El “glamour” de los fármacos

Psicoanálisis. Ficción y realidad se cruzan para reflejar y alentar los usos de los psicofármacos.

Breaking Bad muestra las penurias para mantener en secreto una PyME familiar. Muy por el contrario, los grandes laboratorios anunciaron con bombos y platillos el lanzamiento de los “estabilizadores del ánimo” al tiempo que Hollywood reconoció su bipolaridad, así como la de familiares cercanos y amigos. Tal fue el caso de la madrastra de Robert Downey Jr., que asevera que el actor padece esa enfermedad aunque él lo niegue.

La bipolaridad resultó ser una denominación menos inquietante que la de la psicosis pasional descripta por el psiquiatra francés Gaëtan Gatian de Clérambault hace doscientos años. Su uso se ha extendido hasta el insulto: hoy, las mujeres que oscilan en sus preferencias eróticas ya no son locas sino “bipolares”. El trastorno se define por los “estados de ánimo cíclicos”. Mientras se sigue discutiendo qué es lo que define un “ciclo”, los laboratorios ya ganaron cifras suficientes como para pagar el cachet de todas nuestras celebridades juntas.

Alguien se habrá preguntado por qué en los 50 al mundo estadounidense de posguerra le costaba conciliar el sueño. Decididos a no alarmar el alma humana, optaron por la tecla farmacológica de los barbitúricos. Casi en secreto, los botiquines de Hollywood tenían en el fondo un frasco con etiqueta manuscrita. Salieron entonces los insomnes del placar –del botiquín– y, con charme y sin vida, se nos mostró a Marilyn dormida para siempre con un frasco de barbitúricos en la mano. A su vez, Elizabeth Taylor recomendaba dos medidas de Jack Daniels y una de Valium para combatir la ansiedad. El milagro de las benzodiazepinas (ansiolíticos) restableció la tranquilidad hogareña. Las mujeres ya no se intranquilizaban, se dormían. En medio de sus contorsiones, Mick Jagger cantaba Mother’ s little helper (La ayudita de mamá) mientras advertía a las agotadas genitoras sobre los peligros de la sobredosis de diazepam (ansiolíticos).

Los “ataques de pánico” llegaron con el filme Annie Hall . Hermanada con Woody la sociedad brindó con cantidades suficientes de Lexotanil y Rivotril sublingual como para dormir a un ejército de hunos. Freud ya había descripto las crisis de angustia en 1894, y descubierto que lo que se padece tiene relación con lo que no se recuerda; pero es más funcional al sistema, y rentable, que las personas lean prospectos a que hablen de lo que les pasa.

Si bien nuestro neurótico antihéroe hacía un guiño al psicoanálisis, lo que proliferó fue el olvido a causa del clonazepam. En los 90 estalló una ola de depresión mundial y el laboratorio Eli Lilly facturó, sólo en 1995, 2.300 millones de dólares con el Prozac (fluoxetina), bautizado “droga de la felicidad”. Mientras se frotaban las manos, los laboratorios salieron al mercado a buscar deprimidos, o mejor dicho, a inventarlos. Como no lo sabíamos, se nos explicó que si de los diez síntomas del cuadro teníamos tres, ya éramos depresivos en algún grado. Abrir el diario a la mañana dispara los demás. Entendimos, al fin, que la solución al problema que no teníamos era el Prozac.

Elizabeth Wurtzel escribió por entonces Nación Prozac para hablar de su exitoso tratamiento con la droga. El libro no llegó a contar, que después sufrió descompensaciones que nada tenían que ver con el medicamento ni con la depresión.

El apelativo TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) fue el refreshing de la neurosis obsesiva. Con la película Mejor imposible , Hollywood logró, nuevamente, dar glamour al espanto al mostrar cómo Jack Nicholson mutó su carácter en 90 minutos, gracias al amor de Helen Hunt, y pasó de ser hosco e intratable a enternecedor como una mascota. Los laboratorios sugirieron, también en estos casos, la administración de antidepresivos en dosis distintas a las indicadas para la depresión para que los pacientes no se confundieran de cuadro. Otras ofertas fueron las llamadas terapias cognitivas o de reeducación, es decir, entrenamientos conductuales adaptados del mundo animal.

Gracias al ADD ( Attention Deficit Disorder ), en el tercer milenio, y contra las profecías apocalípticas, los laboratorios locales ganaron 900 millones de dólares con el metilfedinato (psicoestimulante), en la Argentina conocido como Ritalina. La droga llegó de EE.UU. 40 años después de ser descripto el cuadro por el psiquiatra estadounidense León Eisenberg. Durante esos años, la medicación se prescribió a pesar de sus efectos adversos. La droga, de la familia de las anfetaminas, apuntaba a que los escolares presten atención y se muevan lo menos posible. Es decir que beneficiaba, ante todo, a los maestros. En Desperate Housewives , la serie que logró calmar las ansiedades ricas de amas de casa suburbanas, una esposa, desquiciada por su propia hiperactividad, decide tomar la medicación de sus hijos.

El Alzheimer es una enfermedad que en Hollywood aqueja a escritores célebres o a quienes tienen cosas interesantes para olvidar; no así a la gente intrascendente. Tranquiliza al espectador porque se identifica con los primeros, pero se sabe entre los segundos. De todos modos el fantasma de la demencia atraviesa la sociedad. Hoy las personas deciden interpretar sus olvidos y actos fallidos como alguna forma de demencia senil o pre senil según la edad. El cerebro tiene la culpa, y si no veamos lo psicodélicas que son sus imágenes multicolores.

El libro sagrado de detección de nuestras enfermedades pasadas, presentes, y por venir es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), un manual confeccionado en los 80 de sospechada validez. Está basado en un sistema de preguntas donde el entrevistado es guiado a responder lo que se necesita para vender alguno de los nuevos productos del mercado. Como otros telemarketers, el interrogador tiene un stock variado: el químico, abastecido por laboratorios, el conductual, por domesticadores de la conducta, y uno más nuevo psico neurocientífico donde los condenados por el test pasearán sus neurotransmisores por interconsultas infinitas.

Los protocolos están mal adaptados de los originales estadounidenses. Si un incauto consultara por cansancio recurrente, una de las preguntas del protocolo podría ser si tiene un hobby. No tenemos precisión de la traducción al argentino del término anglosajón, pero supongamos que el de “pasatiempo”. Un operario que trabaja doce horas en una fábrica de autos podría contestar que su “hobby” es dormir. Dormir no es un pasatiempo, dado que es necesario a los fines de la producción. Por lo tanto, si el entrevistado no arma avioncitos, ni colecciona plumas de aves, o hace bonsái, es un firme candidato al vademécum. Hollywood logró rellenar la brecha entre las estrellas y sus fans con los psicofármacos. Nuestro operario automotriz no tendrá el auto de James Bond pero podrá compartir sus recetas.

Jalof integra la Asoc. Mundial de Psicoanálisis y la Escuela de la Orientación Lacaniana.

 

Tomado de: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/glamour-farmacos_0_1614438686.html

Literatura y psicoanálisis: escrito en el cuerpo

“Que el acto de la escritura produce efectos en el cuerpo, es cuestión bien sabida. De lo que intentamos dar cuenta en estas Jornadas es de ese saber-hacer que los escritores de todas las épocas han hecho con la letra. También del lado del lector esa escritura produce efectos y de ellos nos ocuparemos también”, describe Daniel Boromei, responsable del seminario La Cosa Abierta de la BOLM, el espacio en el que literatura y psiconálisis confluyen.

El sábado 30 de julio, de 9 a 13, la Nave Universitaria será el lugar de encuentro para el desarrollo de las jornadas “Efectos de la escritura sobre el cuerpo”, en el que se dilucidarán algunos puntos de contacto “en busca de un efecto”.

Entre los invitados, hará su presentación el psicoanalista Carlos Rossi, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

“Se trata de aprender lo que la escritura tiene para enseñarle al psicoanálisis”, dice Rossi en relación a esta actividad que desarrolla de un tiempo a esta parte junto a un ateneo de investigación perteneciente al Instituto Clínico de Buenos Aires, dedicado a la enseñanza e investigación en psicoanálisis de orientación lacaniana.

En este contexto es que el grupo de colegas estudia la relación de textos de escritores como Daniel Paul Schreber, Jean-Jacques Rousseau, Samuel Beckett, Philip K. Dick, Fernando Pessoa, James Joyce, Marie de la Trinité y Ramón Llull.

“Lacan plantea que el artista siempre nos lleva la delantera y nosotros damos por bienvenido que así sea. Es un fenómeno bastante difundido el hecho de que los psicóticos escriben. Algunos además han pasado a la historia por su talento literario. Entonces se trata de una relación casi necesaria cuya función es lo que ponemos en discusión.Pero no se trata de obtener una respuesta universal sino muy por el contrario de intentar ubicar los mecanismos de producción de texto en cada uno de ellos. A tal efecto nos fue necesario estudiar a aquellos que se han dedicado al tema: por tomar algunos autores, recordaría a Walter Benjamin, Roland Barthes, Michel Foucault y Ricardo Piglia”, explica.

En este sentido, detalla Rossi, la escritura funciona como un ordenamiento que ayuda a la estabilización del cuadro clínico y  produce un punto de anclaje que detiene, durante un tiempo, “la fenomenología que afecta al psicótico tanto a nivel de sus pensamientos como en el cuerpo”.

Entre las preguntas que sobre el tema manifiesta Lacan, sobresalen aquellas vinculadas a la función de la escritura, el lenguaje, el neologismo o la inspiración.

“Lacan no busca una traducción de la psicosis mediante la escritura. Busca, parafraseando a Jacques-Alain Miller, la psicosis en el texto sin olvidar la orientación de su pensamiento que se trasluce, de manera provocadora, en el recientemente aparecido curso titulado Todo el mundo es loco”.

 

Tomado de http://www.losandes.com.ar/article/literatura-y-psicoanalisis-escrito-en-el-cuerpo

Anna Freud, digna hija de su padre

Joaquín Arnáiz. 

Algunos autores hablan del pensamiento de principios del siglo XX como una revolución con tres ejes: el hombre en sociedad, Marx; el hombre frente a la filosofía, Nietzsche, y el hombre explorando su interior, Freud. Se podrá estar de acuerdo o no con algunas formulaciones de estos pensadores, pero lo que es indudable es que cambiaron nuestra mirada sobre el mundo, y además, y ése es un punto que los une, su escritura sigue siendo buena escritura.

De ahí la importancia de textos como el de Elisabet Riera, que con acierto, sensibilidad y conocimientos hace viajar al lector por uno de estos tres creadores, Sigmund Freud, a través de la mirada compleja y torturada de su hija Anna, también psicoanalista. Desde aquel momento a los diecinueve meses en que Anna grita: «Annafreud, fresas, fresas silvestres, bollos y pudding», una frase que Freud recordará en su fundamental texto «La interpretación de los sueños», publicado en 1900, se está abriendo para el siglo XX un nuevo camino hacia el inconsciente, una inimaginable Atlántida interior.

El lector iniciará la obra acompañando a Anna Freud, de 86 años, a donde vivió y trabajó la familia Freud en su exilio en Inglaterra, Maresfield Gardens: ella entra en aquellos jardines mientras la enfermera empuja su silla de ruedas. Sabe que no va a volver a ver más la que tantos años fue su casa. Y recuerda. Recuerda la vivienda y el despacho en la calle Bergasse de Viena del profesor Freud y de su familia, y, como si fuera una sesión psicoanalítica en el mítico sofá, van pasando los recuerdos de su vida: desde su primeras turbaciones al contar a su padre sus masturbaciones hasta su relación con Lou Andreas-Salomé, o todos los años vividos con su amiga íntima Dorothy, heredera del joyero multimillonario Tiffany.

Terapia de niños

Elisabet Riera consigue condensar y hacer vivir al lector todo un mundo ya desaparecido no sólo de hechos y de lugares, sino de formas de vivir y mirar la vida que se fue desarrollando en la Viena de principios de siglo, y a los que los nazis dieron la puntilla. Yo he seguido durante años la vida y la obra de Freud, y he estado en su actual museo de la calle Bergasse, donde incluso existe un catálogo en español de sus objetos arqueológicos, a los que tan aficionado era. Y así reconozco la perfecta traslación del mundo freudiano que hace la autora a esta novela. Anna recuerda aquel momento, hacía más de cincuenta años, en que Dorothy y sus hijos llamaron a la puerta de la calle Bergasse preguntando por Anna Freud, que se había especializado en terapia de niños. Luego, una vida juntas. Riera trata con delicadeza el tema de la homosexualidad, un asunto que algunos psicoanalistas se empeñaron en «curar» (la propia Anna tuvo pacientes en este sentido), aunque se conserva una carta del propio Freud, citada en este libro, donde afirma, adelantándose casi un siglo a la psiquiatría oficial, que «la homosexualidad no es una enfermedad», y curiosamente durante toda la novela veremos, como tras un biombo, las propias relaciones de Anna Freud con las mujeres de su vida.

Tomado de :  Anna Freud, digna hija de su padre  http://www.larazon.es/cultura/libros/anna-freud-digna-hija-de-su-padre-FD13237424?sky=Sky-Julio-2016#Ttt1lDvuZHFhHKuL

“La biografía es un psicoanálisis con pincel”: Enrique Krauze

De Hernán Cortés a Iñárritu, de Cantinflas a Cárdenas. Enrique Krauze compila sus perfiles

Miles de vidas habitan en la cabeza de Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947). Sus retratos personales configuran un mosaico de la historia de México, de escritores a empresarios pasando por filósofos o constructores. Ahora, una compilación recoge 83 de sus perfiles. Caras de la historia (Debate) son dos volúmenes en los que se pasea por las vicisitudes de figuras tan disparejas como el cómico Cantinflas o el general Lázaro Cárdenas, el conquistador Hernán Cortés o el cineasta Alejandro González Iñárritu. El historiador y ensayista habla en su despacho de su pasión por la biografía. A su lado, dos fotos. La de su padre Moisés y la de su abuelo Saúl, un culto sastre judío originario de Polonia que prosperó en la Ciudad de México y le llegó a tomar la medida a personajes como el militar Maximino Ávila Camacho. El metro, hoy, lo tiene su nieto.

Pregunta. ¿Lo miraba trabajar?

Respuesta. Lo visité algunas veces en la sastrería, pero sobre todo lo miraba leer.

P. ¿Qué hay de sastrería en la biografía?

R. Que cada traje es a la medida. Y que hay que tener ojo para hacer bien las siluetas.

P. Usted compara la biografía con el retrato pictórico.

“Me recriminan haber sido injusto con Carlos Fuentes. Hubiera podido ser más generoso con él”

R. Creo que son géneros paralelos. Desde la antigüedad, el pintor busca capturar el alma del personaje. Y, de manera mucho más modesta, cabe decir que el biógrafo siempre ha intentado lo mismo, encontrar ese rasgo único, ese motor oculto que arroja luz sobre las acciones de una persona. Yo solía hablar con el pintor Juan Soriano sobre las relaciones entre la biografía y el retrato. Los retratos de Soriano no tenían un propósito decorativo, eran un escrutinio, una especie de psicoanálisis con pincel. Eso son las biografías.

P. ¿Qué alma se la ha resistido más?

R. Hasta el perfil aparentemente más sencillo esconde resortes difíciles de discernir. En muchos casos he sentido la satisfacción de encontrar esa veta, aunque invariablemente me quedo con la idea de que necesitaría conocerlos más.

P. ¿Me daría ejemplos de vetas?

R. La ilegitimidad de origen del presidente Plutarco Elías Calles, cuyo padre abandonó a la madre y lo tuvo fuera del matrimonio. La condición de bastardía le pesó muchísimo, y el hecho de sentirse repudiado por el orden católico marcó la vehemencia de su anticlericalismo. O en el caso de Francisco I. Madero, la trágica muerte de su hermano calcinado por una lámpara de queroseno que le cayó encima. Condicionó su afición al espiritismo y el espiritismo fue a su vez un factor importante en el inicio de la Revolución mexicana, porque Madero se creyó inspirado por los espíritus para dar inicio a la liberación democrática.

 

Tomado de: http://www.vanguardia.com.mx/articulo/la-biografia-es-un-psicoanalisis-con-pincel-entrevista-enrique-krauze

Sentimiento de indefensión 

La ideología yihadista provee sin duda a un ejército de frustrados la esperanza de algo que, por un momento, confunden con la grandeza. Matar a la mayor cantidad de gente y después morir, ¿es una patología propia del siglo XXI o más bien de una pulsión constante del ser humano?
 
Por Luisa Corradini (*)
Aunque todavía no se sepa con exactitud la naturaleza del ataque en Múnich, sus características innegables de acto terrorista no sólo permiten asimilarlo a la masacre cometida el 14 de julio en el Paseo de los Ingleses de Niza, sino que confirman -si aún fuera necesario- que, en este momento en Occidente, el peligro puede venir de cualquier parte y adoptar cualquier forma.

También demuestra hasta qué punto nuestras sociedades están indefensas ante ese tipo de ataques, que podrían ser calificados de símbolo de la Edad de Piedra del terrorismo, ya que, lejos de usar sofisticados medios tecnológicos y tropas de elite para golpear a poblaciones civiles, se sirve de las pulsiones criminales de todo tipo de enfermos mentales, locos y psicóticos que, incluso con armas rudimentarias, pueden causar el mayor daño posible.

“El fenómeno no tiene nada de nuevo: todas las ideologías asesinas tienen por efecto levantar la prohibición del deseo de muerte. Y los asesinos se justifican siempre mediante una misión sagrada que levanta esa prohibición”, explicó la psicoanalista Elisabeth Roudinesco a La Nación.

Eso sucedió con el autor de la masacre en la discoteca gay de Orlando. También con el noruego Anders Breivik, que reivindicó su matanza de 2011 en Noruega en defensa de la cristiandad.

En esas condiciones, cada vez será más difícil luchar contra esa nueva forma de terrorismo que, además, ya muchos califican de “mimético”.

Ese fenómeno es bien conocido en otro terreno por los sociólogos, que lo llamaron “efecto Werther”. La expresión fue propuesta por el sociólogo D. P. Phillips en 1974, en referencia al célebre héroe suicida de la novela de Goethe, cuya publicación habría provocado una ola de suicidios en Europa en el siglo XIX.

En un artículo de la American Sociological Review, Phillips anotaba que, estadísticamente, es posible observar picos de suicidios en la población después que uno o varios casos recibieron abundante publicidad.

La mediatización tendría la capacidad de hacer entrar en el universo de lo posible un acto a veces pensado, pero circunscrito a la esfera de lo imaginario. El sentimiento de que “otros también lo hacen” puede conferir un carácter de “normalidad” a un gesto desesperado o, en el caso del terrorismo, a la pulsión de muerte. En otras palabras, crea una forma de oportunismo cognitivo.

Más cerca del drama de Niza -o del ataque que paralizó a Múnich- los criminólogos han hallado fenómenos parecidos en los asesinos seriales. Esos que muchos llaman “copycats” se inspiran, para sus actos criminales en el modus operandi de un célebre asesino serial o incluso de ficciones populares.

Para muchos especialistas es posible que individuos como el asesino de Niza -de naturaleza violenta, en instancia de divorcio, sin dinero y sin trabajo- busquen una alternativa que les permita vengarse de sus vidas, percibidas como miserables y que la encuentren en la propuesta terrorista. La ideología yihadista provee sin duda a un ejército de frustrados la esperanza de algo que, por un momento, confunden con la grandeza.

Matar la mayor cantidad de gente y después morir, ¿es una patología propia del siglo XXI o más bien de una pulsión constante del ser humano?

“Más bien esto último”, señala Roudinesco, que recuerda que la historia está repleta de masacres olvidadas. “La diferencia es que hemos dejado de tener la misma tolerancia, ya que el ideal democrático privilegia la resolución de conflictos mediante la diplomacia y la razón”, agrega.

Una capacidad que bien podría estallar en pedazos en poco tiempo si esta nueva forma de terrorismo persiste, ya que la liberación de la pulsión de muerte en los terroristas también desencadena la pulsión fascista en el ciudadano común.

Tal vez los fenómenos de Donald Trump, Nigel Farage o Marine Le Pen sean el resultado. Quizás en poco tiempo más resurja en Europa el debate sobre el restablecimiento de la pena de muerte, así como se han fortalecido las manifestaciones xenófobas y racistas.

“En los medios populares y la clase media occidental hay un deseo fascista. Un deseo de venganza”, admite Roudinesco.

Sigmund Freud decía que la única forma de combatir la pulsión de muerte es la civilización y la razón. Es decir, todo aquello que impide erigir la muerte en un objetivo ideal.

Ante semejante desafío, la actitud de los líderes políticos será fundamental, ya que son ellos quienes deben insistir en que la democracia rechaza la venganza.
(*) Nota publicada en el diario La Nacion.

Fuente: http://www.ellitoral.com.ar/423953/Sentimiento-de-indefension

Algunas consideraciones sobre Psicosis, Psicoanálisis y Salud Mental

En los ámbitos de lo que llamamos Salud Mental, dándole una existencia que ahora cuestionamos -¿la Salud Mental existe?- conviven diferentes modos de pensar la psicosis, enfoques diferentes sobre una misma psicopatología. Estas diferencias constituyen en la práctica cotidiana una fuente de conflictos entre los profesionales que tratan con la psicosis. Hay enfoques teóricos muy diferentes y también expectativas diversas, que abarcan desde su causalidad hasta el modo de entender el tratamiento. La polémica no cesa y produce una gran confusión. Esta confusión no afecta únicamente a los profesionales, también afecta a los estudiantes en formación y por supuesto, a los propios pacientes. Hay que ser muy claros en este asunto, pues en algunas ocasiones el que imparte la formación o el que trabaja con la psicosis oculta su modelo teórico dando así la impresión de que es el único, de que no existen otras posibilidades de abordar el tratamiento o, si existen, no están consensuadas o no tienen el rigor y la seriedad suficientes. Decía que la polémica no cesa, pero en un futuro no muy lejano corremos el riesgo de que cese. Se avanza a buena velocidad, muy posiblemente, hacia un modelo único, un modelo supuestamente científico sostenido en la evaluación, en la Medicina Basada en la Evidencia, en las guías de buenas prácticas y los protocolos. Una vez configurada esta ficción científica, los que no formen parte del modelo quedarán excluidos de una Salud Mental que se nos presentará con una nueva existencia.


Pero, por ahora, el conflicto esta ahí, los profesionales de la Salud Mental saben que no piensan lo mismo sobre el enigma que supone la psicosis y sin embargo tienen que compartir el mismo espacio: sesiones clínicas, intercambio de informes, trabajo con las familias y con el paciente. En el horizonte está la cuestión insoslayable de en qué consiste la cura en la psicosis. De la forma en que respondamos a esta pregunta se derivará, casi con total seguridad, la concepción del tratamiento.Dentro del psicoanálisis hay también variaciones sobre el mismo tema, no todos los psicoanalistas pensaron y piensan la psicosis de una forma única, muchos fueron los debates sobre la psicosis y su posibilidad de abordarla con el método psicoanalítico. El escepticismo, la euforia o el entusiasmo por comprender la psicosis atravesaron una controversia que se prolonga hasta nuestros días. Fue Jacques Lacan, que convulsionó los ámbitos psicoanalíticos a partir de los años cincuenta, quien tuvo la sagacidad de extraer de la psicosis una enseñanza. Sugirió a los psicoanalistas no retroceder frente a la psicosis, pues la psicosis nos muestra la estructura misma de la subjetividad. La psicosis dejaba de ser una especialización dentro de la disciplina analítica para convertirse en parte esencial de la misma. Desde esta orientación podemos hacer algunas consideraciones sobre el tratamiento de la psicosis que nos permitan esclarecer nuestra posición en el ámbito de la Salud Mental.
1ª Consideración.

Acerca del déficit en la psicosis.La teoría lacaniana de la forclusión despejó la psicosis de la rémora deficitaria, Lacan no habló de la psicosis en términos de déficit, sino en términos de falta de significante. La gran radicalidad, y aún no se ha insistido lo suficiente en esto, es la promoción de la determinación significante en la psicosis. Hoy más que nunca se corre el riesgo de olvidar esta determinación, privando al psicótico de la posibilidad de encontrar una salida para su psicosis, una salida que tiene por fuerza que ser singular para cada caso.La orientación lacaniana no concibe, por tanto, la psicosis en términos de déficit. Los delirios paranoicos no impidieron a Rousseau desarrollar uno de los pensamientos más influyentes de la modernidad, ni la esquizofrenia al matemático John Nash recibir el Premio Nobel de Economía o la psicosis-maníaco depresiva a Cantor formalizar la noción de infinito. Se puede objetar que elegimos casos excepcionales, pero no es así, la elección no está motivada por la excepción sino por ser casos por todos conocidos. En la clínica diaria nos encontramos con pacientes a los que su trastorno psicótico no ha impedido desarrollar una vida laboral o cursar sus estudios. Y se puede replicar que a otros este mismo trastorno sí les supuso un obstáculo, les truncó su vida académica o laboral, y tienen razón. Lo que está por dilucidar es la razón de este obstáculo. Se trata de ver en cada caso cuáles son las razones y encontrar con el paciente la mejor forma de sortearlas, de encontrar con cada uno la mejor solución para su psicosis, una solución que ha de ser singular pues singular es cada paciente que recibimos y tratamos. Detrás de cada paranoia o cada esquizofrenia hay una persona distinta, debemos tener especial cuidado en que el diagnóstico no borre estas diferencias, una misma sintomatología no hace iguales a los individuos, pues cada uno se relacionará y responderá a sus síntomas de diferente manera. Esta constatación clínica torna imposible una concepción estandarizada del tratamiento, contemplamos, obviamente, una estrategia en la forma de dirigir un tratamiento, una serie de normas y unos objetivos clínicos que, lejos de conformar un estándar, pretenden rescatar la particularidad de cada caso, encontrar con el psicótico un modo de vivir con su psicosis con el menor sufrimiento posible.
2ª Consideración. 

Estructura psicótica y psicosis clínica. Desencadenamiento.El paciente suele acudir a consulta, al centro de salud o al hospital en el momento de la crisis, se impone aquí una valoración urgente del caso, si necesita de un ingreso, si es preciso administrar una medicación, asistir a la familia, hablar con el paciente para mitigar todo lo que sea posible los efectos devastadores de esta vivencia y disponer de todos los medios para que la crisis remita lo antes posible, pero sin perder de vista que esta remisión de la crisis tiene que ser el preludio para el trabajo con el psicótico y no su epílogo.Un fragmento clínico nos ayudará a ilustrar este momento del desencadenamiento. Se trata de un paciente de 15 años que ha vivido la mitad de su vida en instituciones de acogida, pertenece a una familia muy desestructurada con una madre y un padrastro alcohólicos. Es un muchacho tímido y muy nervioso. Está “muy obsesionado” con la guerra de Irak. Con frecuencia no encuentra las palabras para expresar lo que quiere. Un hombre con el que se encuentra a veces al salir de su residencia parece abrigar malas intenciones, puede hacerle daño. Manifiesta que siente un gran malestar cuando le preguntan por su familia porque hay algo que no sabe cómo explicar, y es que tiene dos padres. Se entera de esto a los seis años, cuando la madre le comunica que tiene otro padre y se lo presenta. Cuenta desde entonces con estos dos padres, con los que no sabe muy bien cómo debe relacionarse, pero que consigue ordenar llamando a uno el padre verdadero que le dio la vida y al otro el padre que le ha dado el nombre.Antes de continuar con el caso conviene hacer una precisión y distinguir entre estructura psicótica y psicosis clínica. Hablamos de estructura psicótica cuando observamos algunos síntomas que nos hacen presagiar la posible irrupción de la psicosis. ¿Qué nos hace sospechar, en este joven que estamos frente a una estructura psicótica, si no se ha presentado la sintomatología propia de la psicosis? Hay tres rasgos en esta breve descripción de su clínica que nos inducen a reflexionar sobre esta posibilidad: su dificultad con el lenguaje; lo que llama su “obsesión” con la guerra de Irak, en la que se siente especialmente implicado, que apunta ya la probabilidad de una construcción delirante y el rasgo paranoico presente en el hombre con el que se encuentra al salir de la residencia. Es importante siempre detectar estos pequeños signos, son el aviso de que una crisis puede precipitarse. No siempre está en nuestro alcance poder evitar la crisis, como veremos a continuación, pero sí debemos prestar atención a estos avisos para no ser nosotros los que la promovamos.¿Qué coyuntura, qué situación precipitó en este paciente el pasaje a la psicosis clínica? Algo tan simple como un ciclo sobre sexualidad impartido en su residencia, confrontó a nuestro paciente con el vacío enigmático.Una tarde llega a consulta mucho más inquieto que de costumbre y muy enfadado, no entiende qué está pasando en su residencia, por qué sus educadores le tienen que hablar de sexualidad. Lleva varias noches sin dormir, no entiende que le hablen de “eso” y además no sabe qué tiene que hacer con lo que le están contando. Siente que se le exige una respuesta, tiene que hacer “algo con eso”. Pasa algunos días muy intranquilo y atormentado, sus miedos se han intensificado y el hombre de las malas intenciones espera ahora todos los días en una esquina con propósitos de violación o secuestro. Ha vislumbrado una “sonrisa ilegal” en una presentadora de un programa infantil de televisión, no sabe qué significa esta sonrisa pero está seguro de que es una provocación dirigida a él, está muy intrigado hasta que al final de esa semana decide averiguar dónde vive, con el firme propósito de establecer relaciones con ella. Regresa a consulta, tras el fin de semana, mucho más relajado y comenta que ha conocido a la presentadora, han paseado por el Retiro charlando de sus cosas y conociéndose, la chica ha sido muy amable con él, el próximo fin de semana conocerá a sus padres. Para concluir con este fragmento clínico podemos preguntarnos ahora: ¿qué hizo el paciente con “eso”?, ¿cómo resolvió lo enigmático de la información sexual? Respondió con una mitomanía delirante de contenido amoroso. Y no fue para él una mala salida, paulatinamente en el curso del tratamiento trabajamos mucho la cuestión del amor, tiramos de este hilo hasta ir deshaciendo esta mitomanía delirante con trasfondo megalómano. Ha quedado como resto su necesidad de estar enamorado, se serena y se alegra cuando se enamora, pero ya no acompaña este amor con una construcción delirante.Es un periodo muy delicado del tratamiento, en el que hay que calibrar muy bien las maniobras con el paciente, custodiar lo que decimos o hacemos, pues también nuestras palabras y actos pueden ser interpretados. Es el momento de acompañar al paciente en la búsqueda de una explicación, de ver la mejor forma de despejar la incógnita que dejó abierta la perplejidad ante el enigma. No contamos con un modelo que nos sirva para todos y debemos dejarnos guiar por las pistas que nos ofrece.
3ª Consideración. 

Más allá del diagnóstico.Cuando decimos más allá del diagnóstico, ¿a qué nos estamos refiriendo?, ¿nos sugiere este más allá que podemos prescindir del diagnóstico? En absoluto, y enseguida veremos las razones. Lo que nos indica es que no convirtamos el diagnóstico en el destino del paciente. Que hayamos llegado a la conclusión de que un paciente es esquizofrénico o paranoico, no se traduce inmediatamente en un saber sobre el tratamiento, no significa que tengamos ya las claves, pues ni la esquizofrenia ni la paranoia ni cualquier forma que tome la psicosis hace a los sujetos idénticos.El más allá del diagnóstico apunta, por tanto, a la singularidad, a lo que hay de más peculiar en cada caso, a lo que hace diferentes entre sí a los sujetos aunque sufran la misma enfermedad. Los pacientes se relacionan de distinta forma ante padecimientos similares, establecen relaciones terapéuticas diferentes, algunos quedan invadidos por la extrañeza de la sintomatología mientras otros se sobreponen, donde unos se abandonan otros toman iniciativas para sostener su vida con un gran esfuerzo.
4ª Consideración. 

Sobre la cura en la psicosis. El peligro de la normopatía.¿Qué se espera de la cura en la psicosis, qué expectativas depositamos en cada tratamiento? Desde nuestra orientación no concebimos esta cura como un proceso que culmine en la normalización, si entendemos por normalización la desaparición de todo vestigio de la psicosis. Esta aspiración, a lo que podemos llamar normopatía, no conduce al paciente más que a la impotencia, cierra más que abre las posibles soluciones, que consisten en cómo va a hacer, qué puede hacer con lo que la psicosis deja como resto, conviene no confundir la deseable extinción de la sintomatología psicótica con el eclipse de la psicosis. La cura debería apuntar a que, con este resto, nuestros pacientes encuentren una vida lo más digna posible y lo más lejos posible también del desasosiego y la pesadumbre que la vivencia de la psicosis introdujo en su existencia, pero sin hacerlos pasar por el estrecho pasillo de los cánones que estructuran nuestra normalidad.Aprovecharemos un breve ejemplo clínico para mostrar a qué nos referimos. Es el caso de una joven universitaria que atravesó un largo periodo con un delirio paranoico; estaba segura de que su familia en connivencia con las autoridades tramaban algo contra ella, la vigilaban y la hacían seguir, el cortejo clásico de la paranoia que hace tan delicados estos casos, pues el entorno terapéutico puede deslizarse con facilidad en el delirio del paciente. Cuando comienza su tratamiento en hospital de día se resiste a entablar relación con los profesionales del centro, está recelosa, no quiere participar de las actividades terapéuticas pero sin embargo admite venir todos los días. Para nosotros por el momento es suficiente. Paulatinamente va participando en estas actividades y tras año y medio de tratamiento, el delirio remite considerablemente, especialmente en relación con su familia. La paciente va retomando su vida y mantiene su tratamiento ambulatorio. Y aquí surge, entonces, el empuje a la normalización: para ir a la universidad tiene que sortear algunos lugares que le despiertan desconfianza y establece un itinerario para evitarlos, da cierto rodeo para llegar, pero una vez que está en la universidad se tranquiliza y puede seguir el desarrollo de las clases. Obviamente sería mejor que no tuviera que dar este rodeo, pero de ahí a tener que escuchar que no estará curada del todo hasta que no vaya a la universidad por el camino más corto hay un abismo. Abismo que, tal vez, la paciente bordea dando, precisamente, un rodeo.Confrontar al paciente con estas demandas es el resultado de confundir lo que nos parece deseable con lo exigible y en muchos casos tiene como consecuencia una reagudización del cuadro psicopatológico. Es además de un error, una inconsciencia y una crueldad.
5ª Consideración. 

Las instituciones.Por último, otra consideración que hemos de tener en cuenta es la relativa a las instituciones y su importancia en el tratamiento de la psicosis. La institución nos da el espacio y tiempo suficientes para abordar una estrategia terapéutica. Es más, contamos con una ventaja añadida, podemos pensar esta estrategia entre varios. Estrategia que debe estar en constante revisión, que requiere nuestra atención permanente, observar los pequeños signos, abrir los ojos y aguzar los oídos, ya que discurre por un estrecho margen entre la invención y la evitación, entre lo que debemos fomentar y lo que pretendemos eludir. Descubrir con el paciente, indagar con él todas las vías, todos los recursos y capacidades con que cuenta para enfrentarse a su psicosis y hallar la mejor salida posible, y a la vez sortear los escollos, los pequeños errores que pueden precipitar la ruptura de este proceso. Trabajo difícil y apasionante, que no dejará nunca de sorprendernos si nos dejamos enseñar por lo más particular de cada paciente. Contamos con un saber que los identifica, ellos tienen el saber que los diferencia. El entrecruzamiento de ambos saberes constituye la posibilidad de abordaje de la psicosis desde nuestra orientación lacaniana.

 

EL AUTOR

Javier Garmendia. 

A.P. Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano-NUCEP. 

Email: jgarmendia@arrakis.es
Fuente: http://letraslacanianas.com/index.php?option=com_content&view=article&id=73:algunas-consideraciones-sobre-psicosis-psicoanalisis-y-salud-mental&catid=16&Itemid=28

“El malestar en la cultura” de Sigmund Freud

La situación política de Europa en 1929 daba motivos a Freud para pensar el lazo social y en las consecuencias de su rupturaPese al carácter trágico de la época, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo.


El malestar en la cultura (Amorrortu), de Sigmund Freud, no está dirigida a los especialistas, ni trata de precisar la técnica psicoanalítica o perfilar sus conceptos; sin embargo, su interés teórico y la reflexión ofrecida sobre lo que nos aflige son estimables. La prologa Jacques André para la clásica Amorrortu, un psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica de Francia, director del Centro de estudios en psicopatología y psicoanálisis (Paris VII) y de la Petit Bibliothèque de Psychanalyse en Les Presses universitaires de France (PUF). Su participación en la revista ALTER promociona la investigación y las traducciones inéditas de psicoanálisis. Su trabajo en este texto subraya la necesidad de conectar el psicoanálisis con los problemas actuales que se presentan en el campo de las ciencias sociales.
Freud entregó el manuscrito una semana después del 29 de octubre de 1929, el “Martes negro”. Aquel día se hundió la bolsa neoyorquina, provocando una suerte de hundimiento del mundo. Un mes antes había muerto un hombre clave para la posible unión entre Austria y Alemania: Gustav Stresemann. Pese a que el Tratado de Versalles (1919) prohibió la añorada anexión (Anschluss), Stresemann había conseguido en 1926 el Premio Novel de la Paz, generando expectativas nuevas sobre el acercamiento. Pero su muerte dejó al Volkspartei (Partido del Pueblo) en manos de la derecha más recalcitrante, lo que supuso una fragmentación en el parlamento, que acabó por debilitar mortalmente la maltrecha República de Weimar. 
No es casual que comience esta obra con el análisis de una expresión de Romain Rolland. El afamado escritor había recibido de Freud, como cortesía, el manuscrito que le implicaba. Y Rolland respondió con una opinión no muy favorable. A esto se sumó el envío ese verano de los detalles de las biografías que fraguaba Stefan Zweig. La suya —la de Freud— entraba en serie con la de Mesmer y con la de alguien menos honorable, la de Mary Baker-Eddy, una furibunda iluminada que andaba por América y Europa predicando la Christian Science para aglutinar adeptos. Para colmo, Friderike Zweig, la compañera del escritor, seguía con intensidad las campañas del “apóstol de la paz”, mientras algunos fieles seguidores iban y venían en busca del Nobel para Freud. Premio este concedido precisamente a Rolland en 1915 “como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos”. En fin, un premio a la prédica del “apóstol de la paz” por la unión, la paz y el amor. 
Si a esto sumamos la experiencia de la Gran Guerra, Freud tenía motivos para pensar el lazo social y en las consecuencias de su ruptura. Ruptura, disolución o destrucción vienen de la mano de Thanatos. Aquí propone tres fuentes para ese efecto de “malestar”: el cuerpo, el mundo y la relación con los otros. Esta como fuente principal, e incluso como “destino ineludible”. 
Efectivamente, es la dialéctica de la relación con el otro la que alimenta el malestar en la cultura. Pero “en la cultura” no remite a un particular marco histórico, ni siquiera a los cuerpos retorcidos, al hundimiento del mundo o a la aniquilación de todo lazo provocado por la última guerra. Remite a los aspectos transhistóricos, que convierten al “malestar” en un sufrimiento de desencuentro, de inadecuación estructural. Freud resume aquí gran parte de su teoría en línea con Tótem y tabú y El porvenir de una ilusión, en donde ya había tratado los aspectos subjetivos de la religión como forma de apaciguamiento de esta infelicidad consustancial. 
Pero El malestar es una obra más radical y su análisis más demoledor. Es interesante observar que, pese a la efervescencia de la extrema derecha —nazis, Stahlhelm, Jungdo etc.—, la desesperanza de la izquierda y el callejón sin salida de la inadecuación del hombre a “la cultura”; pese a todo este carácter trágico, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo. La vida hay aceptarla en sus goces y en sus sombras, al margen de la utopía y de toda idealización de lo humano. Pero no por ello, hay que consentir con la injusticia concreta. Se trata pues, de una visión fragmentaria y de una incompletud plenamente actual, reflejada en este importante texto, escrito en un tiempo de incertidumbre cercano a la pesadumbre que invade al nuestro. 
Al hilo de la experiencia cuasi mística de Rolland, en donde habla de fusión y de “sentimiento oceánico”, Freud se plantea una cuestión política de fondo, aunque en el espacioso marco de antropología: ¿cómo es posible la cohesión de masas, y qué fuerzas se oponen a esta “unión” para destruirla y sumir a los individuos en un malestar sin solución? 
La expresión “sentimiento oceánico” venía a ser el origen de la necesidad que tiene el hombre de una dimensión religiosa. Freud desmonta esa ficción y vuelve sobre los pasos, para preguntarse por el origen del pensamiento religioso. No hay tal sustrato sentimental, pero sí una cierta economía libidinal, cuya sede la encuentra en lo que él denomina “Yo del placer” (Lust Ich). Ese sentimiento “oceánico” y esa fusión con el todo, esas ideas sobre la eternidad y la infinitud no son otra cosa que ideaciones hiperbólicas propias de una proyección narcisista de ese estadio. La realidad idealizada se funde con lo que place al sujeto, lo displacentero es rechazado como exterior hostil.
Freud no cree que el yo sea la instancia evolutiva e independiente, soldada a una conciencia libre postulada por el humanismo, sino algo más coriáceo, algo del orden de la imagen (ideal) que captura al sujeto alienándolo en series sucesivas de capas de identificaciones. Identificaciones que lo comprometen y lo ligan a los otros; y precisamente, a través de ellas, se vehicula (en cada caso de manera particular) lo que está a la base del malestar: la pulsión de muerte.
Entonces, hay un determinado lazo social —basado en esta economía narcisista— que une a los individuos y expulsa el objeto a destruir. Pero, ¿cómo? La respuesta era aparentemente simple: la cultura, entendida como la formación de construcciones e instituciones al servicio del programa de mantenimiento del principio del placer, se soporta sobre la base de estas “potentes identificaciones”. Léase religiones, ejército, movimientos liderados o partidos políticos. Eros, capturado en el espejo de Narciso, construye e instituye así lazos afectivos, que sirven a la causa de esta necesaria cohesión social. 
Kant ya había planteado el problema en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: los animales tienen el instinto para cumplir su programa de satisfacción de la necesidad, pero el hombre está dotado de pensamiento y eso complica las cosas. Cuando Kant plantea el problema de la cultura, mira al cielo buscando el sentido último de ese don celestial. Borra con ello la peculiaridad deseante de cada sujeto. El sujeto, en su relación con los otros, se entiende desde lo universal, en línea con un programa ético perseguidor de fines últimos. Ignora así la dimensión que aporta el lenguaje en ese particular encadenamiento del sujeto a la repetición de ser, fantasmáticamente… criatura de lenguaje: forofo “partidario”, “skin head” o autoinmolable “muyahidín”. 
Darwin bajó la escala del cielo kantiano a la filogénesis de la especie, y puso otra vez al hombre genérico en la trayectoria animal. Pero Freud ve ahí un hiato, un salto del animal al humano. Ese salto no lo podía explicar la descripción evolutiva darviniana y mucho menos la metafísica. Esto le lleva más en su análisis: ¿por qué el hombre tuvo necesidad de crear la cultura como medio para mantener esa economía del principio del placer? ¿Por qué la búsqueda del placer y la evitación del dolor lleva al hombre a esa otra “evolución” descomunal que es la civilización? El tratamiento de esta cuestión le conduce —con paradas interesantes en el erotismo anal— al análisis de la formación del yo, y a la configuración inicial de los instintos: Eros y Thanatos.
Freud, adherido a la evolución, la entiende como la conquista por parte de los instintos de nuevos modos para su satisfacción. Pero en esta conquista, han de contar con una resistencia: la inercia al abandono de las viejas formas de descarga. Sobre este modelo evolutivo trata de explicar lo que observa más nítidamente en su consulta: las transformaciones de la pulsión de muerte. Esta es la guía fundamental que encontró en 1920 para la práctica clínica: su localización mediante la palabra y el silencio; y por oposición, las barreras que construye Eros (más frágil y débil) para contenerla. Es mediante Eros que nos distanciamos de la repetición inercial de la muerte y nos elevamos a relaciones cada vez más complejas de la palabra. 
Eros y Thanatos son para Freud una exigencia teórica necesaria para entender la economía y la dinámica del aparato psíquico. Eros imbricado con Thanatos, Eros interponiendo defensas contra la eclosión de Thanatos. Parece un mito milenario. Pero si nos quedamos ahí, no entendemos a Freud.
Pues bien, la primera barrera que la cultura antepone a la pulsión de muerte es la prohibición del incesto. Una primera detracción de libido a la vida sexual por parte de la cultura. Una prohibición que separa evolutivamente la “horda primitiva” de la primera institución del “Derecho” y de la “Ley”: el totemismo. Freud creía esta versión de la antropología, la que entonces existía. Sin embargo, considera que el peso de la ley, en su forma más elaborada, sólo llega con el monoteísmo, con el judaísmo. 
Las religiones monoteístas introdujeron la dimensión del padre con todo su peso simbólico e imaginario. Simbólico por lo que tiene de deuda, de sometimiento a la ley… De servidumbre voluntaria y obediencia al super-yo. Una instancia psíquica que encuentra su soporte real en las instituciones. Esta obediencia “interna” a la ley sólo es posible con el desenlace del Edipo. La ley marca los límites a la satisfacción, tanto en su transgresión, como en la prohibición, que permite acceder a un terreno libre de tensiones, autorizado. Pero hay un resquicio en este desenlace mediante el cual la pulsión no puede localizar en el exterior un destino para su descarga, sino en el interior a la manera de irredenta culpabilidad y castigo. La neurosis obsesiva da cuenta de este destino para la pulsión thatánica.
En cuanto al padre imaginario, es la sumisión a lo que Freud llama “autoridad exterior” (äussere Autorität). Se trata de un mandato que funciona sólo en tanto hay una “autoridad exterior”. Aparece como “presencia” que nos intimida y nos recuerda, que si no cumplimos el deseo del Otro, el mandato, vendrá “la retirada del amor”. 
Al afecto que produce el temor a dicho elemento externo, que obliga cuando somos niños pero también cuando se hace presente el padre terrible (no se puede leer el deseo del Otro) lo llama “soziale Angst”. De manera que hay presencia amenazante, directa o indirecta, y con ella, ajuste al mandato. Pero si tal presencia no existe, la prohibición falla, y el sujeto no tiene porqué abandonar el modo de satisfacción adquirido. Evidentemente, el sujeto no tiene consciencia de esta dependencia de la demanda del Otro en la escalada cultural (la de la madre, del maestro o del padre, etc.). 
Fenomenológicamente el padre imaginario puede aparecer de múltiples formas, pero no hay un punto “0” de partida del deseo así constreñido, sino un juego de miradas, de ilusión mediante el cual, el sujeto encuentra el camino para incluirse en la demanda de un otro que le captura fantasmáticamente.
Este análisis de la dependencia del Lust Ich, del yo primitivo del placer, que sólo reconoce la amenaza exterior y por eso se somete, lleva a Freud al análisis de la unidad imaginaria en las formaciones de masas. Si no hay ley interiorizada, si no hay Super-Yo, no hay individuo, hay autoridad externa e identificación al significante común por miedo a la “pérdida de amor”. La pérdida de amor es la pérdida de lazo, de “masa” para soportar la entrada en el desamparo (Hilflosigkeit). 
La identificación imaginaria al semejante permite no sólo sostenerse como ser deseante en el juego de miradas, en la reflexión de imágenes en espejo, sino que brinda a la pulsión de muerte una localización fuera del “nosotros”, en el exterior en donde se arroja lo displacentero. Un exterior marcado como causa de todo mal, que el discurso localiza: “los gentiles” para la comunidad cristiana a partir de San Pablo, “los judíos” para los nazis o “los extranjeros” para el actual ultranacionalismo. Freud analiza cómo solucionan el malestar este tipo de agrupaciones, cohesionadas por identificaciones especulares: simplemente sitúan la pulsión de muerte fuera del campo propio, en esa extimidad tan cercana inconscientemente (el extranjero), pero tan ajena para la conciencia. 
Estas identificaciones imaginarias abren cauces a una economía libidinal sostenida por el narcisismo. Se construye barreras, instituciones, ejércitos atrincherando la satisfacción erótico-narcisista en el campo de “los nuestros”, mientras se eyecta la agresividad (un modo de la pulsión de muerte) contra “los otros”. Y si llega el caso que, por efecto de la rivalidad o el odio, ocurra algo reprochable para los propios, siempre podrá deslizarse la pulsión hacia el otro, tachándole de causante, incitador, o peor aún, de traidor. En definitiva, como en el transitivismo infantil: el otro se convierte en culpable y merecedor del castigo que entraña el acto del propio o los propios. Hay un ejemplo que conocemos bien los españoles: es el “y tú más”. Así, tal como demostraron las pasadas elecciones por ejemplo, el sujeto plenamente identificado a ese significante (las siglas de su partido) en el que se ha alienado, es impermeable a toda crítica. Su consistencia depende de lo excluido. Nada malo le atañe, ni la propia corrupción, pues “lo hacen los otros”, así que nada hay que le interrogue. Cuanto peor para el otro, mejor. Ha exorcizado el malestar. Por tanto, habrá encontrado una causa externa sobre la cargar las tintas. 
*Sergio Hinojosa es profesor de Filosofía

Fuente: http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/07/22/el_malestar_cultura_sigmund_freud_52781_1821.html