Nise, el corazón de la locura, película que narra el trabajo alternativo en un psiquiátrico de Brasil

 

Nise- El corazón de la locura de Roberto Berliner, narra el trabajo de la psiquiatra Nise da Silveira, quien vuelve a trabajar en un hospital psiquiátrico de los suburbios de Río de Janeiro tras salir de prisión.

 Al negarse a utilizar el violento electroshock como tratamiento para la esquizofrenia, no tiene otra alternativa que hacerse cargo del abandonado Sector de Terapia Ocupacional. Nise logra revolucionar el hospital utilizando nuevos métodos, pero por sobre todo, humanizando la percepción de los enfermos, creando vínculos y mirándolos como lo que son: personas.

El filme muestra no solo los progresos de los internos tras el tratamiento de Nise sino también todas las injusticias, abusos de poder y, si se quiere, la violencia de género que sufre la doctora de parte del resto del equipo médico del hospital.

Y ahora ya está disponible en Netflix 

La invención del enemigo

Por Sergio Zabalza * @

Los demenciales ataques perpetrados por sujetos desequilibrados, sin filiación orgánica con organizaciones terroristas, han renovado la sensación de incertidumbre en las principales urbes del mundo. Vale preguntarse si el inmenso aparato de vigilancia generalizada que hoy rige a nivel planetario no contribuye a implementar un clima de ansiedad permanente que luego, el alienado, actúa de manera insensata. Hoy que el gobierno nacional pretende manipular datos privados de los ciudadanos al tiempo que echa a rodar la hipótesis de un eventual ataque terrorista, resulta oportuno destacar las consecuencias de exacerbar el miedo y el ansia expectante en una comunidad.

Según Zigmunt Bauman1: “La incertidumbre es nuestro estado mental que está regido por ideas como ´no sé lo que va a suceder´ “. Al abordar los afectos ligados a la angustia, Lacan examina el estado expectante que suelen inundar al sujeto poco antes de que los primeros rayos despunten el día. Tras citar el análisis que Freud hace del presidente Schreber –un famoso caso de paranoia–, se pregunta: “Antes del amanecer, ¿es, hablando propiamente, el sol el que va a aparecer? Es otra cosa la que está latente, el momento de la vigilia, que es esperado”2. El término Otra cosa adquiere aquí una dimensión ominosa –maldita– que, según los recursos del sujeto, puede desembocar en la plegaria, el enclaustramiento o el pasaje al acto. Como bien insiste Lacan, la vigilia está presente al ras de la experiencias cotidiana del ser hablante.

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Por su parte, al situar esta tan llamativa condición, el psicoanalista catalán Miquel Bassols3 habla de “lo que no cesa de no suceder”, y para ilustrar el punto apela al testimonio de las víctimas sobrevivientes de Atocha, entre las cuales hay quienes afirman sentirse más angustiadas por lo que podría haberles pasado en el atentado que por lo efectivamente experimentado. Ya Freud en su texto dedicado a las neurosis de guerra había señalado la ventaja subjetiva de algunos combatientes cuando de superar los horrores de la guerra se trata: están en mejores condiciones aquellos con heridas en el cuerpo en virtud de que “la violencia mecánica del trauma liberaría el quantum de excitación sexual”4. Luego agrega: “Y hasta se podría decir que en las neurosis de guerra, a diferencia de las neurosis traumáticas puras y a semejanza de lo que sucede en las neurosis de transferencia, lo que se teme es pese a todo un enemigo interior”5.

La ausencia de marcas que impone “lo que no cesa de no suceder” tiene su correlato en una acción que arranque a esa angustiante vigilia su certeza: la violencia insensata sería entonces un fallido intento de neutralizar a ese enemigo interior a través de provocar una herida, sea en el cuerpo propio como en el del semejante.

Una vez más, el arte se ha hace cargo de este expectante apronte angustiado, por ejemplo el silencio que ilustran los cuadros de Eduard Hopper transmiten la inminencia de algo atroz que no cesa de no suceder: una continuidad que no admite la pérdida de un corte; no en vano, la casa que Alfred Hitchcock eligió para su famosa película Psicosis es la réplica de un cuadro del famoso pintor estadounidense. Para sofrenar todo intento de dominación a partir del miedo, urge aplicar el arte de la política.

* Psicoanalista.

1 http://www.clarin.com/edicion-impresa/Vivimos-paralelos-diferentes-online-offline_0_1169883075.html

2 Jacques Lacan, El seminario: Libro 5, Las Formaciones del inconciente, clase del 15 de enero de 1958.

3 Miquel Bassols, “Las neurociencias y el sujeto del inconciente”. Conferencia en Granada, abril del 2011.
http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/011/default.asp

4 Sigmund Freud, Más allá del principio de placer, en Obras Completas, A. E. Tomo 18.

5 Sigmund Freud, Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen (1919), en Obras Completas, A. E. tomo XVII. Página 208.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-305377-2016-07-28.html

Solteros con hijos

La llegada de un hijo impone un reacomodamiento del erotismo en la pareja.

Luciano Lutereau (*)

Es cada vez más frecuente que la llegada de un hijo implique la separación de una pareja. En casos en los que ésta funcionaba de manera espléndida, y la aparición de un tercero motiva una encrucijada disruptiva; pero también en aquellas situaciones en que el embarazo constituyó una pareja que, después del nacimiento, se disolvió. Analicemos ambos casos por separado.

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Reacomodamiento

La llegada de un hijo impone un reacomodamiento del erotismo en la pareja. Podría decirse incluso que buena parte del amor que abrazaba al compañero ahora se dirige al recién venido… En cierta medida, entonces, la relación conyugal se vuelve el soporte de una hostilidad mayor. Para las mujeres, esto implica una mayor disposición para el reproche, que ya no es amoroso, sino narcisista: necesitan que su pareja las ayude, mientras que la otra parte advierte que sólo debe soportar una frustración a cambio de una recompensa bastante endeble.

En última instancia, tanto para el hombre como para la mujer, el acceso a la paternidad y la maternidad supone un reencuentro con aspectos de su propia infancia que, si fue gratificante, podrán ser un sustituto del amor que ahora está en otra parte. El varón podrá soportar, sin sentir celos, la exclusión de la célula que componen la madre y el hijo (o, mejor dicho, podrá soportar los celos); y la mujer podrá reencontrar en la figura del padre mucho más que un asistente, si es que puede elaborar el complejo de culpabilidad que la maternidad supone para toda mujer. Esto es algo que puede notarse en aquellas madres hiperpreocupadas que todo el tiempo tienen temor de estar haciendo algo incorrecto; esta preocupación es la expresión de una culpa que tiene como referente a la madre y el temor a una fantasía incestuosa (porque en el inconsciente, para toda mujer, el hijo es un sustituto de un hijo esperado del padre).

Dicho de otro modo, en este primer caso el destino de la pareja está supeditado a la transición de las regresiones que la paternidad y la maternidad conllevan para el hombre y la mujer. Por eso, es tan corriente también que este acontecimiento se vincule con un mayor acento de rasgos neuróticos que son una compensación reactiva a esta regresión. Hombres y mujeres lo dicen en la consulta cotidiana: “Desde que nació mi hijo estoy más obsesivo con el dinero, mientras que antes era una cuestión que no me importaba mucho”, o bien “Desde que nació ya no puedo ponerme una minifalda sin sentirme incómoda, la posibilidad de que un hombre me desee me produce asco”.

Uniones breves

Hasta aquí todo es más o menos típico. Por eso, el caso más notable es el segundo mencionado en el comienzo. Hoy en día, es común que algunas mujeres se aproximen a los cuarenta años y, ante la falta de una pareja estable, la pregunta por la maternidad acucie. Eventualmente, ocurre que han tenido una relación prolongada, que no se realizó lo suficiente, y de nuevo solteras están preocupadas por la posibilidad del embarazo. Ahí es donde suele pasar que uniones breves, con el primero que aparece (por decirlo así), concluyan en la aparición de un hijo. Son casos más o menos corrientes, los diarios cuentan historias de este tenor, ya que la sobremesa de estas relaciones son escenas conflictivas que terminan en los juzgados o en cosas peores.

No obstante, al psicoanalista no le toca juzgar si hay un modo mejor (u otro) de tener un hijo. Cada uno lo hace como puede. Lo que sí es significativo en el segundo caso, es que la llegada del hijo no estuvo atravesada por un lazo conyugal. Incluso para el varón es la oportunidad de tener un hijo a expensas del deseo de esa madre (lo que es un modo de decir que lo tuvo para el deseo de otra madre, esto es, la suya).

Esta circunstancia, a veces, se explica por la presencia de duelos no resueltos. Recuerdo el caso de una mujer que me contó cómo luego de una convivencia de una década, ante la separación, tuvo la penosa idea de que esa relación terminaría sin un hijo y que le parecía injusto. A los dos meses, estuvo embarazada de un viejo compañero de la escuela, con el que se llevaba pésimamente mal. La conclusión es perentoria: no buscó un padre para un hijo, sino el hijo del padre que no fue.

Que muchas personas tengan hijos desde una posición de “soltería” pareciera ser un rasgo habitual de nuestra época. Más allá de que hablemos de casos de alquileres de vientre, inseminación, etc. El hijo “en el seno” de la pareja, pareciera ser una estructura de otra época, y esta coordenada requiere pensar matices subjetivos mucho más precisos que la disolución contemporánea de la familia.

(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de Uces. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina”.

Fuente: http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/145923-solteros-con-hijos-espacio-para-el-psicoanalisis.html

¿Loco yo?

Andrea V. Cecchi – Lic. Y Prof. en Psicología – Lic.andrea.cecchi@gmail.com

Decirle loco a alguien está dentro de nuestra cotidianeidad, este término posee varios sentidos que van desde lo más absurdo hasta lo más bello. Contiene significación peyorativa o positiva (“es un loco lindo”). Se puede amar con “locura”, se puede definir como locura a un hecho extraordinario, agradable o terrorífico. Se le puede llamar locura al arte, o a lo que es diferente.

El diccionario de la Real Academia define la locura (1) como una acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva, en este sentido la locura nace como contraposición a la “norma”, según el paradigma de la época existían y existirán diferentes formas de ser loco según el criterio imperante.

Aquí el concepto define al que actúa diferente, en contra del “sentido común” de la época. De allí el término utilizado con tanta liviandad para definir a alguien que queda por fuera de lo “normal”, el que se arriesga a hacer algo diferente, el que sueña con lo imposible para otros, el que supera la barrera del ridículo, el que no se avergüenza. Cabe aclarar que lo normal es definido por cada sociedad en cada momento socio-histórico.

La segunda definición del diccionario dice (2): es un trastorno o perturbación patológica de las facultades mentales. La nosología, que es una rama de la medicina que diferencia, clasifica y explica las enfermedades, habla de “enfermedades mentales” y las describe en manuales de psiquiatría como el CIE-10 o el DSM IV. El psicoanálisis diferencia tres estructuras: la neurosis, la perversión y la psicosis, a ésta última se la denomina coloquialmente como locura.

Se basa en una escisión (división) o pérdida de la realidad, el pensamiento es desorganizado, la persona padece alucinaciones o delirios. Puede ser desde la pérdida absoluta de consciencia o una pérdida parcial. Alguien escindido es quien no “conecta” con un todo, el que no puede integrar la realidad como un todo integrado. Son las nominadas esquizofrenia, oligofrenia, paranoia, parafrenia entre otros.

Esto significa que quizás un psicótico puede vivir una vida, para los ojos de la sociedad, con total naturalidad porque su sintomatología solo se desarrolla en un ámbito determinado.

Por ejemplo, una mujer mayor, con nietos, que tiene una vida social activa, que está establecida económicamente, con formación académica, orientada en tiempo y espacio relata que a pesar de todo ello no es feliz porque sabe que es observada dentro y fuera de su casa por la CIA y el FBI y que los satélites la tienen en la mira, esto hace que ella deba acampar en su propio departamento para conservar su integridad. ¡Qué locura!, pero para ella es su certeza, rasgo indiscutible de la psicosis, se “sabe” con seguridad que aquello es real, mientras que el neurótico cree, supone, imagina, intuye, piensa, duda, fantasea o arma hipótesis, pero en el fondo sabe que no sabe nada.

Otro señor, muy amoroso, a cargo de un comercio que funcionaba muy bien, relataba como peleó la noche anterior con los leones del coliseo romano, porque él tenía la facultad de viajar por el tiempo y conocer la historia en tiempo real.

Décadas anteriores se entendía que el que estaba loco estaba destinado a sucumbir en un neuropsiquiátrico de por vida, hoy gracias al avance de la farmacología y de los procesos tecnológicos existen drogas que pueden estabilizar los estados alucinatorios y delirantes, no significa que sean reversibles pero si se puede participar de una vida social sin perturbar ni ser perturbado. Se desconocen las causas del desencadenamiento de la psicosis, pero se cree que intervienen múltiples factores como químicos, neurológicos, afectivos, ambientales, hereditarios, traumáticos, etc.

A veces de tanto observar a las personas me surgen preguntas como ¿quién es el loco?, ¿quién está exento de hacer locuras?, ¿de qué se trata ser normal?.

Fuente: https://puntonoticias.com/25-03-2017-loco-yo/

La banalidad del mal y la terrorífica normalidad de los nazis

El Lobo es el apodo de Michael Karkoc, un criminal nazi responsable de la muerte de al menos 44 hombres, mujeres y niños en 1944. También es un anciano de 98 años que sigue trabajando en su jardín de Minneápolis, donde vive desde que huyó de Ucrania al final de la Segunda Guerra Mundial y donde se le ha encontrado tras una investigación de la agencia AP.

Michael Karkoc en su jardín de Minneapolis. Richard Sennott/AP

De hecho, para sus vecinos y sus hijos no es ningún monstruo: ayudó a construir la rectoría de la iglesia ortodoxa a la que acudía y su peluquero pide que “le dejen morir en paz”.

No es la primera vez que sorprende lo que el psicólogo Roy Baumeister llama “la desproporción entre la persona y el crimen”, ni la primera vez que nos preguntamos cómo es posible que alguien en apariencia normal, que se preocupa por su familia y por sus amigos, sea capaz de cometer crímenes atroces.

La banalidad del mal

El 11 de mayo de 1960, a las seis y media de la tarde, tres hombres se acercaron a Ricardo Klement, un alemán que vivía en Buenos Aires. Lo metieron en un coche y lo llevaron a una casa alquilada en la misma ciudad. El interrogatorio no fue muy largo, Klement en seguida les dijo: “Ich bin Adolf Eichmann”, yo soy Adolf Eichmann. Es decir, el teniente coronel que durante la Segunda Guerra Mundial estuvo a cargo de los transportes de los deportados a los campos de concentración en Alemania y Europa del Este. Los tres hombres que lo apresaron eran agentes israelíes, que lo llevaron a Jerusalén, donde Eichmann fue juzgado y condenado a muerte.

Este proceso se alargó hasta diciembre de 1961, sin contar la apelación, y a él asistió la filósofa Hannah Arendt, que escribió una serie de artículos para la revista New Yorker que acabarían convirtiéndose en su libro Eichmann en Jerusalén, para muchos la principal reflexión sobre el mal después del Holocausto.

Arendt era una filósofa judía nacida en Alemania que había huido a Estados Unidos en 1941. Al encontrarse frente a Eichmann, escribió que “a pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo”. Arendt ve a un hombre no muy inteligente que habla con frases hechas y a quien le sigue preocupando no haber llegado a coronel.

Este criminal nazi no es un fanático antisemita, ni un genio del mal, ni un loco que obtuviera placer al saberse responsable de la muerte de millones de personas. “Únicamente la pura y simple irreflexión (…) fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo”, escribe la filósofa. “No era estupidez, sino una curiosa, y verdaderamente auténtica, incapacidad para pensar”.

Se trata de lo que Arendt llama “la banalidad del mal”. Para Eichmann, la Solución Final “constituía un trabajo, una rutina cotidiana, con sus buenos y malos momentos”. De hecho, “Eichmann no fue atormentado por problemas de conciencia. Sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar”. Estamos ante un nuevo tipo de maldad que a través de la burocracia transforma “a los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaria administrativa”.

Eichmann no era una excepción: lo más grave, escribe Arendt, fue que “hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

Sin excusas

Pero esto no significa que Arendt considerara que Eichmann era inocente o que mereciera cierta comprensión, como muchos pensaron al leer su libro. Al contrario, para Arendt, Eichmann es culpable y responsable del asesinato de millones de judíos, como nos recuerda en conversación telefónica Cristina Sánchez, profesora de Filosofía del Derecho en la UAM y autora de Arendt: estar (políticamente) en el mundo.

Los sistemas burocráticos y jerárquicos como el nazi, escribe Sánchez en su libro, favorecen “la falta de reflexión de los individuos que en ellos se insertan” llevando a que se vean “arrastrados por la propia maquinaria” y alejándolos del “resultado final de su acción”.

Pero todo eso no exime a Eichmann (ni a nadie) de la responsabilidad de pensar por sí mismo. El problema de Eichmann no fueron sus intenciones, sino que no se paró a pensar en las consecuencias de sus actos y en las alternativas que tenía.

Además de eso, Arendt apunta que en el juicio no se trataba de lo que Eichmann podría haber hecho en otras circunstancias ni de lo que cualquiera habría hecho en su posición, sino de lo que efectivamente hizo.

Cómo evitar convertirnos en Eichmann

Arendt “siempre rechazó la idea de que todos tenemos un Eichmann dentro de nosotros que está esperando las condiciones adecuadas para salir”, nos recuerda Sánchez. Entre otros motivos porque durante el Tercer Reich hubo disidentes, por mucho que fueran minoritarios. La propia Arendt cita a los hermanos Scholl, que distribuyeron octavillas en las que llamaban “asesino de masas a Hitler”, lo que llevó a que se les ejecutara en 1943.

Sin duda, no era fácil oponerse al nazismo, pero Arendt estaría de acuerdo con Platón en que es preferible sufrir una injusticia que cometerla, como apunta Sánchez en su libro. Sócrates defiende esta idea en el Gorgias, uno de los diálogos de Platón. El filósofo no solo asegura que es mejor sufrir una injusticia que padecerla, sino que además es preferible ser castigado por cometer una mala acción que salir impune de ella.

Pero para llegar a esta conclusión hay que pararse a pensar. Es decir, poner en práctica lo que Arendt llamaba juicio crítico, que enlaza con la idea de Kant de pensar por uno mismo, de modo independiente y sin prejuicios, a lo que se añade la necesidad de ponernos en el lugar de los demás.

Arendt recuerda que Eichmann se preguntaba a menudo “¿quién era él para juzgar? ¿Quién era él para poder tener sus propias opiniones en aquel asunto? Bien, Eichmann no fue el primero, ni será el último, en caer víctima de la propia modestia”. Para Arendt, escribe Sánchez, “todos somos quién para juzgar, y precisamente la carencia de esa facultad, su ejercicio, es lo que posibilita la diseminación del mal y la tolerancia frente a este”.

Esto no solo es aplicable a la resistencia a los totalitarismos. Siempre tenemos la obligación moral de preguntarnos cuáles son las consecuencias de nuestras acciones: ¿qué efectos tiene en los demás lo que para nosotros no es más que un trabajo de oficina? ¿Nuestra empresa contamina, por ejemplo, o pone a otras personas en dificultades económicas? ¿Y qué hay de lo que compramos? ¿Está producido de forma ética o a costa de la indefensión económica de los trabajadores?

Es decir, la teoría política y ética de Arendt no excusa a Eichmann y además es muy exigente con todos nosotros. No podemos renunciar a este pensamiento crítico y conformarnos con ser otro engranaje o quedarnos al margen como meros espectadores. Esta es la única alternativa frente al mal, recuerda Sánchez. El Holocausto no podría haber sucedido sin la participación de millones de personas que no eran nazis convencidos.

Los “pequeños pasos” hacia el totalitarismo

Las sociedades totalitarias no suelen llegar de repente y por eso es importante mantener siempre el espíritu crítico y el diálogo abierto.  “La violencia extrema se produce siempre con pasos previos”, en los que hay “una estructura general política e ideológica que favorece el conformismo y el aislamiento entre los individuos”, de modo que nos hace más difícil la posibilidad de ponernos en el lugar del otro, escribe Sánchez. Y pone el ejemplo de cómo tratamos a los inmigrantes, negándoles a menudo lo que Arendt llamaba el derecho a tener derechos.

También podríamos mencionar cómo la alt-right, la extrema derecha estadounidense, lleva a cabo su actividad política sobre todo en redes sociales, sin contacto directo con la realidad que critica, lo que hace que les resulte más fácil difundir mentiras y estereotipos.

“El viaje al mal se hace en pasos pequeños y no saltos enormes”, añade el historiador de la ciencia Michael Shermer en The Moral Arc. En el caso del Holocausto, “comenzó con los programas de esterilización de los años 30, pasó a los programas de eutanasia de finales de esa década, y con esa experiencia ganada, los nazis fueron capaces de implementar su programa de asesinatos en masa en los campos de exterminio entre 1941 y 1945”.

Es decir, “una vez te has acostumbrado a la demonización, exclusión, expulsión, esterilización, deportación, agresión, tortura y eutanasia de los demás, el paso siguiente al genocidio no parece tan descabellado”.

¿De verdad Eichmann solo fue un funcionario?

Algunos críticos de Hannah Arendt ponen en duda su visión de Adolf Eichmann y creen que la filósofa se dejó convencer por la pose del nazi durante el juicio, destinada a evitar la pena de muerte.

La filósofa Susan Neiman cita en su Evil in Modern Thought el libro Eichmann Before Jerusalem, de Bettina Stangneth, que apunta que el nazi fue un criminal convencido y que lo único que lamentó fue “haber fracasado en la organización del asesinato de todos los judíos de Europa”.

Neiman coincide en que después de la publicación de este libro resulta difícil seguir creyendo que Eichmann no sabía lo que hacía, pero esto no contradice las ideas de Arendt sobre la banalidad del mal: “Hay gente motivada por la mezcla venenosa de una ideología asesina y el deseo de la violencia -escribe, recordando lo que Arendt llamaba el mal absoluto-, pero sus números palidecen al lado de los que les ayudan y apoyan sin más intención que el deseo de seguir adelante sin complicaciones”.

Y concluye: “Este extremo es tan importante para comprender y prevenir otros crímenes que no se puede enfatizar lo suficiente… Incluso si el ejemplo en el que Arendt lo basó resulta estar equivocado”.

Experimentos sobre la obediencia

A raíz del juicio a Eichmann, el psicólogo de la Universidad de Yale Stangley Milgram quiso poner a prueba hasta dónde obedecemos las órdenes sin llegar a plantearnos estas instrucciones y diseñó un experimento en el que los participantes tenían que apretar un botón que provocaba una descarga eléctrica cada vez que otro participante fallaba una pregunta. Quien apretaba el botón no sabía que quien iba a recibir las descargas en realidad estaba actuando y no sufría dolor ninguno.

Con cada error se incrementaba la intensidad de la descarga, pero a pesar de que quien las recibía gritaba cada vez más, pidiendo que se interrumpiera la prueba, el 65% de los participantes llegaba a infligir el dolor máximo y sólo el 35% paró antes de llegar a este nivel. Muchos seguían a pesar de mostrarse nerviosos e inseguros, obedeciendo a un experimentador que les dirigía frases como “por favor, continúe” o “no tiene otra opción, debe continuar”.

Como recuerda Michael Shermer en The Moral Arc, no había diferencias por edad, sexo o nivel de educación: “Lo que más importaba era la proximidad y la presión social”. Cuanto más cerca estuviera quien administraba las descargas de quien las recibía, menos corriente llegaba a administrar. Si Milgram añadía más experimentadores que animaban a seguir con el experimento, más lejos llegaban, “pero cuando estos compinchados simulaban rebelarse contra la autoridad, el participante estaba más inclinado a desobedecer. Aun así, el 100% llegó a administrar una ‘descarga fuerte’ de al menos 135 voltios”.

No fue el único experimento similar. En 1966, el psiquiatra Charles K. Holfing diseñó otro en el que médicos desconocidos pedían a enfermeras de hospitales que administraran dosis peligrosas de un medicamento (ficticio) a sus pacientes. Aun sabiendo que su actuación podía ser letal, 21 de las 22 enfermeras obedecieron estas órdenes.

Fuente: http://verne.elpais.com/verne/2017/03/23/articulo/1490255737_690085.html

Sobre el problema de la traducción

La traducción implica la dificultad de encontrar una palabra que se asemeje a otra en el significado, pero ¿todas las palabras pueden ser traducidas?

1. Itadakimasu い た だ き ま す

La palabra itadakimasu está relacionada con el principio budista de respetar a todos los seres vivos. Antes de las comidas, itadakimasu se dice para dar gracias a las plantas y animales que dieron su vida por la comida que vas a consumir. También agradece a todas las personas que han participado en el proceso de elaboración de la comida. Itadakimasu quiere decir “humildemente recibo”.

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2. Otsukaresama おつかれさま

Otsukaresama significa “estás cansado”. Se utiliza para que alguien sepa que usted reconoce su esfuerzo y duro trabajo, y que está agradecido por ello.

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3. Komorebi 木 漏 れ 日

Komorebi se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles.

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4. Kogarashi 木 枯 ら し

Kogarashi es el viento frío que nos hace saber de la llegada del invierno.

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5. Mono no aware 物の哀れ

Mono no aware es un concepto básico de las artes japonesas, que suele traducirse como empatía o sensibilidad. Hace referencia a la capacidad de sorprenderse o conmoverse, de sentir cierta melancolía o tristeza ante lo efímero, ante la vida y el amor. Un ejemplo que todos conocemos es la pasión de los japoneses por el hanami, la apreciación del florecimiento de los cerezos.

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6. Shinrin-yoku 森林浴

Shinrin-yoku (“baño forestal”) es interiorizarse en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarse.

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7. Yūgen 幽玄

Yūgen es un conocimiento del universo que evoca sentimientos emocionales que son inexplicablemente profundos y demasiado misterioso para las palabras.

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8. Shoganai しょうがない

El significado literal de Shoganai es “que no se puede evitar”, sin embargo no hace alusión a desesperar o desalentar. Significa aceptar que algo está fuera de su control. Ánima a la gente a darse cuenta de que no era su culpa y a seguir adelante sin remordimiento.

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9. Kintsugi / Kintsukuroi 金継ぎ/金繕い

Kintsukuroi es el arte de la reparación de la cerámica uniendo las piezas con oro o plata y entender que la pieza es más hermosa por haber sido rota.

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10. Wabi-sabi わびさび

Wabi-sabi se refiere a una forma de vida que se centra en la búsqueda de la belleza dentro de las imperfecciones de la vida y aceptar pacíficamente el ciclo natural de crecimiento y decadencia.

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Tomado de: http://gutenberg.rocks/10-hermosas-palabras-japonesas-no-existen-espanol/

 

Sobre la música y los estados de ánimo

ISTOCKPHOTO
 María De Sancha Rojo Redactora de El Huffington Post

La mayoría de la gente ha escuchado al menos una canción que le ha emocionado en su vida. Y es probable que también exista alguna con la que se le van los pies, otra que le recuerda a su infancia, una más que usa para relajarse e incluso otra para leer.

La música provoca poderosas reacciones en los seres humanos, incontrolables y de un espectro muy amplio. Además de gustar o no, las notas son capaces de levantar el ánimo, calmar un enfado y hasta inducir al llanto. Y no es fruto del azar.

Ya en La República de Platón se hablaba de las capacidades evocadoras de la música para templar estados de ánimo. Por su parte, Aristóteles creía que el impacto emocional de una melodía se debía en parte a la forma en que imitaba nuestra vocalización, según recoge la revista New Musical Express.

Pero la forma de apelar a unas emociones concretas se define en Occidente en la época del músico Johann Sebastian Bach, a mediados del siglo XVIII, como revela a El Huffington Post Francisco de Paula Ortiz, fundador y secretario de la Asociación Española de Psicología de la Música.

Las reacciones emocionales se inducen a través de una serie de elementos musicales complejos con los que se puede jugar. Los siguientes dos ejemplos ilustran cómo la melodía oscura de la banda sonora de El Padrino (1972) se transforma en una pieza bucólica con un simple cambio de modo.

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El impacto emocional de la música se estudia desde dos puntos de vista. El primero de ellos distingue seis emociones básicas que provocan las melodías: alegría, miedo, tristeza, ira, sorpresa y repugnancia.

El segundo detecta tres propiedades: la direccionalidad (la tendencia a escuchar o evitar una pieza musical según resulte agradable o no), la intensidad (cómo afecta el volumen del sonido, calmando o excitando al individuo) y el control (el grado en que el oyente se siente dominado o intimidado por la música, o al contrario, se siente controlador e importante).

Para entender los términos musicales empleados, puedes consultar la guía que hemos elaborado al final del artículo.

LA CULTURA DEL OYENTE ES LO MÁS IMPORTANTE

La cultura en la que se ha criado el oyente influye de manera más decisiva que ninguna otra variable en las emociones que le sugiere una melodía, por eso “no hay parámetros universales sobre cómo transmite emociones la música”, asegura Ortiz, que también es profesor de piano en un conservatorio andaluz.

“En Occidente, la música se ha compuesto tradicionalmente con dos objetivos: el culto religioso y las fiestas. En otras culturas tenía otras funciones, por ejemplo para el cambio de estación o para la caza. Por tanto, sus sonidos son más cercanos a la naturaleza, más disonantes que consonantes”, añade.

Las emociones que asociamos a la música son una convención que hemos establecido dentro de una cultura”José Francisco Ortega

“Si un español se pone un rato una emisora de otra cultura, llega un momento en que se da cuenta de que no conecta con esa. Necesita de una escucha más repetida para acostumbrarse a ella y aprender a apreciarla”, explica José Francisco Ortega, profesor del Área de Música en la Universidad de Murcia.

“Las emociones que asociamos a un tipo de música son una convención que hemos establecido dentro de una cultura en una época concreta; se aprenden con la familiaridad, con la escucha repetida en un contexto concreto”, añade este titulado en Solfeo y Teoría de la Música, Pedagogía Musical y Musicología.

“LA MÚSICA UNIVERSAL” QUE TRASCIENDE ESPECIES Y CULTURAS

Un estudio de 2001 recogido por National Geographic encontró similitudes en la forma de componer y reproducir música entre los humanos y algunos animales, como las ballenas y los pájaros, lo que parece apuntar a una “música universal”, en palabras de sus autores. En esa línea, se han detectado parámetros a los que el ser humano responde de manera homogénea, independientemente de su cultura.

“En un estudio transcultural de 2004, el volumen se asoció con la percepción de la ira, tanto en la música occidental como en la asiática, lo que sugiere que podría ser una señal universal de la misma”, propone Ortiz. “Además, detectó que los fragmentos en modo menor que se identifican como desagradables y activantes se tocan en un ritmo intermedio y pueden resultar amenazantes”, añade.

La preferencia por la consonancia sobre la disonancia es evidente desde la infanciaPaul Ortiz

También es universal la preferencia por la consonancia sobre la disonancia. “Es evidente desde la más tierna infancia. Incluso bebés de sólo dos meses la muestran. Parece ser innata o se aprendió muy temprano en la escala evolutiva“, considera.

EL MODO, EL TEMPO Y LA ARMONÍA, DETERMINANTES

http://widget.smartycenter.com/webservice/directYoutube/10252/CAXrgl_oF-8/570/321/100?ap=0&erv=0&rrss=0“Hay muy pocos estudios para hacer afirmaciones definitivas”, lamenta Ortiz, que también es máster en Psicología Clínica y de la Salud por la Asociación Española de Psicología Conductual y máster en Musicoterapia por la Universidad de Cádiz.

“Las personas occidentales sin conocimientos musicales tienen respuestas relativamente homogéneas en función del tempo y modo: un tempo rápido en modo mayor induce a la alegría, y un tempo lento en modo menor, a la tristeza”, observa Ortiz. Y a partir de ahí, se juega combinando elementos de ambos.

La tradición de asociar estas emociones a los modos mayor y menor puede verse en una melodía muy conocida en los países occidentales: la Marcha nupcial, una composición en modo mayor. ¿Cómo sonaría en menor? Digno de la casa del terror.

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Podría parecer que la música popular tiraría hacia el modo mayor y un tempo rápido, y hasta la década de los 60 fue así. Sin embargo, según un estudio de 2009, los 40 mayores éxitos anuales desde los años 80 tienden más al modo menor. Los investigadores lo han atribuido a que la música incondicionalmente alegre se considera infantil, mientras que el modo menor hace sentir a los compositores más sofisticados, capaces de jugar con más complejidad emocional.

También podría pensarse que las canciones de Disney están todas en modo mayor, hay excepciones como ocurre con El libro de la selva. En esta película encontramos una canción en modo mayor (Busca lo más vital), otra en modo menor (Confía en mí) y una tercera que comienza en modo menor y termina en mayor (Quiero ser como tú).

Ortega expone las capacidades del modo y el tempo a través de otro ejemplo. “En clase, cuando me han dicho que alguien cumplía años, le he gastado la broma de tocarle lo que yo llamo el Cumpleaños no tan feliz, la típica canción pero en modo menor. Y me miraban con una cara que…”, recuerda.

Escucha la comparación entre el Cumpleaños feliz normal, en modo mayor, y otro en modo menor.

Los fragmentos musicales con un tempo rápido, consonantes, potentes en intensidad y en modo mayor suelen considerarse agradables, activantes y dominantes; y los de tempo lento, disonantes, en modo menor y de intensidad débil, como desagradables, poco activantes y poco dominantes.

Las melodías alegres “son capaces de activar los centros de placer y los sistemas de recompensa del cerebro, las mismas que al comer un dulce, sentir una caricia o practicar sexo”, detalla Ortiz, doctor en Psicología de la Interpretación Musical.

Un ejemplo sería Don’t Stop Me Now, de Queen, elegida como la canción más alegre de la historia en un estudio realizado en Reino Unido en 2015. La canción reproduce la fórmula de la felicidad en el ámbito musical: tempo rápido (aproximadamente 150 pulsaciones por minuto) + letra alegre + tonalidad mayor.

La armonía, el acompañamiento que lleva la melodía, es el segundo elemento más importante a la hora de sugerir una emoción para Ortega.

EL CINE, EL MEJOR ÁMBITO DE ESTUDIO

La percepción que generan el modo y el tempo tampoco es unívoca ni objetiva, y de nuevo depende de la cultura, apunta Ortega. “Un oyente japonés puro, sin la contaminación sufrida tras la globalización, no percibiría los mismos sentimientos que solemos asociar con ellos, ahora universalizados”, observa.

En opinión del profesor de la Universidad de Murcia, la música de cine es la que mejor explora las posibilidades emocionales de la música. “Imagínate una película de terror; le quitas la música y le quitas el miedo, porque ella es la responsable de generar y potenciar la sensación de las imágenes”, señala.

http://widget.smartycenter.com/webservice/directYoutube/10252/IXYqmpJcTDQ/570/321/100?ap=0&erv=0&rrss=0De la misma manera que una melodía impone, si se le cambian algunos parámetros musicales puede animar. Como puede verse en esta versión de la Marcha Imperial, una de las melodías más ominosas de la gran pantalla, tocada en modo mayor.

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NO IMPORTA EL INSTRUMENTO SINO CÓMO SE TOCA

El timbre juega un papel menos central en la determinación del estado emocional. “El trombón o la tuba pueden tener cierta comicidad. Los violines generan tensión y la percusión pone en alerta. Pero ningún instrumento está ligado a una emoción concreta”, advierte Ortega. Depende de la música que se toque y cómo se ejecute.

“Los suaves (de frecuencia atenuada) se asocian con la ternura y la tristeza, mientras que los timbres agudos (de frecuencia alta) se asocian con la ira”, apunta Ortiz. Incluso las emociones negativas tienen un papel en la comunicación musical.

“Muchos estudios han sugerido explicaciones evolutivas para el papel de la música en la vida humana, siempre relacionado con los afectos. Es vital para la comunicación, la sincronía de grandes grupos, la cohesión social, la transmisión cultural e incluso se ha utilizado para atraer a una pareja”, señala Ortiz.

Adagio para cuerda, de Samuel Barber

Una melodía que Ortiz considera “relajante y negativa, tendente a la tristeza o la melancolía”.

http://widget.smartycenter.com/webservice/directYoutube/10252/izQsgE0L450/570/321/100?ap=0&erv=0&rrss=0Danza china, de Piotr Ilich Chaikovski

En el extremo opuesto se situaría esta melodía alegre, relajante y positiva.

http://widget.smartycenter.com/webservice/directYoutube/10252/llA1xOFRYj0/570/321/100?ap=0&erv=0&rrss=0Danza del sable, de Aram Ilich Jachaturián

Para el secretario de la AEPM, esta pieza es una “melodía activante positivamente”.

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Guía de los elementos que influyen en la percepción de la música

  • Timbre: cualidad que caracteriza un sonido y que permite diferenciar y distinguir si es tocado por un clarinete o por un ukelele, por ejemplo.
  • Modo: sistema de organización melódica predominante. Los más comunes son los occidentales, mayor o menor, pero también puede ser politonal, atonal, serial o dodecafónico. Modo mayor es la ordenación de los tonos y semitonos en una escala a partir de una nota principal, situada dos tonos por encima o por debajo de la siguiente. En el modo menor, la diferencia en la escala es de un tono y medio. La politonalidad son dos tonalidades diferentes que suenan a la vez. La música atonal, serial y dodecafónica surge tras la desintegración del sistema tonal asentado desde Bach, a partir de los años 50; por tanto, el oyente no tiene referencias de nada que pueda recordar a lo que oye.
  • Potencia e intensidad: volumen del sonido que se escucha.
  • Consonancia/disonancia: percepción subjetiva que mide la tensión de ciertos intervalos de música en función de la cercanía de sus notas en la escala. La mayoría de los seres humanos se decantan por la primera.
  • Tempo (muy rápido/muy lento): velocidad genérica con que se ha de ejecutar una pieza.
  • Contorno tonal: posición de determinadas notas en una melodía y que hace que sea más bonita o tenga más éxito.
  • Ritmo: es el tipo de compás (binario, ternario…), determinado por las notas con que está escrita la pieza y el número de ellas que se agrupan en distintos intervalos.
  • Armonía: resultado de combinar diferentes sonidos a distinta altura (graves o agudos) de forma simultánea.

Tomado de http://www.huffingtonpost.es/2017/03/04/asi-se-juega-con-la-musica-para-provocar-alegria-calma-melanco_a_21872596/