El diván de Freud

La casa-museo de Londres, en donde pasó sus últimos meses de exilio y de vida, muestra su estudio-biblioteca, su pasión por el mundo clásico y el retrato que le pintó Dalí


Por Patricia Tubella

Aquí vivió los doce meses anteriores a su muerte (23 de septiembre de 1939), rodeado de los mismos muebles y objetos que había dejado atrás en su huida de la barbarie nazi y que su hijo, el arquitecto Ernst Freud, logró recuperar. Con la ayuda del ama de llaves Paula Fichtl, reprodujo pieza por pieza el estudio y biblioteca de la calle Bregasse, recreando el ambiente de trabajo que había acompañado a su padre durante 47 años. Freud se había resistido a abandonar su piso vienés cuando sus libros fueron quemados públicamente por los nazis, en 1933, a seguir al grueso de psicoanalistas de Alemania y Austria, predominantemente judíos como él, que emigraron en los años sucesivos. Sólo cedió tras la anexión de Austria. “A los 81 años, dejo mi casa de Viena como resultado de la invasión alemana y espero acabar en Inglaterra mis días en libertad”, declaraba a la BBC al inicio de su exilio, el 6 de junio de 1938. Pasó tres meses en una vivienda de alquiler y finalmente compró su propia casa en Hampstead, un barrio tranquilo y acomodado del norte de la ciudad, conocido hoy por las inquietudes culturales de su nutrida comunidad judía.
La casa-museo resulta accesible (con sendas estaciones de metro a escasos minutos a pie), pero su localización no se antoja tan sencilla en un paisaje de calles arboladas y casi idénticas. Una placa redonda de color azul -como las miles que el Patrimonio inglés ha diseminado por las fachadas de toda la ciudad en honor de personajes ilustres- recuerda que “Sigmund Freud vivió aquí entre 1938 y 1939”. A su lado, una segunda inscripción alude a Anna Freud, la menor de sus seis hijos y fiel colaboradora, que se instaló con él en Londres, junto a su madre, Martha, su tía Minna Bernays y el ama de llaves.
El lugar no conoce los tumultos, tan sólo la visita de discretos grupos cuando abre sus puertas cada semana, desde el miércoles hasta el domingo. La pieza estelar es, por supuesto, el estudio-biblioteca, conservado en la planta baja tal cual lo dejó a su muerte. A pesar de su avanzada edad y de estar aquejado de un cáncer de paladar, Freud nunca dejó de fumar ni de recibir pacientes en su consultorio. Les invitaba a recostarse sobre el célebre diván y a relatar todo aquello que salía de su mente, sin filtrar la información ni discriminar aquello que les pareciera inadecuado. Él atendía esas sesiones de “asociación libre” desde su silla verde de respaldo cóncavo, frente al escritorio donde solía alinear alguna de sus antigüedades más preciadas. Las piezas egipcias, romanas, griegas y orientales permanecen allí como reflejo de su pasión por el mundo clásico y, sobre todo, la arqueología, que convertía en metáfora del psicoanálisis: el material consciente se erosiona, pero lo inconsciente se salva de ese desgaste. “Ilustraba mis comentarios”, escribió, “señalando los objetos antiguos que me rodeaban. Fueron hallados en una tumba y, con su entierro, habían logrado conservarse”.
A lo largo de su vida visitó varias excavaciones, aunque adquirió el grueso de su colección en anticuarios de Viena. Su presencia tonificaba a este arqueólogo de la mente durante las largas sesiones de trabajo que le permitieron concluir y publicar en Londres la compilación de ensayos Moisés y la religión monoteísta, una obra que aborda la cuestión del antisemitismo y que le había obsesionado en la última década. Los libros le arroparon siempre, como ilustra el despliegue de gustos literarios que pudo traerse de Viena a la biblioteca de Mansfield Gardens: tomos de psicología y medicina, pero también de arte, literatura, arqueología, filosofía e historia. En la estantería colocada detrás de su escritorio destaca una selección de títulos de sus autores favoritos, Goethe, Shakespeare, Flaubert, Heine o Anatole France. En escritores, poetas y filósofos reconoció un material, los deseos del inconsciente, que el psicoanálisis intenta desentrañar.
El resto de la planta baja pertenece a los dominios de su vida familiar, hoy ocupados por una tienda de recuerdos para el turista. Una de las piezas más interesantes de la casa está en el descansillo del primer piso, el retrato que Salvador Dalí realizó del gran inspirador del movimiento surrealista. El genio ampurdanés deseaba visitar a Freud desde sus tiempos en Viena, pero el encuentro no se produjo hasta el 19 de julio de 1938, en las primeras semanas de destierro londinense. El escritor Stefan Zweig los presentó y el artista pudo ejecutar varios bocetos (publicados en su autobiografía La vida secreta de Salvador Dalí, 1948) que luego plasmó en un dibujo a pluma. Zweig nunca quiso mostrárselo a Freud, porque en él se vislumbraba su inminente muerte.
Completan el recorrido en el piso las estancias de Anna, pionera en el campo de la psicología infantil, y en las que destaca el telar que entretenía sus manos mientras analizaba a sus pacientes, reclinados también en un diván. Cuatro años después de su muerte (1982), la casa se transformaba en museo para preservar, en palabras de su padre, “mi última dirección en este planeta”. El intento de concederle la ciudadanía británica en sus últimos días fracasó, y Sigmund Freud murió como extranjero en su tierra de acogida.

Fuente: http://elpais.com/diario/2008/02/16/babelia/1203120380_850215.html

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