1788: Llega al mundo Arthur Schopenhauer, influyente pensador alemán

A 230 años de su nacimiento, el pensador alemán Arthur Schopenhauer es recordado por influir en pensadores como Federico Nietzsche y Sigmund Freud, así como por sus célebres obras Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente y El mundo como voluntad y representación, que se mantienen vigentes como tema de estudio.

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Arthur Heinrich Floris Schopenhauer, también conocido como “El filósofo del pesimismo”, nació el 22 de febrero de 1788, en Danzig, Gdansk (hoy Polonia), su padre lo preparó para el negocio familiar llevándolo en sus viajes por toda Francia y gran parte de Inglaterra, durante los cuales Arthur aprendió idiomas y adquirió una cultura general muy amplia, que reforzada con sus estudios y lecturas.

Tras la muerte de su padre, el aprendiz de filósofo comenzó sus estudios clásicos, para pronto interesarse en la obra de Emmanuel Kant y del orientalista Maier, fuentes básicas de su filosofía.

En 1919 publicó su obra más importante, El mundo como voluntad y representación, que terminó vendida como papel usado, ante su fracaso editorial. Luego quiso competir en Berlín con Georg Wilhelm Friedrich Hegel, quien se encontraba en lo alto de su prestigio como profesor de Filosofía.Ante un segundo fracaso, Schopenhauer abandonó la Universidad con un gran desprecio por los “filósofos universitarios”, en general, y por Hegel, en especial, cuya filosofía la consideraba desquiciada.

Pronto comenzó a estructurar su pensamiento con algunas ideas de Emmanuel Kant, de quien retomó la diferencia entre lo que percibimos (el fenómeno) y la cosa en sí, que en el mundo se percibe como resultado de las representaciones humanas.

A diferencia de Kant, él entendió que por el intelecto se accede al fenómeno, mientras el cuerpo acerca a la cosa en sí y permite conocer el mundo en sí mismo: “Voluntad, necesidad y deseo”, señalan sus biógrafos.

Para Schopenhauer, el instinto de conservación (agresividad) y el instinto de conservación de la especie (sexualidad) son los modos principales de esta voluntad de vivir, pues en el fondo, el mundo no es sino voluntad, deseo insatisfecho y anhelo insaciable.

Respecto a la existencia, el filósofo alemán afirmaba que la vida oscila como un péndulo entre el dolor y el castigo, realidad para la que tiene una propuesta: “Huir del mundo sin que ello conlleve al suicidio, además de la contemplación artística y la vida ética”.

Su filosofía influyó en el joven Federico Nietzsche, quien luego de leer El mundo como voluntad y representación se hizo ferviente discípulo suyo, aunque sin conocerlo personalmente, porque para ese entonces ya había muerto.

Arthur Schopenhauer ejerció influencia sobre el pensamiento del entonces joven Sigmund Freud, quien antes de convertirse en el padre del psicoanálisis, se reuniera con otros colegas para leer a este filósofo alemán.

Huellas de la filosofía de Schopenhauer también pueden distinguirse en las óperas del compositor alemán Richard Wagner y en muchos de los trabajos filosóficos y artísticos del siglo XX.

“Cuando queremos algo, sufrimos porque no lo tenemos. Podemos lograrlo, desear otra cosa (nuevo dolor) o ya no desear nada (hastío)”, es una frase que cifra el pensamiento que le valió a Schopenhauer el título de El pesimista de Frankfurt, donde vivió las últimas tres décadas de su vida.

“Todo lo que pertenece y puede pertenecer al mundo adolece inevitablemente de ese estar condicionado por el sujeto y existe sólo para el sujeto. El mundo es representación”. El mundo como voluntad y representación”, es otra de las célebres frases de Schopenhauer, quien murió el 21 de septiembre de 1860, en Frankfort del Meno, Alemania, debido a una complicación cardio-respiratoria.

Fuente: https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1434820.1788-llega-al-mundo-arthur-schopenhauer-influyente-pensador-aleman.html

Acertijos en el espejo del psicoanalista

Nuevas sexualidades, un alerta permanente y angustias adolescentes caracterizan las consultas que hoy llegan al diván.

 

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Por Hector Pavón

Sobre su escritorio, Carlos Brück conserva acomodadas tres libretas, casi casualmente. Cada una lleva en su portada una palabra, un verbo. En semicírculo dicen (en inglés): vivir, aprender y reír. Una tríada de deseos y necesidades virtuosas. Psicoanalista y escritor, posee el porte y el discurso que proponen ir hacia esos tres momentos a través del psicoanálisis, la poesía, el cine, las bellas artes. Todo conjugado en una serie de ensayos que Brück publicó bajo el título Ningún espejo refleja la pasiónpublicado por la Fundación Proyecto al Sur, donde Brück también edita la revista-libro Mal Estar. En ese espacio se cruza psicoanálisis con distintas representaciones de la cultura. “No es una revista hecha por psicoanalistas para psicoanalistas, sino una donde están convocados sujetos que tienen diferentes lecturas, en relación a un tema en común”, define Brück.

–En el libro cita a Jacques Lacan: “En los próximos años el discurso del analista dependerá de lo real”. ¿Todavía es necesario afirmar esta idea?

–Y sí, porque detrás de lo que llamamos la realidad está algo que es mucho más inabarcable: lo real. Es el trasfondo de todo acontecimiento humano. Varía y es importante que el psicoanálisis sepa pararse frente a lo que serían los semblantes de lo real. El nombre de la revista que hacemos son dos palabras separadas porque justamente la idea es que el psicoanálisis no puede colocarse en el buen lugar, el de adaptación, adecuación, que ignore todos los tropiezos que plantea lo real. Debe estar en un lugar incómodo y desde allí proceder.

–Todo aquel que ha sido paciente sabe de esa incomodidad. ¿Cómo lo trabaja con el paciente nuevo o con aquel que sufre ese malestar en la sesión?

–Lacan tiene una afirmación muy interesante que dice que “la gente se acomoda al malestar” y entonces el psicoanálisis tendría que ver cómo intervenir ahí. Uno puede plantearse soluciones, desde la iglesia hasta el psicoanálisis, pasando por un grupo de tai chi o hacer colectas para chicos carenciados. De ninguna manera me planteo incomodar. Sí planteo que el padecimiento está ubicado como una solución muy cómoda. Tenemos que ver cómo pensar que el sujeto se las puede arreglar de otra manera con lo que le sucede, que es mucho más íntimo que el síntoma. El síntoma es una solución que tiene su costo, obviamente, y que si al sujeto le resulta no va a venir a la consulta. Nadie llega al diván sin un motivo, pero es frecuente que alguien transcurra un análisis, ya no por el motivo de consulta, sino por aquello que lo causa en la vida, que le da una determinada posición en relación justamente con su deseo, con su vínculo con lo real. Eso es la causa.

–¿Y el paciente reclama un analista activo?

–El analista en su función no opina (a menos que la situación lo requiera) ya que no conduce al paciente sino a su análisis. Inevitablemente el psicoanálisis en estos tiempos debe intervenir en los asuntos de la polis, estableciendo una posición y las coordenadas del malestar que se presentan y cuál es el semblante de lo real (eso que Freud llamaba la Cosa) y de sus imperativos. Un ejemplo sería ese eslogan publicitario: “nada es imposible”. Y lleva al sujeto a acercarse peligrosamente al sol.

–Se le pide al paciente que revuelva en el pasado para resolver el presente…

–Tampoco es un imperativo kantiano el tener que proceder hasta las últimas consecuencias. De ninguna manera ese lugar va a ser el infierno donde se revuelven cosas. A veces es común escuchar “yo no quiero revolver mi pasado”. ¿Quién quiere revolverlo? Al psicoanálisis debería importarle tanto el pasado como los efectos de ese pasado en el presente del sujeto. Porque el pasado ya transcurrió.

–En el libro señala que el poeta reconstruye, rememora y ficcionaliza. ¿Hay paralelismo con el analista?

–El analista puede hacer construcciones. Pero hay que ver hasta qué punto esas construcciones llegan a ese núcleo duro del inconsciente. Creo que lo que se debería evitar es que el análisis se convierta en un relato, una conversación, un intercambio de opiniones. Cuando Freud hablaba de la abstinencia, se refería a establecer una opinión, una indicación que vaya más allá de lo necesario. Y en definitiva no hay un modo uniforme, homogéneo, por más que haya construcciones teóricas que lo sustentan, de arreglárselas con lo singular de cada sujeto que consulta. Eso es muy importante. Y eso es, como usted sabe, la oposición frente a lo que es la ciencia, que establece algo que va más allá, prescinde del sujeto, en cuanto que establece una serie de cuestiones que abarcan otro orden de conceptos.

–Usted cita a una paciente preocupada por “estar alerta”. Parece alguien que todos conocemos que dice que hay que estar alerta ante la inseguridad, los otros, hasta el celular. ¿Hay mucha gente en estado de alerta?

–Es una espera en alerta. Como si se estuviera en los umbrales de algo que puede pasar. En ese sentido, los requerimientos de la tecnología, o la violencia de la inseguridad, etcétera, van haciendo una constructio donde sí, el sujeto está en una espera alerta. El sujeto puede estar advertido pero no en relación equivalente al alerta, sino advertido de su propia condición. Es muy importante porque desde la mitología griega en adelante esto de no querer saber lo que se sabe hoy está vigente. Tenemos el ejemplo de la historia reciente, de no querer saber lo que se sabía. A veces es difícil aceptar que se sabe lo que no se quiere saber. Tenemos a Edipo cuando va hacia Tebas, equivocado, creyendo que ahí se salvaba, cuando en realidad iba a su destino trágico, como corresponde con la épica de los mitos griegos. Edipo va muy orgulloso porque resolvió el enigma de la esfinge. Pero en realidad es un acertijo, para mí es acertijo y no un enigma.

–¿Y usted encuentra en algunos pacientes esa búsqueda, esa necesidad de resolver un acertijo?

–Un acertijo es un conjunto de palabras que está dando vueltas y presentando un problema. En realidad el problema es cuando el paciente cree que resolviendo ese acertijo ya está todo OK. En el filme La última locura de Mel Brooks hay una escena casi al final en donde el villano está corriendo por las escaleras y Gene Wilder lo persigue. Están recreando una escena de Vértigo de Hitchcock. Y cuando Wilder va a caer por el abismo, dice: “no es la altura, son los padres”. Y sube triunfante. Eso sería un acertijo. Pero creer que resolver el acertijo es concluir con lo que genera en el sujeto, es erróneo.

–¿Ha percibido en el consultorio qué grupos sociales o etarios presentan mayor demanda?

–Podría decir que un conjunto de adolescentes se pueden sentir, no diría desprotegidos, sino más bien en un lugar muy incierto, donde faltan ciertas referencias que lo respalden. También puede haber otros grupos etarios, como los ancianos, que sufren los cambios de los modos del hábitat y de las relaciones familiares. Porque eso es lo que interesa, estos cambios tienen que ver con los cambios en el lazo social. Inevitablemente es así. Y que por ahí se sienten desprotegidos, o frente a situaciones que los hacen sentir muy vulnerables. La cuestión es si el malestar en la cultura es hoy como lo fue ayer. Y en parte sí es equivalente, lo que no quiere decir igual. Hacia 1300 en la Cruzada de los Inocentes murieron cientos de niños que iban a Jerusalén que se los apropiaban los mercaderes de esclavos. Eso posee similitudes con cosas que hoy pueden sufrir los chicos. La diferencia es que no hace mucho que aparece el concepto de niño: antes no era una figura civil, sujeto reconocible y de derecho. Hoy, una histeria posee un semblante absolutamente opuesto a una histeria en la época de Freud en cuanto a sus manifestaciones.

–En el presente convivimos con las llamadas “nuevas sexualidades”, aunque tal vez siempre existieron…

–Este es un debate que se está dando con mucha frecuencia, es como un interrogante. Creo que ahí interviene la tecnología, porque una operación de cambio de sexo no existía en otra época. Hay nuevas maneras de mostrar la sexualidad. La marcha del orgullo gay –por ejemplo– no existía hace cincuenta años. Sí existía que los molieran a palos. Lo fundamental de cada sujeto es el cuerpo. No el de la medicina, no el cuerpo de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (Rembrandt), sino el cuerpo erogenizado, atravesado por la palabra, por el imaginario, por eso inasible de lo real, ese es el cuerpo que funda al sujeto.

–Un clásico: ¿el psicoanálisis está en crisis? ¿Viva el psicoanálisis?

–Hace muchos años escribí un texto: “La declinación del psicoanálisis” y lo que decía es que periódicamente se plantea que el psicoanálisis está en crisis. Yo creo que lo que está hace tiempo en crisis es un modo imperial del psicoanálisis, en donde lo que dice un analista es asertivo. Y si hay algo que puede aparecer próximo a una crisis no es en el sentido de desastre, tornado o tempestad, sino que hay que hacer reflexiones críticas. Que ese es uno de los puntos fundamentales del psicoanálisis. Freud descubre el psicoanálisis justamente cuando él todavía usaba la hipnosis. Hipnotiza a sus pacientes y en el estado crepuscular recuerdan que fueron abusados, pero después Freud hace una reflexión crítica y dice: “algunos sí, pero no puede ser que todos los padres de la sociedad vienesa sean perversos”. Y entonces ahí aparece algo que es magnífico, que es la verdad material y la verdad psíquica. Que es con la que en realidad nos manejamos casi todo el tiempo, confrontándola con la material. Por supuesto estos son tiempos muy duros. Tenemos, como caso, el movimiento Ni una menos surgido, entre otras cosas, por los femicidios. Pero también sostengo que la época victoriana fue de los tiempos más obscenos y perversos que hubo, pese a que nos llega eso de la moral victoriana.

Fuente: https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/acertijos-espejo-psicoanalista_0_rylU8MRPf.html

La pareja en psicoanálisis Nosotros, que nos odiamos tanto

Estar de novio y estar en pareja, los “problemas” de comunicación, la aplicación a la vida erótica de un modelo empresarial, el acompañamiento de uno en “un momento difícil” del otro, los modos y los tonos, el decir y lo dicho.

1. ¿Para qué sirve el psicoanálisis? Yo creo que para muchas cosas, pero hay una que, en particular, me parece importante: para aprender a estar en pareja.

Muchas personas se quejan de que están solas, de que no encuentran con quien estar y, después, cuando se encuentran con alguien, no pueden sostener el vínculo. Pueden ponerse de novios, pero el noviazgo –ya lo decía Kierkegaard– es fácil: alcanza con que el otro te guste; un novio es para salir, ir a un lugar u otro, pero después regresar a uno mismo; una pareja, en cambio, es un “nosotros” al que volver, la capacidad de elegir con el otro, de incluirlo en las propias decisiones. Esto es lo que los analistas llamamos “castración”.

Muchas personas están de novias durante años, o transitan varios noviazgos, sin estar nunca en pareja; lo mismo les pasa a personas que incluso se casan, porque el matrimonio tampoco implica vivir en pareja; muchas personas que viven juntas intercambian, negocian, organizan la agenda (hoy yo hago esto, vos mañana lo otro) y se olvidan del tiempo compartido, ese tiempo que no es de uno ni de otro, sino un tiempo que se parece mucho al de la infancia, al del juego que destituye el yo, al que se vuelve a partir de un olor, una mirada, una voz.

2. Después de leer varios libros sobre terapia de pareja (de diferentes orientaciones), hay dos presupuestos que nunca aparecen explicitados y, sin embargo, me parecen problemáticos: 1) la idea de que una pareja padece por “problemas de comunicación”, como si hubiera un ideal comunicativo (de transparencia) a alcanzar y que implicaría un “vínculo sano”; 2) la idea de que una pareja intercambia, negocia, etc., una especie de aplicación a la vida erótica de un modelo empresarial, la reducción del amor a un workshop, a una reunión de CEOs o emprendedores liberales. Del primer presupuesto se desprende la noción de un terapeuta que distribuye la palabra, dosifica en una posición de espectador neutro u objetivo, un mero técnico o especialista; del segundo, la noción del terapeuta como un mediador, un couch, un maximizador de rendimiento.

Son dos perspectivas muy complicadas, que encubren con pseudo-cientificidad lo que es una orientación adaptativa y moral. Sin la idea de un conflicto constitutivo, fundante de todo “nosotros”, no hay psicoterapia de pareja que no termine en un cálculo de conveniencias, pros y contras. El problema es que este tipo de razón instrumental no decide ninguno de nuestros actos. Este límite, esta diferencia entre la razón y el acto es el deseo, motor principal de la unión entre personas. ¿Cómo pensar la pareja, entonces, sin dejar afuera el deseo, que es conflicto, que es paradoja, que es pérdida?

3. Hay un funcionamiento de pareja que corroboré en varios casos. Me refiero a la situación en que uno de los dos atraviesa una situación difícil y el otro quiere acompañarlo, pero lo hace de una manera en la que asume el dolor de aquél como algo propio. Es una coordenada que suele aparecer cuando hay enfermedades, pérdida de trabajo, en fin, cualquier experiencia que simbolice una castración. Este acompañamiento a veces tiene un costado altruista, sacrificial, la empatía se vuelve una forma de sufrir con el otro. Eso implica suponer una identificación en la que el otro se hace cargo de la parte castrada de aquél. Un ejemplo: la pareja del diabético que deja de comer dulces. “Para no tentarlo”, puede ser que diga, y la frase es elocuente porque denota un deseo reprimido. Esto demuestra que la identificación se sostiene en una actitud culpable y que, por lo tanto, se resuelve con un autocastigo. Sin embargo, este aspecto es el menos importante, interpretarlo sería inútil; lo que importa es el efecto que produce en la relación, porque esta identificación restringe la posibilidad de ser una fuente derivada de placer para el otro. Otra vez el ejemplo del diabético: se olvida que ver comer a otro puede ser un placer (de la mirada) en el que recuperemos lo perdido a través de dárselo a otro. De esta forma, la relación se empobrece, porque no admite la gratitud. La identificación, entonces, encubre un deseo envidioso proyectado.

La otra cara de esta proyección es la introyección de la angustia del otro, funcionar como depósito de la angustia del otro, lo que lleva a que éste no se pueda angustiar porque uno se angustia. El resultado es conocido: quien padece termina consolando a su acompañante. Esta dinámica vincular es común en ciertas parejas, pero también entre padres e hijos (que también son parejas) y lleva al resentimiento, el agobio y la muerte simbólica de la relación. Es expresión de lo que podría llamarse “superyó de pareja”, si es superyoica toda idea que detiene la experiencia.

4. Hay un paralogismo propio de las relaciones de pareja: la idea de que algo podría haber sido menos ofensivo o insidioso si se lo hubiera dicho de otra manera. “El tema son los modos”, se dice a veces con evidente paradoja, porque así no sólo se dice que el problema es el estilo, sino que el contenido es la forma: “Si me lo hubieras dicho con cuidado, no tan brutamente”. Sería interesante analizar esa queja que busca una forma “mejor”, el pedido de que “me trates suavemente”. Así las parejas no dejan de ser una figura de la estética del siglo XVIII con la pretensión de separar forma y contenido.

Una pareja es un choque de formas, cuyo único contenido es la diferencia que producen; una transformación que deviene o que se fija paranoicamente. Una pareja es la de la orquídea que aparenta formar una imagen de abeja, devenir-abeja de la orquídea que Deleuze seguramente tomó del primer libro de psicoterapia de pareja que dice algo importante (“Sodoma y Gomorra”, el cuarto tomo de En busca del tiempo perdido, en el que mientras piensa la polinización de las flores, el protagonista ve el escarceo en el encuentro entre Charlus y Jupien); otra pareja es la que se hace tierra infértil, infecundable, la pareja que aspira a la forma pura: el metalenguaje, la pareja que sólo habla de la pareja.

5. “No me respondiste lo que te pregunté”, me dijo ayer un amigo cuando no le respondí lo que me preguntó. Luego le dije que esa frase es típica de las relaciones de pareja cuando entran en fase paranoide. “La estructura pregunta-respuesta destruye toda relación”, le dije mientras pensaba en algo que cuenta Zizek en su libro sobre Deleuze: que cada vez que el tipo escuchaba la palabra “argumentemos”, se levantaba y se iba.

Algo parecido hacía Lacan: me acuerdo de una secuencia en una clase de un seminario, en la que Miller le pregunta por algo que dijo y Lacan responde cualquier cosa. Entonces Miller repite las mismas palabras de Lacan y éste responde “Yo nunca dije eso”. Es la diferencia entre el dicho y el decir, por eso no tiene mucho sentido citar a Lacan, hacer exégesis de frases, andar corriendo a los amigos con citas literales, si no se tiene en cuenta el decir. Decir “Lacan dice” es una paradoja performativa. De la misma manera que, para Deleuze, el debate de argumentos no se puede separar del pedido fascista de explicaciones (lo que no quiere decir que no haya argumentos deleuzianos, el problema es la estructura “los tuyos contra los míos”, a ver quién tiene razón). Todo esto pasa también en la vida en pareja, como cuando se dice “pero vos dijiste” y se sacan conclusiones de los dichos del otro (obviamente con intención tendenciosa), cuando se le quiere hacer decir al otro lo que uno no se anima a decir, cuando se cree que “somos esclavos de nuestras palabras” (idea horriblemente despótica) en lugar de producir juegos de lenguaje, nuevos idiomas, voces inéditas para el amor que, como tal, es una literatura menor.

* Psicoanalista, Doctor en Psicología y Filosofía por la UBA. Coordinador de la Licenciatura en Filosofía de UCES. Este artículo reúne fragmentos del seminario “Los que aman, odian”, dictado en el mes de enero en Buenos Aires, de próximo dictado el 28 de febrero a las 19 en Centro Dos.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/97178-la-pareja-en-psicoanalisis-nosotros-que-nos-odiamos-tanto

El joven Karl Marx

El joven Karl Marx

Hay momentos en la Historia que pueden pasar desapercibidos en el momento en el que ocurren pero tener una trascendencia enorme. Esta podría ser la premisa de partida de El Joven Karl Marx (Le Jeune Karl Marx). Una película que si bien se adentra en la formación del pensamiento del filósofo, se centra en un aspecto mucho más sutil pero cargado de significado: los comienzos de su relación con Friedrich Engels y cómo se formó su pensamiento y compromiso. Aquel fue un encuentro con consecuencias históricas. Una amistad que lo cambió todo.

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Hay momentos en la Historia que pueden pasar desapercibidos en el momento en el que ocurren pero tener una trascendencia enorme. Esta podría ser la premisa de partida de El Joven Karl Marx (Le Jeune Karl Marx). Una película que si bien se adentra en la formación del pensamiento del filósofo, se centra en un aspecto mucho más sutil pero cargado de significado: los comienzos de su relación con Friedrich Engels y cómo se formó su pensamiento y compromiso. Aquel fue un encuentro con consecuencias históricas. Una amistad que lo cambió todo.

Todo biopic, por interesante que sea la vida del protagonista, suele ser flojo en el comienzo. Sin embargo, esta película avanza directamente al momento en el que Marx tiene 25 años y es redactor de La Gaceta Renana (Reinische Zeitung) en Colonia, periódico cerrado por la censura prusiana: “un par de noches en la cárcel nos sentarán bien a todos”, dice el imberbe pensador. Posteriomente sigue a Marx por París, Bruselas y Londres hasta alcanzar la treintena.

Siendo sinceros, la película dirigida por Raoul Peck (I Am Not Your Negro) debería llamarse Los jóvenes Marx y Engels. El joven Friedrich no se queda en el papel de segundón sino que disputa a Karl la atención del espectador. Valiente, elegante y alocado, se enfrenta al dilema al que tantos se nos ha presentado: elegir entre seguir la tradición familiar (como empresario textil) o seguir sus principios y apostar por la emancipación de los de abajo. Su padre era el causante de la precariedad del proletariado y del uso de mano de obra infantil. La cercanía a esta realidad y su contacto con Mary Burns, obrera, mujer e irlandesa, le permitió conocer de primera mano Las condiciones de vida de la clase obrera de Inglaterra, ensayo que le daría fama. Mientras que el trabajo de Marx era más teórico (leyendo, interpretando y criticando a los clásicos), el de Engels era algo más empírico, según la distinción que suele hacerse en ciencias sociales.

Dicho escrito llegaría a ojos de Marx y esto no es baladí. Aunque el encuentro entre ambos jóvenes en Berlín fue desagradable, en París confiesan la admiración que sienten por el trabajo del otro y consagran su nueva amistad de la mejor forma posible: yéndose de juerga. Tras una escapada de la policía, largos diálogos sesudos y vaciar bastantes vasos de vino, llega la inspiración necesaria para que Marx lance una frase histórica: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Emociona pensar que la tesis undécima sobre Feuerbach surgió de la cabeza de Marx entre los vapores del alcohol. Emociona pensar cuantos jóvenes actuales estarán, siglo y medio después, pasando horas debatiendo sobre política y activismo y que dentro de unas décadas serán protagonistas de los cambios sociales.

Y es que este es uno de los aciertos del film. Aunque no profundiza en la complejidad del pensamiento de Marx (como sí ocurre en biopics similares como Hannah Arendt), la película tiene la virtud de enseñarnos momentos, conversaciones y lecturas que fueron dando forma a su pensamiento. Las discusiones con Proudhon que le hicieron ver la propiedad como producto de una explotación, las lecturas de los economistas ingleses David Ricardo y Adam Smith recomendados por Engels, que fueron decisivas para su teoría del valor trabajo. La propia escena inicial va acompañada con la voz de Marx citando pasajes de Montesquieu. De igual forma, determinadas escenas muestran detalles más sutiles que sugieren detalles del pensamiento de ambos autores: en una escena Jenny Marx y Mary Burns hablan sobre la familia y el tipo de vida que desean tener. Sin ánimo de desvelar este interesante diálogo, basta decir que la posición de Mary y Friedrich nos parecen bastante más actuales (aunque en la actualidad no se han resuelto), anticipando los escritos de Engels sobre la familia y la situación de la mujer, que ocuparían gran parte de su estudio.

Y es que esta cinta dedica una notable atención a las compañeras de vida y lucha de los protagonistas: Jenny Von Westphalen abandona el lujo de su vida de aristócrata por compromiso político y para formar una familia con el melenudo judío y socialista de Marx. Su familia, encantada. Por su parte, Mary Burns era una mujer con carácter, triplemente oprimida (mujer, proletaria, extranjera), concienciada con las penurias de su clase y fue clave para que Engels entrara en contacto con el proletariado.

Uno de los atractivos de El Joven Marx —particularmente para quienes amamos la Teoría Política— es ponerle cara a varios de aquellos pensadores que se reunían, carteaban, discutían y se ponían verdes entre sí. En la cinta podemos ver la enorme influencia que tenía Proudhon entre los socialistas (utópicos) de la época o el discurso anarquista de Bakunin o el mesianismo de activistas como Wilhem Weitling. Se mencionan a otros pensadores como Moses Hess, Adam Smith, Friedrich Hegel, David Ricardo o Montesquieu. Finalmente aparecen colectivos como los jóvenes hegelianos o la Liga de los Justos.

La ruptura entre los socialistas utópicos y los “nuevos” comunistas se materializa en la convención de la Liga de los Justos en la que por primera vez interviene Engels como delegado. Esta organización utilizaba como lema “Todos los hombres son hermanos” en consonancia con la idea abstracta de solucionar las injusticias. Contra este enfoque, Engels enuncia un apasionado discurso que introduce un concepto clave en el pensamiento emancipatorio: el antagonismo. Aunque había antecedentes (Weitling), la moción de Engels consagra la lucha de clases entre proletarios y burgueses como parte de la esencia del movimiento, lo que hace que la organización pase a llamarse la “Liga Comunista” y su lema uno que hoy es de sobra conocido: “Proletarios de todos los países, ¡uníos!”.

Como su propio nombre indica, El Joven Karl Marx únicamente narra la juventud de Marx y Engels. Se queda mucho en el tintero: la Internacional y la disputa con Bakunin, la observación de la revolución de 1848, la redacción de El Capital… Lo bueno es que así, siguiendo esta línea, habría material para una trilogía sobre estos dos pensadores. Dos jóvenes activistas cuya amistad tuvo, a largo plazo, consecuencias revolucionarias.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/camara-civica/el-joven-karl-marx

El amor en aforismos

Amar es dar lo que no se tiene
a quien no es.
      Jacques Lacan

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El AMOR ES AL SABER. Sócrates en el Diálogo El banquete, o del amor, dice que el amor es a algo, que hay un objeto del amor. Sólo se desea y ama lo que no se posee: “Luego este y cualquier otro que siente deseo, desea lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo que él no es y aquello de que carece ¿no son estas cosas semejantes el objeto del deseo y del amor? […] ¿No es el Amor en primer lugar de algo y en segundo lugar de aquello que está falto?” Luego Sócrates relata una enseñanza de su maestra Diótima, poniendo en boca de una mujer, su filosofía del amor. Eros no es ni bello ni feo, sino algo intermedio. No es un gran dios sino un demonio (un genio), intermediario entre los hombres y los dioses. Y expone el mito del nacimiento de Eros, el hijo de Poro (la abundancia) y de Penía (la pobreza), concebido durante el festín olímpico en el nacimiento de Afrodita (por lo que el amor es escudero de Afrodita y eterno enamorado de la belleza. Por ello Eros hereda de su madre la indigencia y del padre lo bello, astuto, pródigo, charlatán y sofista. El amor, por indigente y rico, desea poseer lo bueno y la inmortalidad. Por eso Eros nace y muere en un mismo día. Todo lo que logra se le escapa; nunca es pobre ni rico, ni sabio ni ignorante. El amor es filósofo.

EL AMOR Y EL AMO. Uno de los laberintos y trampas del amor es que pide un Amo. “Amo a mi Amo” —susurra el amante cuando espera. La gran trampa del amor es que ante el Amo se apaga, como la luna ante el nacimiento del alba, toda la libertad  y la voluntad individual.

LA BUSQUEDA DEL UNO. “No somos más que Uno” -—se dicen los amantes—. Este es el proyecto del amor. Eros, ya lo sabían los griegos, es tensión hacia lo UNO. Eros, afirma Platón en la República, que todo lo congrega y todo lo reúne y crea unidades cada vez más complejas. Pero como el amor está relacionado con el Uno, no saca a nadie de sí mismo. Narciso se ahoga en la fuente porque no sabe que es más divertido mirarse en los ojos de una ninfa.

HABLAR DE AMOR. No se puede hablar de amor. El amor no es más que una canción, una carta, una declaración. El lenguaje es un muro entre los amantes que les impide comunicar sus cuerpos. No hay amor sino amuro, dice Lacan. No se puede hablar de amor porque es una experiencia inefable. Y justo porque no se puede hablar es de lo que más se habla.

EL DERECHO, EL AMOR Y EL GOCE. El derecho se entromete con el amor y con el goce para administrarlos. El derecho no desconoce que tiene que regular la locura del amor por el peligro social que representa. Si de algo sabe el derecho es de los asuntos de la cama, que tienen que ver con el usufructo: gozar sin despilfarrar.

LA IMPOTENCIA DEL AMOR. Todo amor por grande y recíproco que sea ignora que no es más que deseo de ser Uno. Aquí está su mayor desdicha, su impotencia y su imposible. Pero el amor apuesta el corazón a que nada sea imposible para el amor. Esto es lo que Nietzsche en Más allá del bien y del mal llama superstición del amor, porque “hasta el amor más profundo tiene más capacidades para destruir que para salvar.”

EL AMOR Y EL SER. Existe una hermosa historia india. Una doncella era visitada todas las noches por un corcel, quien tocaba a su puerta con estas palabras: “Ábreme, por piedad”. La joven le preguntaba: “¿Quién eres?” “Soy yo” -—respondía el amante—. Esto sucedía durante varias lunas, hasta que un día, ante la misma pregunta de la doncella, el pertinaz corcel responde “Soy tú”, y ella le dice “Entonces pásale”. El discurso del amor es el discurso del ser, querer el ser del otro y ser el otro. Es aquí donde hace su fatídica aparición el odio. Se puede llegar a odiar con facilidad al que no se puede tener, al que no se puede parecer. “Del amor al odio no hay más que un paso.” Pero también, tarde o temprano, se llega a odiar al espejo porque sus destellos son mortales. Dicen que sólo los que se parecen se aman. Sí. Pero si llegan a parecerse demasiado el odio entre ambos es mortal.

EL HÁBITO DEL AMOR. El hábito sí hace al amante. El semblante, la imagen del otro cuenta mucho para el amor. Una cotorra estaba enamorada de Picasso, y el pintor lo sabía porque le picaba el cuello de la camisa. El amor al hábito suele ser más importante que el monje. El goce del cuerpo sólo se da cuando ya no hay traje.

EL AMOR ES SUJETO. Georges Bataille en El Erotismo descubre que el cuerpo corre el peligro de convertirse en cosa, de servir al goce del otro y de otro, de ser envilecido, como “una piedra o un trozo de madera”. Sólo el espíritu con su íntima verdad subjetiva ama al otro y ama el amor. El espíritu es sagrado mientras que el cuerpo guarda una secreta relación con lo profano. Sólo en la comunión del cuerpo y el espíritu se puede decir con justeza que “se hace el amor”.

LA PASION. Cuando de pasión se trata hay que hacer un Tratado de la pasión como el de Eugenio Trías. Más que el amor, es la pasión la que pretende lo imposible: que dos sean UNO. El apasionado padece. Su padecimiento es ante la necedad de desbordar los límites del cuerpo. La pasión quiere alcanzar un punto de fusión del dos en UNO. Sólo la muerte resuelve la pasión en un dúo-cidio, donde hay que morirse en lo real para fundirse en lo imaginario. La pasión ama más a la muerte que al amado,…o sólo lo ama muerto. Es un amor a muerte.

IDEAL DEL YO, EL AMOR IDEAL. El ideal del yo pone en sí mismo lo que admira en otro, para colocarse en el lugar del yo ideal, como visto por otro, envidiado, deseando un objeto maravilloso que imagina tener: la más atrapante de las  imaginarías del amor, aunque muy satisfactoria, y por la que se paga cualquier precio. El amante ama al otro por lo que es y por lo que quiere tener del otro. Pero el que ama es un engañador pues sólo pretende ser amado, hacerse amar. Como en El Banquete de Platón: amarse a uno por medio de la identificación con el otro.

El AMOR ANTROPÓFAGO. El amor siempre ha fantaseado comerse al otro. En el Capítulo “El Cuerpo” de la novela La inmortalidad, Milan Kundera narra que como Gala y Dalí querían hacer un largo viaje no sabían qué hacer con un conejo muy amado que tenían; y Gala decide guisarlo y servirlo en la cena; Dalí, al presentir que se trata del animalito amado, corre a vomitar; pero Gala se queda serena en la mesa, y mientras mastica le transmite a Dalí el placer que le produce el más grande acto de amor, en que el animal amado va a formar parte de sus tejidos y de su ser, cuyo goce tan intenso que la relación sexual le parece una estúpida cosquillita. “Quisiera tenerte dentro”, susurra el amante, mientras muerde con desesperación y cuidado.

EL AMOR A SI MISMO. A Jean Genet en su novela Santa María de las Flores le sucede, más de varios soles, amar sin objeto, besarse la mano, desear tragarse a sí mismo volviendo del revés la boca abierta, haciendo pasar por ella todo el cuerpo y el Universo, … una experiencia que llama “mi visión personal del fin del mundo”.

EL EROTISMO. El erotismo, dice Bataille, es “la búsqueda de la continuidad del ser”. Como desde el nacimiento nos desprendemos del Ser, nos hacemos seres discontinuos, aislados, y a lo largo de la vida tratamos de continuarnos, comunicarnos con el otro, los otros, el Otro, la Naturaleza, el Universo. El erotismo del cuerpo quiere comunicarse, continuarse, con otro cuerpo, pero se encuentra que sólo puede tomar prestado por un corto tiempo una parte del cuerpo del otro, sólo un abrazo, una caricia, … y por instantes un trozo de ser. Como el erotismo de los cuerpos falla, entonces se busca comunicarse con el espíritu del otro, y se pasa al erotismo de los corazones: ser UNO en el espíritu, pensar igual, amar igual, querer lo mismo, amar al espejo como a uno mismo; pero el problema es que ahí hay dos, y en lucha por ser sí mismos cada cual. El último recurso es el erotismo sagrado.

EL AMOR A DIOS. Como el amor al otro falla y es imposible continuarse en él, se busca algo trascendente y superior que no falle: el amor a Dios. He aquí el más intenso de los goces, como se puede leer en la Séptima Morada de Santa Teresa. El amor a Dios que aspira unirse al Todo y no a un otro efímero y limitado, terrícola y mortal. Pero sólo es posible  integrarse al Todo a través del éxtasis místico, cual experiencia de agonía y muerte. Por ello el canto de Teresa: “Muero porque no muero”.

Fuente: http://michoacantrespuntocero.com/el-amor-en-aforismos/

Encuentro y desencuentro

Ante la angustia de la pérdida, el análisis revela un resultado paradójico, su carácter constitutivo. La desaparición de la experiencia pone en cuestión los diagnósticos tradicionales. La obsesión no es la duda blanda de la conveniencia.

Por Luciano Lutereau *

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La ilusión capitalista es la de que existe el individuo que ofrece libremente su fuerza de trabajo en el mercado. El correlato de esta ilusión en el amor es la creencia de que dos personas pueden encontrarse y no estar atravesadas por una historia, duelos pendientes, el presente transversal de lo que no ocurrió con otras personas, el encuentro que siempre supone desencuentro. Es fácil no ser capitalista en lo ideológico, no tanto en el amor.

De una época a otra. Para el obsesivo, una especie del pasado, el conflicto central de su neurosis era cómo autorizar un deseo a partir de la confrontación con la ley de un padre terrible. Para el varón de nuestro tiempo, el conflicto es cómo soportar el amor por un padre que no es ejemplo de nada, humillado y rescatado por el amor del hijo. Es una diferencia clínica, pero también generacional, basada en transformaciones socio‑históricas que precarizaron el lugar del varón en el mundo del trabajo.

“Hacer‑algo‑para” es una estructura que “sirve” para evitar un conflicto. El refugio en la utilidad, como una forma de evitar la pérdida, sacarle a todo algún provecho, es la moral contemporánea que aniquiló a las neurosis, con sus propias armas, la del obsesivo: la degradación del deseo a la demanda, no para que el deseo reprimido retorne, con la fuerza del síntoma, sino para que sea deseo de demanda. Ya van quedando pocos neuróticos, ganan los cálculos de conveniencia.

Hay una forma, claramente posmoderna, de resolver la angustia de ante la pérdida, decir cosas como “bueno, algún día se iba a terminar”, “eso ya estaba perdido de antemano”, etc. Son formas habituales de la obsesión, con las cuales el neurótico rechaza el síntoma y, por lo tanto, adopta (se adapta) a una posición conformista. En lugar de atravesar la pérdida y perder la pérdida, que es el movimiento del análisis, prefiere el consuelo de la resignación. ¡Qué problema cuando es el analista quien usa ese espíritu posmo para intervenir y dice cosas como que “todo no se puede”, “siempre algo se pierde” u otras fórmulas de manual, todas igualmente insoportables, igualmente leves. Ante la angustia de la pérdida, el análisis revela un resultado paradójico, su carácter constitutivo, como dice la canción de Rosario Bléfari: “Lo que se pierde en una tarde, lo que se gana de una vez”. El psicoanálisis que me interesa tiene menos tango y más canciones.

La desaparición de la experiencia pone en cuestión los diagnósticos tradicionales. Freud pensó sus categorías en un mundo en el que todavía pasaban cosas, en el que se vivía y, por ejemplo, un neurótico se iba tres meses a unas termas a ver qué pasaba. Hoy en día perdimos el sentido de la transición, del pasaje, la salud de pasar de una cosa a otra. Un niño deja de hacer algo porque no le sale, y eso no habla de su intolerancia a la frustración, sino de que no disfruta de explorar, de ver qué ocurre después. Es el mismo aburrimiento que agobia a la mujer casada que empieza una historia con un compañero de trabajo. “¡Conflicto!”, podría pensar el desprevenido y diagnosticar duda obsesiva entre el marido y el amante. Ni siquiera. Es simple: la única manera de sostener ese trabajo es erotizando la escena, con un deseo que despierte un poco. El deseo no como causa, sino como recurso onanista. El típico “pajerismo” de las oficinas. Esta erotización de la vida cotidiana es una defensa desesperada contra el aburrimiento, cuando ya no hay mejor que vivir.

Hace poco conversaba con un amigo que me contaba de su duda entre dos mujeres. Una le gustaba mucho, la otra también; sólo un ligero aspecto de la primera no terminaba de convencerlo. Piensa, además, que la segunda también tiene un rasgo que no lo convence del todo, pero es algo propio de las mujeres. “Es que soy muy obse“, dice y yo pienso que si en lugar de mujeres hubiéramos estado hablando de la oferta de Coto en lácteos (ni siquiera en vinos) ese fin de semana o de cómo votan los argentinos, hubiera sido lo mismo. La obsesión es un síntoma fuerte, no es la duda blanda de la conveniencia. Neurótico no es quien elige el mal menor, la opción en la que picás como un pececito el anzuelo que te hicieron creer era dorado. A mi amigo, se lo dije, le faltan agallas para neurotizarse; aunque el neurótico sea cobarde, al menos es digno, no se baja el precio ante el conflicto, como sí hace el narcisista, cobarde y ventajero. Y después de esta declaración pedimos nuestra segunda cerveza artesanal en el happy hour.

* Psicoanalista, Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología por la UBA. Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina(Galerna, 2016), Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres (Letras del Sur, 2017) y El goce de la mirada (Nube Negra, 2018).

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/94292-encuentro-y-desencuentro

La cifra imposible

Psicología, neurociencias y mercado
Por Alejandra Jalof
En el psicoanálisis, la investigación de la causalidad psíquica no puede ser cuantificable.
Pero ahora la psicología que habla la lengua de los neurotransmisores se sumó al carnaval de las cifras: en una sociedad regida por el capital, sus operadores solo aceptan números para evaluar su rentabilidad.

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“Fue una cura brillante pero perdimos el paciente”.

E. Hemingway

A Otto Fenichel no le gustaban las sorpresas, por lo que cuando Freud descubrió la pulsión de muerte optó por dejar a Freud.

La travesura de Fenichel, más que un pataleo dirigido a Freud, complacía a los marxistas cientificistas en el intento de compatibilizar el psicoanálisis (cuya teoría Fenichel rechazaba) con la ciencia del tratamiento de los perros, razón por la cual cambió al padre del psicoanálisis por el reflexólogo Pavlov.

En una luminosa ocurrencia, se propuso medir el cambio terapéutico bajo las poco cuantificables categorías de “curado, bastante mejorado, mejorado, no curado”. Para evaluar la caprichosa escala presentó porcentajes de mejoría concluyendo que el psicoanálisis que él aplicaba sin aceptar ni entender, tenía porcentajes poco alentadores. “Espere lo que desee”, decía Lacan, y Fenichel concluyó en lo que decía no buscar.

Una vez más, al psicoanálisis le toca dar la mala noticia: contra todos los optimismos positivistas, los humanos resisten el deseo de saber por qué el cambio que ello implica alejaría a los sujetos de lo que los guía, la compulsión de repetición, vehículo de la pulsión de muerte. Se acusa al psicoanálisis de haber inventado un Golem tergiversador que en realidad Freud descubrió detrás de las etiquetas vienesas.

De ahí en adelante, y por generaciones, se acusa al psicoanálisis de haber develado que hay algo mucho peor que los monstruos.

Freud constató que la cultura fracasará siempre en su intento de domar a esas fieras.

Fenichel, instalado en los Estados Unidos, negó la constatación y no respondió la pregunta de por qué los seres humanos repiten las experiencias de dolor en lugar de abandonarlas como hacen los animales. Cuando creyó haber reformado el psicoanálisis, en realidad lo había abandonado.

Los intentos de demostrar que los humanos pueden aprender de los roedores cómo abandonar la pulsión de repetición a través de la reeducación, depositan en los sujetos la propia impericia.

La psicología experimental carga desde sus orígenes con los condicionamientos para sentarse a la mesa de sus primos ricos, los médicos.

Los experimentadores que han dicho explicar la conducta humana a partir de la del animal, como Skinner y Pavlov, han tenido éxito para explicar la psicología de estos últimos, pero no su  correspondencia con las humanas.

Mimetizados hasta en los guardapolvos, dicen replicar el modo experimental  de las ciencias llamadas duras para demostrar con cifras lo que no existe.

La cruzada de la cuantificación dice: “No importa que no exista, mídalo igual”.

Al psicoanálisis se le recrimina no aportar cifras que apoyen la existencia de lo que formula, es decir no cumplir con los criterios de objetividad de  la ciencia.

Freud era un investigador y descubrió el inconsciente gracias a seguir las huellas de la causalidad psíquica. No abandonó el espíritu científico sino que lo revolucionó redefiniendo la noción de causalidad.

El psicoanálisis no discute criterios de objetividad con la ciencia porque su objeto no es el mismo, atiende a su propia causalidad, dado que la  noción de causa, razón y objeto no son monopolio de la ciencia positivista.

Es un triunfo del psicoanálisis verificar los resultados clínicos de un nuevo saber no encuadrable dentro de la ciencia positiva, opuesto a la magia, y distinto de la religión. A la demanda de que aporte cifras, el psicoanálisis sólo puede ofrecer su interpretación.

La investigación de la causalidad psíquica no puede ser cuantificable porque no se aplica a un objeto universal sino a una subjetividad particular. Esto no constituye una falla epistémica subsanable por otra teoría sino que refleja la estructura misma de su peculiar objeto, abordable con una única herramienta, la palabra y sus intrincados desfiladeros.

El psicoanálisis no pretende ni requiere el aval de la comunidad científica y, al igual que la ciencia, se garantiza dentro de la consistencia de su propia lógica y del reconocimiento de su comunidad.

Desde sus orígenes, el psicoanálisis se mantuvo al margen de la psicología y se opone a sus preceptos, siempre tomados y adaptados de otras disciplinas.

La psicología es huérfana de padre y desde sus orígenes se ofreció a ser adoptada por las escuelas que amaestraban perros (reflexología), y la fenomenología de Hüserl que la abandonó por Heidegger. Algunos despechados se refugiaron en cuasi religiones psiquiátricas, como la teoría de la empatía jasperiana y la Gestalt. Luego repitió como un mantra, y sin entender, las leyes de la termodinámica, y se hizo hippie junto a las teorías sociológicas de la escuela de Palo Alto. Hoy coquetea con los neurocientíficos y habla la lengua de los neurotransmisores. La estadística le presta sus lápices de colores, gráficos y tablas. Se ha sumado al carnaval de las cifras. No es ingenua, sabe que en una sociedad regida por la ganancia y el capital sus operadores aceptarán sólo cifras para evaluar sus conveniencias de rentabilidad. La batalla entre los laboratorios y las prácticas del comportamiento y su manipulación se pelean por el mejor presupuesto y la mayor ganancia.

La ciencia no está exenta de las identificaciones forzadas. Hoy se ha transformado en tecnología por la exigencia de la economía de mercado. Las máquinas son más rentables que los científicos. Con técnicos y operadores instruidos alcanza para operar una máquina. En muchos casos, la ciencia se presta a ser utilizada para investigar y presentar sólo resultados que justifiquen la venta de productos farmacéuticos. Se han rendido a los vasallajes del mercado, la ciencia se compra y se vende como un producto mas.

Nadie lee los gráficos que presentan los operadores que defienden la eficacia (ganancia) de determinado método, aportan cifras que nadie lee. Sus “papers” son archivados o publicados sus resúmenes para causar una impresión favorable por la pátina que dan los nombres de “ciencia e investigación” que seduce a un público incauto que cree más en el énfasis de los nombres que en la verdad que dicen revelar.

En 2008, una revista portorriqueña de psicología1 repite lo que los operadores necesitan para convencer los incautos. El objeto es aportar cifras sobre la utilidad de distintos abordajes para combatir la depresión. Afirman que la medición es indispensable para la evaluación del cambio terapéutico y que la utilidad clínica de la misma depende de cuán generalizables sean las investigaciones “según los costos y beneficios de quien los requiere” (sic).

En una experiencia surrealista, para “demostrar” el éxito del método, presentan tablas y gráficos estadísticos. Por último concluyen con ecuaciones matemáticas que lo reflejan. En síntesis, han logrado fotografiar el Big Bang.

En nuestro país hoy las mal llamadas neurociencias aplicadas a lo psíquico también dicen haberlo hecho, y muestran la localización de los afectos en coloraciones cerebrales a partir de imágenes obtenidas por una maquinaria,(resonadores magnéticos), ya poco confiable para la ciencia misma.

Sería un delirio si no fuera porque de lo que se trata es de corregir la experiencia subjetiva del dolor humano a través de una ingeniería social bajo métodos coercitivos. El argumento, por demás infantil, es que como la vida humana se prolongará (gracias a la ciencia), entre otros, los pobres no deben estar fijados al sufrimiento que la pobreza les ocasiona hoy, sino pensar en las expectativas del mañana. La población a la que orientan sus métodos no son las personas sino las masas. Los gobiernos, aliviados. Es más fácil manejar masas que sujetos.

La cifra exacta

A principios de los 90, un laboratorio con sede en Indianápolis sintetizó una nueva droga, la fluoxetina, que salió al mercado con el nombre de Prozac bautizada “droga de la felicidad”, lo que generó una epidemia de diagnósticos de depresión. Encontramos que con los mismos métodos objetivos y cuantificables, los que antes habían sido diagnosticados como “trastornos  de la ansiedad” en realidad eran todos “depresivos”.

La cifra incontrastable es que, en 1995, Eli Lilly ganó 2300 millones de dólares gracias a investigaciones financiadas por ellos para obtener los datos duros de su conveniencia.

En 2002, un eficiente servidor de cifras dirigió una investigación que concluyó que las nuevas TCC (terapias comportamentales) eran más eficaces en el tratamiento de las enfermedades mentales que los fármacos.

El investigador DeRubeis cotizaba alto en el ámbito de las finanzas. En oportunidad de ser entrevistado por una periodista del Wall Street Journal, (mayo 24, 2002), se explayó en cifras alentadoras sobre cuánto cuesta un depresivo al año tratado con uno u otro método, a los efectos de promocionar las terapias comportamentales.

El artículo revela que la cuantificación de las ganancias y los grados de depresión se confunden hasta tal punto que no se sabe si un “deprimido severo” no se define sino como aquél que le cuesta más dinero al estado o las aseguradoras.

Más modestos, los laboratorios locales ganaron 900 millones con la comercialización del metilfedinato (MDF), en Argentina conocido como Ritalina, para medicar el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), enfermedad cuyo inventor antes de morir reconoció que no existía. Los estudios de laboratorio habían demostrado la conveniencia de la aplicación para medicar una enfermedad inexistente cuya incidencia se decía era el 10 por ciento de la población infantil en edad escolar.

Lo que la investigación no llegó a precisar en los prospectos era el riesgo de sus efectos colaterales.

Sobre la bipolaridad que asuela hoy como el cambio climático, las investigaciones aportan cifras. Aseguran que la mitad de la población está mal medicada, ya que hay la mitad de depresivos de los diagnosticados y el doble de bipolares.

La investigación llevada a cabo en los Estados Unidos por la Depressive and Manic-Depressive Illness National Association concluye con cifras  “fidedignas” que sobre una gran poblacio?n de pacientes bipolares, sólo el 48 por ciento habi?a sido diagnosticado como bipolar.

A nadie le importarían estas cifras si no fuera porque aseguran beneficios siderales en la comercialización de estabilizadores del ánimo. Otras investigaciones cuyos resultados estadísticos son tan válidos como los anteriores aseguran lo contrario. La bipolaridad estaría subdiagnosticada.

En este caso, un estudio medido con los mismos métodos válidos y confiables, realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Brown de Rhode Island, ha sugerido que hasta un 50 por ciento de los casos diagnosticados de trastorno bipolar podrían ser falsos positivos.

El valor de las cifras se vuelca en este caso a la ganancia en la comercialización de antidepresivos.

Jean Claude Millner pone en forma la cuestión de la evaluación cuantitativa con una breve cita de Rousseau: “La manía de negar lo que es y explicar lo que no es”.

* Psicoanalista. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL).

1. “La medición en el cambio terapéutico” Vol 19, 2008 Revista Puertoriqueña de Psicología.

Tomado de: https://www.pagina12.com.ar/94347-la-cifra-imposible