Zizek otro producto más del capitalismo cultural de la época

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Una cosa se le ha de reconocer a Zizek: ha comprendido perfectamente el funcionamiento del “capitalismo cultural” de nuestra época. Sabe que la autoridad que ayer hacía respetable al intelectual en el espacio público, que se basaba en el reconocimiento científico, filosófico o artístico de su obra por parte de sus pares, ha desaparecido porque justamente esas instituciones legitimadoras están en trance de demolición. Podría haber escrito novelas o haber hecho películas para llegar a las masas, pero sabe que también el cine y la literatura han perdido sus condiciones de influencia social. Podría haberse unido a un partido político, pero se dio cuenta de que se trataba de otra institución obsoleta.

Una cosa se le ha de reconocer a Zizek: ha comprendido perfectamente el funcionamiento del “capitalismo cultural” de nuestra época

Y vio con claridad que, entre las ruinas de esa demolición, se erguía un dispositivo —ese que conocemos como “redes sociales”— que podía prosperar en las nuevas condiciones de miseria cultural porque reproducía espléndidamente la dinámica del mercado del siglo XXI: un movimiento frenético y peristáltico que funciona mediante colapsos y contracciones, que destruye cualquier continuidad y que carece de finalidades, pero que puede producir grandes corrientes colectivas, aunque sean efímeras, inestables y contradictorias, a golpe de escándalo cibernético.

Se percató de que tenía más éxito si decía que el problema de Hitler es que no fue lo suficientemente violento o si se declaraba partidario de Trump

En estas nuevas condiciones, un intelectual que se rebele contra esta situación y se empeñe en seguir escribiendo libros o un político que intente defender la democracia social de derecho tienen tan poco glamur y suenan tan anticuados como un periodista que se obstine en seguir difundiendo información en lugar de plegarse al sensacionalismo. Claro que de todo esto también nos hemos dado cuenta los demás. Pero, en lugar de sublevarse contra ello, él ha sido más atrevido y se ha adaptado al entorno. Se percató de que sus “intervenciones” tenían mucho más éxito, y se convertían en virales, si decía cosas como que el problema de Hitler y de los jemeres rojos es que no fueron lo suficientemente violentos, si se declaraba partidario de votar a Trump o si sostenía que el asesinato de masas es un soberbio ejercicio hermenéutico. Y eso es lo que hizo: construyó una “filosofía” que es como una cinta sin fin de tuits embutidos en la metafísica de Hegel y sabiamente aderezados con consignas comunistas, chistes, escenas de películas y herméticos apotegmas lacanianos.

A él toda esta demagogia autoritaria le sale gratis, puesto que solo persigue causar una turbulencia contagiosa que se agota en su propia agitación

Mientras otros seguían condenando el totalitarismo, apoyaban a Clinton o censuraban el Gulag (y, claro está, quedaban fatal, como retrógrados trasnochados), él daba a los nuevos públicos las transgresoras posverdades que querían oír. Por eso les gusta tanto a los revolucionarios nostálgicos y a ese tipo de comisarios de arte contemporáneo que no saben ya qué hacer para conseguir un escándalo que les mantenga en el candelero. Con la ventaja de que, a diferencia de lo que les pasaba a Stalin o a Pol Pot, a él toda esta demagogia autoritaria le sale gratis, puesto que no persigue más objetivo que causar una turbulencia contagiosa que se agota en su propia agitación.

Visto con los viejos estándares, siempre habrá quien diga, como Chomsky, que “no hay nada de teoría en todo este rollo”, que no supera lo que puede explicarse en cinco minutos a un niño de doce años, que no hace más que repetir unas consignas esencialmente vacías, como sugería John Gray, o que su éxito no es más sorprendente que los de Trump y todos sus ahijados populistas. Sí, sólo son fantasmas, pero vamos a necesitar mucha ilustración para convencer de eso a todos los que se han decidido por la irresponsabilidad de creer en ellos. Y eso mismo —reanimar las estructuras institucionales de la ilustración— es lo que tratan de impedir a toda costa, porque viven únicamente de su denostación.

 

Publicado originalmente en https://wordpress.com/post/grupoappeler.wordpress.com/5897

¿Qué queremos, justicia o venganza?

Por Alberto Isaac Mendoza Torres

En las últimas semanas me ha rondado una duda: ¿qué buscamos como individuos y como sociedad?, ¿será que en verdad queremos justicia, o buscamos venganza, hasta sus últimas consecuencias y las últimas gotas de sangre?

Nos enfrentamos -como siempre- a situaciones de inseguridad verdaderamente graves. Negarlo sería oficioso. Pareciera que los crímenes de odio se han disparado, principalmente contra las mujeres. Y que hoy podemos perder la vida por reaccionar con miedo ante un asalto para que se nos quite la cartera con unos cuantos pesos y un teléfono que aún no ha sido pagado.

Escucho a la gente hablar de todo lo que se debería hacer para acabar con la inseguridad pública, y con una de sus manifestaciones más lamentables: el homicidio de mujeres. Y en todas ellos detecto una gran carga de deseos de revancha.

Del mismo modo cuando escucho agravios personales, como los pleitos entre parejas, las ofensas hacia personas desconocidas en la vía pública, o los abusos por parte de un comerciante hacia alguien que adquirió un bien o servicio, no veo que haya deseos de que el daño sea reparado, sino de que se desate la furia en contra del agresor. De que reciba su merecido, que será siempre mayúsculo al daño provocado.

La justicia es el mayor de los eufemismos. Es decir, la expresión más suave para decir algo que puede ser tabú, como cuando nos referimos a las personas de la tercera edad, así, para no llamarlos viejos, porque hoy eso es políticamente incorrecto. Y lo políticamente correcto es la moral de nuestros días.

Aprendimos y repetimos sin cansancio que justicia es dar a cada quien lo que le corresponde. ¿Pero qué es lo que le corresponde a cada quién?, y es más, ¿quién dice que es eso y no otra cosa lo que le corresponde?

Los individuos renuncian a la violencia en favor del Estado, para garantizar que cierta estabilidad se mantenga. Y que sea mediante las leyes, las ordenanzas, los decretos los reglamentos, como la vida de las personas pueda ser regulada, tanto en lo público como en lo privado. Por eso sabemos que, si alguien retoma su violencia, y rompe estas reglas, estos mandamientos, tendrá una sanción, se castigará el cuerpo e incluso el alma. Hay pecados capitales y pecados veniales. Pero ninguna acción se queda libre de castigo, o de premio.

Si decides que la luz roja que te marca el alto en la esquina es un impedimento para conseguir lo que quieres -como llegar no tan tarde a tu trabajo, por ejemplo-, te saltas esa señal. Estás advertido que puede venir otro conductor con los mismos pensamientos que tú y tener un accidente que puede dañarte el auto o incluso provocarte lesiones, leves o de gravedad. Y si eso no ocurre, pero hay un agente vial cerca, que ve lo que hiciste, te multará, bajo una tasa de castigo que es completamente arbitraria. ¿Pero quién asegura que pagar 300 o 500 pesos por esa infracción vial es lo justo? Quién tiene la certeza de que el infraccionado, una vez que reciba el castigo económico no volverá jamás en su vida a ignorar la ley vial. Si provocó un accidente y daños a terceros, qué castigo podría ser el justo. Cómo se repara el daño, si es que hubo una persona muerta, o resultó con lesiones que le impiden volver a trabajar de por vida. Seguramente el afectado, y los suyos, querrán un castigo ejemplar para el infractor. No bastará con cumplir lo que dice el tabulador de infracciones. Que se refunda en la cárcel. Es la expresión más benevolente que podemos escuchar en estos casos. Escucharla, aunque no se diga, para no dejar de ser políticamente correctos.

La filósofa judía Hanna Arendt, pidió al semanario “The New Yorker”, que le permitiera cubrir como corresponsal el juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén. Quedó tan impactada por la manera en que Eichmann respondía a los cuestionamientos de los jueces, que llegó a crear el concepto de la “banalidad del mal”. Es decir, no se necesita ser un monstruo, un desquiciado, para cometer crímenes. Basta incluso con seguir órdenes, como todo buen empleado.

Arendt nos enseñó que el mal vive en nuestras casas. Desde luego que esta postura molestó mucho a los judíos, porque lo menos que esperaban de ella es que lapidara al nazi juzgado. Tal y como lo hizo el tribunal que lo juzgó en Jerusalén. Hanna Arendt, fue condenada, perseguida y sancionada por su propia comunidad. Evidentemente no buscaban justicia sino venganza.

Tal y como nos llega a ocurrir en los actos del día a día, ¿en realidad queremos justicia?, ¿no será que lo que en verdad deseamos es la venganza?, pero no lo aceptamos por temor a no ser políticamente correctos.

 

Publicado originalmente en: http://diariotiempo.mx/entretenimiento/opinion-queremos-justicia-venganza/

Diferencia entre angustia y ansiedad (2/2)

“La mayor aflicción es la del futuro traicionado”
Olga Orozco

Sigmund Freud a principios de siglo XX, fue el primero en introducir el concepto de angustia de manera técnica. Utilizó el término alemán “Angst” con el que definía un estado de ánimo, en el que se sentía un afecto “negativo” en el que no había objeto que lo causase.

Este concepto fue traducido al inglés como “anxiety” y en español fue traducido con doble significado: ansiedad y angustia. Desde entonces, de manera coloquial se podría entender que los dos conceptos aparecen como sinónimos, en ámbitos no clínicos, hasta la actualidad, utilizados para describir un estado físico desagradable, que cursa con gran inquietud, intranquilidad, desasosiego ante peligros imprecisos y/o que generan un miedo exagerado y por supuesto, desadaptativo para la vida diaria.

¿Pero a nivel clínico? ¿Es lo mismo?

La herramienta más extendida a nivel internacional para la clasificación de trastornos mentales es el DSM-V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), donde se incluye un apartado dedicado a los trastornos de ansiedad. A pesar de las críticas a esta Constitución de la salud. En este manual se trata la angustia como subtipo de los trastornos de ansiedad.  Que cursa con ataque de pánico y que es de corta duración siendo la ansiedad más prolongada en el tiempo. Pan según la mitología griega era un dios, que se aparecía repentinamente por la noche causando terror, “pánico” a la gente. Además, el prefijo pan, quiere decir “todo”, sería una angustia repentina y total, similar a cuando en las batallas de la guerra, se le corta la cabeza al general al mando de la tropa que satisface la identificación y ejerce el mando de la acción. Luego, uno no sabe quién es y se produce una despersonalización…

La angustia está relacionada con el sistema parasimpático, “no sé qué me pasa” la ansiedad con el simpático “me asusta el león”. Algunas anginas de pecho, están relacionadas con una angustia permanente que consigue presionar las arterias. Y suelen tener un patrón de personalidad A, y tiene 2,5 veces más posibilidades de presentar infarto de miocardio. Aquella que se relaciona con la velocidad, impaciencia, actitud hostil, estilo dominante y autoritario.

En general, el humano siente malestar, aflicción en alejarse de su zona de confort, de la ideología conocida…por el nuevo paso a dar. La terapia te ayuda a averiguar cuál es el motivo para poder pensarlo desde un lugar más adaptativo entrando en los criterios de salud.

Diferencias entre Angustia y Ansiedad. Una aproximación. (1\2)

Sergio García
Tel 660046657
www.psicologosergiogarcia.com

 

Fuente: https://cosasdeunpueblo.com/diferencia-angustia-ansiedad-22/

Diferencias entre Angustia y Ansiedad. Una aproximación. (1\2)

“Los jueces deberían analizarse”

Irene Greiser, directora de la carrera de Psicología Jurídica

Estudió las relaciones entre el psicoanálisis y la criminología y desde hace un tiempo comenzó a vislumbrar como síntoma de la época la violencia de género. Una mirada desde el psicoanálisis de las leyes de matrimonio igualitario y de identidad de género.

Irene Greiser, autora de Sexualidades y legalidades (Ed. Paidós).

Irene Greiser, autora de Sexualidades y legalidades (Ed. Paidós). 


Imagen: Sandra Cartasso

Por Oscar Ranzani

Desde hace varios años, Irene Greiser se dedica a investigar temáticas vinculadas con la inserción social del psicoanálisis. Dirige la carrera de Psicología Jurídica, con orientación psicoanalítica, en el Colegio de Psicólogos de La Plata. Si bien esta psicoanalista, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), comenzó estudiando las relaciones entre el psicoanálisis y la criminología –que Lacan tomó en sus primeros escritos–, desde hace un tiempo comenzó a vislumbrar como síntoma de la época “la violencia de género, y otra cuestión como la promulgación de las nuevas leyes, por ejemplo, la de identidad de género”, según señala la propia Greiser en la entrevista con PáginaI12. Parte de su investigación la volcó en el libro Sexualidades y legalidades (Ed. Paidós), donde Greiser establece desde el enfoque psicoanalítico una lectura minuciosa de las leyes de matrimonio igualitario, de identidad de género y contra la violencia de género, y cómo estas normativas realizan una nueva lectura de las modificaciones de los vínculos entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, de la parentalidad (adopción) y de la sexualidad. “Y yo creo que ahí el psicoanálisis tiene algo para decir”, expresa la autora.

–¿Cómo fue realizar esta investigación teniendo en cuenta que el derecho y, en consecuencia, la ley tienen carácter universal o al menos colectivo, mientras que el psicoanálisis aborda la singularidad?

–Exactamente. Vengo trabajando hace años con un grupo de investigación en el que participan psicólogos, médicos y abogados. Es cierto que ese es el punto donde algunos hablan de entrecruzamiento discursivo. Yo planteo que no hay mucho de eso sino que hay dos caminos paralelos: la ley se rige con el “para todos”, pero el psicoanálisis siempre va a apuntar al “uno por uno”. ¿En qué punto un discurso llama al otro? Por ejemplo, las mujeres piden la perimetral. Y después, a veces, son ellas mismas las que lo transgreden. Entonces, los jueces enloquecen, se preguntan cómo puede ser que pidan la perimetral y después no la respeten. Ahí es justamente cuando piden la intervención del psicólogo. Nosotros siempre nos manejamos con el uno por uno.

–¿Por qué la violencia de género es un síntoma de época?

–El psicoanálisis plantea la imposible relación sexual. O sea, no hay ninguna ley que regule ni que diga cuál es la fórmula para aparearse entre un hombre y una mujer. Ese es nuestro real. Lo que sucede es que ahí cada sujeto tiene que hacer su propia invención. Las leyes son ficciones jurídicas. Siempre son invenciones que van cambiando de acuerdo a la época.

–No son inmutables…

–Exacto. Por ejemplo, la familia es una ficción jurídica. Hoy la familia ha cambiado. Ya no hay una familia tipo conforme al modelo mamá-papá con la norma heterosexual sino que tenemos familias homoparentales, monoparentales y, por otro lado, tenemos el avance de la ciencia que permite el alquiler de vientres y toda una serie de cuestiones, algunas de las cuales tienen que ver directamente con la biopolítica. En la época freudiana la virilidad tenía que ser amenazada para poder ponerla en ejercicio. Con el declive de la autoridad paterna, el hombre no se siente amenazado y, entonces, lo que hace –y es lo que yo planteo en el libro– es que en vez de sentirse amenazado por el padre, él amenaza a la mujer. Y es un régimen que se ha convertido en amenaza mutua porque hay mujeres que también amenazan a los hombres con que no les van a dejar ver a los niños. El chico se convierte en una herramienta de tironeo. El psicoanálisis surge como producto de un cierto declive de la autoridad paterna, como producto del capitalismo y como escolta de la ciencia, agrega Lacan. Hay dos saberes universales: uno es el de la ciencia que se impone como un universal. Y la variable singular y subjetiva la deja de lado. En ese punto, comparte lo que usted me preguntaba en relación al derecho, el “para todos”. Pero creo que es importante no superponer planos. O sea, el derecho si puede verificar un delito por más que un sujeto en su singularidad tenga la particularidad que sea, el juez tiene que sancionar y no comprender. Los juzgados no se pueden convertir en consultorios psicológicos.

–¿Por qué cree que, a pesar de que la legislación es de avanzada y progresista, se observa un incremento de la violencia de género?

–No sé. Tampoco uno puede hacer una cosmovisión de la violencia en el mundo. Son miles de factores. Lo que sí marco en el libro es que es un fenómeno de hecho. Y marco la impotencia de los movimientos populares para reducir esta violencia. No se trata tampoco de instaurar al padre. Es la época que nos toca vivir y hay que ver de qué manera cada sujeto puede hacer algo con eso.

–¿Cómo se puede interpretar desde el psicoanálisis la necesidad de formar un colectivo para luchar contra la violencia de género como el movimiento Ni una menos?

–Se ha formado un colectivo. Los movimientos de Ni una menos son la expresión espontánea: al salir a gritar están diciendo “Basta”. Ni una Menos es también una manera de decir “Basta” a esta cuestión de la contabilización de las víctimas. Pero también me parece importante remarcar que los jueces tomen algo de la expresión de estos movimientos que son multitudinarios. Hay que ver qué pasa en el uno por uno. Nosotros, como analistas, no escuchamos la voz de una multitud que se aúna en una misma consigna. Un psicoanalista escucha el uno por uno y ve qué solución puede encontrar ese sujeto para su problema.

–¿Por qué es importante diferenciar el discurso psicoanalítico del victimológico?

–En otro libro planteo que el psicoanálisis tiene como un terrorismo de la responsabilidad. Lacan dice: “De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”. Quiere decir responsables en el sentido de la respuesta que cada sujeto le da al otro. En ese sentido es que el sujeto surge como respuesta. Y, en ese sentido, ubicar al sujeto como responsable es totalmente contrapuesto a ubicarlo como víctima del otro. La categoría víctima-victimario tiene que ver con el discurso jurídico. No es una categoría psicoanalítica. Por ahí, para un sujeto, desde el discurso jurídico se marca que ha sido víctima de determinada situación, pero un analista puede escuchar que el trauma pasó por un lado totalmente diferente. ¿Qué pasa con los jueces? En el libro señalo la importancia de que los jueces se analicen. Hay psicólogos que se enojan, pero es la tarea de ellos: tienen que fallar en determinado momento y, como todo fallo, falla. Los más responsables saben que, de pronto, de su fallo va a depender hasta el destino de un sujeto: si el chico va con la madre o no, por ejemplo. No es fácil la tarea de ellos. Pero respecto de la categoría víctima-victimario, cuando un juez tiene que recurrir a la intervención de un psicólogo, saca de “la bolsa de lo psi”. Si les sale un psicólogo creyente en las terapias vinculares va a ir con todos los “re”: que resocialicen, que revinculen, que reeduquen. Si ahí toca un psicoanalista, nosotros sabemos de los límites que tiene la reeducación. Tiene que ver fundamentalmente con lo ingobernable que es la pulsión. Entonces, hay que ver qué es lo que hace cada sujeto con eso.

–El derecho se aboca a indagar en lo que pasa del lado de la víctima, pero ¿cómo se puede leer desde el psicoanálisis lo que ocurre del lado del violento?

–A ver: todo depende de qué tipo de causa. Siempre digo que un analista tiene que escuchar a un sujeto y no a una causa. El ambiente jurídico está acostumbrado a agarrar una causa, un papel, un legajo y muchas veces también lo hacen psicólogos que trabajan en hospitales. Se trata de escuchar a un sujeto. Cuando interviene un analista no escucha al sujeto desde “víctima” o “victimario”, “agredido” o “agresor”. No es así. Hay una cosa que vengo planteando en relación al abuso infantil: cómo se lo objetaliza al niño, porque no es fácil realmente comprobar el abuso sexual infantil. Y, por lo general, les hacen a los chicos muchas pruebas testimoniales. En el caso de que sí haya habido un abuso, a veces se reduplica la situación. Y Eric Laurent dice algo muy interesante: que la perversión queda del lado del Estado. ¿Qué quiere decir esto? Es por todos los dispositivos que monta el Estado para interrogar al niño. Dice “la perversión” porque lo que quiere el perverso es que el otro confiese el goce. Es decir, esta práctica del testimonio de la confesión. Y yo insisto desde hace tiempo es que si hay una sospecha de abuso, ¿por qué no reduplicar las pruebas y apuntar a la división subjetiva del violador? Y dejar un poquito de lado al niño.

–Usted presenta una situación paradójica al mencionar la Ley de Matrimonio Igualitario cuando señala que las parejas heterosexuales cada vez más se unen sin pasar por la legalización matrimonial y, en cambio, las parejas homosexuales legalizan sus vínculos. ¿A qué lo atribuye?

–No me lo pregunté en particular, pero me parece que hay algo que da cuenta del estatuto de ficción que tiene la familia. Las parejas hetero se divorcian y, en una época, cuando salió el divorcio se decía que cualquier problema que un chico tenía en el colegio era “porque los padres son divorciados”. Ahora, las parejas que ya han pasado por varios matrimonios ya no quieren por la cuestión de bienes y demás. A nivel de los derechos, el matrimonio igualitario es un avance en los matrimonios homosexuales y una conquista importante. Es importante que nuestro país lo tenga.

–Ahora en la legislación ya no se habla de “marido y mujer” sino de contrayentes que pueden ser hombre y mujer heterosexuales o gays, lesbianas y bisexuales. ¿Qué puede señalar el psicoanálisis respecto de la diversidad de identidades sexuales que deja entrever la ley de matrimonio igualitario?

–Ahí hay cuestión que yo planteo también en el libro. Lacan ubicó al discurso analítico como el reverso del discurso del amo. No quiere decir ponerse en contra del amo sino interpretar el reverso como, de alguna manera, vendría a ser interpretar la mentira de la civilización. Y algo que digo en el libro es que estamos en una época de un cierto relativismo contemporáneo, en donde el todo vale. Creo que el tema de las diversidades se rige un poco por eso: “No me encasilles”, “Hoy soy hombre y mañana mujer, drag queen, alo o bi”. Me pregunto si no es una cierta banalización del sexo. Con Freud ya tenemos asentado que la anatomía no es el destino. Pero esa anatomía debe de ser leída. Esto nada tiene que ver con la psicopatologización. Una paciente me contaba, por ejemplo, que el chico se ponía medias rosas, zapatitos rosas, los vestidos de la madre y que ella no lo quería encasillar, que era lo mismo que si se disfrazaba de Batman. Y no es lo mismo asumir un personaje que banalizar y decir que disfrazarse de Batman es lo mismo que vestirse de princesita. Yo creo que, en un punto, la sexuación es difícil de ser eluida y por más que las leyes cambien, las leyes nunca le van a dar al sujeto la clave de su goce.

–¿Por qué cree que sigue siendo discutido que un niño pueda ser criado en el marco de una familia homosexual?

–Hay muchos argumentos que caen por su propio peso. Por eso, yo también me metí un poco con estos temas ya que creo que estamos asistiendo a unas mutaciones en los lazos que son muy nuevas. Hay que esperar tiempo para ver qué efectos tiene esto. Por ejemplo, uno de los argumentos que dan los conservadores para oponerse a la adopción por parte de matrimonios homosexuales es que “el niño necesita la imagen de la madre y el padre”, digamos de las figuras masculinas y femeninas “para formar su identidad sexual” porque “si no se vería perjudicado”. Con este mismo argumento, uno podría rebatir: “Entonces, ¿cómo se entiende que de una familia heterosexual con una imagen madre-padre haya una elección homosexual?” O sea, yo creo que ese es un argumento que cae por su propio peso. Por la clínica y por la vida conozco hijos de matrimonios homosexuales y los chicos quieren y respetan a su madre y a su padre. Hay muchas veces que “en pos del interés superior del niño” los juristas meten cualquier cosa en eso. Creo que el problema de los niños no es si nacen de una probeta, de un alquiler de vientre sino que el problema grave de los niños es cuando son usados como sicarios o el abuso sexual infantil o cuando los niños son metidos en el mercado de la droga. Eso son los problemas serios.

–¿Cree que la ley de identidad de género contribuyó a la despatologización social del transexualismo, por ejemplo?

–Con lo del transexualismo hay varias cuestiones. Sí hay una despatologización de la homosexualidad. Eso seguro. Pero ahí nos metemos en el avance de las técnicas científicas: hoy en día, un niñito de tres o cuatro años que dice “nací en un cuerpo equivocado” o “soy un varón que se siente nena” o a la inversa, parece una precipitación que muchas veces tiene que ver con una identificación al fantasma de la madre. No digo que todos los casos sean así sino que hay que escuchar uno por uno. Y me parece que hay una serie de técnicas que hoy permiten que el sujeto se pueda hacer el cuerpo en el quirófano. ¿Dónde está el límite de lo que pueden llegar a ser las técnicas científicas? Por eso, Lacan siempre ubicó al psicoanálisis como escolta de la ciencia. Nunca ubicó al psicoanálisis enarbolando la bandera de la ciencia. Escolta quiere decir que va detrás y toda esa subjetividad rechazada por la ciencia es el sujeto que recoge el psicoanálisis. Pero esto también es un terreno nuevo. Creo que hay que esperar a ver cuáles son los resultados.

–¿Cree que la deuda que hubo con todas estas leyes fue la del derecho al aborto?

–Sí. Algo digo en relación a que hay avances en un montón de cuestiones pero no en torno al aborto. La lectura que puedo hacer como psicoanalista es que hay algo en donde no se puede admitir que una mujer se niegue a ser madre, como que hay un punto en el que se busca identificar a la mujer con la madre. Justamente, el psicoanálisis trata de dividir a la mujer de la madre. La mujer es otra cosa. La posición de madre tapona lo femenino. En ese punto, veo una negativa a que la mujer pueda rechazar ser madre, que su ser no esté jugado allí. Y de hecho, muchas mujeres no tienen jugado su ser en la maternidad.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/76188-los-jueces-deberian-analizarse

Que alguien me diga: ¿cómo pongo límites?

Por Alberto Isaac Mendoza Torres

La semana pasada que hablábamos de adolescencia en crisis o la crisis de la adolescencia, un tema surgió en el debate: el asunto de los límites. Existe una creencia extendida de que lo que hoy ocurre en nuestra sociedad se debe a que es una sociedad sin límites. En donde nos hemos comprado la idea de que todo se puede, que todo lo merecemos, que todo debe estar al alcance de nuestra mano, y en esa medida debemos hacer de todo, hasta sus últimas consecuencias para obtenerlo. Y claro que, si pensamos así, es sencillo creer que no hay límites.

Entonces la respuesta parece, otra vez sencilla. Y quizá, de paso hay que decirlo, lo sea. Pongamos límites y asunto resuelto. Los niños y niñas de hoy son muy berrinchudos. Hay que ponerles límites recomienda el más listo terapeuta o pedagogo. Póngale límites señora, señor, a su hijo, que no esté todo el tiempo en el celular o en la tableta. En mis épocas era que no esté todo el tiempo en la calle jugando. Y después fue, que no esté todo el tiempo pegado a la televisión, hoy es que no esté todo el tiempo en eso que llamamos dispositivo móvil. Como los hijos de hoy, dice por ahí una teoría de cafetería, son tiranos. Pongámosles límites. Empecemos por poner horarios y que se respeten. Se come a tales horas, tales días de la semana se come verduras. Todas y todos participamos en las labores de limpieza del hogar. Y asunto resuelto. Los límites. De nuevo.

Como hoy los adolescentes no son más los hijos. O corrijo, los padres de hoy renunciaron a esa función y decidieron ser los amigos de sus hijos adolescentes. Es muy fácil escuchar que se llevan como eso, como amigos. Así se hablan, como si fueran los grandes cuates. Y todo es maravilloso. Hasta que los amigos chiquitos, es decir los hijos, se quieren pasar de listos y los amigos grandotes, es decir los que en la prehistoria se llamaban padres, se sienten incómodos. Y ahora sí quieren poner límites. Es decir, una línea que haga una diferencia, ya no sólo generacional, o por edad, sino por autoridad dentro de la estructura familiar. Pero no funciona. No encuentran como ponerlos en su lugar.

Si el novio falta al respeto en la relación. Si hace cosas que al principio no hacía, es sencillo pensar y recomendar, así lo harán los terapeutas o las revistas de 45 pesos a la quincena, que se le pongan límites. Igual que como al infante. Con horarios, con deberes, con obligaciones, con responsabilidades. Y ya, seguro es una idea que funciona, siempre.

Y ya por último quiero poner esta viñeta. Si hay acoso contra las mujeres, en lugares públicos o privados, hay que poner límite al acosador. Hay que decirle: frena. Y de seguro, esta palabra será un abretesésamo de eso que creemos que nos debería gobernar bajo las reglas de la moral y de la propia ley, y que absurdamente llamamos conciencia.

¿Pero en realidad estas cosas funcionan así, todo el tiempo, en cualquier momento, bajo cualquier circunstancia? ¿es tan sencillo como decir debes poner límites, los límites se ponen y las relaciones humanas se convierten por arte de magia en color de rosa? Lo dudo.

La experiencia clínica me indica que ni es tan sencillo, ni funciona de una vez y para siempre.

Pero ¿por qué? Por qué no funciona poner límites.

Me atrevería a decir que no funciona poner límites porque intentamos ponerlos del lado equivocado. Como cuando ponemos la carroza delante de los caballos. Así no andan las cosas. Bueno quizá anden, pero muy lento y sea muy cansado.

Cuando alguien me comenta es que debo ponerle límites: a mi hijo, esposo, jefe, quienes ustedes gusten y manden, me hace recordar un capítulo de los Simpsons, donde Lisa le pide a Bart que abandone su cuarto. Bart le responde que sí, pero saldrá de la habitación dando puñetazos al aire, y Lisa le responde que ella entrará dando patadas al aire. Ambos se dicen que si hay golpes será culpa del otro.

Así funcionan los intentos de poner límites. Ante cada amenaza o amague de poner límites, el otro responderá con patadas y puñetazos al aire.

Y si nos atravesamos en su camino, la culpa de salir golpeados será nuestra.

Desde luego que hay que poner límites ante las situaciones que consideramos de abuso. Cuando nos sentimos avasallados. Pero no podemos ponerle límite al otro, porque, aunque lo logremos, sólo será eventual. Y volverá a lanzar puñetazos y patadas.

A lo que debemos ponerle límites es a nuestro gozar en esa situación. Cuando estamos atrapados en relaciones así, familiares, de amistad, de noviazgo, matrimoniales, laborales, o cualquier etiqueta que tengan, y que nos representan un malestar, un abuso, como decía antes. Sin lugar a duda, y ahí sí lo apuesto, siempre, hay una parte propia en la que estamos implicados. Y qué bueno que es así, porque sólo así podríamos intentar hacer algo diferente.

Cada una de estas relaciones tóxicas o codependientes, o como sea que la literatura de restaurante le llame, presupone un goce para quien dice padecerla. Hay un displacer, cierto, pero en ese displacer hay una ganancia psíquica, que hace que para el involucrado la cosa no sea tan sencilla como: ponle límites a…

Hay que ponerle límites, pero al goce propio. Y eso se logra contándoselo a su psicoanalista que más confianza le tenga.

 

Publicado en: http://diariotiempo.mx/opinion/editorial-alguien-me-diga-pongo-limites/

Estados Unidos aprueba píldora que monitoriza si paciente tomó el medicamento

Resultado de imagen para píldora monitoreo esquizofrenia
Washington, 14 nov (EFE).- La Administración para la Alimentación y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) anunció la aprobación de una nueva píldora que incorpora un sensor que permite la monitorización de la ingesta del medicamento por parte de pacientes afectados por trastornos mentales. El uso de este producto fue aprobado para casos de tratamiento de esquizofrenia, de trastornos obsesivos agudos, de trastornos mixtos asociados a la bipolaridad y como un complemento para depresiones en adultos. El sensor, integrado en una píldora de aripiprazol, envía los datos recabados a una aplicación para teléfonos móviles, desde donde se podrá realizar un seguimiento de la ingesta del medicamento por parte del paciente, quien podrá autorizar a sus doctores para que accedan a esta información. “Ser capaces de monitorizar la ingestión de medicamentos prescritos para enfermedades mentales puede ser muy útil en algunos pacientes”, señaló Mitchell Mathis, director de la División de Productos Psiquiátricos en el Centro para Evaluación e Investigación de Medicamentos de la FDA. Mathis advirtió de que esta innovación no puede emplearse para realizar un seguimiento en tiempo real, ni tampoco como medida de urgencia, pero ensalzó la utilidad de esta tecnología para trastornos como la esquizofrenia, que afecta a uno de cada cien estadounidenses. Abilify MyCite, el nombre de la píldora, incluye en sus advertencias que puede generar riesgos de muerte a pacientes mayores con psicosis similares a la demencia -trastorno para el que no está aprobado su uso- y que son tratados con antipsicóticos, según un comunicado de la institución. También alerta de los peligros en niños, adolescentes y jóvenes que tomen antidepresivos, porque podría incrementar los comportamientos y pensamientos suicidas. Abilify fue aprobada inicialmente en 2002 para el tratamiento de esquizofrenia y en 2012 se comenzó a permitir el anuncio de los sensores integrados en este compuesto.
EFE
Fuente: http://aguasdigital.com/actualidad/leer.php?idnota=13565253&t=e