La tregua imposible

Por José Manuel Ramírez

Durante las guerras siempre o casi siempre se ha establecido una tregua en tiempos de Navidad. La Navidad, si bien no es una fecha significativa para todo el mundo, siempre, sobre todo cuando uno de los contendientes pertenecía a la religión católica, era el momento de establecer esa tregua.

Asimismo, este respeto jamás impidió que alguno de los lados de la guerra rompiera la tregua. Y es entendible, aunque no justificable, porque en las guerras siempre se ha tratado de sorprender al enemigo en un descanso o en una fiesta.

Y esto no es una consecuencia de la época actual, como si se pudiese suponer en ésta alguna degradación especial del ser humano. Desde tiempos inmemoriales, y esto no ha sido superado por lo que se llama irónicamente avance de la civilización, los hombres siempre han atacado y han dado muerte al otro cuando éste estaba distraído. Seguramente Abel estaba agachado juntando sus mieses cuando Caín le asesta su golpe mortal. La sorpresa siempre ha sido el momento elegido para el ataque, y si no existía de forma esperable, o natural, por así decir, se la inventaba como se hizo con el famoso Caballo de Troya.

En guerras reales, o en guerras imaginarias o incluso en guerras simbólicas, son necesarias las treguas. A veces ha habido treguas tan prolongadas que los hombres han creído en la existencia de la paz. Desde esta perspectiva, la llamada paz no deja de ser una mera tregua. Ahora bien ¿por qué el hombre ha tenido siempre esta necesidad compulsiva de eliminar al otro? O incluso de eliminarse, lo cual es más o menos lo mismo.

La pulsión de muerte fue el intento freudiano de responder a esa necesidad mortal del ser humano. En su obra “Más allá del Principio de Placer” desarrolla la hipótesis de una tendencia primigenia de destrucción, tanática, de separación, de disgregación, de retorno a lo inanimado del cual provenimos. Eros tiende contrariamente a la unión, ejercita la libido de una forma amalgamadora, que llamó pulsión de vida. La fina cornisa, el desfiladero peligroso, el filo hiriente entre ambas pulsiones es difícil o casi imposible de deshacer, porque es constituyente. La vida encierra las más de las veces una agresividad inevitable, tanto como la escisión o la disgregación son condición posibilitante de la vida. Como cadenas que se retuercen entre ellas, una sobre otra, se diferencian y se juntan sin cesar. Podríamos decir que su distinción no es más que un efecto simbólico de su análisis y/o estudio.

Siempre recuerdo a Jacques Lacan cuando al presentar por primera vez en 1953 sus tres dimensiones -de la existencia humana, dixit- simbólico, imaginario, y real, al hablar precisamente de la aporía freudiana de la pulsión de muerte, dice que “a juzgar por las violencias, de todo orden, de las que son capaces los seres humanos en la época actual, podemos imaginar de lo que habrán sido capaces los primeros hombres, y los que lo siguieron”.

No decimos esto para justificar cínicamente la violencia actual del ser humano, ni para decir que no hay solución a todas sus formas de violencia, ni se trata meramente de una distinta modulación según las épocas, o el desarrollo tecnológico alcanzado según el momento, sino para decir que a pesar de contar con el lenguaje y el poder de la palabra, el ser humano no los usa para entenderse, para responder o para conocer al otro que lo habita y lo constituye, o al otro a secas, sino para distanciarse, o mejor para permanecer incólume en su esfera, sin salir por ningún agujero ni dejar entrar tampoco. En esta Babel que vivimos hoy día, en esta confusión de las lenguas, el psicoanálisis viene a hacer un uso distinto de aquel lenguaje, de la palabra que nos distingue de los animales, un uso que contribuye a saber quién es el otro que somos. El psicoanálisis como páramo, es una tregua, siempre a declarar, ante la guerra permanente con el otro goce.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-52545-2015-12-24.html#arriba

Freud: rencor y reverencia

POR NICOLAS MAVRAKIS

 

Elisabeth Roudinesco y Michel Onfray.

En la foto: Elisabeth Roudinesco y Michel Onfray

Importa el carácter científico del psicoanálisis? ¿Sigmund Freud inventaba la sanación de sus pacientes o tomaba los elementos útiles para el desarrollo formal de un tratamiento? Y en privado, ¿cómo era? ¿Alguien abierto a las mentes brillantes de su generación o un megalómano que tuvo como amante a su propia cuñada? Entre las muchas ideas sobre el agotamiento y la resurrección del psicoanálisis –con la propia figura intelectual y personal de Freud en el medio–, hay al menos dos franceses a través de los cuales mejor parece haber cristalizado una larga batalla cuyos ecos vuelven a sonar. Por un lado, Michel Onfray, filósofo, autor de un extenso revisionismo del pensamiento occidental con el que, bajo una búsqueda hedonista y libertaria –términos que se leen con comillas incluso aunque no estén–, publicó en 2010 El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana , una de las biografías más poderosas contra Freud y la que mejor sirvió como corolario del previo Libro negro del psicoanálisis (2005), que reunía más de treinta ensayos contra el hombre que en 1902 recibió en la Universidad de Viena el título de Herr Professor. Del otro lado, la psicoanalista e historiadora Elisabeth Roudinesco –autora también de una de las más celebradas biografías de Jacques Lacan–, cuya flamante biografía Freud en su tiempo y en el nuestro recolecta buena parte de los dardos de lo que la propia Roudinesco llama el “panfleto de Michel Onfray” para apuntarlo contra esa moda del “Freud bashing” (o “palizas a Freud”) que considera fallida “después de haber hecho las delicias de cierta prensa escrita y audiovisual ávida de sensaciones freudianas”.

Acusada por Onfray de “hagiógrafa” y, a la vez, acusado por Roudinesco de “ignorante y delirante”, el tenor de la discusión ofrece lo más mundano del debate intelectual –en una versión que recrea por momentos las venalidades irreconciliables del “odiador” y la “groupie”–, mientras reaviva una pregunta algo más seria no sólo por el sentido contemporáneo del psicoanálisis sino por las maneras en que hoy se construye y se valida el conocimiento. La más elemental de las disputas, en tal caso, es sobre quién inventó el psicoanálisis. Para Onfray se trata de algo existente en la Grecia clásica, aunque “la historiografía dominante, y Freud el primero, silencian el caso de Antifonte de Atenas, que da la impresión de haber sido el inventor del psicoanálisis en el sentido contemporáneo del término”. Aunque admite que “de ese personaje se ignora casi todo”, Onfray afirma que en el ágora corintia del V aC. Antifonte “se comprometía a interpretar los sueños con el recurso de causalidades inmanentes” y que, consciente de que el alma gobernaba al cuerpo, llamaba a su disciplina logoterapia. Culpable de una “epistemología de la temeridad” mediante la que Herr Professor afirmaba conclusiones sin pruebas, el psicoanálisis no sería más que el producto de un Freud ocupado en organizar el “mito de la invención genial y solitaria”.

Roudinesco, en cambio, enfatiza por un lado el aporte de Josef Breuer –amigo de Freud hasta 1895– al método y a la creación del término psicoanálisis, “aunque Freud lo practicaba desde hacía ya seis años”, mientras se concentra en la obsesiva búsqueda freudiana de cientificidad para “explicar racionalmente los fenómenos irracionales”. Un encuadre bajo el cual Freud pertenecería a “la tradición de la Ilustración oscura” con la que, heredero de la tradición romántica, podía distanciarse “de la invocación del ideal de la ciencia”. Lo irreconciliable, sin embargo, se repite incluso en la dimensión privada alrededor de Minna Bernays, la cuñada con la que, según Onfray, el padre del psicoanálisis habría tenido un largo amorío que incluiría un aborto clandestino en 1923. Aunque “olvidando que en esa fecha ella tenía… 58 años”, responde Roudinesco, para quien además Freud “se había sentido varias veces molesto por ser visto junto a una mujer que no era la suya”.

Entre lo privado y lo público, el retrato conservador y machista de Freud sirve para ubicarlo contra la homosexualidad y contra sus propias discípulas. Del pene faltante de las mujeres al camino libidinal interrumpido del homosexual, escribe tajante Onfray, “Freud cartografía un mismo otro mundo, el de las aberraciones”. Frente a esto, Roudinesco admite que Freud podía ser tiránico en su casa, pero es Sabina Spielrein –la mujer entre Carl Jung y Freud cuya historia cuenta la película Un método peligroso (David Cronenberg)– quien le sirve para señalar el modo en que Herr Professor ayudó a signar “el final de cierta época del psicoanálisis” a partir del cual se abriría a mujeres como Tatiana Rosenthal, Eugénie Sokolnicka y Lou Andreas-Salomé, entre otras (respecto a la homosexualidad, dice Roudinesco, hacia 1924 Freud revisaría sus conceptos “adoptando como premisa una originaria bisexualidad del individuo humano”).

En el balance, la historia acerca de cómo La interpretación de los sueños se fechó en 1900 para inaugurar el siglo XX bajo el psicoanálisis todavía espera su contraparte definitiva: la historia del origen de los libros que, a principios del siglo XXI, buscaron su destronamiento. Pero hasta entonces, mientras unos reivindican a Freud como “el más grande pensador de su tiempo y el nuestro” y otros insisten en que “la doctrina freudiana incluye una lectura doctrinaria de su rechazo”, las luces y las sombras del psicoanálisis, orbitando poderes, debates y divanes, parecen lejos de haberse debilitado.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Freud-rencor-reverencia_0_1492650736.html

La problemática de la amistad en el Acompañamiento Terapéutico

Origen: La problemática de la amistad en el Acompañamiento Terapéutico

Autor: Gabriel Omar Pulice – Lic. en Psicología. Doctorando de la Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Área Temática: El problema de la transmisión y los límites del lenguaje en la clínica psicoanalítica. Investigador UBACyT. Proyecto: Diagnóstico diferencial en paciente consumidores de PBC. Profesor Regular de la material Clínica Psicoanalítica I, y Coord. Adj. de la Práctica Profesional Fundamentos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico (Cod. 800), Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Psicólogo del Departamento Libertad Asistida, Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia. Supervisor de los Equipos de Salud Mental del Municipio de Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, y de Cruz Roja Argentina, en esa filial. Coord. Docente y Supervisor del Posgrado Clínico en Psicoanálisis en Causa Clínica (Directora: Adriana Casaretto). Autor de los libros: Fundamentos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico (Letra Viva, 2011); Investigar la subjetividad (Letra Viva, 2007); De Sherlock Holmes, Peirce y Dupin, a la experiencia freudiana (Letra Viva, 2000); (Polemos, 1997 / Segunda edición corregida y aumentada, agotado); Acompañamiento Terapéutico (Xavier Bóveda, 1994 / Primera edición, agotado). Facebook: Gabriel O. Pulice. E-mail: gopulice@gmail.com

 

La primera versión del presente texto fue publicado por el autor en el libroAcompañamiento Terapéutico: aproximaciones a su conceptualización, Buenos  Aires,Xavier Bóveda, 1994. Posteriormente, en una nueva edición publicada también en Buenos Aires por Polemos, en 1997. La versión que se presenta aquí corresponde a la publicada en el libro Fundamentos clínicos del Acompañamiento Terapéutico, Buenos Aires, Letra Viva, 2011.

Nos introduciremos en este capítulo en uno de los puntos cruciales de nuestro recorrido, por tratarse de uno de los rasgos más frecuentes con los que suele configurarse —e incluso imaginarizarse— la función del acompañante terapéutico. Suele ser, además, uno de sus componentes decisivos, y no deja de estar íntimamente conectado con la problemática de la transferencia o, más específicamente, con la compleja posición del acompañante en el despliegue transferencial del sujeto en tratamiento.

Sabemos que en sus orígenes —al menos en la versión presentada por los discípulos del Dr. Eduardo Kalina— la alusión a la amistad, en términos de «Amigo Calificado»,precedió incluso a la actual denominación de Acompañante Terapéutico, dando cuenta ya este sólo hecho del inevitable abordaje del tema por cuestiones que hacen a la modalidad misma de su praxis, abriéndose desde entonces fuertes interrogantes sobre la pertinencia de tal asimilación entre el acompañamiento y la amistad, a partir de los obstáculos que pronto comenzaron a observarse como consecuencia de la sobredeterminación condicionada a priori por ese nombre inicial. Sobre ello, resulta interesante el testimonio de quienes participaron en esas experiencias:«El cambio de denominación no fue un hecho trivial. Implicó un cambio encuanto a la delimitación y los alcances del rol. Fundamentalmente, la nueva asignación surgió a partir de la experiencia clínica de las personas que comenzamos a trabajar en esta tarea. Cuando se empleaba la expresión «amigo calificado» se acentuaba, como es evidente, el componente amistoso del vínculo (…) La condición de«amigos» implica, desde el punto de vista del vínculo, simetría de sus participantes y, desde el punto de vista tempo-espacial, una frecuentación no delimitada de antemano y librada a los deseos de los participantes (…) Lo que en un principio se perfila como un componente que propende a facilitar el vínculo, se torna luego un elemento distorsionador del proceso terapéutico. Puede, incluso, conducir a la interrupción del mismo» [1]. La advertencia resulta oportuna, a condición de tener en cuenta que también el rechazo de ese componente amistoso esencial al vínculo entre el acompañante y el paciente puede igualmente conducir, de modo irremediable, al mismo e indeseable destino. ¿Cómo calibrar entonces su justa medida? Iniciaremos aquí un breve recorrido que nos posibilitará considerar, en primer lugar, una serie de cuestiones inherentes a la problemática de la amistad, para avanzar luego en su articulación específica con el trabajo clínico del acompañante terapéutico.

La amistad en Aristóteles.

Nos remitiremos, para comenzar, a uno de los trabajos más interesantes que hemos encontrado sobre el tema, un breve artículo de Pierre Aubenque publicado en mayo de 1990 en la revista El Murciélago [2] bajo el título: «Sobre la amistad en Aristóteles». El texto, que es una presentación ante el VIII Congreso de Filosofía de la Lengua Francesa (1956), pone de relieve ciertas paradojas sobre la amistad —reconocidas como tales por el propio Aristóteles, quien, como ya señalamos [3], le dedicó íntegramente a este tema dos de los diez libros que componen su Ética a Nicómaco—, paradojas cuya solución, a su entender, remiten a una reflexión más general sobre la antropología aristotélica: «No podemos dejar de pensar que Aristóteles conocía bien los desgarramientos de este género: la interrogación sobre el Bien, nos confía, se le hace difícil pues son amigos quienes han introducido la doctrina de las Ideas». La referencia se completa con la conocida proclama aristotélica alusiva a su confrontación, en el plano de sus concepciones filosóficas, con quien fuera su maestro y más estimado amigo, Platón: «Siéndonos los amigos y la verdad igualmente queridos, es nuestro deber sagrado dar preferencia a la verdad…». Vemos allí que todo el esfuerzo consagrado por Aristóteles a la elaboración y análisis del tema, está profundamente atravesado por el hecho de haber tropezado él mismo, en su propia vida personal, con la necesidad de establecer ciertos límites. Para una mejor intelección del contexto de ese episodio conviene detenernos, antes de seguir avanzando con el artículo de Aubenque, en la consideración de algunas coordenadas esenciales del pensamiento aristotélico.

Nacido en Estagira en el año 384 a. c., y habiendo sido Nicómaco, su padre, el médico personal del rey Amintas II —abuelo de Alejandro Magno— Aristóteles completó sus estudios a partir de los 18 años en la Academia de Platón, quien pronto lo invita a asociarse en sus labores docentes, siendo éste el punto de partida para el desarrollo de sus propias concepciones. Sobre ellas, es preciso situar que la filosofía práctica de Aristóteles —a diferencia de su filosofía teorética—, tiene por objeto la actividad del hombre orientada a la realización de valores morales, a la consecución del Bien específicamente humano. Los componentes esenciales de su «filosofía de las cosas humanas» son la Éticay la Política, entre las que hay para Aristóteles una unidad radical. «Esta unidad, además, es, para el pensamiento antiguo —señala Antonio Gómez Robledo en su introducción a laÉtica Nicomaquea—, mucho más íntima de lo que hoy postularíamos, inclusive en el caso de que no compartamos la idea del divorcio completo entre Ética y Política, defendido por Maquiavelo» [4]Para Aristóteles, por el contrario, no sólo es inconcebible esta separación, sino que, por el hecho mismo de ser el hombre un «animal político», no puede entendérsele, ni a él ni a su conducta, sino en el seno de la Polis, siendo ella parte de su estructura más íntima y en cuyo contexto, solamente, podrá el hombre realizar «… la perfección de su naturaleza específica».

A partir de Aristóteles —que fue quien la erigió en disciplina independiente— suele entenderse por Ética al capítulo de la filosofía orientado a la observación del valor de la conducta humana: «Sólo qué —nos advierte Robledo— la axiología de la conducta humana cubre en la ética antigua un territorio mucho más amplio que en la ética moderna…». Y esto se debe a que, en la mentalidad helénica, el concepto o categoría esencial a toda Ética, el concepto de virtud, aparece asimismo desplegado con mucha mayor amplitud. «Virtud(areté) quiere decir, para un griego, no sólo una perfección moral propiamente dicha, sino toda excelencia y perfección en general, que de algún modo es valiosa, y contribuye, por ende, a plasmar un tipo mejor de humanidad…». El ideal del hombre se sitúa de este modo como una mezcla indivisible de belleza y bondad, resultante de la puesta en juego de diversas cualidades éticas y estéticasfísicas y espirituales, las cuales veremos desgranadas por Aristóteles más que puntillosamente en cada uno de los libros que componen suÉtica a Nicómaco. En este contexto, y junto con algunas que pronto coincidiríamos en considerar como virtudes, Aristóteles sitúa otras que resulten quizás más curiosas para nuestro tiempo, como la buena conversación —a la que ya dedicamos algunas consideraciones [5]—, la magnificencia, y sobre todo la amistad. Sobre esta última, no es un dato menor que Aristóteles la sitúe en los dos últimos peldaños del camino a laFelicidad Y no es casual que la ubique así, cuando vemos que lo primero que dice en su tratamiento del tema, en el inicio mismo del libro VIII, es por demás elocuente:«… la amistad es una virtud o va acompañada de virtud y es, además, la cosa más necesaria en la vida. Sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviese todos los bienes restantes. Los ricos mismos, y las personas constituidas en mando y dignidad, parecen más que todos tener necesidad de amigos. ¿Cuál sería, en efecto, la utilidad de semejante prosperidad quitándole el hacer bien, lo cual principalmente y con mayor alabanza se emplea en los amigos? ¿O cómo se podría guardar y preservar dicho estado sin amigos? Porque cuanto mayor es, tanto es más inseguro. Pues en la pobreza también, y en las demás desventuras, todos piensan ser el único refugio los amigos. A los jóvenes asimismo son un auxilio los amigos para no errar; a los viejos para su cuidado y para suplir la deficiencia de su actividad, causada por la debilidad en que se encuentran; y a los que están en el vigor dela vida, para las bellas acciones: son dos que marchan juntos [6]y  que, por ende, son más poderosos para el pensamiento y la acción». Llegados hasta aquí —y luego de este aristotélico elogiode la amistad—, resulta oportuno, no obstante, retomar el trabajo de Pierre Aubenque, en donde podremos hallar una precisa puntuación de aquellos bordes en donde elbien y la virtud inmanentes a ella se muerden su propia cola…

Las paradojas de la amistad.

Como punto de partida, Aubenque pone de relieve el hecho de que si bien podríamos pensar que los conflictos de ese género «…no conciernen más que a amistades imperfectas, o basadas en algún malentendido…» —sobre lo cual podríamos poner como ejemplo lo que señalábamos al comienzo respecto de los inicios de nuestra práctica, bajo aquella primera y confusa denominación de Amigo Calificado—, en un análisis más profundo queda a la vista que esas contradicciones «…no están ausentes en la esenciamisma de la amistad». La primera de ellas podemos abordarla a partir de una tesis que Aristóteles retoma de Empédocles, según la cual «lo semejante ama lo semejante». De allí se desprende su caracterización de la amistad en términos de una «igualdad entre amigos». Esto, sin embargo, no quiere decir que entre amigos no puedan tolerarse desigualdades. ¿Cómo podrían tolerarse aquellas diferencias y desproporciones que se presentan en una relación de amistad? Según Aristóteles, debe haber en ese caso unacompensación, regulada por una «ley» que él enuncia de manera muy curiosa: «En todas las amistades donde interviene un elemento de superioridad, es según la ley de proporción que se hace necesario amar; por ejemplo: el mejor debe ser más amado de lo que él ama». Esto tiene sus límites, dado que si esa desigualdad es tal que no hay medida común entre ambos términos, entonces ya no habrá amistad posible. Es lo que sucedería en el vínculo entre cualquier hombre y un Dios. Más allá del interés o la polémica que se pueda plantear aquí respecto de las cuestiones religiosas, veremos la dificultad que se presenta al ponerse esto en conexión con el pivote central de la ética aristotélica, la cuestión del «bien».

¿Cuál sería, desde su concepción, el mayor bien que podríamos desear a nuestros amigos? Que se conviertan en dioses. Esto, sin embargo, nos precipita a una turbulenta zona de conflicto, puesto que en ese caso, y de acuerdo a la ley de proporción, de convertirse nuestros amigos en dioses, esa amistad ya no sería posible, teniéndose que optar de este modo entre el deseo, para nuestros amigos, del mayor bien, o la posibilidad de perderlos como tales. Como señala Aubenque, «…es el destino trágico de la amistad este desear para el amigo un bien mayor y más puro cuanto más grande es la amistad, que no subsiste empero “más que si el amigo permanece tal cual es”: ni Dios, ni sabio, simplemente hombre. La amistad tiende a apagarse en la trascendencia misma que ella desea: en el límite, la amistad perfecta se destruye a sí misma. La amistad humana encierra pues en su definición una imperfección en esencia». La misma «imperfección» —podríamos agregar— que encierra la noción de Bien y la Ética  que de ella se desprende, radicalmente opuesta a la naturaleza del sujeto deseante, tal como Freud lo desarrollara en El malestar en la cultura (1930), retomándolo luego Lacan en su seminario de 1959/60, sobre La Ética del Psicoanálisis, como señalábamos anteriormente.

Hay un texto de Italo Calvino, El vizconde demediado (1952), que ilustra de manera fantástica las paradojas y los límites propios del Bien, del amor al prójimo, de labondad  y otras cosas por el estilo. La situación que allí se plantea es francamente absurda, pero justamente por eso permite llevar al extremo la interrogación sobre todas esas cuestiones. Se trata de un gentilhombre, el Vizconde Medardo de Terralba, quien alistado en el ejército cristiano en una batalla librada en el Siglo VII contra los turcos, es alcanzado en el primer día de la contienda por una bala de cañón, con el increíble resultado de quedar partido exactamente en dos mitades; cada una de las cuales, en el desorden general de la refriega, logra sobrevivir autónomamente: los doctores militares salvan a Gramo —el malo— suturándolo a la mitad, regresando éste a Terralba, mientras que un grupo de ermitaños encuentra a Buono —el bueno— en medio de una pila de cuerpos y también lo curan y lo ayudan a recuperarse. Después de un largo peregrinaje, Buono también regresa a casa. Ahora hay dos vizcondes en Terralba. El primero vive en el castillo, mientras que Buonovive en el bosque. Una de esas mitades encarna desde entonces todas las«virtudes» deMedardo, todo lo bueno que habitaba en él; quedando concentrado en la otra mitad lo que habitualmente designamos como «las fuerzas del mal». El efecto cómico del texto reside en dejar al descubierto el modo en que ambos, en el límite de su acción, terminan produciendo lo contrario de lo esperado: a Pietrochiodo, el carpintero, le resulta mucho más lucrativo construir guillotinas para Gramo, que las intrincadas máquinas que le encarga Buono; destacándose como uno de los puntos más hilarantes del relato lo insoportable que resulta para quienes lo rodean éste que sin embargo representa al Bien en su máxima pureza… Todas sus acciones se ordenan en la búsqueda del Bien, en donde se descubre el completo dominio del evangélico mandato de amor al prójimo. Lo que termina resultando de ello, sin embargo, a casi nadie le cae muy bien… El tema, por supuesto, amerita un desarrollo mucho más profundo, que deberemos dejar para otra oportunidad. No obstante, basta un ejemplo para ilustrar el malestar que se presenta cuando se transgreden ciertos límites, aún en nombre de las mejores intenciones: cuando nuestro equipo fue convocado a organizar el acompañamiento terapéutico de Vicente, quién nos llama fue precisamente uno de sus amigos, en una situación de evidente desborde. Hacía quince días que había ocurrido la tragedia de Cromañón, y desde ese momento se habían turnado con otro amigo para acompañarlo, dado que el paciente no estaba en condiciones de quedarse solo especialmente a la noche, y ellos coincidían con él en su rechazo de toda posibilidad de internación. Entonces organizaron entre estos dos amigos una suerte de internación domiciliaria, que de verdad tenían por Vicente un afecto profundo. Estuvieron los tres, esos quince días, casi sin dormir. Las pesadillas nocturnas hacían que Vicente se despertara a cada rato en medio de gritos de horror, llorando sin parar durante largos minutos, extendiéndose luego las charlas por varios minutos más hasta que lograba volverse a dormir, con suerte, por un par de horas. Y si bien sus amigos se alternaban en este acompañamiento día a día, luego no les alcanzaban esas 24 horas que tenían para recuperarse. Al cabo de 15 días, no daban más…!!! Se dieron cuenta de que la situación se les había tornado insoportable, desde hacía varios días atrás habían comenzado a tener inéditas discusiones entre ellos por los horarios, experimentando un sentimiento de malestar y rechazo haciaVicente que jamás hubieran imaginado. Como reza el dicho popular: «de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno», y ésta no fue la excepción.

Prosigamos pues el recorrido propuesto por Pierre Aubenque, quien avanzando en su puntuación pone de relieve nuevas paradojas de la amistad asimismo inquietantes: ¿existen otras amistades, más allá de las propiamente humanas? Los siguientes párrafos del artículo están dedicados a despejar este interrogante, que lleva al autor a considerar —en un breve recorrido— la problemática de la amistad respecto de los animales, los esclavos, el sabio, y nuevamente Dios. Lugares, hay que decir, que —infortunadamente— no son para nada ajenos a los que suele transitar, en algunos momentos de su labor, el acompañante terapéutico: a veces lisonjeado como unSabio o un Dios, a veces convocado al lugar de un esclavo. No nos detendremos aún en ello, más que para introducir las siguientes observaciones que atañen a nuestro recorrido. La primera, tiene que ver con una dimensión especular o imaginaria de la amistad, que nos remite a ciertos temas que ya hemos tenido ocasión de comenzar a desarrollar en las clases anteriores, y que podemos conectar con aquello que Freud conceptualiza en torno de la identificación [7]. En este punto, la amistad cobra en la concepción aristotélica —según Aubenque— una función esencial para la configuración, por parte del sujeto, de su propia imagen, y la cognición de sí mismo:«la condición humana es tal que el conocimiento de sí es ilusorio, y se convierte en autocomplacencia, si no pasa por la mediación del otro». Siguiendo a Aristóteles, «No podemos contemplarnos a partir de nosotros mismos… al igual que, si queremos contemplar nuestro rostro, lo hacemos mirándonos en un espejo, cuando queremos conocernos nos miramos en un amigo. Pues el amigo es otro yo mismo». Se sigue de ello que «Dios no necesita amigos, pero sí el hombre semejante a él…». No los necesita Dios,en la medida en que nada hay mejor que él mismo, y por lo tanto nada hay más allá de sí mismo que pudiera interesarle contemplar: Dios es para sí mismo elBien, y en él la intención y el acto están signados por su recíproca inmediatez, nada se interpone entre ellos. El hombre, por el contrario, en su vida moral, en su conocimiento, en su trabajo, en su búsqueda del Bien, necesita de medios que le permitan realizar sus propósitos: «Así, —concluye Aubenque— es necesario que el hombre tenga amigos, ya que no puede conocerse y realizar su propio bien sino “a través de su otro yo mismo”. En este sentido, la amistad no es más que un mal sustituto de la autarquía divina, como la reflexión no es más que un sustituto de la autocontemplación, y la virtud no es más que un sustituto de una sabiduría más que humana». No obstante, a pesar de la desvalorización que parecería desprenderse de esta concepción aristotélica sobre las cosas humanas —y entre ellas la amistad—, se debe señalar que Aristóteles, al mismo tiempo, ubica al hombre como «…el agente privilegiado de esta inmensa sustitución por la cual el hombre imita y acaba lo que la Naturaleza o Dios han querido, pero no han acabado…». En ese contexto, «…la amistad también prolonga, a nivel del hombre, las intenciones divinas: sustituyendo a la contingencia del encuentro por la inteligibilidad de la elección reflexiva, introduce en el mundo sublunar algo de esa unidad que Dios no pudo hacer descender hacia él…». Vemos cómo, sin proponérnoslo, nos hallamos de pronto frente a la problemática de la castración. De acuerdo a la conceptualización de Aristóteles, el hombre, estructuralmente«incompleto», requeriría en el camino de la felicidad de la mediación del otro, delsemejante, el otro con minúsculas de la terminología lacaniana. Allí, la amistad encuentra un lugar privilegiado: «…la amistad es una asociación, y lo que el hombre es para sí mismo, esto es también para su amigo (…) en lo que a nosotros concierne, la conciencia de nuestro existir nos es amable, y también, por tanto, del amigo; y como esta conciencia se traduce en acto en la vida común, de aquí que con razón los amigos tiendan a ella. Y lo que la existencia significa para cada hombre en particular o aquello por lo cual apetecen vivir, en esto quieren pasar su tiempo con los amigos; por lo cual unos se reúnen para beber, otros para jugar a los dados, otros para el deporte, o para ir juntos de caza, o para filosofar en compañía(…) Y así, como puede verse, se hacen progresivamente mejores por el ejercicio de los actos amistosos y la corrección recíproca, y se modelan tomando unos de otros las cualidades en que se complacen…». Lo destacado en negritas de este último párrafo, con el que Aristóteles cierra sus dos libros sobre la amistad, nos permite tender el puente para retornar a lo específico de nuestra práctica, para poder ubicar ahora, luego de esta breve puntuación, algunas cuestiones esenciales para orientar las intervenciones del acompañante ante la emergencia de esta problemática.   

La amistad como problemática clínica en el AcompañamientoTerapéutico.

Como decíamos al comienzo de este capítulo, previo a todo debate sobre el tema debemos señalar un hecho irrecusable: en su trabajo clínico, el acompañante terapéutico se ve llevado, con suma frecuencia, a una modalidad de vínculo que se plantea en un plano de«amistad» —pronto veremos por qué ponemos la palabra«amistad» entre comillas—; incluso, podemos decir que suele ser el paciente mismo, casi sin ambigüedades, quien a menudo tiende a ubicar al acompañante en ese lugar. Esto es algo de lo más habitual, y se desprende, en primer término, de la asidua circunstancia de ser tan numerosas las horas de trabajo dedicadas por el acompañante a un mismo sujeto, que en el caso extremo de las internaciones domiciliarias o institucionales pueden ser 5, 6 y hasta 8 horas diarias o más —aunque esto último no sea muy recomendable—, varias veces por semana. Si se suman a ello las características peculiares de las actividades que se suelen realizar en ese ámbito —charlas, paseos, caminatas, juegos, incluyendo salidas recreativas tales como ir al cine, a un bar, etc.—, es decir, si consideramos el hecho de compartir con frecuencia y durante tantas horas actividades de esas características, vemos cómo se configura casi inevitablemente el escenario propicio para que se generen, por parte del paciente, tales sentimientos. No podemos pasar por alto el hecho de que una de las funciones esenciales de la amistad es justamente la de erigirse en la puerta de entrada del sujeto al mundo de las relaciones afectivas más allá de las relaciones primarias: en otras palabras, aquello que le permite la puesta en juego de su deseo en su conexión con el semejante por fuera del entorno familiar. No es difícil captar las consecuencias alienantes que se presentan cuando esta función no ha tenido ocasión de desplegarse, o se desarrolla de manera deficitaria. Ahora bien, habida cuenta de ello, se hace entonces preciso discriminar allí aquellos aspectos en que puede constituirse en un obstáculo para que la intervención del acompañante resulte eficaz, de otros que hacen que ese componente amistoso del vínculo favorezca el trabajo a realizarse en ese espacio, haciéndose incluso indispensable para su propia configuración.

¿Cuáles son esos aspectos favorables? Habría que aclarar, en primer término, que el acompañante terapéutico va a ubicarse necesariamente en un lugar distinto al del terapeuta o el psicoanalista. Esto es un punto importante para subrayar. No sólo por el tipo de actividades, el tipo de consignas que se establecen generalmente comoobjetivos de su intervención, sino porque una de las claves de su eficacia consiste en que el acompañante terapéutico pueda ofrecerse prevalentemente como semejante, a diferencia de la disparidad esencial a la función del analista. ¿Por qué sería esta una de las claves para la eficacia de su intervención? Simplemente, porque eseacercamiento abre las puertas a la depositación, por parte del sujeto, de unaconfianza en el otro que a menudo resulta decisiva para que él pueda dar algún paso hacia el reordenamiento del universo de sus representaciones en sus relaciones con el Otro. Por supuesto, esto habitualmente tiene lugar cuando es correlativo de un cambio de posición subjetiva jugado a otro nivel de su tratamiento.

Sobre ese lugar del semejante, podemos pensar algunas cosas más en su conexión con la problemática de la amistad. Veíamos en el texto de Aristóteles que ella «…se caracteriza como una igualdad entre amigos», siendo posible admitir en todo vínculo, sin embargo, alguna asimetría, sin que eso vaya en desmedro de su componente amistoso… En ese caso, siguiendo a Aristóteles, debe haber alguna compensación, regulada según la ley de proporción. No obstante, es preciso recordar los límites que él nos advierte: «…si la superioridad de uno de los dos términos es tal que no hay medida común entre ellos, ya no habrá amistad posible». En este punto, lo que queremos subrayar es que en tanto el acompañante terapéutico se aleje demasiado de ese lugar de semejanza, se correría el riesgo de perder  la posibilidad de instituir con el paciente —tomando las palabras de ese texto— «…algún tipo de medida común». Podría suceder, en consecuencia, que se disloque la construcción del vínculo, haciéndose muy difícil la progresión del trabajo clínico. Incluso, hasta puede suceder que en ocasiones el acompañante se erija en un objeto persecutorio, o que se generen por parte del paciente reacciones de hostilidad hacia él. Supongamos que, como en el caso de Juan —que desarrollaremos en el próximo capítulo—, el paciente busque un acercamiento afectivo ya sea a través de bromas, juegos, un abrazo, etc., y que el acompañante, como única respuesta a esta demanda, tome distancia de él y lo rechace sistemáticamente, señalando cada vez «que no se confunda, que él no es su amigo»… Difícilmentese llegaría a establecer algún vínculo favorable con respuestas así. O, llevado al extremo, si el acompañante terapéutico se pusiera en el lugar de laatención flotante, o del muerto —tal como Lacan lo plantea en su analogía con el lugar del analista, en el juego del Bridge—, imagínense, en una relación de 6 u 8 horas continuas, lo que resultaría si se respondiera todo el tiempo a alguien con silencios, o preguntándole qué se le ocurre, o pidiéndole asociaciones con cada cosa que dice… Cuando esto sucede, se ve en la práctica que se genera un clima de gran hostilidad, porque aunque seaimaginariamente, lo que el paciente busca, en primer término, es una cierta relación de semejanza, algún espejo que le permita comenzar a verse, al menos, un poquito mejor…

Lo importante a considerar aquí es desde qué posición responde el acompañante a esos requerimientos. En la entrevista a Roland Broca —que incluimos como parte de la  bibliografía [8]—, hay un interesante pasaje en el que él toma posición respecto del trabajo con pacientes psicóticos, en sintonía con lo que venimos señalando: «…Una de las primeras lecciones en el abordaje de las psicosis fue la idea de que había que tener un respeto humano comparable al que uno puede tener hacia un amigo, que uno puede dirigirse al psicótico con la misma espontaneidad, con las mismas palabras con las que uno se dirige a alguien familiar. Aunque parezca evidente, esto de tratar a los locos como seres humanos, como semejantes, es a mi parecer lo más difícil y lo más complicado del abordaje de las psicosis, es decir, no considerar al otro como objeto». Hay varios puntos interesantes en este breve fragmento de la entrevista, pero lo que importa destacar aquí es cómo el hecho de ubicarse como semejante, en un lugar de cierta «espontaneidad»y«familiaridad» —vamos a llamarlo así también entre comillas—, abre la posibilidad de establecer un vínculo cualitativamente distinto. Aquí Broca está hablando específicamente de las psicosis, pero lo que dice no sólo tiene validez para el tratamiento de pacientes psicóticos, sino que puede hacerse extensivo también a todos aquellos sujetos cuyo tratamiento —más allá del diagnóstico— requiere en algún momento la intervención de otros recursos complementarios al análisis o la psicoterapia, que posibiliten el reencauzamiento de su posición subjetiva. En otras palabras, lo que él plantea apunta a evitar la poco feliz estrategia de ubicar al paciente como objeto de tratamiento, en una apuesta que, por el contrario, intenta sostenerlo en su condición de sujeto deseante. Nos preguntaba un alumno, en uno de nuestros seminarios: —¿La función del acompañante terapéutico consistiría entonces en un «dejarse ubicar»?  Efectivamente, de algún modo, esto es lo que vamos describiendo: sería preciso oscilar entre, por un lado, este dejarse ubicar en un plano de amistad —haciendo la aclaración de que aunque no podríamos decir que el acompañante será siempresituado como un amigo, sí por lo menos debemos dar la posibilidad de trabajar sobre ello cuando el vínculo sea así planteado por el paciente—; y, por otro lado, es necesario que el acompañante tenga en claro sus límites, en tanto que su posición está enmarcada en una estrategia… El encuadre del dispositivo en el que se incluye su intervención pasa a ser, de este modo, ese elemento regulador comparable —en cierto sentido— con la ley de proporción que formulaba Aristóteles.

Conviene aquí detenernos para hacer una nueva aclaración, relativa a una pregunta que suele presentarse a propósito de este «dejarse ubicar», u «ofrecerse» a ese vínculo amistoso, desde un lugar de semejanza o amistad. ¿Se trata de un engaño, o de propiciar una suerte de ilusión, que justifica que sólo podamos considerar ese afecto emergente del vínculo, del lado del sujeto, tan sólo como una amistad «entre comillas»? Nos parece interesante la comparación que proponía otro de nuestros alumnos, introduciendo el interrogante acerca de si el amor de transferencia es ilusorio o es genuino. Hay que decir, en primer término, que Freud jamás consideró al amor de transferencia como algo meramente ilusorio. De la misma manera, podemos preguntarnos si el amor que siente el niño por su objeto transicional es meramente ilusorio: basta con intentar quitárselo cuando está por irse a dormir con él, por la noche, para comprobar la real naturaleza del lazo que lo une a ese objeto. Hay que entender que, de algún modo, los pacientes con los que solemos trabajar en acompañamiento terapéutico son como niños que vienen de romper o perder a todos sus ositos —y en algunos casos, incluso, nunca los tuvieron—, y una de las claves en la dirección de la cura es averiguar cuál es la trama oculta de esa escena, que lo precipita a la pérdida de sus vínculos afectivos, o aborta toda posibilidad de establecerlos. Está claro que, en ese camino, no es conveniente que los acompañantes también se rompan. Por eso insistimos en que sus intervenciones deben ajustarse siempre a una estrategia, en el marco de un dispositivo suficientemente continente.

Nos queda por situar, por último, como otro de los aspectos positivos del establecimiento de un vínculo de características amistosas, el efecto de «bálsamo»— llamémosle así—, que produce muchas veces la presencia de un semejante, de alguien que pueda brindarse simplemente al diálogo, a estar allí presente en un momento en que el sujeto se encuentra desbordado por la ansiedad, la angustia, u otros modos de expresión de sus crisis. Comprobamos con frecuencia cómo esta sola presencia genera una substancial sensación de alivio, permitiendo que ese malestar  que acosa al paciente en tales momentos pueda tener, por la vía de la palabra, alguna tramitación. En las próximos capítulos vamos a volver sobre esta cuestión de lapresencia del semejante en relación a su operatividad frente a ese exceso de padecimiento psíquico que retorna compulsivamente sobre el sujeto —y los fenómenos clínicos que ello motoriza—, eso que desde Lacan podríamos situar en términos de goce. Y cómo la presencia del acompañante terapéutico puede facilitar su acotamiento.

Veamos ahora cuáles son los aspectos, en la problemática de la amistad, que pueden instalarse como obstáculos para un acompañamiento. Podemos mencionar, en principio, que en el caso de que el profesional se sitúe o responda desde el lugar de un amigo, es decir, que no solamente sostenga esta relación de semejanza posibilitando el establecimiento de estas características amistosas en el vínculo, sino que además él mismo —parafraseando a Lacan— «responda a esta amistad con amistad», inevitablemente esto va a tener como consecuencia que se borren ciertos límites indispensables para operar de manera eficaz desde su función específica. Podemos tomar como ejemplos paradigmáticos dos elementos esenciales al encuadre, como son el establecimiento de los horarios o el manejo del dinero. Cuando se genera alguna confusión de esta naturaleza y en nombre de esa«amistad», ante alguna demanda del paciente destinada a hacerlo cómplice en alianzas contrarias al trabajo terapéutico, el acompañante se ve envuelto en alguna trasgresión al encuadre —quedándose más tiempo del pautado sin que haya un motivo que lo justifique, o prestándole dinero, etc.—, las consecuencias suelen ser nefastas. Porque por mínima que sea esa trasgresión, su ocultamiento introduce invariablemente un malestar en el propio seno del dispositivo, abriendo una brecha entre el desprevenido acompañante y el resto del equipo interviniente que, más tarde o más temprano,terminará produciendo cortocircuitos.

A esto hay que agregar, por otra parte, que el borramiento de toda diferencia, de toda asimetría entre el acompañante y el sujeto, suele generar el terreno propicio para que ese vínculo desemboque en una relación de rivalidad luego difícilmente manejable. Podría expresarse en estos términos: «Si somos amigos —podría argumentar el paciente—¿porqué tendría yo que aceptar o dar lugar a tu palabra, a tus consignas, a tus horarios? Si somos iguales, ¿porqué quedar yo en ese lugar de subordinación respecto de ti…?». Digamos que si el acompañante terapéutico queda capturado en ese vínculo de amistad, si se cristaliza en este lugar de amigo en que puede tender a ubicarlo el paciente e interviene desde allí, va a enfrentarse sin dudas con las mismas paradojas que Aubenque —siguiendo a Aristóteles— plantea como intrínsecas a la amistad, las que lo llevarán a su vez a confrontarse con cuestiones éticas tales como las que fuimos describiendo, pero fundamentalmente con una encerrona técnica de la que le será muy difícil librarse. En última instancia, se llegaría a toda una suerte de conflictos de deberes que pronto alejarían al acompañante de su función, neutralizando su operatividad y eficacia clínica. Por eso es fundamental que esté advertido de estas maniobras que el sujeto muy probablemente intentará realizar —por lo general, de manera inconciente— tendientes al resquebrajamiento del dispositivo: no se trata de otra cosa que de su propia compulsión de repetición al servicio de la pulsión de muerte. Frente a ello, la única respuesta que lo pondrá a salvo será remitir toda demanda extraña o inquietante, al lugar adecuado… Es decir, al terapeuta, al analista, o a la instancia del tratamiento desde donde se pueda hacer alguna lectura más precisa de lo que allí pueda estar en juego a nivel de la problemática subjetiva de cada paciente, que permita una intervención apropiada, por encima de toda rivalidad especular. Algunas veces se dirá que sí, otras se dirá que no, pero lo importante es cómo se inscribe esa respuesta en la lógica singular de cada caso, cómo se inscribe esa demanda en la dirección de la cura.

Por último, quedaría por puntualizar que más allá de las maniobras que puedan ponerse en juego atendiendo tanto a lo que hace a la amistad como obstáculo, como a sus aspectos favorecedores del vínculo, no se trata de introducir jamás, bajo la máscara de la amistad, a un agente —el acompañante terapéutico— que estaría destinado a ser soporte de unModelo de Salud Mental, ni que deba ofrecerse a esta relación de semejanza para brindarse solapadamente como una imagen ideal a la que el sujeto deba identificarse para alcanzar la curación. La eficacia de sus intervenciones difícilmente residirá allí. Por el contrario, asumir una posición semejante, solidaria de un Saber acerca de cuál sería elModelo de Salud Mental a alcanzar por todo paciente, no sólo ubicaría al acompañante inadecuadamente del lado del Sabio o de Dios —remitiéndonos nuevamente al texto de Aristóteles—, sino que dejaría poco espacio para la palabra u otras manifestaciones del sujeto, propiciando el acallamiento de esa verdad subjetiva que está a la base de su padecimiento psíquico.

 

NOTAS:

[1] Kuras de Mauer, S.; Resnizky, S.; Acompañantes Terapéuticos. Actualización teórico-clínica, Buenos Aires, Letra Viva, 2003.

[2] AAVV; El Murciélago, Buenos Aires, Anáfora Editora, 1990.Director: Germán García.

[3] Ver Pulice, G., Fundamentos clínicos del Acompañamiento Terapéutico, Buenos Aires, Letra Viva, 2011. Capítulo 3, La función del acompañante terapéutico y su inclusión en la estrategia de un tratamiento.

[4] Aristóteles; Ética Nicomaquea, México, Editorial Porrua,1992.

[5] Pulice, G., ibid..

[6] Referencia a La Ilíada.

[7] Pulice, G., ibid.

[8] Broca, R.; Entrevista por Daniel Geller; en Revista Psicoanálisis y el Hospital, año 2, n° 4, Buenos Aires, 1994. El Dr. Roland Broca, discípulo y analizante de Jacques Lacan, es Director del Centre Jacques Lacan, en el Hospital de Prémontré, Francia.

Cuando Freud atendió en un día a Gustav Mahler

Tomado de: salidadeemergencia.mx

Desde su más tierna infancia, la amenaza de la muerte marcó profundamente a Gustav Mahler; fue testigo presencial de la muerte de seis de sus hermanos y el suicidio de otro de ellos.

Mahler vivió las dos primeras décadas de su vida en medio de una sucesión de duelos interminables de entre los cuales el que más llegó a afectarle fue el que siguió a la muerte de su hermano Ernst, el más próximo a él en edad, un acontecimiento que le afectó profundamente y le inspiró en su labor de composición musical hasta el extremo de llegar a impregnar la temática de muchas de sus obras.Además Gustav tenía que vivir con carácter violento y dictatorial de su padre que con su comportamiento  marcó de dolor la vida de su resignada esposa y de todos y cada uno de sus hijos.

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A comienzos del verano de 1907, cuando Mahler estaba a punto de cumplir cuarenta y siete años, como consecuencia de una difteria complicada y tras una desesperada traqueotomía de urgencia,la pequeña María (a quien todos llamaban Putzi), hija de Gustav Mahler y Alma Schindler, falleció cuando estaba a punto de cumplir sus primeros cinco años  de vida.

De nuevo la muerte de los niños (primero sus hermanos y ahora su propia hija):

“… en vida de las niñas me costaba tolerar y entender el interés de Gustav por esos lieder. Mientras nuestras dos hijas correteaban por el jardín y gritaban de alegría a mi me embargaba una sensación de horror al ver como su padre era capaz de cantar a la muerte de los niños”

Desde hacía años. el matrimonio Mahler atravesaba una seria crisis de convivencia que se vio sensiblemente agravada con la muerte de su hija. Además se le diagnóstico una enfermedad cardiaca a Mahler y le siguió un aborto de Alma(su esposa).

Por si fuera poco Gustav Mahler descubrió una infidelidad de Alma mediante una carta del arquitecto Walter Gropius en la que detallaba los momentos de intimidad vividos con su esposa. Se trataba de una carta que por “error” llevaba como destinatario al señor Mahler en lugar de la señora Mahler.

A partir de este infortunado descubrimiento Mahler se sintió aterrado ante la posibilidad de que su esposa pudiera abandonarlo por lo que su amigo Bruno Walter le sugirió la idea de que consultara profesionalmente con un afamado psicoanalista vienés de orígen judío (como Mahler) llamado Sigmund Freud.

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Gustav Mahler pidió cita a través de un telegrama al que siguió otro en el que le manifestaba un cambio de opinión y cancelaba la consulta. Lo mismo ocurrió en un segundo intento (nueva cita, nueva cancelación) hasta que, cuando corría el mes de agosto de 1910, y mientras el psicoanalista disfrutaba de unas vacaciones en el Mar del Norte, recibió un tercer telegrama (esta vez con carácter urgente) en el que el compositor y director de orquesta le pedía desesperadamente su ayuda.

Aunque Sigmund Freud era sumamente reacio a interrumpir sus vacaciones, se sintió incapaz de rechazar la angustiosa petición de ayuda reflejada en aquel último telegrama (años después declararía que le resultó imposible decir que no a la posibilidad de psicoanalizar a un hombre tan importante) y respondió al compositor citándolo en un hotel de la ciudad holandesa de Leiden el día 26 de agosto, como dato curioso el nombre de la ciudad de Leiden traducido en alemán significa sufrimiento. ¿Casualidad que Freud haya elegido ese lugar conociendo la historia trágica de Mahler?

El encuentro se llevó a cabo y Freud manifestaría a posteriori que nunca había encontrado a un paciente que asimilara tan rápidamente la esencia del psicoanálisis.

“… si doy crédito a las noticias que tengo, conseguí hacer mucho por él en aquel momento. E interesantes expediciones por la historia de su vida descubrimos sus condiciones personales para el amor … tuve muchas oportunidades de admirar la capacidad psicológica de aquel hombre genial ”

La sesión duró más de 4 horas y no fue  nada ortodoxa ya que se realizó caminando por la ciudad de Leiden. En dicha sesión Mahler llegó a la conclusión de que siempre había buscado en su esposa Alma una mujer que se pareciera a su madre.

Freud dijo al respecto:

“… con una madre tan agobiada por inquietudes como por un gran dolor, usted desea que su esposa sea igual a ella ”

Según conclusiones de Freud, Alma Mahler mantenía una fijación complementaria a la de su marido:

“… ella ama a su padre hasta el extremo de que solo fue capaz de elegir y amar a un hombre como usted ”

Gustav Mahler era casi veinte años mayor que Alma y ella siempre mostró tendencia a mantener relaciones sentimentales con hombres que la aventajaban considerablemente en edad.

Mahler reconoció sin tapujos sodos sus complejos y todos sus miedos (sobre todo su miedo a la muerte), así como también su compresión ante el hecho de que su esposa hubiera buscado en otro hombre algo que él, por sus episodios de impotencia, rara vez podía ofrecerle.

Freud especuló acerca de que ciertas experiencias infantiles vividas por Mahler tuvieran una significativa importancia en la génesis de su neurosis y en la inspiración de sus composiciones.

Cuando el pequeño Gustav contaba poco más de diez años fue testigo presencial de una violenta discusión entre sus padres en la que su progenitor actuóde un modo especialmente cruel y hostigador con su esposa.

Incapaz de soportar el drama, el niño Mahler escapó corriendo hacia la calle y justo cuando salió del edificio escuchó el sonido de un organillo con el que un músico callejero interpretaba la popular tonadilla austríaca “Aus du lieber Augustin”.

La cancioncilla provocó en el pequeño Gustav una súbita reacción de desconcierto:

” ¿como puede sonar esta alegre melodía al mismo tiempo que en mi casa ocurre un drama tan horrible? ”

Durante la sesión psicoanalítica, el compositor interpretó esta experiencia como la razón de que en sus sinfonías se intercalaran ciertas melodías de apariencia banal e intrascendentes en medio de pasajes de rotunda y severa solemnidad.

A través de aquella música de organillo callejero, Mahler fijó una conjunción entre lo trágico y lo frívolo como dos elementos complementarios e inseparables.

Ciertamente, en toda la obra de Mahler encontramos múltiples ejemplos de contrastantes polifonías que emanan de lo que fue su permanente y fluctuante estado anímico alterado. Lo alegre y lo dramático.

Tras su sesión con Freud, una sesión que para Mahler resultó francamente beneficiosa, el compositor fue capaz de reincorporarse a sus tareas como director y aceptar un contrato para llevar a cabo una extenuante gira por los Estados Unidos a pesar de su precario estado de salud.

Cuando aun no había transcurrido un año desde su sesión terapeutica con Freud, Gustav Mahler sufrió un empeoramiento de su enfermedad cardíaca mientras dirigía un concierto tras otro en tierras americanas, motivo por el que decidió interrumpir la gira y regresar de inmediato a Europa.

Durante su viaje en tren por el viejo continente, ya de camino a Viena, muchos admiradores del compositor acudieron a las estaciones donde el convoy tenía paradas previstas para rendierle muestras de aprecio y, en cierto modo, despedirse de él.

Gustav Mahler murió el 18 de mayo de 1911 y apenas Sigmund Freud supo por la prensa que Mahler había fallecido, escribió a su viuda una breve carta en la que le reclamó los honorarios por la sesión mantenida en Leiden con su esposo.

Desde entonces, Alma Schlinder (que sobrevivió a su esposo más de cincuenta años) manifestó un despreciativo odio hacia el psicoanalista y siempre que hablaba de él lo hacía describiéndolo como“el idiota de Freud”.

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Freud en su tiempo y en el nuestro: biografía de Freud (segunda parte)

FREUD Y PROUST. DESPRECIO MUTUO

En cuanto a Proust, Roudinesco recurre a una confidencia que el neurólogo le hizo a su amiga Marie Bonaparte, otro de los personajes claves en su vida, confesándole la decepción que había supuesto para él la lectura de Por el camino de Swann. El menosprecio fue mutuo, ya que el autor de En busca del tiempo perdido nunca mencionó a Freud en sus trabajos, “pese a que, entre 1910 y 1925, el medio literario parisino, de André Gide a André Bretón, les brindó una fervorosa recepción”.

Los personajes de Proust parecen estar hechos para Freud”, constata la autora durante la entrevista. “Ambos fueron los exploradores modernos del yo y ambos tenían en común la idea de que la madre es el primer objeto de apego hacia el cual se vuelca el ser humano: la madre o un sustituto”, prosigue, “pero lo cierto es que nunca se interesaron el uno por el otro. En defensa de Proust, que cultivó literariamente la teoría filosófica de la memoria involuntaria, hay que tener en cuenta que murió en 1922 y no tuvo tiempo para conocer la implantación real del psicoanálisis en Francia. No sabemos qué habría pasado si hubiese vivido más. En cuanto a Freud, la verdad es que no conocía la literatura de su época y siempre se mantuvo apegado a los grandes novelistas del XIX”.

El hecho de que el hombre que llegó para transformar la comprensión de la psicología humana, descubriendo la importancia de los sueños y sacando a la luz los túneles subterráneos de la inconsciencia, no llegara a comprender el alcance de sus descubrimientos en la literatura y el cine, no deja de resultar sorprendente. “Freud recibió a los surrealistas y les manifestó su respeto, pero nunca se llegó a interesar del todo por ellos. No entendió a Italo Svevo, el primer escritor de su generación en crear un paciente freudiano, Zeno, atormentado, melancólico y enfrentado a un psicoanalista impotente y vengativo, el doctor S, en su novela La conciencia de Zeno; fue severo con Zweig ytardó en leer a Thomas Mann, pese a que tanto Martha, su esposa, como Anna Freud, su hija, y otras mujeres de su entorno, fueron grandes lectoras de Mann y le adoraban. Pero él estaba centrado en el pasado”, explica Roudinesco.

Sigmund Freud and Oscar Nemon, 1931.

Son muchos los argumentos, las enseñanzas de esta biografía apasionante que a tramos se lee como una novela. Los interesados en la escuela psicoanalítica, en su trayectoria, en los discípulos y seguidores de Freud, así como en quienes abrieron otras vías y se alejaron del maestro, disfrutarán con esta obra que aborda casos clínicos como el de Hilda Doolittle (H.D) o Ida Bauer (caso Dora) y analiza los aciertos y los errores del protagonista. Quienes prefieran la parte histórica se encontrarán con la vida de un hombre sobrepasado por los acontecimientos de su tiempo que nunca perdió la capacidad de interpretarlos desde el inconsciente y que prosiguió con ahínco, hasta el final, con sus búsquedas, con sus trabajos. La biografía de Freud incluye interesantes análisis sobre su concepción del judaísmo, al margen de las convicciones y principios del sionismo.

EL ANTISEMITISMO

La época que le tocó vivir fue una época en la que el antisemitismo ganaba cada vez más adeptos y terminó, como explica la historiadora en el libro, “por dar cuerpo a un movimiento que promovía la expulsión de los judíos de Alemania con destino a Palestina, y su estigmatización comouna “clase peligrosa” para la pureza de la raza germánica. ¿Cómo reaccionó Freud, cómo llegó a afectarle? son cuestiones que analiza Roudinesco. “A lo largo de sus estudios”, nos dice, “despreció a quienes lo trataban de “sucio judío” o esperaban que admitiera su “inferioridad racial”. En varias ocasiones no vaciló bastón en ristre, en poner en desbandada a diversos canallas que lo habían colmado de insultos. Como contrapunto, cultivó la idea de que al estar excluido, en cuanto judío, de la “mayoría compacta”, podría conservar una independencia de criterio que después le permitiría defenderse mejor de los prejuicios…”

Sin embargo, siempre se opuso al proyecto sionista de una reconquista de la tierra prometida. “Freud era un judío de la diáspora que no creía que, para los judíos, la respuesta al antisemitismo pudiese traducirse en el retorno a ningún territorio. Y, si bien solía apoyar la instalación de colonias judías en Palestina, exhibía gran prudencia frente al proyecto de fundar un “Estado de los judíos” (…) Tuvo la intuición de que la cuestión de la soberanía sobre los Santos Lugares estaría algún día en el centro de una disputa casi insoluble (…) Temía que una colonización abusiva terminara por oponer, en torno de un fragmento de muro idolatrado, a árabes antisemitas y judíos racistas”, explica la biógrafa.

“A lo largo de sus estudios”, nos dice Elisabeth Roudinesco, Freud “despreció a quienes lo trataban de “sucio judío” o esperaban que admitiera su “inferioridad racial”. En varias ocasiones no vaciló bastón en ristre, en poner en desbandada a diversos canallas que lo habían colmado de insultos”.

Adelantado en su día en tantas cuestiones, pionero, precursor, visionario, Freud también fue un hombre apegado a sus costumbres y tradiciones. Nunca creyó en la igualdad de clases y desconfió del modelo democrático, apostando en todo momento por retornar a las ideas de Platón, por crear comunidades de sabios, de elegidos que “hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón” y fueran capaces de “imponer a las masas un verdadero Estado de derecho fundado en la renuncia al asesinato”.

También fue muy conservador a la hora de proteger sus teorías y defenderlas de otras interpretaciones, que llegó a considerar traiciones. “En este sentido creo que Freud se equivocaba”, argumenta Roudinesco. “Entiendo su actitud, porque tanto él como sus primeros discípulos tenían la preocupación de que el psicoanálisis fuera utilizado por charlatanes y por eso estrecharon celosamente la vigilancia sobre su escuela, pero no fueron conscientes de que no se podía dominar una doctrina sin que se les escapase de las manos”.

“Llegado un momento, el principal defecto de Freud fue creer que iba a poder controlar lo que había inventado, sobre todo tratándose de una doctrina de la interpretación. Hasta él llegó a creerse, equivocándose, la tesis conspiranoica, muy extendida en su tiempo, de que Shakespeare no era Shakespeare. Menos mal que escuchó a sus discípulos y no publicó nada serio al respecto”, explica la autora riendo.

LAS MUJERES VIENESAS

Otro interesante capítulo que aborda Freud en su tiempo y en el nuestro es el del auge del feminismo y la inclusión de las primeras mujeres en los círculos psicoanalíticos. Pese a ser muy clásico en sus costumbres, en su defensa de la familia, Freud siempre defendió a las mujeres; estuvo de acuerdo en que disfrutaran de derechos cívicos;  censuró la misoginia de muchos de sus colegas, a los que les dijo a las claras que su idea de la desigualdad entre sexos no existía en el inconsciente, sino que “era fruto de una construcción fantasmática”; contribuyó a dar a conocer los continuos abusos de los que ellas eran objeto por parte de los varones y se afanó en demostrar que el origen de los síntomas neuróticos y el fenómeno de las “histéricas”, tan en primer plano en su época, era consecuencia de traumas sexuales sufridos en la infancia, así como de la constante represión y falta de libertad.

Las mujeres vienesas, recibidas en el secreto de un gabinete privado fueron las actrices protagónicas de la construcción de una clínica de la escucha; una clínica de la interioridad (…) Su desamparo existencial permitió a los hombres de ciencia elaborar una nueva teoría de la subjetividad. Gracias a su presencia muda, y a través de los relatos clínicos que disfrazaban su vida real, esas mujeres estuvieron en el origen de la invención del psicoanálisis”, expone la autora.

Martha Freud

Apasionado desde su infancia por los misterios y las extravagancias de la sexualidad humana”, Freud estuvo lejos de ser el ser pervertido e incestuoso del que se nutrieron no pocas leyendas e infamias. Tolerante con las diferentes formas de sexualidad, especialmente con la homosexualidad; contrario a las malsanas teorías sobre la masturbación que contribuyó a erradicar, a nivel personal siempre se preocupó por dominar sus pulsiones y practicó la abstinencia a partir de un momento determinado de su vida, a los 40 años, para liberar a su mujer, Martha, del permanente temor a quedarse embarazada (la pareja tuvo siete hijos). “La vida sexual del más grande teórico de la sexualidad habría de durar por tanto nueve años”, escribe Roudinesco, quien prosigue a que, pese a “no aprovechaba la libertad sexual que preconizaba en su doctrina, tuvo numerosos sueños eróticos, se complacía particularmente en analizarlos y no dejaba de buscar causas sexuales en todos los comportamientos humanos”.

Otros detalles de interés: No consta que Freud fuera infiel a su mujer, aunque mantuvo relaciones de carácter platónico intelectual con amigas como Lou Andreas-Salomé, y siempre aconsejó a sus pacientes el divorcio antes que el adulterio, bastante consentido en su tiempo. Esta biografía está llena, como decíamos, de curiosidades, de datos relevantes para conocer al personaje y seguir sus pasos en los días que le tocó vivir. El Freud de Elisabeth Roudinesco es un Freud complejo, lleno de matices, observado en sus luces y sombras, en sus certezas y titubeos; en sus aciertos y errores.

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“FREUD NO ES PARA NADA UN PERSONAJE AGOTADO”

“Eso me parece indispensable en cualquier biografía”, afirma la traductora. “Pero la verdad es que Freud me resulta muy simpático y eso se trasluce en mi trabajo. Mientras me adentraba en su vida, en su mundo, no pude evitar conmoverme en varios momentos, por ejemplo cuando visité el crematorio de Golders Green, en Londres, lugar laico, frente al cementerio judío del mismo nombre, donde fue inhumado su cuerpo en septiembre de 1939, Me estremeció comprobar que la urna con sus cenizas y las de su mujer había sido objeto de un acto de vandalismo. Y pensé que setenta y cinco años después de su muerte, Freud seguía perturbando la conciencia occidental con sus mitos y su travesía de los sueños. Lo cierto es que para mí fue mucho más fácil escribir este Freud que escribir sobre Lacan, porque Freud, que dejó mucha memoria detrás, es más transparente, mientras que Lacan ocultó partes enteras de su vida. Freud es, sin duda, un personaje complejo, pero que no plantea tantos problemas. Me he enfrentado a él con la convicción de que estaba tratando con un clásico, en contraposición a Lacan, un moderno”.

Freud con Marie Bonaparte

Al preguntarle por esos otros momentos conmovedores, Elisabeth Roudinesco vuelve a detenerse en el final de Sigmund Freud. “Me ha interesado mucho esa parte de su vida, porque cuando, por fin, tomó la decisión de irse de Viena, su entorno, el grupo formado por Ernest Jones, María Bonaparte y el resto de freudianos que se exiliaron a todos los países del mundo, sobre todo a EEUU, decidió que no se iría solo, sino con su memoria, con su casa a cuestas”.

“Hay quienes le han reprochado, que se preocupó demasiado por guardar sus colecciones, por llevárselas a Londres, pero es que de no haberse impuesto ese criterio, la posteridad lo habría lamentado. La última sesión de la sociedad psicoanalítica vienesa fue tan importante por eso, porque se decidió que la memoria del movimiento no podía ser destruida. De haberse quedado todo se habría hecho desaparecer y Freud, al que le quedaba poco más de un año de vida, habría sido exterminado. Con esa decisión no sólo se salvó su vida sino la de su doctrina”, prosigue, recordando que todos los judíos que no emigraron fueron exterminados en Viena, incluidas las cuatro hermanas, ya ancianas, de Freud y otros psicoanalistas que se quedaron en la ciudad con sus familias.

“La represión en la capital austriaca fue más dura que en otros lados”, explica la autora, quien para elaborar todo este capítulo se ayudó del texto ya mencionado de Thomas Mann, Mi hermano Hitler, “un texto genial sobre la Alemania oscura donde Mann se nutre de su Doctor Faustus” y que, curiosamente, enlaza con el último libro que Freud leyó antes de su muerte, La piel de zapa, de Balzac, una réplica de Fausto en la que el protagonista también firma un pacto con el diablo, le vende su alma para vivir la vida”.

Sigmund Freud, circa 1935

Reconoce la historiadora francesa que en su Freud no hay grandes revelaciones, pero sí muchos detalles. “No hay revelaciones llamativas porque las correspondencias principales ya eran conocidas”, declara, animando a futuros investigadores a estudiar más a fondo a los pacientes. “Tal vez, a partir del punto de vista de los pacientes, de sus relatos, surjan cosas nuevas, nuevos juicios sobre Freud”, añade, valorando tambiéntodas las entrevistas que le hizo en la década de los 50 Kurt Eissler, otro psicoanalista emigrado de Viena a Nueva York. “Ahí hay mucho que ver todavía, mucha más información sobre su modo de vida y su método de trabajo”.

Freud no es para nada un personaje agotado”, afirma rotunda Roudinesco. Mitificado por unos y desmitificado por otros, hay que seguir volviendo a las fuentes, a sus escritos, porque ahí, en sus estudios, en sus diarios, en sus misivas, es donde se encuentran sus encrucijadas. Freudescribió nada menos que veinte mil cartas, de las que se conservan diez mil, constata la biógrafa. “Hoy no se puede leer a Freud sin las correspondencias. Es un complemento esencial al que los psicoanalistas no prestan la atención suficiente”, opina, volviendo a hacer hincapié en la relectura histórica.

Lo que consigue demostrar esta biografía es que el padre del psicoanálisis no puede ser comprendido sin el contexto de su época, sin Viena. “Hoy la relectura histórica es necesaria para organizar la clínica, en concreto el conocimiento de los distintos casos y análisis. Es tan importante como entender la forma en la que Freud contaba los relatos de sus casos”, explica la autora, convencida de que, pese a todo, la leyenda negra en torno a su figura va a continuar. “No veo por qué se iba a detener: Sartre, Freud, Darwin, Einstein y hoy, en un periodo tan regresivo como el nuestro, personajes como Michel Foucault, tratado por sus detractores casi como si hubiera inoculado el sida a la civilización, siguen siendo demonizados, víctimas de teorías conspirativas”.

Siempre hay fuerzas reaccionarias frente a los creadores, científicos, pensadores universales”, argumenta esta mujer vehemente, entusiasta de su trabajo que carga contra las biografías que buscan, por encima de todo el escándalo. “No estoy en contra de ello, pero siempre que los hechos revelados sean ciertos. Si yo hubiese encontrado pruebas de que Freud fue incestuoso o nazi lo habría dicho, pero no he hallado nada de eso. Creo que son malos editores los que fomentan ese camino”, alega.

Sigmun Freud

EL PSICOANÁLISIS Y EL FEMINISMO HOY

Cuando se le pregunta a Elisabeth Roudinesco si el psicoanálisis hoy goza de buena salud no se lo piensa dos veces antes de responder: “No, para nada. Está muy atacado, erróneamente, y los psicoanalistas no lo defienden lo suficiente porque se han convertido en un cuerpo esclerosado, apolítico”.

Elisabeth Roudinesco está convencida de que, pese a todo, la leyenda negra en torno a su figura va a continuar. “No veo por qué se iba a detener: Sartre, Freud, Darwin, Einstein y hoy, en un periodo tan regresivo como el nuestro, personajes como Michel Foucault, tratado por sus detractores casi como si hubiera inoculado el sida a la civilización, siguen siendo demonizados, víctimas de teorías conspirativas”.

“Hace falta ventilar muchas cosas; tal vez por eso he escrito este libro”, señala, mostrándose igual de crítica con el feminismo cuando hablamos de las contribuciones de Freud a la liberación de la mujer. “Hoy esas contribuciones no se le reconocen porque una parte del feminismo se ha convertido en muy sectaria y se encuentra en el mismo estado que el psicoanálisis. Es un movimiento que se ha vuelto ridículo, intransigente. Los movimientos de emancipación se han convertido en algo diferente a lo que eran en principio y creo que no se está produciendo el suficiente debate en torno a ello.”

– Pregunta final: ¿Qué nos puede aportar Freud en este convulso siglo XXI?

– Nos puede enseñar a comprender los males de la civilización. Ahora estamos en una crisis europea que se parece mucho a la de hace un siglo, con un aumento de los nacionalismos que amenazan la Ilustración. Freud es de los pocos que entendió la voluntad de autodestrucción del hombre por sí mismo y la capacidad de luchar contra ello. En ese sentido es muy moderno. Es un clásico que nos permite reflexionar sobre la modernidad. Sólo el acceso a la civilización, a la cultura, mediante la sublimación, pueden salvar al ser humano y a las sociedades de su tentativa de autodestruirse. Sólo la capacidad de vivir en sociedad y de comprometerse, en nombre de un ideal común, puede llevar al bienestar para todos. Esas ideas, que están en la base de una de las obras fundamentales de Freud, El malestar de la cultura, deberíamos tenerlas ahora muy presentes.

ElisabethRoudinesco@nachogoberna-03061

 

 

Los libros más leídos del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud

Editado por Selene Sosa

Para conmemorar el aniversario luctuoso número 76 de la muerte del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud,hemos preparado una recopilación de las obras más reconocidas, escritas por el neurólogo, para que las conozcas.

1. “La interpretación de los sueños” de 1899. Con esta publicación Freud inauguró la “Teoría freudiana del análisis de los sueños”, en donde plantea que son una realización alucinatoria de deseos y una vía de acceso al inconsciente, mediante el empleo del método interpretativo fundado en la asociación libre de los símbolos más importantes del sueño.

2. “El yo y el ello” de 1923. Freud desarrolla en esta obra un modelo revolucionario de la psique y su funcionamiento, lo llama “modelo estructural del aparato psíquico”, y postula que la vida psíquica se define por las relaciones entre tres entidades o instancias diferenciadas: el Ello, el Yo y el Superyó.

3. “El malestar en la cultura” de 1930. El tema central es el antagonismo que existe entre las exigencias y restricciones impuestas por la cultura que genera insatisfacción y sufrimiento, de ahí el malestar.

 

La sexualidad y la infancia

4. “Tres ensayos sobre teoría sexual” de 1905. En esta obra, Freud desarrolla su teoría de la sexualidad con relación a la infancia y la vincula a la interpretación de los sueños; expone que “la perversión” estaba presente incluso en las personas sanas, y que el camino hacia una actitud sexual madura y normal comenzaba en la  infancia.

5. “Tótem y tabú” de 1913. Es una obra en la que Freud busca aplicar la teoría y el método del psicoanálisis en asuntos de antropología con la hipótesis de que existiría un origen común del totemismo y la exogamia, determinados por el conflicto humano fundamental entre el deseo y la prohibición.

 

Sueños, enfermedades y fanatismo

6. “Estudios sobre la histeria” de 1895. Aquí se describe el tratamiento que reciben cinco chicas que padecen histeria; usan la hipnosis, también conocido como método catártico.

7. “Moisés y la religión monoteísta” de 1939. En este libro, Freud por medio de sus opiniones y conclusiones, trata los orígenes del monoteísmo; es una secuela de “Tótem y tabú”.

8. “El chiste y su relación con lo inconsciente” de 1905. Debido al comentario de Wilhelm Fliess sobre que los sueños parecían un chiste, Freud indaga y le resulta llamativa la frecuencia con que estructuras similares a las de los chistes aparecían en los sueños.

Fuente: http://angulo7.com.mx/cultura/item/4436-los-libros-m%C3%A1s-le%C3%ADdos-del-padre-del-psicoan%C3%A1lisis,-sigmund-freud.html