¿POR QUÉ EL ANALISTA NO ES UN PERVERSO?

Por Luciano Lutereau

¿Por qué el analista no es un perverso?

 

1.

Las posiciones subjetivas (neurosis, psicosis, perversión) son modos discrecionales de responder al método de asociación libre. El neurótico se divide (entre el decir y lo dicho); en el psicótico el decir es lo dicho (paranoia) o lo dicho es el decir (ironía esquizo); el perverso no dice, sino que muestra.

Si la invitación analítica se enuncia: “Diga aquello que preferiría no decir”, aquello que por vergüenza, prurito o resquemor preferiría callar (y en la preferencia está la aptitud electiva del ser hablante, el llamado al acto que impone el análisis), el perverso sitúa el límite a lo que puede ser dicho (el decir) más allá de los diques morales: no es un sujeto ético sino un sujeto estético.

En el analista esto se verifica en las formaciones de la mirada que lo invaden (y que a veces se traducen en la pregunta: ¿qué hago escuchando esto?). El perverso es wittgensteniano: prefiere callar, para mostrar (en la intimidad del análisis) un secreto silencioso, que el analista sólo advierte cuando el relato concluyó. El que se divide, entonces, es el analista.

2.

¿Por qué el analista no es un perverso? ¿Para recuperar qué goce escucharía a su paciente? Podría serlo perfectamente (y que los hay, los hay) como lo expone la parte superior del discurso del analista (en el que como objeto apunta a la división subjetiva).

Es fácil decir que el deseo del analista no está “contaminado” con el fantasma del practicante, demasiado fácil ser moralista (la nueva perversión analítica, la de separar lo “correcto” y lo “incorrecto” en y para “el psicoanálisis”), como si existiera un deseo puro. Para verificar esta distancia hay dos dispositivos: la supervisión y el pase. El perverso sabe de la impureza del deseo, sabe que el analista no es un santo, y apunta a restituir el goce de la persona. Cuando el analista se pregunta “¿por qué escucho esto?” obtiene de la perversión un recordatorio de que la suya no es sólo una función anónima.

El síntoma perverso es el que pone a prueba y muestra la verdad (y necesidad) de una noción como la de deseo del analista.

3.

Las posiciones subjetivas (neurosis, psicosis, perversión) son modos diferentes de responder a la interpretación. El neurótico objeta el decir que atribuye al analista, y así no sólo confirma y descompleta la sugestión, sino que también cumple con la asociación libre. El psicótico hace un uso diferente de la interpretación: muchas veces es quien rectifica los dichos del analista y, por lo tanto, la interpretación queda de su lado; otras veces, el decir del analista le sirve para situar una oscura voluntad de goce en esa palabra que se le dirige y eso lo enloquece un poco.

Tanto el neurótico como el psicótico necesitan la interpretación para resistir. Mientras que el perverso tiene una relación de interés con la interpretación: la pide, la espera, le supone un saber del que gozar. Gozar de un saber no reprimido, no sabido para el analista, para atribuirle alguna forma de la división subjetiva, es el modo en que el perverso se relaciona con el decir. Ese lazo íntimo entre decir-saber-sujeto es la manera en que el perverso gana de mano en la interpretación. Y plantea la necesidad de pensar el uso perverso de la interpretación incluso para el analista.

4.

No hay catálogo de las perversiones, sino modos fantasmáticos (fetichismo, voyeurismo, exhibicionismo, sadismo, masoquismo) de sostener la perversión del deseo. No hay perversión “verdadera”, sino que la verdad de la perversión es la ficción de una “máscara sin rostro”. No hay acto perverso, sino pura potencia, escena proteiforme y modos de aparecer. No hay estructura perversa, sino diversas maneras de gozar de la mirada. La mirada es la unidad en lo múltiple de las perversiones. Porque incluso en el sadismo y el masoquismo, la voz debe “aparecer”, volverse “fenómeno”. La fe del perverso, su creencia más íntima, es que lo invisible es en-lo-visible. Por eso el síntoma fundamental del perverso es el fenómeno inaparente por excelencia: el amor.

fuente: http://www.polvo.com.ar/2017/10/perversion/

Una variante como discurso del Otro

El triunfo de la democracia al menos en gran parte del mundo no genera el mismo entusiasmo. Como dijo M. Gauchet: “Ahora sabemos que estamos destinados a conocernos como signo de oposición sin violencia, pero sin retorno ni cura”.
Tiempo "post totalitario" desde 1989 con la caída del muro de Berlín.

Esta tesis de Lacan “El inconsciente es la política”, que es abrupta, absurda, no se puede descartar con un revés de la mano. El inconsciente, poco se sabe qué es, tan poco que su representación es poco creíble y arriesgado de definir porque no sabemos lo que es. Aún así, Lacan lo definía todos los días: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. Tesis que implica que uno tiene la definición del lenguaje y de hecho Lacan utilizaba las que Saussure y Jakobson produjeron. No hay duda de que el “como” de la enunciación lleva a demandar por el cómo definir la política, de manera que hay un sentido a develar en la fórmula el “inconsciente es la política”.

Lo divertido para mí fue que después de llegar a través de este comentario, abrí un segundo libro sobre la democracia reciente contra sí misma, de un científico político, que, sin duda, lee a Lacan, Marcel Gauchet (1), y me encontré con una definición de la política: “Es en esto que está lo específicamente político: es el sitio de una fractura de la verdad”. Al entorno tanto infiltró el lacanismo y tal vez, a algunos Merleau‑pontysme (Merlopontistas). “Fractura” es una palabra que este autor ama y también se encuentra en un libro suyo de 1992 la expresión “fractura social”, retomada en 1996 que cayó sobre una figura de la política francesa, lo que significa que ha llegado lo suficientemente lejos. Se trata de un científico político un tanto lacanoide que define la política como un campo estructurado por una S tachado, donde el sujeto está en el dolor, y la experiencia muestra que no es que la verdad no existe, sino que la verdad está dividida. Y eso es una definición de la política con toda su virulencia en el momento que estamos viviendo, por una parte, este tiempo que sigue siendo en general un tiempo “post‑totalitario”. Desde 1989 con la caída del muro de Berlín, al que todo el mundo no ha aplaudido, por otra parte.

Yo no necesariamente valido la búsqueda del totalitarismo que fue utilizado para la propaganda política durante el siglo XX. Totalitarismo era una esperanza brillante, que encantó a las masas del siglo XX, lo que nosotros, siendo del XXI, casi hemos perdido la memoria. Tenía la esperanza de reducir la división de la verdad, para establecer el reino de la política, de acuerdo con el modelo de Massenpsychologie (La Psicología de las masas, S.Freud). En esta aspiración a la armonía, la reconciliación, el totalitarismo es impecable, ya que sus palabras se hacen eco en el discurso del presidente Schreber.

Por lo que el triunfo de la democracia, que tiene el viento en popa en el espíritu de la época, al menos en gran parte del mundo ‑obviamente el caso chino es algo aparte, que me habla de apariencia, una nueva enfermedad, las muertes por exceso de trabajo, en un espacio donde la palabra “unión” sería una nueva idea- no genera el mismo entusiasmo e incluso mide un efecto depresivo; que cuenta, ya que implica el consentimiento a la división de la división de la verdad que toma la forma objetiva de los partidos políticos que participan en una contradicción insoluble, ya que la verdad está obligado a ser dividida.

Lo dijo M. Gauchet con un lirismo digno de Merleau‑Ponty: “Ahora sabemos que estamos destinados a conocernos como signo de oposición sin violencia, pero sin retorno ni cura. Siempre encuentro frente a mí, no un enemigo que me quiere muerto, sino a un oponente. Hay algo aterrador en este encuentro metafísicamente pacificado” ‑me gusta la conexión entre terror y paz‑ “la guerra se gana, dijo, por lo que nunca se termina con esta confrontación”.

De ahí la idea paradójica de que la pacificación del espacio público va con un dolor privado, íntimo, subjetivo, y, al mismo tiempo en que se celebran las virtudes del pluralismo, la tolerancia y el relativismo, se experimenta una verdad, cito, “que se ofrece en la lágrima”. Queda, no obstante, a reconsiderar el primero que se hace aquí de la política como una cuestión de usted o de mí.

La definición del inconsciente por la voluntad política tan profundamente en la enseñanza de Lacan. “El inconsciente es la política” es un desarrollo (variante) de “el inconsciente es el discurso del Otro”. Este vínculo con el Otro, intrínseco al inconsciente, es lo que impulsa desde la salida de la enseñanza de Lacan. Es lo mismo cuando nos dijo que el Otro está dividido y no existe como Uno.

“El inconsciente es la política”, radicalizada definición del Witz, la broma como proceso social encuentra su reconocimiento y apreciación en el Otro, como una comunidad unida en el momento de la risa.

El inconsciente es la política. El análisis freudiano del Witz justifica a Lacan para articular el sujeto del inconsciente a un Otro, y calificar el inconsciente como transindividual. Podemos ir desde “el inconsciente es transindividual” a “el inconsciente es la política”, cuando resulta que este Otro está dividido, no existe como tal.

Por lo tanto, el “inconsciente, es la política “no dice lo mismo que” la política es el inconsciente”. “La política es el inconsciente” se reduce, a cuando Lacan formaliza el discurso del amo, dijo al mismo tiempo que es el discurso del inconsciente, y al hacerlo, aporta una clave para muchos textos Freud. Mientras que “el inconsciente es la política” es lo contrario de una sustracción, es la amplificación, está transportando el inconsciente fuera de la esfera solipsista para ponerlo en la ciudad, no dependerá de la “historia”, la discordia discurso universal en todos los momentos de la serie en la que se lleva a cabo.

* Publicado en L`Hebdo‑blog el 21 de mayo de 2017. Traducción corregida, revisada por José Manuel Ramírez.

(1) Marcel Gauchet, intelectual contemporáneo francés. Escribe sobre las consecuencias políticas del individualismo ámoderno, la relación entreáreligiónáyádemocracia, y los problemas de laáglobalización.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/39790-una-variante-como-discurso-del-otro

Educación, mundo y vida II: el amor

 Martín López Calva

Educar implica brindar las herramientas necesarias a los niños para salir al mundo

“Siempre recuerdo aquel fragmento de Hannah Arendt en el libro Entre el pasado y el futuro (1996) en el que se pregunta –y nos pregunta- si el educar no tendría que ver con cierta forma de amar al mundo lo suficiente como para no dejar que se acabe y abrir, así, el paso a lo nuevo en tanto nacimiento; y si el educar no tendría que ver con una cierta forma de amar a los demás lo suficiente como para no librarlos a su propia suerte, a su propio destino en apariencia inconmovible e inmodificable.”

Resultado de imagen para educación Hannah Arendt

 

Educar implica brindar las herramientas necesarias a los niños para salir al mundo y ahí aprender a vivir, decíamos en este espacio la semana pasada compartiendo algunas de las ideas del investigador argentino Carlos Skliar en su contribución durante la mesa de cierre del IV Congreso latinoamericano de Filosofía de la Educación celebrado en la Universidad Nacional de San Martín, en Buenos Aires, del 10 al 13 de octubre.

Dada la gran riqueza de este planteamiento, quiero continuar con esta reflexión a partir de lo que el mismo autor sostiene en la introducción de su libro Pedagogías de las diferencias, publicado por NOVEDUC en este 2017.

Mundo y vida, realidad y humanidad, son dos elementos centrales en la esencia de todo proceso educativo según sostiene Skliar en este libro. Dos componentes fundamentales que deberían mover –y a pesar de todo mueven- a quienes comparten la vocación educadora entendida, como hemos dicho aquí en otras ocasiones, como la profesión de la esperanza.

Mundo y vida, realidad y humanidad articulados por el amor: el amor al mundo y el amor a la vida, el amor a la realidad –que nos impele a conocer, a buscar la verdad o las verdades que la conforman- y el amor a la humanidad –que nos llama a construir una vida mejor, una vida en la que sea posible “salvar al a humanidad, realizándola” como afirma el pensador francés Edgar Morin-.

Carlos Skliar nos recuerda la pregunta de Arendt acerca de la educación como amor al mundo: educar implica una manera de amar al mundo lo suficiente como para no dejar que se acabe, para cuidarlo, mantenerlo, obedecer a la vida porque somos parte de ella, una especie que es evidencia consciente de la complejidad y la maravilla de la vida, del misterio del mundo.

Amar al mundo lo suficiente como para abrir en él el paso a lo nuevo en tanto nacimiento, porque como especie arraigada al mundo pero simultáneamente desarraigada de él, tenemos la enorme responsabilidad no solamente de obedecer a la vida sino también de guiar la vida y generar las condiciones no solamente para que el mundo no se acabe sino para que se desarrolle como un espacio permanentemente propicio para lo nuevo en tanto nacimiento.

Educar es entonces una manera de amar el mundo lo suficiente como para cuidarlo y desarrollarlo, para mantenerlo y regenerarlo. Educar es promover en las nuevas generaciones este amor al mundo que se manifiesta en competencias ecológicas que generan nuevos modos de vida personal y de organización social más sustentables.

El pedagogo argentino nos trae a escena otra pregunta de Arendt, la de la educación como amor a los demás, la pregunta que nos hace reflexionar acerca del sentido profundo de la educación como forma concreta de amar a los demás lo suficiente como para no dejarlos ser víctimas de su propia suerte, objetos de su propio destino aparentemente inevitable e imposible de modificar.

Amar a los demás lo suficiente como para acompañarlos en el desarrollo de un proyecto de vida en el que se vuelvan actores, agentes que definan el sentido de lo que quieren llegar a ser y hacer en el mundo, para diseñar la huella que quieren dejar en la realidad que les toca vivir.

Educar es una forma de amar a los demás –y si no lo es, es pura pedantería, decía el gran maestro Edmundo O´Gorman- de tal manera que nos convertimos en acompañantes  de su proceso de construcción de espacios de libertad y solidaridad, en promotores de la antifatalidad –de la resistencia eficiente contra el destino- en la sociedad que con sus estructuras y modelos parece tener ya escritos todos los roles y definida la historia completa de la existencia humana que paradójicamente tiene que construirse dentro de esas estructuras pero luchando contra sus condicionamientos.

Educar es un acto de amor al mundo y de amor a los demás. ¿Es así como la estamos entendiendo y viviendo en estos tiempos de prisa y consumo?

Fuente: http://www.e-consulta.com/opinion/2017-10-23/educacion-mundo-y-vida-ii-el-amor

“El psicoanálisis es el heredero de los derechos humanos”

Como anticipo de las conferencias que dictará a partir de mañana en Buenos Aires, la primera de ellas en la ex ESMA, Página/12 dialogó con la prestigiosa psicoanalista francesa. Los recuerdos sobre su maestro, la memoria histórica, la comunicación digital, el amor y el deseo en esta etapa de la sociedad capitalista.
Colette Soler es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París.
Colette Soler es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París. 

El psicoanálisis es, en esencia, una teoría y una práctica alejada profundamente de los totalitarismos. Por eso, cuando mañana a las 13.30, la prestigiosa psicoanalista francesa Colette Soler visite el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (predio de la Ex ESMA) para dictar una de las tres conferencias por las que viene a Buenos Aires (ver recuadro), será una imagen simbólica en un lugar que fue uno de los mayores centros clandestinos de detención de la Argentina durante la dictadura, reconvertido en democracia en un espacio de la memoria y de reivindicación de los derechos humanos. Soler es una eminencia en el campo del psicoanálisis: es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París. Es autora de numerosos libros fundamentales del psicoanálisis como Los afectos lacanianos y El fin y las finalidades del análisis (Ed. Letra Viva) y Lo que Lacan dijo de las mujeres (Ed. Paidós). Su encuentro con la enseñanza y la persona de Jacques Lacan hizo que se decidiera por el psicoanálisis. Fue miembro de la Escuela Freudiana de París fundada por Lacan y posteriormente de la Escuela de la Causa Freudiana. Es también miembro fundadora de la Internacional de los Foros y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.

“Es importante para mí hablar en un lugar así porque es un lugar de memoria y que intenta conservar la memoria de las víctimas. Entonces, siempre es algo importante en la historia, en general, y también en el psicoanálisis luchar contra el olvido. Efectivamente lo intentamos y luchamos, pero hay que decir que no es fácil”, dice Colette Soler en la entrevista exclusiva con PáginaI12, poco antes de viajar a Buenos Aires. “Hace unos días escuché a un historiador que dijo algo muy fuerte: ‘Enseñamos la historia, pero la historia no enseña nada puesto que las sociedades son siempre al tiempo presente’. Creo que es un deber no olvidar de generación en generación. El psicoanálisis, que apareció a principios del siglo pasado en Europa, más precisamente en Viena, es el heredero de los derechos humanos”, agrega Soler.

–Claro, porque el psicoanálisis siempre estuvo en contra de cualquier totalitarismo…

–Absolutamente. El totalitarismo hace imposible al psicoanálisis porque en el psicoanálisis recibimos la palabra  de cada sujeto, sea cualquiera su sexo, edad, estructura. Entonces, es algo que pertenece a la valoración del individuo en los derechos humanos.

–¿Cómo puede colaborar el psicoanálisis con la memoria histórica?

–El psicoanálisis opera a nivel individual y trabaja con la memoria de cada uno. Hay que decir que entre la memoria de cada uno y la memoria de la historia colectiva, hay lazos, no hay un corte. Es cierto que en los sujetos la memoria de lo que pasó en la generación anterior está siempre presente. Y, especialmente, los individuos heredan una memoria de las desgracias de las generaciones anteriores.

–Vamos a sus inicios. ¿Cómo lo recuerda a Jacques Lacan?

–En realidad, hay dos aspectos diferentes de mis recuerdos. Tengo el recuerdo de él, como mi analista, ligado a mi análisis. Tengo recuerdos de momentos en que Lacan estaba muy presente, pero con el tiempo la memoria de Lacan como mi analista se fue diluyendo y me queda la memoria de mi análisis. Cuando terminé mi análisis hubiera dicho lo contrario, pero con el tiempo fue así.

–¿Y como formador?

–Formador es una palabra que no usaría con Lacan. Quizás es un problema de idioma, pero para mí “formador” evoca al “educador”. Lacan no era del todo un educador. Era alguien que producía una enseñanza, que hacía presentación de enfermos. Y al enseñar, Lacan era para mí toda una fuente continua de nuevas preguntas porque era una enseñanza difícil en la que uno necesitaba tiempo para apropiarse de lo que él decía. Era una fuente de preguntas, pero al mismo tiempo siempre estaba la percepción de que se decía algo. También Lacan fue un ejemplo de alguien que no cedía. Por ejemplo, lo vemos en el momento en el cual fue excluido de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), cuando empezó su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No se detuvo nunca con todos los episodios sucesivos de dificultades institucionales. A este nivel, es un ejemplo para mí.

–Después de más de 35 años de la muerte de Lacan, ¿cree que hay una relectura de su obra en el campo psi?

–Creo que con el correr del tiempo y el trabajo de diversas personas después de Lacan, hay una asimilación de su enseñanza, pero parcial, no completa. Los últimos años de su enseñanza, después de los 70, no son todavía bien captados ni sus fundamentos son bien entendidos.

–¿A qué atribuye que aun hoy el psicoanálisis genere odios tan fuertes?

–Hay que decir dos cosas: el odio al psicoanálisis empezó con el psicoanálisis. Se puede recordar que fue calificado de “ciencia judía” por los antisemitas, también de “ciencia burguesa” desde la izquierda, y ahora de “no científico” por la ciencia del cognitivismo. La crítica y el odio fueron desde siempre, pero quizás ahora se escucha más porque el psicoanálisis es más popular: se conoce en todas partes, se ve en los medios y, entonces, las voces que odian el psicoanálisis se escuchan más todavía. Pero es el signo de que el psicoanálisis no está muerto porque no se odia lo que ya desapareció.

–¿Y qué tiene para ofrecer el psicoanálisis en este mundo globalizado?

–Puede ofrecer la cosa más preciosa porque los sujetos adaptados a la globalización somos todos, en cierta medida. Estamos adaptados al capitalismo y compartimos el deseo que funda el capitalismo, un deseo de ganancia de dinero y de gozar de los objetos producidos. A ese nivel, somos todos parecidos. El psicoanálisis ofrece al sujeto la posibilidad de descubrir y asumir lo que es como sujeto singular, no parecido a los demás.

–¿Encuentra un incremento de angustia en el siglo XXI? ¿La depresión sería el factor más notorio en esta época?

–Hay todo un discurso sobre la depresión actual. La depresión implica no tener ganas, no tener la chispa, no tener el deseo de continuar y de actuar. La depresión le importa más al mundo capitalista porque les impide trabajar a los sujetos. Se tiran en la cama y no quieren trabajar más. El discurso común enfatiza más la depresión. Se enfatiza menos la angustia que la depresión, pero me parece que la angustia está más presente porque no impide trabajar ni desempeñarse en las actividades. A veces, acompaña en el trabajo.

–¿Qué es lo que deshace los lazos sociales en la era de la comunicación digital?

–Cuando hablamos de lazo social, hablamos de lazo de cuerpos, de convivencia de los cuerpos. Y la comunicación digital no es una comunicación de cuerpos sino de palabras o de escritos a distancia. Sucede que cuanto más los lazos reales se deshacen, más la comunicación digital se desarrolla. Es una pequeña compensación. Los sujetos que se encuentran solos, aislados, sin deseo, ¿qué hacen? Van a la comunicación: mandan mensajes, van a ver la pantalla. Es una compensación, no una causa.

–¿Hay un incremento del pensamiento de que nada vale la pena, que los sujetos no saben cómo darle rumbo a sus vidas y, en consecuencia viven en el sinsentido? ¿El psicoanálisis, a su vez, les ayuda a entrar en una búsqueda del sentido?

–Sí, hay muchos sujetos que ahora tienen el sentimiento del sinsentido. Pero, ¿qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo. Lo que da sentido a la vida del hablante es el deseo. Cuando se desea algo con firmeza no se percibe el sinsentido de la vida, al contrario: el deseo es la vida del sujeto. Entonces, podemos decir que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, en cierta manera. Pero para entenderlo hay que mirarlo desde el lado del deseo.

–¿El psicoanálisis puede producir un cambio en el deseo del sujeto?

–Es cierto. No cambia todo el psicoanálisis, pero al menos puede tocar el deseo de dos maneras: primero, permitir a un sujeto reapropiarse su propio deseo y actuarlo. El segundo cambio, si seguimos a Lacan respecto de lo que dice sobre la producción del analista en un análisis, a veces se puede producir el deseo nuevo del psicoanalista. Ese es un cambio importante.

–Ya habló del deseo ¿Y en cuanto al amor? ¿Cómo nota, a grandes rasgos, la actual configuración de las relaciones afectivas?

–Las configuraciones actuales están menos determinadas por el discurso. En la época clásica, las formas del amor eran bien modeladas. Cada discurso daba una definición de lo que era el amor. Ahora, el capitalismo no se ocupa del amor de ninguna manera porque se ocupa sólo de lo que se compra y de lo que se vende. Las formas son múltiples y más contingentes. Dependen más del encuentro, de la coyuntura. Es difícil decir si es un logro o una pérdida.

–¿Por qué cree que hay parejas que llevan años de convivencia y no saben bien por qué?

–No se sabe nunca por qué uno ama al otro. La elección del amor surge del inconsciente y nunca uno puede decir: “Lo amo” o “La amo” por “tal y tal razón”. Pero eso es un poco diferente de la duración de las parejas porque en las que duran varios años, cuando se festejan los cincuenta años de un matrimonio, no son solamente cincuenta años de amor. Hay otros factores sociales que inciden. Me parece que hay una evolución en dirección de un carácter más efímero de las parejas. Atendí a una jovencita en análisis que me decía: “Oh, seguro voy a intentar al menos tener una familia, un hombre, un niño, al menos para algunos años. No sé cuántos: siete, ocho o diez”. Lo pensaba así. Hubo una época en la cual una jovencita soñaba con el amor de por vida. Ahora, se sueña con el amor por un tiempo.

–¿El amor del siglo XXI carece, entonces, de modelos?

–Es lo que quería decir. Carece de modelo instituido. Lo que Lacan llama “el verdadero amor” es algo que se desarrolla fuera de los discursos establecidos, en el margen de los discursos establecidos. Entonces, habría que distinguir los amores que encuentran un modelo socializante y los amores míticos.

–El domingo pasado se celebró en la Argentina el Día de la Madre. ¿Cree que el capitalismo hace un comercio del amor?

–Sí. Si bien decía que el capitalismo no se ocupa del amor, se ocupa de lo que vende. Entonces, están el Día del Padre, del Niño, de los Abuelos. Efectivamente, hay una explotación del gusto que los humanos tienen por el amor. El capitalismo lo explota, pero no se ocupa de sostener el amor. Explota lo que se encuentra.

–¿Por qué definió como “narcinistas” a los sujetos que se dedican a sus satisfacciones propias en cualquier campo que sea: profesional, amoroso, sexual?

–Es una condensación de las palabras “narcisismo” y “cinismo”. El narcisismo consiste en ocuparse de sí mismo. El cinismo consiste en dedicarse a su propio goce. Lo que subrayé fue que el cinismo actual no es el antiguo. El antiguo era un cinismo que tenía un alcance político, como sucedía en los tiempos del emperador Alejandro. El actual no tiene un alcance político. Los sujetos no tienen más causas colectivas para dedicarse. El cinismo actual es por falta de causas. Los sujetos se dedican a sus pequeñas cosas, a sus logros, a sus beneficios.

–¿Por qué el deseo no llega a ser algo patológico si todos se quejan del mismo: el deseo insatisfecho en la histeria, el deseo imposible del obsesivo, el deseo masoquista del perverso?

–El deseo tiene una doble cara. Por un lado, el deseo es la vida del sujeto, la vida que la muerte soporta. Deseamos porque somos faltantes en tanto que seres hablantes. Entonces, es la forma de vida, no del cuerpo, pero del sujeto. Al mismo tiempo, hay una destructividad porque el deseo es algo que, al mismo tiempo, fuerza al sujeto. Uno, a veces, puede asumir su deseo, pero éste fuerza al sujeto. Entonces, hay una doble cara. Ahora, si usted habla del deseo insatisfecho, imposible y masoquista, eso designa una forma de deseo ligado a una sintomatología precisa. No designa un objeto en sí mismo pero sí un modo de goce. En cada estructura encontramos un deseo específico, pero siempre ligado a un modo de goce. El goce no es algo que necesariamente satisfaga.

–A diferencia de Freud, ¿Lacan respondió la pregunta “¿Qué quiere una mujer?”?

–Sí, podemos decir que respondió algo. Freud no respondió pero tuvo el mérito de plantear la pregunta, porque después de años para aplicar el Edipo en la mujer, Freud dijo: “No sabemos qué quiere una mujer”. Era una confesión de su fracaso para contestarla. Lacan retomó la pregunta de Freud e intentó decir algo nuevo sobre las mujeres y planteó la diferencia a nivel del goce.

FUENTE: https://www.pagina12.com.ar/70045-el-psicoanalisis-es-el-heredero-de-los-derechos-humanos

Una obra de arte que descifran solo los genios

Diego Velazquez pintó la obra más intrigante de la historia, llena de detalles y cientos de teorías. “Las meninas”

 

A pesar de ser una obra que todos pueden admirar por su increíble realismo, es necesario estudiarla y reflexionar sobre sus detalles para comprenderla de una forma más acabada. “Las meninas”, de Diego Velazquez, van más allá de los aspectos técnicos.

La obra fue terminada en 1656, se trata de un óleo sobre un lienzo en el que el autor innovó en su perspectiva aérea. Tiene tres fuentes de luz, una de la ventana derecha, otra del lado izquierdo y una más desde el fondo.

Las meninas

Lecturas posteriores de la obra han dado a pensar que el autor tenía conocimientos sobre cosmografía y astronomía y eso queda reflejado, si se mira con atención pueden encontrarse elementos esotéricos u ocultistas en ella.

“En contraparte, Charles Tolnay, historiador de arte, sostenía que se trataba de una especie de alegoría de la creación artística del pintor”, de acuerdo con el sitio Cultura Colectiva.

“El espectáculo que él contempla es dos veces invisible; porque no está representado en el espacio del cuadro y porque se sitúa justo en este punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que la vemos”, agregó Foucault, de acuerdo con el mismo sitio.

“Si vemos el cuadro con detenimiento, veremos cómo el espectadores es mirado directamente desde todos los sujetos del retrato. Está ahí, percibido por todos. Una especie de sorpresivo visitante”, se agrega.

Velazquez

Por su parte, Lacan sostenía: “Es pues, la presencia del cuadro en el cuadro lo que permite liberar el resto de lo que está en el cuadro de esta función de representación y es en esto que este cuadro nos capta y nos sorprende”.

Para el autor esto permite demostrar la presencia de un ‘fantasma’ representado en el espectador.

Ambos autores coinciden en que se trata de un juego de representaciones, sin embargo, para Lacan las figuras de los Reyes en un cuadro es el sujeto del lienzo.

Mientras que para Foucault, el juego entre las miradas y la representación es una ejemplificación de aquello que no puede decirse; es decir, aquello que se invisibiliza de la escena y lo explica:

«Foucault considera el punto ciego de la visión, mientras Lacan radicaliza esta aproximación para pensar aquello que subtiende el campo de la visibilidad. Por eso su análisis considera fundamentalmente el componente lumínico del cuadro».

Se ve pues, cómo se trata de un momento de irrupción. Parece que el mundo está en pausa. Quizás es tal la razón por la que un áurea misteriosa rodea toda la escena. Tan misterioso que, todavía en nuestros días, Jonathan Brown -la autoridad más sobresaliente del pintor español, dijo para El País: «Es un cuadro muy audaz como reflejo de sus aspiraciones sociales. Pero todavía no he tocado el fondo de “Las meninas”. Es una obra que cada 25 años necesita revisarse y creo que me está llegando el turno de una nueva interpretación», de acuerdo con Cultura Colectiva.

Fuente: http://www.mdzol.com/nota/761922-una-obra-de-arte-que-descifran-solo-los-genios/

Tiene 20 años y su trabajo es “tener encuentros afectivos, eróticos y sexuales con personas discapacitadas o con diversidad funcional”

Yo reconozco a la persona con discapacidad como un sujeto de deseo que tiene derecho a tener una sexualidad plena

Akira Raw se sienta derecha. La columna sólo sostiene su curva natural y los brazos le caen a cada costado. No es fácil descubrir si caen tensos o simplemente sostienen una perfecta forma de estar en la silla. Tiene el pelo castaño que le llega a los hombros y habla con suavidad. No tiene la voz suave, pero sí desliza cada palabra con delicadeza. Akira Raw no se llama Akira Raw. El resto es todo cierto. Y si no se conoce su nombre es por otra certeza: porque Akira, de 20 años, columna derecha y palabras delicadas, es trabajadora sexual. El trabajo más antiguo y estigmatizado del mundo. Más concreto y complejo aún: es asistente sexual para personas con discapacidad y diversidad funcional.

La joven dialoga nerviosa con La Capital. Toma un mate mientras se presenta. Se acomoda. Lo primero que cuenta es que es una persona trans no binaria. Ni hombre ni mujer. Habla por una hora, y en toda su cotidianeidad; después, en neutro.

En esta nota se habla en femenino por decisión y comodidad editorial. Akira eligió ser Akira porque es un nombre japonés sin género. Eligió ser Raw para llenar una casilla más a la hora abrir una cuenta en Facebook. Raw es una onomatopeya. “Rawwwww”, explica riéndose, con cara de salvaje y algo de perversión.

Ella es Akira Raw desde enero de este año, cuando se sentó en la PC y decidió armar su primer perfil virtual para empezar a trabajar como asistente sexual. Era el paso que le faltaba. “Ya estaba decidida. Quería empezar a trabajar publicitándome por internet y las redes sociales. Apenas lo hice me empezó a hablar mi primer cliente. Tuve suerte y fue una muy buena experiencia, ayudó a que no me arrepintiera de mi decisión”, remarca.

Hasta ese momento no había tenido otro empleo y, dentro del abanico de posibilidades laborales para alguien de veinte años, encontró en el trabajo sexual la posibilidad de ser autónoma, ganar dinero, hacer lo que le gusta.

“Es un laburo que me da mucha independencia. No es fácil, pero tiene más facilidades que otros trabajos. Entre las opciones que tenía, ésta fue la que más me convenció. Además, siento que es algo que me sale hacer bien. Me relaciono sexualmente o a partir de un encuentro íntimo con otras personas y eso me gusta. Y me gusta y erotiza que me paguen por hacerlo”.

Asistencia

Pero no cualquiera le paga. Y ella elige eso: lo suyo es la asistencia sexual. “Tengo encuentros afectivos, eróticos, sexuales con personas con discapacidad o diversidad funcional a través de un intercambio económico”, resume.

Akira se reivindica como trabajadora sexual. Lo que hace no es psicología ni medicina. Ella es, dice, se dice, se sonríe, una puta. “Estos no son servicios que contrata alguien para mejorar su salud o dejar de estar enfermo o discapacitado. Yo reconozco a la persona con discapacidad como un sujeto de deseo y de derecho, y que tiene derecho a tener una sexualidad plena. Eso no está siendo reconocido. Por eso hay una gran demanda de asistencia sexual: no le estamos dando lugar a muchas personas para que ejerzan su derecho a la sexualidad”.

Lidia con un doble estigma: el del sexo por dinero y el de los clientes discapacitados. “A la gente le estalla la cabeza”, dice, ya con confianza.

Los clientes le confiaron que muchas veces estuvieron con trabajadoras sexuales que no estaban sensibilizadas con la perspectiva y fue un encuentro incómodo. “Pesaba más el estigma de la discapacidad”, agrega. Ella contó siempre con una ventaja: una atracción por los cuerpos disidentes y diferentes. “Tengo una empatía especial. Muchas compañeras dicen que les gustaría trabajar con personas con discapacidad, pero que les costaría. Yo creo que a mí me sería al revés: no sé si podría trabajar con alguien sin discapacidad. No sabría qué hacer. Me aburriría”.

Nuevas formas

La joven es clara: se trata de otros tiempos, de aprender nuevas formas de relacionarse con alguien que tarda media hora en sacarse una camisa y no cinco minutos en desvestirse.

“Se aprende a tomar las cosas como un juego y olvidarse de todos los mandatos establecidos de lo que tiene que ser el sexo. O de qué es lo que hace una trabajadora sexual. Lidiamos siempre con ideas preestablecidas y tratamos de desencasillar”, señala.

Akira, por ejemplo, cuenta que tiene entrevistas personales previas con sus clientes. “Tomamos un café, hablamos, volvemos a acordar lo que ya hablamos virtualmente, también hablamos de las expectativas e intereses. Es lo que me parece más enriquecedor”.

Ella elige su trabajo por esas cosas; la complicidad y la comunicación con las personas que opta por atender, la libertad de tomar esas elecciones, no tener un jefe que le diga cómo hacer cada cosa y con quién.

“Es muy importante hablar de este tema y preguntarle a las putas qué quieren”, asegura. Se sienta con una postura perfecta, los brazos caen a los costados poco tensos, y habla en neutro. Menos cuando dice puta. Se sonríe. Es la excepción. “Es que me siento así. Soy re-puta”.

Un trabajo estigmatizado que obliga al anonimato

Akira Raw no deja pasar el estigma que carga su trabajo. “Más que liberarme, ser Akira Raw me encierra en el lugar del anonimato. Me gustaría prescindir de tener un nombre de trabajo que no sea el mío. Pesa tanto”. Ella no puede compartir eso que hace la mayoría: sentarse con sus amigas, con su familia, contar un día de trabajo bueno, contar un día de trabajo malo, sacarse un par de dudas de encima. Salvo cuando se reúne con sus pares. En Rosario, las trabajadoras sexuales y sus aliados se empezaron a organizar en el frente Fuertsa y se reúnen regularmente en encuentros abiertos para quien quiera militar o sacarse dudas. Fuertsa Rosario está en Facebook y Akira invita a que lo busquen y se contacten.
Tomado de http://www.lacapital.com.ar/la-ciudad/akira-la-prostituta-que-asiste-sexualmente-personas-discapacidad-n1488304.html

¿Cuándo ir al psicoanalista?

 

Por Alberto Isaac Mendoza Torres 150619142549_freud_couch_624x351_freudmuseumlondon

Recién veía una nota publicada en una revista que informaba sobre la recomendación de llevar a los niños con un especialista de lo que llaman “salud mental”, si es que aún seguían teniendo problemas para dormir o socializar, derivados de la experiencia traumática del sismo del 19 de septiembre.

Y la traigo a colación, como una muestra de la pregunta que me hacen muchas personas, quizá no tan directamente planteada, pero sí en esencia a eso se refieren: ¿cuándo debo ir al psicólogo?

En qué momento una persona cualquiera, debería buscar ayuda profesional, es sin duda algo difícil de resolver, por ser tan sencillo. De entrada, se juegan múltiples factores para que una persona decida ir, pero podríamos ubicarlo en dos sentidos esenciales sobre la manifestación de que algo no anda como debería ir en la vida del sujeto. Habrá quien lo ponga en el cuerpo. Quien manifieste dolencias, como lo veíamos la semana pasada, en órganos que están más que saludables, o que le duelen partes del cuerpo que ni deberían dolerle. Y otras tantas que sienten que hay una molestia con la vida, con su manera de vivir la vida. Que lo que antes hacían y les causa placer, hoy lo hacen y les causa displacer. Dicen que no se aguantan ni ellos mismos. Ya sea por tristeza, enojo, miedo frustración, soledad, y una larga lista de emociones y sentimientos.

Los primeros buscarán en la medicina algo que les cure de manera inmediata. Los segundos también.

Pero ya también lo habíamos advertido la medicina es analgésica, y sólo calla el grito de dolor. No resuelve el problema de fondo, cuando se trata de las dolencias anímicas, que el sujeto, desde luego sabe que está experimentando.

Entonces si la medicina falla, no queda de otra que buscar en otros discursos algo que alivie. Ya dijimos, la religión puede hacerlo, el deporte, la diversión, las drogas legales e ilegales, incluso hasta el trabajo. Siempre que tenga una dimensión simbólica, podrá cumplir con eficacia este amarre, de un síntoma que le permita al sujeto seguir por la vida, rindiendo en la familia, en el trabajo y en el amor. Hasta que esto ya no funciona más. O cuando se necesiten más dosis. Más horas en el grupo de autoayuda, más horas en el gimnasio, más horas en el trabajo, más cervezas.

Pensar que necesitamos ir al psicólogo o mejor aún, al psicoanalista, representa una herida narcisista muy grande. Cómo podemos aceptar que necesitamos ayuda de alguien más, sobre asuntos de nuestra propia vida. Reconocer que no podemos manejarnos, que no podemos darnos autoayuda, es algo muy fuerte, muy grande por aceptar. Porque estamos viviendo la era en la que nos piden auto reafirmarnos, en donde nos dicen que lo más importante es el yo. No importa que el otro me ame, conque yo me ame es suficiente. No importa que el otro no reconozca que soy una persona valiosa y con talento, conque yo lo haga es más que suficiente. De esos mensajes están inundadas las redes sociales. Y en consecuencia es el discurso que se escucha en la vida cotidiana. Échale ganas. Hay mucha vida por vivir. Hay muchas cosas por hacer. La vida es bella, incluso aunque estés en un campo de concentración como lo inventó la oscarizada película que justamente fue bautizada con ese nombre: “La vida es bella”.

Pero resulta que para el doliente esto no es así. Ni es capaz de amarse a sí mismo, ni de reconocerse como alguien valioso. Ni echándole ganas puede salir de esta. Ni la vida es bella. Y justamente porque la vida le demanda muchas cosas que no puede hacer es que enferma más. Y tiene que cargar con todo eso, aparentemente solo.

Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Cuándo ir al psicólogo? Cuando sintamos que la vida que antes iba bien ahora no anda, no camina. Ese es el mejor momento. ¿Cuándo ir al psicoanalista? Cuando aquellas cosas que tenían una eficacia simbólica han dejado de tenerla y nos preguntamos si podría ser diferente, no sólo en el sentido de mejorar la estancia en esta vida, sino simplemente diferente. Si esto que me aqueja pod
ría manifestarse de otra forma, si esto que me duele sería porque tiene una razón de ser, un sentido, que no es el que me dicen que tiene, sino el que tal vez yo creo que tiene, pero aun así me hace dudar. Entonces podríamos ir al psicoanalista cuando podamos dudar que las cosas tienen que ser forzosamente de esa manera.

Tomado de http://diariotiempo.mx/opinion/opinion-cuando-buen-momento-ir-al-psicologo/