nuestro caso específico, todas aquellas prácticas ligadas a la salud mental de los niños ejercidas por quienes, no respetando la diferencia, separan la diversidad, patologizándola: sea la familia, la escuela, los psicopedagogos, pediatras, psicólogos, neurólogos, biólogos, psiquiatras, etc.
Tomemos por ejemplo el caso del ADD/ADHD, el cual me preocupa y desvela, en razón de lo cual he producido tanto textos como documentos, dado que uno debe posicionarse cuando tiene una responsabilidad y una ética comprometida en la defensa de los Derechos de los Niños. Esta es una de las formas bien actuales y es un caso testigo de lo que Robert Castel denominara el orden psiquiátrico, del cual se han ocupado bastante los medios (no siempre con el fin de denunciar). Cuando un niño molesta en la escuela inmediatamente es clasificado y rotulado bajo esta nueva forma: el ADD. Entonces, el niño que supuestamente posee este síndrome, al cual se le adjudica un origen de características puramente biológicas (transcribo lo que es el discurso imperante), deberá ser separado (separado, vigilado y castigado, como dice Foucault) de acuerdo a distintas medidas profilácticas. La primera de ellas es la consulta inminente y sin mediación alguna, generalmente por pedido de la escuela, con el psiquiatra o con el neurólogo, quien habitualmente prescribe una medicación. Cabe aclarar que habitualmente se dan medicaciones no probadas en niños y en algunos casos sí probadas pero con efectos muy nocivos. La medicación que se indica generalmente es la Ritalina o Ritalin. No hay nada “mejor” que dar Ritalina a un niño para que este permanezca quieto. Es decir que se lo normaliza, porque un niño no es “quieto” por naturaleza, sino que es, por su ser niño, movedizo. Ahora bien, la pregunta es: ¿el niño tiene que ser como un adulto que se queda sentado ocho horas trabajando? ¿O el niño tiene que ser espontáneo, ruidoso, creativo, juguetón, molesto, impertinente? Un niño que “molesta” al adulto en general es un niño saludable. Por otra parte, se lo normaliza, se lo vigila, se lo castiga dándole medicación, pero sin embargo este niño no aprende más que antes en la escuela. El niño solo deja de molestar, y con ello se establece el “orden”, la “normalidad”. Nuevamente, al vigilar y castigar, el niño se incorpora, adaptándose a ese nuevo proceso, a los patrones que le marcan la cultura de su tiempo.
No olvidemos que la industria farmacéutica es casi tan importante como la de armas, por eso es necesario, a los efectos del mercado, que haya guerra y que haya enfermos. Lo que se propone cada vez más es extender el campo de la enfermedad al campo de la salud. Y es esto lo que denuncia Castel en El orden psiquiátrico. Cuando uno va a una escuela y de treinta y cinco niños veintiocho son sospechosos de ADD y quince ya están medicados, lo que pregunto es qué estamos haciendo con nuestros niños. Estamos vendiendo en salud, cada vez con más frecuencia, lo cual debe hacernos cuestionar en forma permanente nuestro quehacer, siendo que no se trata solamente de un problema de los psiquiatras y de los grandes laboratorios que han ido avanzando, sino que también compromete a nuestra práctica. ¿Qué quiere decir vender en salud? Rápidamente transformar –en este caso– a los niños en enfermos. Un niño que molesta es inmediatamente profesionalizado, como prefiero decir, ya que resulta más abarcativo que lo que marca Castel como psiquiatrizado, evitando así el pensamiento de que los únicos “malos” o los únicos que obran de esta manera son del campo psiquiátrico.
Cuántas veces por falta de formación –no hablemos por picardía o por conveniencia económica–, no pudiendo hacer un diagnóstico diferencial, algunos colegas pueden llegar a colaborar o a estar de acuerdo con la institución escolar, con la institución familiar, tomando en tratamiento a un niño que no lo necesita, sino que simplemente se encuentra atravesando situaciones vitales o haciendo síntoma de algo que pasa en la institución familiar o en la institución escolar.
Para tener una visión bien realista del tema he de puntualizar algunos materiales clínicos.
Llegó a la consulta Francisco, de 7 años, que desde los tres estaba siendo medicado con Ritalina porque “supuestamente” tenía ADD. Durante todo ese tiempo había ido al fonoaudiólogo, al psicopedagogo, al psicólogo cognitivo, al neurólogo, etc. Cuando lo conocí le dije: “Francisco, vos debés pensar: ‘Otra doctora más. ¿Qué me va a decir ahora?’. ¡Yo en tu lugar estaría harta! ¡Revolearía a todos los doctores y a todas las pastillas! Pero bueno, hoy estás acá y vamos a ver cómo te puedo ayudar”. Después de haber tenido varias reuniones con el niño y de tomarme el trabajo de investigar minuciosamente sus potencialidades intelectuales, su nivel de atención, concentración, etc., luego de ese período diagnóstico, consideré que si bien había que ayudar a Francisco, ya que presentaba una patología caracterizada por trastornos narcisistas (Rodulfo, 1995a), ese no era el momento de empezar una nueva psicoterapia. ¿Cuál fue la forma en que pensé que podía ayudar a Francisco en ese primer momento? Desmedicalizándolo. Así fue que me reuní con los padres y les dije:
“A Francisco le pasan cosas, pero en realidad no podemos saber quién es él ahora con sus 7 años. Está medicado, con psicoterapia, con fonoaudiólogo, con maestro particular, con su mamá controlándole los deberes todo el día, en una escuela ocho horas, con un papá que se pelea con mamá porque le dice que le está encima, con una mamá que le critica a papá que no se ocupa de Francisco.”
¡La situación era un caos! Lo que propuse entonces a la familia fue ir retirando, de forma cuidada, todos los tratamientos, dejarlo a Francisco tranquilo y esperar seis meses. Recién después de transcurrido ese tiempo, volver a verlo, justamente para poder, por primera vez, precisar qué niño tenía frente a mí, con qué niño me encontraba yo luego de haber retirado “el aparato médico/psicológico/psicopedagógico/escolar”.
Otro niño que llegó a la consulta para la misma época fue Matías, de 12 años. Estaba con psicopedagogo y psicomotricista por presentar problemas en la escolaridad: no podía aprender los contenidos esperados, tampoco prestaba atención, ni respondía, ni podía realizar pruebas. Estaba terminando su escuela primaria, con inminente paso a la escuela secundaria. Sus padres no sabían qué hacer con él. Lo recibí en la primera entrevista, después de un recorrido larguísimo por otros profesionales; al igual que Francisco, en ese momento sin intervención medicamentosa. El niño padecía una obesidad incipiente, se presentaba con su espalda encorvada, poco comunicativo. Después de un momento inicial poco productivo pudimos empezar juntos a realizar “juegos de palabras”. Matías se mostraba muy interesado tanto por el cine como por la literatura, al igual que yo.
Realizando un pequeño paréntesis introduzco una cuestión que considero importante y es que, tal como pensaba Freud, el psicoanalista es mucho más que un técnico; tiene que ser alguien profundamente comprometido con la cultura de su tiempo, ya que todo eso lo impregna de una manera muy particular. Si un púber de 12 años nos viene a hablar de sus intereses y nosotros no sabemos cuál es la música que escuchan los púberes o los adolescentes, no podemos acercarnos a él. Y si nos ponemos en contacto con estas cuestiones a posteriori, porque no tenemos la obligación de conocer todo, está el placer por que nos hagan descubrir otros horizontes, conocer otras cosas.
Volviendo a Matías, la forma de conectarme con él fue entonces a través de la literatura y del cine. Allí ese niño cambiaba: dejaba de ser ese “púber” con sus ojitos chiquitos, dejaba de moverse torpemente. Posteriormente le dije: “Matías, vos no parecés el que me cuentan que sos en la escuela. Decime una cosa, si yo te pongo un problema, como te ponen en la escuela, ¿vos lo podés resolver?”. Le solicité entonces que hiciera un dibujo y que narrara algo en torno al mismo, pero Matías no lo pudo hacer. Se quedó frente al papel mucho tiempo, todo lo que él pudo tolerar, sin poder lograrlo. Había un punto en que su conocimiento quedaba interceptado y dicho punto estaba relacionado con el proceso de conocimiento ligado al aprendizaje escolar. Fue así que le dije: “Matías, hay algo que vos no podés entender, hay algo que vos no podés aprender y que en vos hace mucho ruido y no te deja pensar”. Para no vinculárselo de una manera inaprensible para él en ese momento, esperé una o dos entrevistas más y le dije: “Contame un poco de tu familia”. Me empezó a contar de su mamá, de su papá. “Sé que tu papá tenía un hermano”, le dije, y me respondió: “Ah, sí, mi tío. Me puso muy triste eso, porque mi tío se mató hace unos años”. Le pregunté entonces: “¿Y cómo fue? ¿Qué sabés de eso? ¿Qué te contaron?”. Matías me dijo: “Mi tío coleccionaba armas, especialmente armas de fuego, y probando un arma que estaba cargada y él no sabía se le escapó un tiro y se mató”. A ello agregué: “Si querés, podés seguir preguntando a tus papás sobre esto”. No me correspondía a mí, no siendo ni su madre ni su padre, comunicarle algo de la historia familiar que había surgido de las entrevistas con los padres y que constituía un secreto familiar que, como tal, debía ser trabajado por el conjunto de la familia, con ayuda profesional en caso de ser necesario. Este tío paterno que Matías conocía era un tío que vivía en condiciones precarias y que jamás hubiera podido tener una colección de armas. Entonces, lo que se le negaba al niño era su propia percepción; se desdecía algo que él estaba viendo, y precisamente venimos sosteniendo en psicoanálisis que uno de los peores problemas para tramitar a nivel psíquico es la negación de una percepción; que se le diga a alguien: “No, eso que estás viendo no es de esa manera”. Entonces, rellenar los agujeros en la historia era el trabajo que uno tenía que hacer, tanto con Matías como con los padres. Se trataba de un trabajo de neoescritura, un trabajo de escritura de la subjetividad totalmente distinto al de levantar lo reprimido, por lo cual inferí que allí debía privilegiarse el trabajo con los padres. En razón de ello les dije: “Dejemos tranquilo en este momento a Matías y empecemos a trabajar con ustedes”, para, a partir de allí, poder pensar qué le obstaculizaba el conocimiento a Matías, el conocimiento de una verdad que hacía síntoma en el aprendizaje.
Ocupémonos ahora de Anthony Soprano (2) “sospechoso de ADD”. Los psicólogos escolares que lo ven y que hacen el diagnóstico solo encuentran cinco de los seis indicadores del supuesto síndrome de ADD. Por eso creo que esto es un “gag” del director de la serie, al cual le estoy agradecida por haberlo incluido, como también ocurrió en la serie Los Simpson, justamente en una forma muy polémica. Recordemos que en el DSM IV se diagnostica ADD cuando seis características se mantienen por lo menos durante seis meses. Esto ya es un serio disparate a la hora de hacer un diagnóstico. Pero lo que señala el director de Los Soprano avanza aún más: la parodia consiste en la sospecha de que Anthony Jr. tenía ADD, sospecha que se derivaba de sus manifestaciones de desobediencia escolar y malos tratos –golpeaba a sus compañeros y quería dominarlos–, mientras que, en realidad, nadie se podía plantear en esa escuela cuál era el entorno, qué es lo que estaba viviendo y viendo el joven en el contexto familiar, formando parte de una familia mafiosa.
Los anteriores materiales me llevan a plantear cuál es la postura que tenemos nosotros en tanto profesionales comprometidos en el campo de la salud en relación al niño que tenemos frente a nosotros. Lo que a mí me parece importante es poder desentrañar qué hay debajo de nuestra alfombra, en el inconsciente de nuestra teorización –en mi caso particular, el psicoanálisis–, qué es lo que sostenemos nosotros desde nuestra teoría en tanto ética y cómo la cuestionamos, porque, de no hacerlo, estaríamos en una situación muy grave, repercutiendo en la postura que tengamos frente al niño. En ese caso, no podemos ver al niño que tenemos frente a nosotros porque la teoría no nos lo permite. Entonces, si partimos de un niño enfermo, como lo postulara Melanie Klein en su momento, vamos a tratar de convalidar que todos los niños están enfermos, no pudiendo pensar que en verdad es la teoría la que está funcionando mal.
Cuando empecé a trabajar con clases sociales por debajo de la línea de pobreza introduje, en algunas situaciones diagnósticas, el Test de Bender. Los resultados no siempre coincidían con la clínica. Pero ¿quién es el que me interrogaba entonces? El niño que tenía frente a mí, dado que ni las entrevistas mantenidas con él ni las mantenidas con su familia permitían detectar indicadores de organicidad. Pero según los análisis establecidos para el Test de Bender se certificaban indicadores de organicidad.
En aquel momento escribí un primer trabajo (Punta Rodulfo, 1974) cuestionando estos aspectos en la implementación del Test de Bender. Lo que me planteo desde entonces es si el niño que se presenta frente a mí es poco estimulado y saludable o está afectado por procesos psicopatológicos con o sin organicidad. El dispositivo que armamos en esas villas de emergencia fue el de grupos de arte donde los niños de alrededor de 4 y 5 años pudieran trabajar con distintos materiales a través de todo un año, antes de su ingreso a la escuela primaria. El trabajar de esa manera con los niños, aunque la propuesta no siguiera el formato de grupos psicoterapéuticos, constituyó, por añadidura, un verdadero proceso terapéutico. Digo que hacemos terapia aunque no hagamos psicoterapia cuando tratamos de pensar al niño sano para que pueda, de esa manera, acompañándolo desde la salud, desplegar todas sus potencialidades. Posteriormente se hizo un seguimiento longitudinal con el grupo de trabajadores sociales y demás profesionales y nos encontramos con que luego de dos años había disminuido en forma significativa en dicho grupo el fracaso escolar.
Esa fue, sin saberlo, la primera pelea que tuve con la teoría, lo cual ha sido, hasta el día de hoy, una constante en mi carrera. Considero que en la vida uno debe seguir sus propias convicciones. Esto es lo que nos mantiene vivos. Es decir, debemos denunciar cuáles son las lógicas contenidas en las teorías, las lógicas que mueven a este determinado tipo de operaciones; cuál es el inconsciente de la teoría, no solamente de la de psiquiatría, de la neuropediatría, de la educación, de la familia, sino cuál es el inconsciente de la teoría psicoanalítica. Si pienso que la verdad absoluta está en el Test de Bender y no escucho a la mamá o no puedo ver al niño que tengo enfrente, es mejor que me vaya a mi casa porque no me estoy cuestionando nada. Entonces, está bien que cuestionemos el Bender, está bien que cuestionemos el DSM V. Este manual ya no es usado solamente por los psiquiatras, sino que nos obligan a usarlo a nosotros, psicólogos y psicoanalistas, en las instituciones en donde trabajamos. Es por ello fundamental que uno pueda interrogarse qué es lo que está haciendo y darse cuenta de que un diagnóstico no es una clasificación, sino algo que podemos cuestionar. Insisto: no solamente se trata de cuestionar a los otros colegas de Salud Mental, sino también a nosotros mismos. Los seres humanos somos muy sometidos; nos sometemos en general al poder del otro. Y el poder clasificatorio es un poder muy importante. No nos olvidemos, el “vigilar y castigar” no se reduce a los “otros”, sino que nosotros también somos vigilados y controlados desde las instituciones hegemónicas representantes del “poder central”. Existen, en todos los países, nuevas instituciones que manipulan la fuerza de trabajo de los jóvenes profesionales, y resistirse a esa forma de trabajo, en muchos casos, implica no tener trabajo. Es una forma de explotación y condicionamiento del trabajo, y no solamente del de los médicos, de los psiquiatras, de los neurólogos: el psicoanálisis allí tiene toda una batalla que debe llevar adelante, permanentemente. No estamos exentos de caer en la clasificación, la rotulación. Sin embargo, desde mi punto de vista, no debemos renunciar a trabajar bien y podemos hacerlo desde el psicoanálisis, aunque cada vez más la sociedad avanza hacia lo rápido, hacia lo supuestamente efectivo. En psicoterapia también puede efectivizarse un modelo “fast-food”, resultando en una “fast-psico”.
1. El destacado me pertenece.

2. Referencia a la serie televisiva Los Soprano.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-296407-2016-04-10.html

Cómo vive una madre con un hijo esquizofrénico

En estas dos historias no cabe el Dios aprieta pero no ahoga. No cabe en absoluto. El Dios aprieta pero no ahoga es una broma al lado de lo que tienen encimaMarisol, Elena y María José. Para ellas Dios aprieta, ahoga y aniquila. Les ha echado la soga al cuello pero bien. No afloja. Así de claro y así de crudo.

Marisol sobrevive a los dos metros y 130 kilos de esquizofrenia de su hijo Abraham, de 31 años, como puede; como le deja el chico. Ahí va. Elena y María José enfrentan a trompicones la psicopatía de su hermano Alfonso, carne de droga y de la mala vida desde muy joven, a quien temen hasta en el hospital. Abraham y Alfonso tienen que ingresar en un centro público acorde con sus necesidades. Lo han dicho dos jueces y un fiscal pero la Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas todavía no ha dado con la tecla.

El tiempo corre en contra de todos pero a ritmos distintos. En la trastienda de ambos casos resuena un eco de sobra conocido: la falta de plazas, un problema crónico que se repite gobierne quien gobierne.

Antes de lo de Abraham, Marisol tenía una vida. Antes de aquello -habla en pasado a pesar que el aquello es el esto de hoy y de mañana- salía con sus amigas, iba de compras y caminaba por la calle sin pensar en el reloj. Tampoco tenía un cerrojo en la puerta de su dormitorio. La enfermedad de Abraham lo dinamitó todo. Ya no queda nadie. Ni amigas ni calle ni compras ni la puerta de su habitación abierta.

«No puedo recibir en casa y mucho menos pasar tiempo fuera.Tampoco se me ocurre no poner el pestillo de mi dormitorio por la noche. Es lo primero que hago», se resigna. Este es el menor de sus males. Ojalá todo se redujera a eso. Ojalá.

Las amenazas son constantes en el día a día. Y algunas le hielan la sangre porque, un uno de sus brotes, cree que su hijo es capaz de cumplirla. «Me dice ‘un día voy a hacer un parricidio y no se queda nadie de pie’». Y entonces a Marisol se le para el corazón y se le encogen las carnes. Los empujones, los gritos y los golpes a los muebles de la casa los lleva mejor. Esa amenaza no. Nunca se acostumbra a ella.

Abraham no quiere tomarse la medicación. No reconoce su problema. El médico le pautó ocho pastillas diarias para domar la esquizofrenia que corre desbocada por su cuerpo desde hace nueve años. «Evidentemente no se las toma. Sólo le puedo dar una y engañándolo. Se la meto en la sopa a la hora de cenar o en un bocadillo pero no es tonto y enseguida lo nota. Dice que sabe mal», relata Marisol apresurada. Su tono de voz es un reflejo de su forma de vida.

Para hacer este reportaje ha salido a la calle con la excusa de que tenía que comprar porque Abraham le controla. Hay poco tiempo. Las frases se enlazan unas con otras con urgencia. Marisol está acelerada.

«Estoy para pegarme un tiro. Esto no es vida», reflexiona. Y se hace un silencio que suena a despedida. Después, retoma. La situación ha llegado a tal extremo que incluso ha intervenido un juez. Abraham tiene un 65% de discapacidad y un grado 2 de dependencia pero Abraham sigue en casa. Con ella. Fumando compulsivamente. Rompiendo los muebles. Amenazándole de muerte. Bebiendo café. Sin medicarse.

En julio de 2014 un juez ordenó el ingreso del joven en un centro. Entró en enero de 2015 «después de intentar suicidarse y de numerosas amenazas de muerte contra mí», apunta Marisol. Sólo estuvo allí tres meses. Se trata de un recinto dependiente de la Diputación de Alicante al que llegó derivado de una unidad hospitalaria de corta estancia. «No fue porque la Conselleria hubiera intervenido como es su obligación, fue por las circunstancias», recrimina.

Desde el Gobierno valenciano apuntan a que se trató la problemática y que Abraham recibió el alta médica pero a Marisol no le sirven estas explicaciones. «Mi hijo sigue con el mismo problema, estoy viendo cómo se consume, cómo es un peligro para él mismo y para mí y aquí nadie hace nada», explica.

Marisol rescata otro internamiento que tuvo Abraham en 2009. Lo rescata y se indigna. «Me dieron una ayuda para ingresarle pero después de tres meses el centro me pidió más de 2.000 euros al mes. Evidentemente ni con ayudas podía costear el tratamiento así que le tuve que dar de baja. Llevo pidiendo una plaza para él desde 2008 pero no me hacen caso». La ida y venida de ambulancias y guardias civiles a su casa de Torrevieja es una constante. «Vienen a menudo, ya nos conocen. A mí me sabe mal pero tengo que llamar cuando mi hijo se pone muy nervioso porque corremos peligro los dos y los agentes me comprenden y me animan a hacerlo». Lo que ocurre en las siguientes horas es el mismo bucle de siempre.

La ambulancia lleva a Abraham al hospital, le dan un pinchazo y lo devuelven a casa. Y con cada vuelta la misma historia porque Abraham es un enfermo de costumbres y de rutinas que apenas varía. «Se levanta a las seis de la mañana, el día que duerme, y se pone a fumar. Empalma un cigarro detrás de otro y se bebe una cafetera al día, a pesar de que no puede. A veces se queda dormido con el cigarro encendido». Abraham, destaca su madre, «duerme vestido y vomita por toda la casa, por donde quiere». Después, camina y fuma. Camina y fuma. También rompe muebles. Y las amenazas, siempre las mismas: «Me dice que se va a cortar las venas, que va a prenderle fuego a la casa y me tira sillas y me insulta». Y así día tras día.

UN CÓCTEL MOLOTOV LLAMADO ALFONSO

El juzgado y la Fiscalía ordenan su ingreso en un centro. Tiene diagnosticada una psicopatía
El historial médico de Alfonso es para echarse a llorar. Por él y por sus hermanas. Alfonso no es consciente o más bien no quiere serlo pero Elena y María José sí. Ellas sufren a Alfonso, su psicopatía, su casa llena de basura, sus insultos, su agresividad con los vecinos, su politoxicomanía. No pueden acercarse a él. Ni Alfonso quiere ni ellas tienen fuerzas para hacerlo. Tan difícil es Alfonso que en el hospital ya no quieren ingresarle. Le tratan en Urgencias. De ahí no pasa. Sería más fácil enumerar las enfermedades que no tiene que las que tiene. Como en el caso de Abraham, un juez ha ordenado su ingreso en un centro dependiente de la Generalitat. También la Fiscalía apoya la urgencia de ese internamiento. Los médicos le califican como «un gran dependiente». No puede valerse por sí mismo. «Mi hermano es un peligro para él y para el resto de personas. Es muy agresivo y se niega a recibir cualquier tipo de asistencia. Hemos peleado con él lo que no está escrito», relata Elena en su nombre y en el de su hermana María José. Las dos van a una en esto. Como siempre. Alfonso rompió el núcleo familiar hace muchos años cuando todavía siendo un crío se lanzó a una vida de excesos. Drogas y alcohol. También tráfico. Y en esas sigue. Nadie ha podido rescatarlo. A esto se suma una psicopatía diagnosticada por los médicos que preocupa mucho a sus hermanas. «Estamos viviendo un infierno. El otro día nos llamaron los vecinos porque ya no podían más. Mi hermana y yo estuvimos recogiendo de todo en su casa». La madre, cuenta Elena, nunca quiso ver lo que le pasaba a su hijo. «No hay peor ciego que el que no quiere ver», apunta. Por eso, estuvo con él hasta el final y eso hizo que Elena y María José se apartaran. Cuando su madre falleció, Alfonso se atrincheró en la casa, hizo de ella su fortaleza. La comunicación entre hermanos se cortó. Así estuvieron unos meses hasta que a finales del año pasado, llamaron a Elena para decirle que Alfonso estaba en coma. Se recuperó contra todo pronóstico. «Pensábamos que no pasaría porque el corazón sólo le funciona un 10%». Alfonso revivió y volvió a las andadas. «Llama a la ambulancia cada dos por tres y está yendo y viviendo al hospital constantemente. Cuando estuvo ingresado insultaba a las enfermeras, gritaba a los médicos y tenía una actitud horrorosa», recuerda. La situación era insostenible por eso Elena y María José fueron al juzgado. El pasado mes de febrero, tras revisar su caso, la juez ordenó el internamiento. La Fiscalía, según la documentación a la que ha tenido acceso este periódico, también se pronunció en el mismo sentido. «Todos se han portado estupendamente con nosotros», añade Elena. Pero Alfonso sigue en su casa. Desde la Conselleria explican que están al tanto, que el expediente se recibió el pasado 29 de marzo y que lo están tramitando. Aseguran que el ingreso se hará efectivo. Sin embargo, para Elena y María José cada día que pasa es mucho. «Somos su única familia pero nos da miedo acercarnos a él. Es una persona peligrosa que necesita tratamiento urgente», indican.
Fuente: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2016/04/24/571bb627468aeb95188b4634.html

La violencia, gran estigma de la esquizofrenia

CASTELLÓN, (EP). Un estudio realizado por estudiantes de la Universidad CEU-UCH apunta a la “errónea” vinculación entre la esquizofrenia y las conductas violentas que frecuentemente se atribuyen al paciente dual con esta enfermedad y trastorno por consumo de cocaína, según ha informado el centro universitario.

La investigación, que han llevado a cabo los estudiantes del Grado en Medicina en CastellónCarlos Pino y David Carceller, bajo la dirección del profesor y doctor Gonzalo Haro, ha sido presentado recientemente en las Jornadas Nacionales de Patología Dual. El estudio se ha realizado sobre un total de 42 sujetos del programa de Patología Dual Grave del Consorcio Hospitalario Provincial de Castellón, que dirige Haro, y de la Unidad de Conductas Adictivas de este mismo Hospital.

Así, se han comparado los resultados de sujetos que presentaban trastorno dual por consumo de cocaína y esquizofrenia con los de sujetos consumidores de cocaína con trastorno antisocial de la personalidad. Los resultados muestran que las puntuaciones en psicopatía, que estudios previos relacionan con un mayor grado de violencia, son similares entre los sujetos con esquizofrenia y los sujetos controles, consumidores de cocaína sin patología dual. Sin embargo, estos dos grupos, con puntuaciones similares entre sí, se diferencian de los sujetos con trastorno antisocial de la personalidad, que puntúan más alto en todas las variables estudiadas.

El estigma de la esquizofrenia

Los estudiantes de Medicina de la CEU-UCH Carlos Pino y David Carceller, autores del estudio, han “comprobado que las puntuaciones de los pacientes con esquizofrenia eran similares a las de los pacientes sin patología dual, y puntuaban muy por debajo de las de los pacientes con trastorno antisocial de la personalidad en todas las facetas y factores de la Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R) analizadas: las facetas interpersonal, afectiva, de estilo de vida, antisocial, interpersonal-afectiva y de desviación social”.

Por su parte, Gonzalo Haro ha destacado que “la violencia es el gran estigma de la esquizofrenia” y este estudio “confirma que es un error pensar que las personas con esquizofrenia son violentas”. “El trabajo de nuestros estudiantes demuestra que asociar a los pacientes con trastorno por consumo de cocaína y esquizofrenia con la violencia es un prejuicio que carece de fundamento, puesto que sus resultados son más comparables con los de pacientes que no presentan patología dual”, ha manifestado.

El estudio, titulado Evaluación de la psicopatía en dependientes de cocaína según presenten Esquizofrenia o Trastorno Antisocial de la personalidad, ha sido presentado en las Jornadas Nacionales de Patología Dual, celebradas en Madrid. Para el trabajo, los estudiantes han contado con financiación de la CEU-UCH, la Fundación Hospital Provincial de Castellón y la Red de Trastornos Adictivos.

Psicopatía y psicosis

Estos resultados preliminares pertenecen al proyecto ‘Entornos estratégicos de decisión, inhibición prepulso y biomarcadores de vulnerabilidad de comorbilidad psiquiátrica (psicopatía y psicosis) en una cohorte de consumidores de cocaína’, realizado en el Hospital Provincial de Castellón y la Universidad Jaume I y financiado por la Universidad CEU Cardenal Herrera y la Fundación de Investigación CV del Hospital Provincial de Castellón. Según Haro, “en este proyecto se emplean instrumentos de evaluación objetivos que evalúan el endofenotipo, como la inhibición prepulso, así como pruebas con importantes repercusiones sociales como las estrategias de decisión relacionadas con la teoría de juegos”.

Estas pruebas permitirán estudiar cómo se relacionan con la sociedad los pacientes con trastornos psicóticos y aquellos con trastorno antisocial de la personalidad. Paralelamente, también se estudian diferencias genéticas y de otros marcadores biológicos en dichos trastornos, con el objetivo futuro de poder desarrollar estrategias de prevención en consumidores de cocaína o incluso de futuros tratamientos farmacológicos de la esquizofrenia o de los pacientes con trastorno antisocial.

Fuente: http://valenciaplaza.com/viveros-acogera-el-23-y-24-de-abrilla-xxiii-edicion-de-la-feria-de-primavera