PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO: querer o desear.

Por Laura Montero de Espinosa

Finalizamos un año e iniciamos otro. El tiempo no se detiene. Recuerdo que cuando era jovencita y me molestaba la mirada de alguien le preguntaba: ¿Qué pasa? (una forma de decir: ¿qué miras?) Y el otro contestaba: “El tiempo”; y la siguiente afirmación de mi parte era: “El tiempo no pasa, transcurre”. Pero independientemente de si pasa o transcurre, sabemos que no hay marcha atrás una vez ha transcurrido…una vez ha pasado.

Las reflexiones al finalizar un año son inevitables, son una mirada hacia qué ha pasado, qué hemos hecho y qué falta por hacer. Revisamos si lo que hicimos es lo que queríamos, si lo que el año anterior prometimos modificar se cambió, si aquello que prometimos lo hemos cumplido, si lo que tenemos en la actualidad queremos que permanezca o debemos dejarlo por la paz… por nuestra paz.

El tiempo transcurre y no espera. El tiempo tiene su propio ritmo e inercia, a veces parece que es veloz y no nos alcanza, y otras veces leeeento como si cayera en cuentagotas, pero es cuantificable con segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… Ahora bien, por otra parte a lo que parece estamos obligados por la inercia cultural es a llevar a cabo en doce meses unos propósitos o pedir doce deseos. Muy diferentes vale decirse, el propósito del deseo sin embargo parecen confundirse (aquí hablo del deseo como a anhelo). Uno pide deseos como si fueran a salir de la lámpara mágica de Aladino, sin embargo no hay compromiso. Pide salud bebiendo refresco, alcohol y fumando, pide un cambio social quejándose de los manifestantes que cortan la calle para ejercer su derecho. Pide ir al gimnasio pero el soffing (deporte extremo de tirarse al sofá) es lo más arraigado. Pide amor y no es capaz de negociar ni modificar, solo de “soltar” y “dejar ir”. Los más sensatos hablan de propósitos porque esos son aquellos que se le echan todas las ganas, los ánimos son enormes pero quién sabe si lo lleven a cabo o no. Las puertas están abiertas para los pretextos venideros a su no realización con los: “es que no tengo tiempo”, “no tengo dinero”, “no he podido”, “no se han dado las cosas”. Y si, “las cosas” no suelen darse solas.

El inicio de año normalmente es cuando estamos obligados emocionalmente a estar bien, porque apenas empezamos. Parece un iniciar de cero, “tienes doce meses para cambiar algo”, pero si se mira atrás puede verse que durante años ha sido cíclico: inicio de año corresponde a todo el ánimo, mediados de diciembre para hacer un balance y despedirse de lo que no se hizo para volver a prometer al inicio de año. Algo falla, y es que la falta al igual que el tiempo, no perdona.

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Uno, como mencionaba debe hacer, está obligado a animarse, tiene que cambiar. Uno puede saber eso, no hace falta que lo anden sumiendo en la imposibilidad evidente de poder hacer un cambio. Pero no todo queda en la voluntad, en el querer. Querer no es poder, no nos engañemos. Nos hartamos de escuchar ese eslogan que solo te obliga a entrar en un espiral de creerte inútil por no conseguir algo que quisieras. A veces no se puede por factores económicos, otras veces por estado emocional. Pero hoy no hablaré del bucle económico imposibilitante. Sino del anhelar/querer y desear.

El sujeto quiere unos cambios, pero tal vez no los desea. El querer y desear, desde el psicoanálisis son dos cosas muy diferentes. El querer, el anhelar tiene que ver con lo consciente y el deseo tiene que ver con lo inconsciente. Decir adiós a un malestar, por incongruente que parezca, no es fácil. Es un malestar cómodo, una comodidad dolorosa pero esta ofrece algo bueno: lo familiar, la cotidianeidad. Uno puede querer salir de ese malestar pero el deseo no va hacia el mismo destino. Y es que como dice el refrán: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Enfrentarse a un cambio, a lo desconocido es un riesgo, es para muchos un salto al vacío. No se sabe qué hay al fondo y el desconocimiento es justamente lo contrario a lo familiar, a lo cotidiano; y no a todos agrada ese toque de sorpresa. Además, este querer o no querer tomar el riesgo también depende de la historia del propio sujeto. Quiere separarse de lo doloroso, de lo que se repite, pero el deseo lo lleva a quedarse para mantener quien sabe qué en su historia y eso lo “protege” emocionalmente hablando y valdría la pena la discusión de si realmente protege (por ello el entrecomillado) o bien lo encamina al sufrimiento. Habrá quien se arriesgue por primera vez, habrá quien esté harto de arriesgarse y  “siempre” le salga mal, habrá quien nunca quiera tomar el riesgo y esté cómodo, habrá quien no ve el riesgo y vive constantes cambios, etc. No hay dos historias iguales, de la misma forma que el deseo no está a la luz siempre, solamente deja destellos que nos deslumbran y hacen que nos detengamos del camino del costumbrismo para comenzar con un: ¿Y si en vez de esto hiciera…? O ¿Por qué acostumbro a _____ si ya sé cómo termina eso?

El destello del deseo que provoca detenerse a mirar hacia otro lado es como los paréntesis en una frase que llevan a observar algo más que está ahí y merece la pena verlo, reflexionarlo. Y es que hay quien lee detenidamente los paréntesis para poder ser aclarado en algo, pero también hay quien se salta los paréntesis porque piensa que son aclaraciones poco importantes. De la misma forma hay quienes no quieren preguntarse ante los destellos o bien no está en su deseo detenerse a dicha reflexión.

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